domingo, 28 de diciembre de 2008

Querida yo misma:

Es rarísimo escribir una carta en donde el destinatario y el remitente es el mismo. Mucho más difícil debe ser (aunque no conozco otra situación) hacerlo con casi diecinueve años en donde lo que quiero ser, lo que voy a ser y lo que soy están tan juntos que no puede verse un límite concreto.
Voy a dejar que fluya. De otro modo, esto sería un sin fin de borrones y hojas tiradas por el piso. No hablaría de mí, ni tendría como destino yo misma si dejara que se interpusiera un filtro en todo esto: los demás.
Para empezar, voy a ser sincera: si no tuviera intención de que los demás se metan, de movida no estaría escribiendo esto y mucho menos lo publicaría en un blog. Así que sería muy hipócrita si dijera que todo esto es simplemente para mi satisfacción… perdón, me corrijo, sería muy hipócrita si dijera que es para mi privacidad. Porque mi satisfacción muchas veces se basa en los otros.
Y ese creo que es mi lado escritor. Si no escribís para mostrar ¿Para que escribís? Aunque esta sea la tarea más difícil que hice escribiendo. Porque, claro… en mis cuentos no hablo de mí, sino de gente que vive en mi cabeza. De lugares, de situaciones, de diálogos que se agolpan dentro mió esperando salir.
Pero a esta afirmación que acabo de hacer seguramente se opondría mi yo psicóloga. Esa parte de mi que probablemente está en mayor proporción en mi vida cotidiana, y no solo por ser la que tiene un futuro casi concreto en mi vida profesional, sino por intrometerse en cada acto que hago.
Sería esa psicóloga la que, todavía sin saber nada, me diga “Aunque no lo pienses así, tus cuentos guardan tus sueños, tus anhelos Lu.”
¿Qué anhelos pueden encerrar mis creaciones? Y ante esa pregunta surge la Lu hija. Esa que quizás no escriba solo por gusto, sino que también lo haga para satisfacer el sueño de su padre. Creo que esta yo, es la más agradecida de todas, a ambos de mis papás. No, no creo, ESTOY SEGURA. Y eso en mí es todo un tesoro. La seguridad no es uno de mis fuertes. Y hay algo que hace que sea así: el ‘Yo creo en cosas que no puedo ver’. Sí para mi hay cosas que están sin tener la seguridad de ello, entonces la seguridad no es algo en que pueda confiar.
Lo que realmente pone en duda mi yo psicóloga, es que si en verdad, elijo creer en cuentos de hadas porque soy así, o es solo para seguir teniendo sustento de mi inseguridad sin hacer nada por creer en mi.
Lo que no quiere decir que no aparezcan los ‘yo sé todo’, sin grises. Ni tampoco que no existan la concreción de mis éxitos en un término medio.
Mis demás yo se basan en los que antes mencione. Todo lo que construí es a partir de ahí.
Debe haber cosas que me identifiquen. Tiene que haber argumentos que justifiquen que las personas que más amo en este mundo, sigan estando a mi lado, como lo hacen mis amigas. Cosas que hacen que pasemos con mi hermana los momentos más hermosos y que mis viejos rían cuando se dan cuenta que son excelentes padres.
Debe haber un yo para cada cosa que hago, y en cada ámbito en que me desarrollo.
Por eso, y porque mi parte inhibidora de egocentrismo exesivo no me permite seguir, es que dejo la carta acá.
Quizás en algún momento todo ese conjunto de yo mismo quiera volver a escribirme una carta. No por egocentrismo, ni por admiración a mi misma, sino simplemente para decirme: “Ves Lu, si querés, podes”

viernes, 26 de diciembre de 2008

El faro


En un lejano lugar, donde no existía la luz y la oscuridad llenaba cada rincón, vivía un joven príncipe que pasaba sus días acatando las ordenes de su padre Prefacio, el gran rey.
Ya estaba cansado de no poder hacer lo que quería, aunque si lo pensaba bien, vivía tan acostumbrado a la rutina que no se había puesto a pensar quién sería realmente su fuese libre. Pero le gustaba más la idea de descubrirlo que la de quedarse así, sin más que hacer que esperar a ser rey.
Confiaba en él, sabía que era lo que quería hacer: devolverle la luz a su ciudad- Darknees se había quedado a oscuras un día, sin ningún motivo. Aunque sus habitantes ya habían acostumbrado sus ojos y agudizado sus oídos como animales nocturnos. Los que más añoraban la luz eran los ancianos, pues eran ellos quienes la habían conocido. Los nuevos lugareños habían pasado toda su vida así, y hasta incluso les daba miedo la idea de luz.
Loret era uno de estos últimos, pero no le temía, sino todo lo contrario. Quería ir a su encuentro, Pero ¿Cómo?
Un día (por supuesto a oscuras) apareció una claridad que desapareció a los pocos segundos. Pero lo más extraño fue, que los mismos segundos que tardó en irse, volvió a aparecer. Los habitantes estaban muy asustados. Era todo tan desconocido bajo el cobijo de la luz, que provocó en los ciudadanos diferentes reacciones. Perplejos por la situación, nadie sabía que hacer, y los gritos y las corridas no tardaron en llegar.
Entonces Loret, pensó que podría utilizar esa intermitente luz como guía. Juntó en un bolso lo más indispensable, puso la montura en su caballo, y reunió todo el coraje que pudo para emprender un camino hacía lo desconocido.
Fue muy duro el camino. En cuanto la luz desaparecí, él quedaba inmóvil en el lugar en que estuviera. Si continuaba, podía salirse del camino y luego sería más complicado llegar.
Tardó varios días en llegar, y paso tras paso las cosas se iban poniendo peores. El bosque se iba poniendo más denso, pero lo peor era que la luz se iba haciendo más fuerte. Su poca costumbre, provocaba en el príncipe un dolor insoportable, pero sabía que debía continuar, y así lo hizo.
Por fin llegó el día en que lo vio. La luz venía de una alta torre en el borde de una península. Estaba pintado con franjas rojas y blancas, y la luz giraba sobre ella hasta alcanzar cada lugar.
Subió la torre con mucho más temor del que había tenido hasta ahí. Las escaleras eran larguísimas y llegó a la cima cansado y sin aliento. Alzó la vista y ¡Qué sorpresa! Una mujer vestida de blanco estaba parada delante de él. Ella extendió la mano y su voz suave dijo:
-Paulisia.
Loret quedó perplejo, sin saber que contestar. Ella sacó la mano y esbozó una risita cuando se dio cuenta de que él estaba temblando.
-Paulisia, así me llamo.
Y con esta frase quedaron los dos en silencio, observándose unos a otro.
-Lorey-Dijo, rompiendo el silencio, el príncipe.
Y sin darse cuanta pasaron toda la noche hablando. Loret descubrió que ella contenía la claridad dentro. Le habló de un corazón lleno de luz, pero él no entendió mucho aquello.
Y paulisia, supo quien era y que quería aquel hombre.
Los dos volvieron a la ciudad, pero esta vez con el camino iluminado. Paulisia expandió su luz desde el centro de su cuerpo, y Loret se había acostumbrado a la extraña mujer que irradiaba luz así como sus ojos se habían acostumbrado a la sensación de ver con claridad.
Al llegar a la ciudad, mucho más calma que cuando el príncipe se había ido, la luz volvió a crear una revolución.
Por varios días la gente estuvo en contra de la luz, que solo desaparecía en lo que Paulisia llamaba ‘noche’. Pero tal como lo había hecho Loretse fueron acostumbrados tanto hasta hacer de la luz una necesidad.
Pasaron un par de meses antes de que el príncipe se de cuenta que se había enamorado de Paulisia. Ella lo había salvado de la oscuridad y recordó aquello que le había dicho cuando se conocieron. Sintió por primera vez como brillaba esa luz en su interior, mucho más que la que iluminaba a Darkness.
Decidió decírselo, pero algo lo frenó. La escucho hablar con otros habitantes que pronto se iría, y él sintió, también por primera vez, como esa luz se iba desvaneciendo.
Sin embargo, con el mismo coraje que la había llevado a ella, decidió decírselo igual.
-Pero no es acá donde me debo quedar-Dijo Paulisia, mientras la tristeza le brotaba por los poros y se diluía hasta llegar a él- A pesar de que mi amor por vos también es inmenso, tengo que irme. Es mi misión.
-Pero ¿cuál es esa misión? No me importa donde estés, yo quiero estar donde vos estés.
-¡No entandes!- Y una lágrima cayó por su rostro.- Yo vivo donde vos me encontraste. Vine acá porque mi misión es hacer que cada uno encuentre su luz interior. Esa que vos encontraste y que hace que ahora estés acá. Darkess ya es capaz de vivir sin mí. Por eso tengo que ir al faro, allá le doy mi luz aquellos que no pueden encontrara la suya.
Loret quedó en silencio. Sabía que vivir a oscuras era horrible, y no quería ser tan egoísta para dejar a un montón de gente a oscuras. Decidió, que aunque le duela, eso era lo que ella debía hacer. Su ciudad ya había recuperado la luz y no necesitaba más de Paulisia.
Los días que pasó sin ella, Loret estuvo muy triste. Tampoco había visto la luz del faro brillar. Pero una noche, esa luz se prendió de nuevo.
Entonces el principe comprendió que no tenía porque estar mal. Sabía que desde allí, Paiulisia iba a seguir brillando por él, y él debería seguir haciéndolo por ella.

martes, 23 de diciembre de 2008


¿Porqué uno se pone a hacer balances a esta altura del año?
Es justo el momento en que todo se torna insoportable: despertarse temprano para ir a trabajar, los 30 grados de las 3 de la tarde, la gente en el colectivo, el futuro en la playa que no es presente. Todo, absolutamente todo.
Y en medio de ese deseo de escapar, o de gritar, uno frena y pone en balance las cosas que les paso. ¡No gente!
La conclusión es negativa, porque seguramente las cosas malas aparecen en esta época. Uno que se va a acordar que tiene 5 de las 6 materias del cbc promocionadas, si con una que tenga en final ya es suficiente para considerarse la pero alumnas de todas.
Quién va a pensar que a pesar de que siga sola, hubo alguien que la hizo volver a vivir. Que la soledad no existe si uno no quiere.
Y así pasa con todo. Un par de peleas, pueden opacar una vida de felicidad.
Por eso, no me parece que sea conveniente a hacer balances. Y si uno es tan aventurado como para hacerlo, porque al fin y al cabo es bueno hacer balances para darse cuenta de las cosas que hace mal y solucionarlas, se trata de eso.
De ser capaz de ver un poco más allá. Saber que podemos llegar a donde queremos. Y que a cuando nuestros dedos no toquen el cielo, seguro va a haber alguien que nos alce.
Personalmente, deseo poder ser capaz de hacer útil lo que escribo para otras personas, y que para otras personas lo escribo sea capaz de ser útil.

viernes, 19 de diciembre de 2008

Fin

Atrás quedaban los años de fiestas, de júbilo. Las largas noches por conseguir un sueño: ser médica, poder ser útil. Sueño que la alimentó en su larga lucha. Sueño que había postergado por ser madre, pero que la había llevado a la gloria con la última consagración recibida.
Lejos estaban las noches de lujuria, las lunas gastadas en cualquier sábana. Y más atrás aún estaba su madre sobre protectora, intentando hacer de ella la doctora más prestigiosa.
¿Dónde había quedado todo eso? Su vida no había sido fácil, pero había sido suya.
Sola, en esa cama, Rosario veía la verdad. Ahora era capaz de entenderlo todo.
Se paró de su vieja cama y fue directo a lo que antes había sido su mejor amigo: el espejo. Ya no era igual. Recorrió su cuerpo en toda su extensión, pero la imagen que aparecía ahora, a sus 72 años no era para nada grata. Pagaba el precio de haber sido hermosa. O al menos eso era lo que ella creía.
Pero no era eso lo que más le preocupaba. Su hija no la había llamado desde que se enteró de su enfermedad. Desde el día en que Lorena se había subido a ese avión con destino a Nueva York, no la había visto más. Por supuesto que estaba feliz. El trabajo que había conseguido estaba muy bien pagado, y allá la esperaba un amor. Pero en algún dejo de su alma, deseaba volver el tiempo atrás, para poder irse ella también, por esas cosas que hace uno cuando está enamorado. Ahora la admiraba, pero ya había pasado el tiempo. Era tarde para acordarse de su hija, ¿Por qué Lorena debería acordarse de ella?
Se odiaba por no haber invertido su tiempo en sentarse en el patio de la casa a jugar con las muñecas, en llevarla a los jueguitos cuando iban de vacaciones, en abrazarla cada noche, en no haber inventado historias para dormir.
La única justificación coherente que encontraba era que ella misma nunca había vivido eso, su madre no lo había hecho con ella. Pero eso la trasformaba en la imagen análoga a su madre. Y se odiaba más.
¡Si hubiera tenido el coraje para cambiar! Pero todo lo a que ella le falto en su juventud, también le había faltado a su hija.
Salió del espejo en un milésimo de segundos, como si hubiese visto en él a lo más horrendo de este mundo.
Puso la pava en el fuego, y fue hasta el último cajón del armario. Sacó un viejo álbum de fotos y lo dejó sobre la mesa de la cocina. Sirvió su té, con todo el protocolo que había aprendido en los eventos a los que había asistido. Nunca le habían servido, pero se le habían incorporado a sus hábitos naturalmente.
Se dispuso a volver a la cama, y llevo consigo la bandeja de la merienda y el álbum. En el trayecto que debió caminar, agarró el teléfono inalámbrico de su base, y lo apoyó sobre la bandeja.
Una vez acostada, examinó las fotos una por una, reprochando algo en cada una de ellas, y riendo por alguna que otra situación por demás cómplice. Nadie había conocido a la verdadera Rosario. O mejor aún: Rosario nunca se había dejado conocer.
Dejó el libro a un lado de la cama y se aferró fuerte al tubo del teléfono deseando que suene, y que alguna voz conocida responda del otro lado. Se recostó un poco más, hasta quedar tapada hasta la boca.
-“Parezco una nena con miedo a las tormentas”- pensó.
Y al instante descubrió dos cosas. Una, mentira: ya no era una nena. Pero también encontró una gran verdad. Sí tenía miedo, nada más que ahora el miedo aparecía por descubrir que nadie, a pesar de todas las personas que conocía, se había percatado que en algún lugar del mundo ella existía. Y lo que era más frustrante todavía, que muy pronto, dejaría de ser parte de él.

miércoles, 17 de diciembre de 2008

Él

No lo habría imaginado nunca, hasta esa noche. Pensando que no podía, que jamás sucedería, emprendió hacía allá sin ningún fin. Era la primera vez que no esperaba nada. Tuvo sustento aquella frase de que las cosas llegan cuando menos lo esperas. Pero era tan difícil dejar de soñar. Y mucho más difícil era hacerlo realidad.
Llego con su tristeza, con su soledad. ¡¿Su soledad?! Cómo si ella supiera lo que significaba la soledad. Se había dedicado a creársela por no saber como vivir sin ella. Nunca había aprendido a ser feliz, porque para ella ser feliz era tener a alguien. Como si las personas se compraran, como si ella misma no importara en lo más mínimo. Nadie le había enseñado a confiar.
La luna estaba llena, más llena que nunca. Parecía que alguien la hubiese atado con una cuerda y hubiese tirado tan fuerte para acercarla hasta hacerla inmensa.
El vals que bailó con él, la hizo creer que estaba en un cuento de hadas. Deseó con toda su fuerza que el reloj no diera las doce.
Y todo pasó tan rápido, que ahora, con el lápiz en mano, ya ni se acuerda que sucedió. Y todo fue tal como lo soñó, que sin importarle que su príncipe no fuera suyo, y que la noche no fuera mágica, ahora está escribiendo su gloria, por si acaso el tiempo viene a querer borrar la memoria.

martes, 16 de diciembre de 2008

Comienza el juego

Hay muchas cosas en que creer: miles de religiones, de ritos, de seres. Pero nada sirve si no crees en vos.
Un poco para demostrarme a mi misma que sí creo en mi, y un poco para mostrar (sin demostrar) a ustedes quién soy, y que puedo hacer, es que empiezo este blog.
Con el deseo inmenso de construir mi casa invisible en lo profundo de algún lago. Y con las ansias de que Merlín sepa que existo.

La Dama del Lago

"Todo esto comenzó en tiempos de Merlín, el sabio adivino que conocía el pasado, el presente y el porvenir, aquel que podía hacer volar las piedras y descubrir los grandes tesoros que se encuentran bajo tierra o en las profundidades marinas y que mediante el poder de su magia levantaba, en cuestión de instantes, magníficos palacios o fortalezas inexpugnables.
La doncella vestida de blanco no era otra mas que la Dama del Lago a la que Merlín amaba apasionadamente y a quien había enseñado todos sus encantamientos. En una sola noche, edificó para ella un magnífico palacio de cristal, pero cuando ella le hizo ver que cualquiera podría observarla a través de las paredes transparentes, añadió un hechizo que sumergió el palacio encantado en el fondo de un lago.El sabio hechicero le había revelado que, algún día lejano, ella se encargaría personalmente de recuperar Excalibur, la espada de soberanía que había sido confiada a Arturo, y de guardarla en un lugar ignorado por todos con el fin de transmitirla, más tarde, a aquel que vendría a unificar el mundo.
Desde ese entonces, La Dama del Lago vive en un lugar imaginario, allí donde ella decide vivir."