
En un lejano lugar, donde no existía la luz y la oscuridad llenaba cada rincón, vivía un joven príncipe que pasaba sus días acatando las ordenes de su padre Prefacio, el gran rey.
Ya estaba cansado de no poder hacer lo que quería, aunque si lo pensaba bien, vivía tan acostumbrado a la rutina que no se había puesto a pensar quién sería realmente su fuese libre. Pero le gustaba más la idea de descubrirlo que la de quedarse así, sin más que hacer que esperar a ser rey.
Confiaba en él, sabía que era lo que quería hacer: devolverle la luz a su ciudad- Darknees se había quedado a oscuras un día, sin ningún motivo. Aunque sus habitantes ya habían acostumbrado sus ojos y agudizado sus oídos como animales nocturnos. Los que más añoraban la luz eran los ancianos, pues eran ellos quienes la habían conocido. Los nuevos lugareños habían pasado toda su vida así, y hasta incluso les daba miedo la idea de luz.
Loret era uno de estos últimos, pero no le temía, sino todo lo contrario. Quería ir a su encuentro, Pero ¿Cómo?
Un día (por supuesto a oscuras) apareció una claridad que desapareció a los pocos segundos. Pero lo más extraño fue, que los mismos segundos que tardó en irse, volvió a aparecer. Los habitantes estaban muy asustados. Era todo tan desconocido bajo el cobijo de la luz, que provocó en los ciudadanos diferentes reacciones. Perplejos por la situación, nadie sabía que hacer, y los gritos y las corridas no tardaron en llegar.
Entonces Loret, pensó que podría utilizar esa intermitente luz como guía. Juntó en un bolso lo más indispensable, puso la montura en su caballo, y reunió todo el coraje que pudo para emprender un camino hacía lo desconocido.
Fue muy duro el camino. En cuanto la luz desaparecí, él quedaba inmóvil en el lugar en que estuviera. Si continuaba, podía salirse del camino y luego sería más complicado llegar.
Tardó varios días en llegar, y paso tras paso las cosas se iban poniendo peores. El bosque se iba poniendo más denso, pero lo peor era que la luz se iba haciendo más fuerte. Su poca costumbre, provocaba en el príncipe un dolor insoportable, pero sabía que debía continuar, y así lo hizo.
Por fin llegó el día en que lo vio. La luz venía de una alta torre en el borde de una península. Estaba pintado con franjas rojas y blancas, y la luz giraba sobre ella hasta alcanzar cada lugar.
Subió la torre con mucho más temor del que había tenido hasta ahí. Las escaleras eran larguísimas y llegó a la cima cansado y sin aliento. Alzó la vista y ¡Qué sorpresa! Una mujer vestida de blanco estaba parada delante de él. Ella extendió la mano y su voz suave dijo:
-Paulisia.
Loret quedó perplejo, sin saber que contestar. Ella sacó la mano y esbozó una risita cuando se dio cuenta de que él estaba temblando.
-Paulisia, así me llamo.
Y con esta frase quedaron los dos en silencio, observándose unos a otro.
-Lorey-Dijo, rompiendo el silencio, el príncipe.
Y sin darse cuanta pasaron toda la noche hablando. Loret descubrió que ella contenía la claridad dentro. Le habló de un corazón lleno de luz, pero él no entendió mucho aquello.
Y paulisia, supo quien era y que quería aquel hombre.
Los dos volvieron a la ciudad, pero esta vez con el camino iluminado. Paulisia expandió su luz desde el centro de su cuerpo, y Loret se había acostumbrado a la extraña mujer que irradiaba luz así como sus ojos se habían acostumbrado a la sensación de ver con claridad.
Al llegar a la ciudad, mucho más calma que cuando el príncipe se había ido, la luz volvió a crear una revolución.
Por varios días la gente estuvo en contra de la luz, que solo desaparecía en lo que Paulisia llamaba ‘noche’. Pero tal como lo había hecho Loretse fueron acostumbrados tanto hasta hacer de la luz una necesidad.
Pasaron un par de meses antes de que el príncipe se de cuenta que se había enamorado de Paulisia. Ella lo había salvado de la oscuridad y recordó aquello que le había dicho cuando se conocieron. Sintió por primera vez como brillaba esa luz en su interior, mucho más que la que iluminaba a Darkness.
Decidió decírselo, pero algo lo frenó. La escucho hablar con otros habitantes que pronto se iría, y él sintió, también por primera vez, como esa luz se iba desvaneciendo.
Sin embargo, con el mismo coraje que la había llevado a ella, decidió decírselo igual.
-Pero no es acá donde me debo quedar-Dijo Paulisia, mientras la tristeza le brotaba por los poros y se diluía hasta llegar a él- A pesar de que mi amor por vos también es inmenso, tengo que irme. Es mi misión.
-Pero ¿cuál es esa misión? No me importa donde estés, yo quiero estar donde vos estés.
-¡No entandes!- Y una lágrima cayó por su rostro.- Yo vivo donde vos me encontraste. Vine acá porque mi misión es hacer que cada uno encuentre su luz interior. Esa que vos encontraste y que hace que ahora estés acá. Darkess ya es capaz de vivir sin mí. Por eso tengo que ir al faro, allá le doy mi luz aquellos que no pueden encontrara la suya.
Loret quedó en silencio. Sabía que vivir a oscuras era horrible, y no quería ser tan egoísta para dejar a un montón de gente a oscuras. Decidió, que aunque le duela, eso era lo que ella debía hacer. Su ciudad ya había recuperado la luz y no necesitaba más de Paulisia.
Los días que pasó sin ella, Loret estuvo muy triste. Tampoco había visto la luz del faro brillar. Pero una noche, esa luz se prendió de nuevo.
Entonces el principe comprendió que no tenía porque estar mal. Sabía que desde allí, Paiulisia iba a seguir brillando por él, y él debería seguir haciéndolo por ella.
Ya estaba cansado de no poder hacer lo que quería, aunque si lo pensaba bien, vivía tan acostumbrado a la rutina que no se había puesto a pensar quién sería realmente su fuese libre. Pero le gustaba más la idea de descubrirlo que la de quedarse así, sin más que hacer que esperar a ser rey.
Confiaba en él, sabía que era lo que quería hacer: devolverle la luz a su ciudad- Darknees se había quedado a oscuras un día, sin ningún motivo. Aunque sus habitantes ya habían acostumbrado sus ojos y agudizado sus oídos como animales nocturnos. Los que más añoraban la luz eran los ancianos, pues eran ellos quienes la habían conocido. Los nuevos lugareños habían pasado toda su vida así, y hasta incluso les daba miedo la idea de luz.
Loret era uno de estos últimos, pero no le temía, sino todo lo contrario. Quería ir a su encuentro, Pero ¿Cómo?
Un día (por supuesto a oscuras) apareció una claridad que desapareció a los pocos segundos. Pero lo más extraño fue, que los mismos segundos que tardó en irse, volvió a aparecer. Los habitantes estaban muy asustados. Era todo tan desconocido bajo el cobijo de la luz, que provocó en los ciudadanos diferentes reacciones. Perplejos por la situación, nadie sabía que hacer, y los gritos y las corridas no tardaron en llegar.
Entonces Loret, pensó que podría utilizar esa intermitente luz como guía. Juntó en un bolso lo más indispensable, puso la montura en su caballo, y reunió todo el coraje que pudo para emprender un camino hacía lo desconocido.
Fue muy duro el camino. En cuanto la luz desaparecí, él quedaba inmóvil en el lugar en que estuviera. Si continuaba, podía salirse del camino y luego sería más complicado llegar.
Tardó varios días en llegar, y paso tras paso las cosas se iban poniendo peores. El bosque se iba poniendo más denso, pero lo peor era que la luz se iba haciendo más fuerte. Su poca costumbre, provocaba en el príncipe un dolor insoportable, pero sabía que debía continuar, y así lo hizo.
Por fin llegó el día en que lo vio. La luz venía de una alta torre en el borde de una península. Estaba pintado con franjas rojas y blancas, y la luz giraba sobre ella hasta alcanzar cada lugar.
Subió la torre con mucho más temor del que había tenido hasta ahí. Las escaleras eran larguísimas y llegó a la cima cansado y sin aliento. Alzó la vista y ¡Qué sorpresa! Una mujer vestida de blanco estaba parada delante de él. Ella extendió la mano y su voz suave dijo:
-Paulisia.
Loret quedó perplejo, sin saber que contestar. Ella sacó la mano y esbozó una risita cuando se dio cuenta de que él estaba temblando.
-Paulisia, así me llamo.
Y con esta frase quedaron los dos en silencio, observándose unos a otro.
-Lorey-Dijo, rompiendo el silencio, el príncipe.
Y sin darse cuanta pasaron toda la noche hablando. Loret descubrió que ella contenía la claridad dentro. Le habló de un corazón lleno de luz, pero él no entendió mucho aquello.
Y paulisia, supo quien era y que quería aquel hombre.
Los dos volvieron a la ciudad, pero esta vez con el camino iluminado. Paulisia expandió su luz desde el centro de su cuerpo, y Loret se había acostumbrado a la extraña mujer que irradiaba luz así como sus ojos se habían acostumbrado a la sensación de ver con claridad.
Al llegar a la ciudad, mucho más calma que cuando el príncipe se había ido, la luz volvió a crear una revolución.
Por varios días la gente estuvo en contra de la luz, que solo desaparecía en lo que Paulisia llamaba ‘noche’. Pero tal como lo había hecho Loretse fueron acostumbrados tanto hasta hacer de la luz una necesidad.
Pasaron un par de meses antes de que el príncipe se de cuenta que se había enamorado de Paulisia. Ella lo había salvado de la oscuridad y recordó aquello que le había dicho cuando se conocieron. Sintió por primera vez como brillaba esa luz en su interior, mucho más que la que iluminaba a Darkness.
Decidió decírselo, pero algo lo frenó. La escucho hablar con otros habitantes que pronto se iría, y él sintió, también por primera vez, como esa luz se iba desvaneciendo.
Sin embargo, con el mismo coraje que la había llevado a ella, decidió decírselo igual.
-Pero no es acá donde me debo quedar-Dijo Paulisia, mientras la tristeza le brotaba por los poros y se diluía hasta llegar a él- A pesar de que mi amor por vos también es inmenso, tengo que irme. Es mi misión.
-Pero ¿cuál es esa misión? No me importa donde estés, yo quiero estar donde vos estés.
-¡No entandes!- Y una lágrima cayó por su rostro.- Yo vivo donde vos me encontraste. Vine acá porque mi misión es hacer que cada uno encuentre su luz interior. Esa que vos encontraste y que hace que ahora estés acá. Darkess ya es capaz de vivir sin mí. Por eso tengo que ir al faro, allá le doy mi luz aquellos que no pueden encontrara la suya.
Loret quedó en silencio. Sabía que vivir a oscuras era horrible, y no quería ser tan egoísta para dejar a un montón de gente a oscuras. Decidió, que aunque le duela, eso era lo que ella debía hacer. Su ciudad ya había recuperado la luz y no necesitaba más de Paulisia.
Los días que pasó sin ella, Loret estuvo muy triste. Tampoco había visto la luz del faro brillar. Pero una noche, esa luz se prendió de nuevo.
Entonces el principe comprendió que no tenía porque estar mal. Sabía que desde allí, Paiulisia iba a seguir brillando por él, y él debería seguir haciéndolo por ella.
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