Y hoy otra vez armar todo. Quizás armarme un poco yo también, recuperar las piezas de mí que regalé a otros, abrir los ojos con la cara al sol para ver las que todavía no encontré.
Ochenta cuentos atrás descubría que existo porque escribo. Hoy descubro mucho más. Ahora sé que soy lo que escribo, los cuentos que hablan de amor.
No porque yo viva en uno, sino simplemente porque de eso hablan mis cuentos. Porque será mi sueño, lo que quiero transmitir, porque soy así.
Y esa es la magia que está en mí: amar con palabras.
Si supieras que todo esto es por vos, que más de todo esto que te inventé, más que las lunas de historias que dibujé con mis manos, no te puedo dar.
Porque no puedo elegir por vos, no puedo siquiera darte pistas cual es el camino. No porque tenga ganas, sino porque no me lo merezco.
No quiero ser la elección que yo misma hago de mí, no quiero que afirmen lo que no va a ser.
Se supone que esta es la etapa en donde empieza todo de nuevo: un nuevo año, un nuevo camino, nuevas materias, nuevas desilusiones. Se supone que es ahora en donde la esquizofrenia navideña viene a demostrarme que papá Noel si existe, a jurarme que los sueños se cumplen porque todo es mágico. Se supone que es acá donde la película acaba, y una se queda con el amor de su vida. Se supone.
Lo que venga será genial para mi. Porque hoy, que armé el arbolito con la convicción de que todo será perfecto, pedí ser feliz. Porque entendí que para ser feliz tengo que dejar de vivir con incertidumbres.
Todo estos cuentos son las incertidumbres que me agobian y que no quiero descubrir porque seguro confirman que para vos todo está claro. Hace casi un año que lo armé, un año después vengo a cerrarlo.
martes, 8 de diciembre de 2009
lunes, 30 de noviembre de 2009
Soñar no cuesta nada.
Fue impresionante cuando me di cuenta. Antes pedía más deseos, pero ahora no sé si será porque ya no me quedan tantos o porque aprendí a valorarlos. Aunque puede que sean ambas.
Tenía veintiún años. Te imaginarás que a esa edad uno es más propenso a ilusionarse, pero también a sufrir las decepciones. En esa época tenía más cosas que pedir, ahora solamente cierro los ojos y repito alguna frase como “Quiero un chocolate” y después aparece. (Ya no pido grandes cosas)
¿Vos que pedirías? No es fácil a veces, hay que estar segura de una mima.
Además ahora, que estoy un poco más vieja controlo mis ansias y puedo esperar desde que pido el Somnus, hasta que se cumple. De más joven era terrible. Era sufrir y comerme las uñas y brotarme de pies a cabeza.
Muchos Somnus no resultaron como quería, pero así son los Somnus. Como la vida. Si algunos no vinieran fallados de fábrica no se podría seguir pidiendo cosas. Como la vez que pedí ser rica. ¿Te imaginas que hubiese sido si se hubiese cumplido de verdad, yo con plata? Bueno, no resultó así. No es muy lindo pasar la lengua por el antebrazo y que sepa bien. Tengo miedo que mi perro se coma una parte de mi cuando duermo, pero al menos huelo a vainilla naturalmente.
Son muy pocos los Somnus que no se cumplen al pie de la letra o que se mal interpretan, pero que los hay, los hay, y hay que ser precavido.
Es fácil, es concentraste y pedir. No hay reglas, pero no creo que sirva de algo tener alguna cosa.
¿Vos que sueño tenés? Porque la mayoría quiere plata. ¡Y viste como me fue a mí! Después de eso, me quedó un sabor tan amargo (Valga la ironía) que nunca más pedí algo así. A lo sumo pediré trabajar viste. Moralmente tampoco me parece correcto, pero como acá “el que no llora, no mama”. Cada uno con sus Somnus.
¿Y el amor? Bueno, pasa algo parecido. Creo que una va aprendiendo que lo que no tiene no lo va a tener nunca, no por maldad, pero así son las cosas che.
Además uno siempre termina pidiendo que se cumpla el deseo del otro, porque cuando se está enamorada es lo que uno quiere.
Las cosas fáciles aburren. Después no tenes historias para contar. Es siempre lo mismo, la monotonía del sí.
Mirá, yo una vez pedí un Somnus, y al otro día amanecí con Mateo. ¿Te acordás de Mateo? Buen chico ese, pero lo primero que me dijo cuando se levanto fue: -“¿te haces unos mates negrita”- y perdió el encanto. Además me decía todo que sí.
Que sí te amo, que si pasamos las fiestas de tus viejos, que si me pongo este disfraz de pato para salir a la calle, que si terminamos la relación si eso es lo que queres, que sí salí con Esteban, y que sí, que sí, que sí.
Al final, tantos sí parecen decir no. No le importaba nada. Entonces entendí que el amor es un Somnus de a dos, un deseo mutuo.
No me dijiste, ¿Con que soñabas?
Pero bueno, no viene al caso. Yo te iba a contar porque te lo cuento a vos, y porque no se lo conté a nadie nunca.
Ya estoy vieja y todo lo que deseo es un poco de paz, chocolate y el programa ese de los domingos. No sé cuanto más voy a vivir, y ¡no me digas que pida un Somnus de vida eterna porque entonces no entendiste nada!
Al principio no lo contaba por miedo. ¿Qué iba a decir la gente de mí? Que estoy loca. Pero ahora, con el tiempo pienso que todos tienen la capacidad de volver sus Somnus realidad. Todo el mundo puede pedir deseos y que se le cumplan. Y si es así, ¡Andá a saber que motivos tienen los otros para no contarlos! Porque yo nunca me enteré de otros casos.
Quizás tengan el mismo que el mío: cada uno tiene que describir por sí solos que los Somnus existen.
También habrá sido un poquito de egoísmo, por eso ahora te lo cuento a vos. Ahora que lo sabés, estoy más tranquila.
Ya lo sabía de antes, pero ahora estoy segura que los Somnus no se van a morir conmigo.
Al final no me respondiste ¿Vos con que soñás?
Tenía veintiún años. Te imaginarás que a esa edad uno es más propenso a ilusionarse, pero también a sufrir las decepciones. En esa época tenía más cosas que pedir, ahora solamente cierro los ojos y repito alguna frase como “Quiero un chocolate” y después aparece. (Ya no pido grandes cosas)
¿Vos que pedirías? No es fácil a veces, hay que estar segura de una mima.
Además ahora, que estoy un poco más vieja controlo mis ansias y puedo esperar desde que pido el Somnus, hasta que se cumple. De más joven era terrible. Era sufrir y comerme las uñas y brotarme de pies a cabeza.
Muchos Somnus no resultaron como quería, pero así son los Somnus. Como la vida. Si algunos no vinieran fallados de fábrica no se podría seguir pidiendo cosas. Como la vez que pedí ser rica. ¿Te imaginas que hubiese sido si se hubiese cumplido de verdad, yo con plata? Bueno, no resultó así. No es muy lindo pasar la lengua por el antebrazo y que sepa bien. Tengo miedo que mi perro se coma una parte de mi cuando duermo, pero al menos huelo a vainilla naturalmente.
Son muy pocos los Somnus que no se cumplen al pie de la letra o que se mal interpretan, pero que los hay, los hay, y hay que ser precavido.
Es fácil, es concentraste y pedir. No hay reglas, pero no creo que sirva de algo tener alguna cosa.
¿Vos que sueño tenés? Porque la mayoría quiere plata. ¡Y viste como me fue a mí! Después de eso, me quedó un sabor tan amargo (Valga la ironía) que nunca más pedí algo así. A lo sumo pediré trabajar viste. Moralmente tampoco me parece correcto, pero como acá “el que no llora, no mama”. Cada uno con sus Somnus.
¿Y el amor? Bueno, pasa algo parecido. Creo que una va aprendiendo que lo que no tiene no lo va a tener nunca, no por maldad, pero así son las cosas che.
Además uno siempre termina pidiendo que se cumpla el deseo del otro, porque cuando se está enamorada es lo que uno quiere.
Las cosas fáciles aburren. Después no tenes historias para contar. Es siempre lo mismo, la monotonía del sí.
Mirá, yo una vez pedí un Somnus, y al otro día amanecí con Mateo. ¿Te acordás de Mateo? Buen chico ese, pero lo primero que me dijo cuando se levanto fue: -“¿te haces unos mates negrita”- y perdió el encanto. Además me decía todo que sí.
Que sí te amo, que si pasamos las fiestas de tus viejos, que si me pongo este disfraz de pato para salir a la calle, que si terminamos la relación si eso es lo que queres, que sí salí con Esteban, y que sí, que sí, que sí.
Al final, tantos sí parecen decir no. No le importaba nada. Entonces entendí que el amor es un Somnus de a dos, un deseo mutuo.
No me dijiste, ¿Con que soñabas?
Pero bueno, no viene al caso. Yo te iba a contar porque te lo cuento a vos, y porque no se lo conté a nadie nunca.
Ya estoy vieja y todo lo que deseo es un poco de paz, chocolate y el programa ese de los domingos. No sé cuanto más voy a vivir, y ¡no me digas que pida un Somnus de vida eterna porque entonces no entendiste nada!
Al principio no lo contaba por miedo. ¿Qué iba a decir la gente de mí? Que estoy loca. Pero ahora, con el tiempo pienso que todos tienen la capacidad de volver sus Somnus realidad. Todo el mundo puede pedir deseos y que se le cumplan. Y si es así, ¡Andá a saber que motivos tienen los otros para no contarlos! Porque yo nunca me enteré de otros casos.
Quizás tengan el mismo que el mío: cada uno tiene que describir por sí solos que los Somnus existen.
También habrá sido un poquito de egoísmo, por eso ahora te lo cuento a vos. Ahora que lo sabés, estoy más tranquila.
Ya lo sabía de antes, pero ahora estoy segura que los Somnus no se van a morir conmigo.
Al final no me respondiste ¿Vos con que soñás?
miércoles, 25 de noviembre de 2009
¿Qué sabrán los chanchos de aviones si nunca miraron para arriba?
Y ahora andá Luciana, anda a encontrar lo que hasta ahora no encontraste. Andá a volar con los pies en el suelo. Corré a donde no quieras llegar, a donde la oscuridad te de miedo. Tirate en parapente al vacío de lo que todavía no te animaste. Desvenda los ojos de los monstruos que tiempo atrás te quisieron comer, y haceles cosquillas. Andá y jugá. Jugá a ser todas esas que queres ser, para que descubras porque sos lo que sos. Jugate todas las cartas que te queden. Jugá.
Anda Lu, anda porque acá ya encontraste todo. Porque lo obvio es muy fácil descubrir, y yo sé que vos podes llegar a donde nadie llego.
Andá sin importar lo que te griten en el camino, sin importar las piedras, los carteles de neón que intentan despistarte. Las lluvias torrenciales, los meteoritos.
Mira todas las cosas que te quedan por descubrir, todos los momentos que todavía no viviste, todas las batallas que te quedan por ganar (con esfuerzo y un poquito de suerte)
Tirate de cabeza a la pileta aunque no sepas si hay agua.
Porque no vas a ganar si no te arriesgas. Es más complicado que llegues a la meta caminando. Y más difícil aún quedándote inmóvil.
Porque será difícil encontrar una aguja en un pajar, pero no va la vas a encontrar nunca si no te tiras y buscas.
No hay otra solución. Para tocar el cielo hay que empezar a construir una escalera. (O pintarte uno más cerquita)
Ponete delante de él y besalo como si fuese la primera vez, y decile todo lo que sentís como si él no lo supiera. Y viví como fuera el primer respiro.
Dejate sorprender por lo que pase. Decile a los que querés que los admirás, porque puede que quizás no lo sepan.
Cantá cuando llores, y llora cuando se te cante. Gritá con toda la fuerza del estomago lo que tengas ganas, pero arriesga.
Y no es pensar en futuro, todo lo contrario. Es vivir con lo que tengo, sin tener miedo a perderlo mañana.
¿Cómo vas a saber a donde podes llegar si nunca empezaste un camino?
Anda Lu, anda porque acá ya encontraste todo. Porque lo obvio es muy fácil descubrir, y yo sé que vos podes llegar a donde nadie llego.
Andá sin importar lo que te griten en el camino, sin importar las piedras, los carteles de neón que intentan despistarte. Las lluvias torrenciales, los meteoritos.
Mira todas las cosas que te quedan por descubrir, todos los momentos que todavía no viviste, todas las batallas que te quedan por ganar (con esfuerzo y un poquito de suerte)
Tirate de cabeza a la pileta aunque no sepas si hay agua.
Porque no vas a ganar si no te arriesgas. Es más complicado que llegues a la meta caminando. Y más difícil aún quedándote inmóvil.
Porque será difícil encontrar una aguja en un pajar, pero no va la vas a encontrar nunca si no te tiras y buscas.
No hay otra solución. Para tocar el cielo hay que empezar a construir una escalera. (O pintarte uno más cerquita)
Ponete delante de él y besalo como si fuese la primera vez, y decile todo lo que sentís como si él no lo supiera. Y viví como fuera el primer respiro.
Dejate sorprender por lo que pase. Decile a los que querés que los admirás, porque puede que quizás no lo sepan.
Cantá cuando llores, y llora cuando se te cante. Gritá con toda la fuerza del estomago lo que tengas ganas, pero arriesga.
Y no es pensar en futuro, todo lo contrario. Es vivir con lo que tengo, sin tener miedo a perderlo mañana.
¿Cómo vas a saber a donde podes llegar si nunca empezaste un camino?
viernes, 20 de noviembre de 2009
Las apariencias...
Y nada parece real (Quizás no lo sea)
Ni las flores de plástico, ni el sabor de ese azúcar que llaman edulcorante, ni el color del pelo. Ni la luz de la luna, porque la tapan los faroles de una calle llena de mentiras, como esa mujer esperando en la esquina que aparenta ser decente para conseguir marido, o la joven que tiene a su lado, que busca parecer fácil para conseguir un novio.
Ni el vuelo de los globos llenos de helio, ni el sonido de la naturaleza en las películas.
Hasta las peleas parecen mentiras, los políticos. La comida congelada, esta forma de escribir tan impropia, con la letra de una maquina que suena a trucha, a copia mal lograda de una mente.
Las prótesis son falacias, el jarabe con en el que se hacen las gaseosas, el jabón en polvo, papá Noel, el ratón Pérez y todas las demás historias.
Los cd, que vinieron a sustituir la satisfacción de ver a la gente cantar en vivo.
No parecen muy creíbles los millonarios, ahora que cualquiera muestra en la tele todo lo que se consigue con plata. Ni las olas, porque hay lugares donde se inventan.
Tampoco la información que viene de Internet. Ni las cartas porque ya no existen, ni la luz de las velas porque ya no alumbran. Ni el fuego, porque está en cualquier lado que prendamos un fósforo.
Ni las cuentas mentales, ni la leche que viene en cartón, ni los panes que están sellados al vacío. Tampoco la energía que todos la llaman pilas- o batería- ni los limpiadores multiuso, ni los repelentes.
No puedo creer en lo que no parece real, como el tatuaje que yo también llevo y que no sé siquiera que será eso que está en mi piel y que no se borra.
Ni la realidad que vemos en una pantalla, que hasta tiene color. Ni el prestigio de los poetas y de los grandes sabios, porque ahora todo se sabe.
No parece cierto la privacidad, ni tampoco los candados. El tejido de la ropa que usamos, el spray, los insecticidas. Incluso hay robots, que nos vienen a suplantar a nosotros. Transfusiones que dan vida al que ya no tenía ni esperanza.
Ni el dolor parece real, ni los fármacos que lo amortiguan. Ni la pintura de las uñas, ni los trampolines.
Y yo no sé porque será que elegimos vivir en un mundo tan inventado. Creo que todavía entiendo menos porque nos quejamos. Si fuimos nosotros los que quisimos hacernos los eruditos, armando un mundo de fantasía.
Será porque nos gusta vivir de sueños. Sin ellos tampoco existirían las historias de amor, los bombones, las cámaras de fotos que perpetúan el recuerdo, las acuarelas con las que los chicos nos pintan la vida, el perfume de alguien que no queremos que se evapore.
Necesitamos vivir de ilusiones, necesitamos seguir poniendo ladrillos a nuestro castillo de humo.
Y lo digo yo, que preciso de todas esas mentiras para decir que esto es mío, que elijo vivir en el mundo que construyeron, que apuesto a seguir creando.
Que escribo historias, que les robo la música a los autores sin que se enteren, que compro papel celofán de muchos colores, y viajo en colectivo.
Y lo digo yo, que necesito de tus palabras aunque sean tan poco reales. Que me construyo tus besos, sabiendo que después los voy a aniquilar con mis realidades. Que sueño con vos, aunque te haya inventado.
Ni las flores de plástico, ni el sabor de ese azúcar que llaman edulcorante, ni el color del pelo. Ni la luz de la luna, porque la tapan los faroles de una calle llena de mentiras, como esa mujer esperando en la esquina que aparenta ser decente para conseguir marido, o la joven que tiene a su lado, que busca parecer fácil para conseguir un novio.
Ni el vuelo de los globos llenos de helio, ni el sonido de la naturaleza en las películas.
Hasta las peleas parecen mentiras, los políticos. La comida congelada, esta forma de escribir tan impropia, con la letra de una maquina que suena a trucha, a copia mal lograda de una mente.
Las prótesis son falacias, el jarabe con en el que se hacen las gaseosas, el jabón en polvo, papá Noel, el ratón Pérez y todas las demás historias.
Los cd, que vinieron a sustituir la satisfacción de ver a la gente cantar en vivo.
No parecen muy creíbles los millonarios, ahora que cualquiera muestra en la tele todo lo que se consigue con plata. Ni las olas, porque hay lugares donde se inventan.
Tampoco la información que viene de Internet. Ni las cartas porque ya no existen, ni la luz de las velas porque ya no alumbran. Ni el fuego, porque está en cualquier lado que prendamos un fósforo.
Ni las cuentas mentales, ni la leche que viene en cartón, ni los panes que están sellados al vacío. Tampoco la energía que todos la llaman pilas- o batería- ni los limpiadores multiuso, ni los repelentes.
No puedo creer en lo que no parece real, como el tatuaje que yo también llevo y que no sé siquiera que será eso que está en mi piel y que no se borra.
Ni la realidad que vemos en una pantalla, que hasta tiene color. Ni el prestigio de los poetas y de los grandes sabios, porque ahora todo se sabe.
No parece cierto la privacidad, ni tampoco los candados. El tejido de la ropa que usamos, el spray, los insecticidas. Incluso hay robots, que nos vienen a suplantar a nosotros. Transfusiones que dan vida al que ya no tenía ni esperanza.
Ni el dolor parece real, ni los fármacos que lo amortiguan. Ni la pintura de las uñas, ni los trampolines.
Y yo no sé porque será que elegimos vivir en un mundo tan inventado. Creo que todavía entiendo menos porque nos quejamos. Si fuimos nosotros los que quisimos hacernos los eruditos, armando un mundo de fantasía.
Será porque nos gusta vivir de sueños. Sin ellos tampoco existirían las historias de amor, los bombones, las cámaras de fotos que perpetúan el recuerdo, las acuarelas con las que los chicos nos pintan la vida, el perfume de alguien que no queremos que se evapore.
Necesitamos vivir de ilusiones, necesitamos seguir poniendo ladrillos a nuestro castillo de humo.
Y lo digo yo, que preciso de todas esas mentiras para decir que esto es mío, que elijo vivir en el mundo que construyeron, que apuesto a seguir creando.
Que escribo historias, que les robo la música a los autores sin que se enteren, que compro papel celofán de muchos colores, y viajo en colectivo.
Y lo digo yo, que necesito de tus palabras aunque sean tan poco reales. Que me construyo tus besos, sabiendo que después los voy a aniquilar con mis realidades. Que sueño con vos, aunque te haya inventado.
viernes, 13 de noviembre de 2009
En el fondo de la garganta (Y del corazón)
Inspeccionó en su garganta. Había tantas palabras que parecía un tsunami.
Y probablemente sí, porque después de él nada era estable en ella. Él era su desequilibrio, su huracán, su terremoto.
Quiso decirle que lo quería, de cualquier forma, incluso así, en los brazos de otra, con el corazón regalado a la primera que no le pidió nada.
Tuvo ganas de contarle que miles de veces lo extrañó, lo perdió, lo besó, aunque no tuviera lógica. Aunque él siguiera ahí, a centenares de siglos de distancia.
Quería decirle que no esperaba nada de él, pero a él sí. Y que lo esperaría lo que durara la carne, hasta que el alma se resignará (Pero dudaba que lo hiciera)
Que su ADN completaba las células que lo reclamaban con los ojos abiertos- bien abiertos- y llenos de esperanza.
Que sus sueños no se derrumbaban, incluso después de tantas desilusiones.
Le intentó jurar que él era su mayor tormenta, y también era él quien las calmaba.
Y tuvo tantas cosas para decirle, que no hubo momento oportuno (Porque todos lo eran)
Que no había tiempo, ni razón. Que todas las causas eran justas y que el destino podía irse a fumarse un cigarrillo en la china, que a ella no le importaba, porque podía construir su propio destino. Podía traer el cielo o irse a algún lugar sobre el arco iris, podía hacer de su vida un paraíso para ambos.
Pero entre tantas palabras no hubo una que le quedara justo, que lo convenciera a él que, pese a lo que pensaba, ella lo podía hacer feliz.
¿De qué servia convencerlo? ¿Había algún motivo suficiente para demostrarle que todo esto era amor?
No pensó más, porque si las hubiera, si realmente serviría de algo seguir escribiendo con su pulso un cuento de hadas, él probablemente ya debería saberlo.
Y en su garganta había tantas palabras revueltas que parecía un tsunami.
Y entre tantas no encontró ninguna que pudiera llenar lo que ella quería decir
No había más que su cuerpo, delante del de él, temblando de miedo, de desesperación, de amor.
-“Quedate conmigo”- le dijo al final-
Y ella, que ya se lo había dicho tantas otras veces y de tantas otras formas, encontró lo que buscaba.
Quedate conmigo, hasta que pueda encontrar la forma de decirte que te quiero más de lo que todos suponen.
Y probablemente sí, porque después de él nada era estable en ella. Él era su desequilibrio, su huracán, su terremoto.
Quiso decirle que lo quería, de cualquier forma, incluso así, en los brazos de otra, con el corazón regalado a la primera que no le pidió nada.
Tuvo ganas de contarle que miles de veces lo extrañó, lo perdió, lo besó, aunque no tuviera lógica. Aunque él siguiera ahí, a centenares de siglos de distancia.
Quería decirle que no esperaba nada de él, pero a él sí. Y que lo esperaría lo que durara la carne, hasta que el alma se resignará (Pero dudaba que lo hiciera)
Que su ADN completaba las células que lo reclamaban con los ojos abiertos- bien abiertos- y llenos de esperanza.
Que sus sueños no se derrumbaban, incluso después de tantas desilusiones.
Le intentó jurar que él era su mayor tormenta, y también era él quien las calmaba.
Y tuvo tantas cosas para decirle, que no hubo momento oportuno (Porque todos lo eran)
Que no había tiempo, ni razón. Que todas las causas eran justas y que el destino podía irse a fumarse un cigarrillo en la china, que a ella no le importaba, porque podía construir su propio destino. Podía traer el cielo o irse a algún lugar sobre el arco iris, podía hacer de su vida un paraíso para ambos.
Pero entre tantas palabras no hubo una que le quedara justo, que lo convenciera a él que, pese a lo que pensaba, ella lo podía hacer feliz.
¿De qué servia convencerlo? ¿Había algún motivo suficiente para demostrarle que todo esto era amor?
No pensó más, porque si las hubiera, si realmente serviría de algo seguir escribiendo con su pulso un cuento de hadas, él probablemente ya debería saberlo.
Y en su garganta había tantas palabras revueltas que parecía un tsunami.
Y entre tantas no encontró ninguna que pudiera llenar lo que ella quería decir
No había más que su cuerpo, delante del de él, temblando de miedo, de desesperación, de amor.
-“Quedate conmigo”- le dijo al final-
Y ella, que ya se lo había dicho tantas otras veces y de tantas otras formas, encontró lo que buscaba.
Quedate conmigo, hasta que pueda encontrar la forma de decirte que te quiero más de lo que todos suponen.
sábado, 7 de noviembre de 2009
Ya.
No sé que estas esperando.
Ahora que la vida nos paseo por todas las situaciones y que yo sigo acá, queriéndote. Ahora que la fantasía no aparece en las películas y se escurre de los dedos como el agua que ya no llena los ríos.
Que no arriesgamos porque podemos ganar, y que no juego a la ruleta rusa porque puedo perder. Que el tiempo no pasa, que somos nosotros los que pasamos sobre él. Que el futuro no llega, y puede que ya lo hayamos encontrado.
Que no te juzgo, ni me juzgo, porque no hay juicios que no ganes.
Ahora que la lluvia cayó, y que ya no quiero que ese hombre que estaba afuera de mi cama, empapándose de libertad, siga ahí. Por lo menos, que entre a tomarse un café, a charlar de la vida, a escuchar a Joaquín conmigo.
Ahora que entendí que una vez desenfundé mi espada y te acorralé contra el vacío. Ahora quiero que sepas que ya no tengo armas para afrontarte. Que estoy acá, desnuda, sin intención, sin deseos, sin fe. Que pareciera que lo único que me queda es vivir. Y escribir, y vivir. Pero nunca jamás vivir lo que escribo, ni escribir lo que vivo, porque no me sirvió tiempo atrás.
Ahora que ya no escucho tu voz, ni muero por tus labios. Pero que volvería a hacerlo si volviera a tocarte.
Ahora que esta entre la piel y la carne todo eso que te dije alguna vez, que espera salir o consumirse. Que espera ser feliz, o dejarse serlo. Que espera encontrarte, o ir a tu encuentro.
Ahora que no hay palabras que digan lo que quiero escuchar, ni canciones que tengan tu nombre. Ahora que soy real, de carne y hueso, y de nervios, y de alma.
Ahora, no sé que estas esperando. Ahora salí, corré.
Mira tu reflejo en cualquier lado, y descubrite. Y pensá que en algún lugar de mi mundo, eso que estas viendo fue para mi lo más dulce y más doloroso. Lo que me llenó de sueños que no se cumplieron. Y que contradictorio, que me hayas enseñado en el mismo momento a ser feliz y a no serlo. A que los labios sonrían y los ojos lloren. A que las manos te toquen y el alma se muera.
Por eso ahora andá, construí el camino que me daba miedo que construyas. Quizás porque temía que no te llevará a mi. Pero ahora que entendí que esto es esto, y vos sos vos, no me queda nada más que eso.
Fugate en alguna tarde sin rumbo. Puede que encuentres el destino que buscabas, o puede que me encuentres a mi, con las mismas ganas de seguir invadiendo tus ojos. O puede que el destino sea yo. (Y ojalá que lo sea)
Pero ahora que te quiero más que nunca, es cuando entiendo que me tengo que ir.
Porque ahora el tiempo sigue pasando, me está acorralando y me obliga a vivir. Me dice que no te tengo que esperar hasta siempre, - aunque yo lo haría- porque siempre, es más que una vida.
Y es ahora que tengo que hacerle caso, porque una vida es mucho tiempo.
Ahora que la vida nos paseo por todas las situaciones y que yo sigo acá, queriéndote. Ahora que la fantasía no aparece en las películas y se escurre de los dedos como el agua que ya no llena los ríos.
Que no arriesgamos porque podemos ganar, y que no juego a la ruleta rusa porque puedo perder. Que el tiempo no pasa, que somos nosotros los que pasamos sobre él. Que el futuro no llega, y puede que ya lo hayamos encontrado.
Que no te juzgo, ni me juzgo, porque no hay juicios que no ganes.
Ahora que la lluvia cayó, y que ya no quiero que ese hombre que estaba afuera de mi cama, empapándose de libertad, siga ahí. Por lo menos, que entre a tomarse un café, a charlar de la vida, a escuchar a Joaquín conmigo.
Ahora que entendí que una vez desenfundé mi espada y te acorralé contra el vacío. Ahora quiero que sepas que ya no tengo armas para afrontarte. Que estoy acá, desnuda, sin intención, sin deseos, sin fe. Que pareciera que lo único que me queda es vivir. Y escribir, y vivir. Pero nunca jamás vivir lo que escribo, ni escribir lo que vivo, porque no me sirvió tiempo atrás.
Ahora que ya no escucho tu voz, ni muero por tus labios. Pero que volvería a hacerlo si volviera a tocarte.
Ahora que esta entre la piel y la carne todo eso que te dije alguna vez, que espera salir o consumirse. Que espera ser feliz, o dejarse serlo. Que espera encontrarte, o ir a tu encuentro.
Ahora que no hay palabras que digan lo que quiero escuchar, ni canciones que tengan tu nombre. Ahora que soy real, de carne y hueso, y de nervios, y de alma.
Ahora, no sé que estas esperando. Ahora salí, corré.
Mira tu reflejo en cualquier lado, y descubrite. Y pensá que en algún lugar de mi mundo, eso que estas viendo fue para mi lo más dulce y más doloroso. Lo que me llenó de sueños que no se cumplieron. Y que contradictorio, que me hayas enseñado en el mismo momento a ser feliz y a no serlo. A que los labios sonrían y los ojos lloren. A que las manos te toquen y el alma se muera.
Por eso ahora andá, construí el camino que me daba miedo que construyas. Quizás porque temía que no te llevará a mi. Pero ahora que entendí que esto es esto, y vos sos vos, no me queda nada más que eso.
Fugate en alguna tarde sin rumbo. Puede que encuentres el destino que buscabas, o puede que me encuentres a mi, con las mismas ganas de seguir invadiendo tus ojos. O puede que el destino sea yo. (Y ojalá que lo sea)
Pero ahora que te quiero más que nunca, es cuando entiendo que me tengo que ir.
Porque ahora el tiempo sigue pasando, me está acorralando y me obliga a vivir. Me dice que no te tengo que esperar hasta siempre, - aunque yo lo haría- porque siempre, es más que una vida.
Y es ahora que tengo que hacerle caso, porque una vida es mucho tiempo.
miércoles, 4 de noviembre de 2009
Y esta también es una posibilidad.
Cuando lo conoció, Emilia pretendía demasiado. Creo que había empezado al revés de lo común. A cualquiera le hubiese dado primero por conocerlo, por descubrirlo, y después imaginarlo. Pero ella no, porque quizás amaba tan diferente al resto. Ella primero lo había querido, y recién ahora lo empezaba a encontrar.
Lo quiso, porque lo conocía incluso antes de conocerlo. Lo había elegido entre tantas cosas que había imaginado.
Pero de nada le servía, porque conocerlo, también implicaba saber que jamás se encontrarían sobre el arco iris sus maravillosos mundos.
Dulce como el veneno en la comida de la vieja que siempre se sentaba a espiarla en el departamento de enfrente. Frío, como la tarde en que lo vio irse sin soltar si quiera un “te quiero”.
Siempre dudó. Tuvo miedo de quedarse con las ganas de decir las cosas y se las dijo. Pero después temió decírselas y retrocedió. Y al final, jamás le dijo sinceramente que lo había imaginado.
Ahora quizás era tarde. No por él, sino por ella. Para ella era tarde. Para ella que había esperado tanto tiempo que el supiera que no habría situación incontrolable, ni dolor que sus manos no pudieran calmar.
Y ahora la vieja, acercó como pudo su sillón a la ventana, con tanta mala suerte para Emilia, que la tenía como principal espectadora.
Si supiera que su vida estaba tan lejos de ser una película entretenida. Quiso ir a decírselo, pero al menos ella le interesaba. Y la dejo, por la simple satisfacción que alguien la observaba.
Y mientras Emilia pensaba en lo que no fue con él, la vieja seguía ahí. Emilia la miró. Quizás algún día se convertiría en eso. Sola, vieja, chusma.
Cerró la ventana y bajó las escaleras. Se cruzó al edificio de enfrente y tocó el timbre de esa mujer, que ya no era vieja, sino simplemente mujer.
- ¿Por qué está tan sola?- le preguntó.
- No estoy sola. Estoy con quien quiero estar, donde quiero estar, y como quiero estar.
Emilia le sonrió, y se fue.
Claro, después lo entendió. Si ella estaba ahí, en su departamento, pensando en él como un inalcanzable, soñándolo cada noche despierta. Si estaba ahí, con los ojos empañados de su perfume, con las manos tendiendo a tocarlo en su ausencia, era porque ella lo quería. Porque lo quería en su imaginación, en sus cuentos. Porque esa era su decisión.
Pensó que entonces, ir y vomitarle todo lo que sentía también era su decisión. Era una de las posibilidades. Pero tenía miedo, siempre lo había tenido.
Porque lo conocía, porque lo amaba. Pero más tenía miedo, por no llegar a concretar su ilusión. De imaginar algo y que sea diferente.
Era una posibilidad también. Entonces comprendió otra cosa. El mundo estaba lleno de posibilidades. Todo lo que ella había pensado que era real, no era más que una de las infinitas opciones.
Y se vio poderosa, porque era ella quien elegía lo que sucedería.
Entonces fue, y lo encontró. Y lo besó, porque eso era lo que había elegido. Y lo amó más, porque también esa era su elección.
No sé que habrá pasado después, pero Emilia jugo las cartas que ella misma había repartido.
Lo quiso, porque lo conocía incluso antes de conocerlo. Lo había elegido entre tantas cosas que había imaginado.
Pero de nada le servía, porque conocerlo, también implicaba saber que jamás se encontrarían sobre el arco iris sus maravillosos mundos.
Dulce como el veneno en la comida de la vieja que siempre se sentaba a espiarla en el departamento de enfrente. Frío, como la tarde en que lo vio irse sin soltar si quiera un “te quiero”.
Siempre dudó. Tuvo miedo de quedarse con las ganas de decir las cosas y se las dijo. Pero después temió decírselas y retrocedió. Y al final, jamás le dijo sinceramente que lo había imaginado.
Ahora quizás era tarde. No por él, sino por ella. Para ella era tarde. Para ella que había esperado tanto tiempo que el supiera que no habría situación incontrolable, ni dolor que sus manos no pudieran calmar.
Y ahora la vieja, acercó como pudo su sillón a la ventana, con tanta mala suerte para Emilia, que la tenía como principal espectadora.
Si supiera que su vida estaba tan lejos de ser una película entretenida. Quiso ir a decírselo, pero al menos ella le interesaba. Y la dejo, por la simple satisfacción que alguien la observaba.
Y mientras Emilia pensaba en lo que no fue con él, la vieja seguía ahí. Emilia la miró. Quizás algún día se convertiría en eso. Sola, vieja, chusma.
Cerró la ventana y bajó las escaleras. Se cruzó al edificio de enfrente y tocó el timbre de esa mujer, que ya no era vieja, sino simplemente mujer.
- ¿Por qué está tan sola?- le preguntó.
- No estoy sola. Estoy con quien quiero estar, donde quiero estar, y como quiero estar.
Emilia le sonrió, y se fue.
Claro, después lo entendió. Si ella estaba ahí, en su departamento, pensando en él como un inalcanzable, soñándolo cada noche despierta. Si estaba ahí, con los ojos empañados de su perfume, con las manos tendiendo a tocarlo en su ausencia, era porque ella lo quería. Porque lo quería en su imaginación, en sus cuentos. Porque esa era su decisión.
Pensó que entonces, ir y vomitarle todo lo que sentía también era su decisión. Era una de las posibilidades. Pero tenía miedo, siempre lo había tenido.
Porque lo conocía, porque lo amaba. Pero más tenía miedo, por no llegar a concretar su ilusión. De imaginar algo y que sea diferente.
Era una posibilidad también. Entonces comprendió otra cosa. El mundo estaba lleno de posibilidades. Todo lo que ella había pensado que era real, no era más que una de las infinitas opciones.
Y se vio poderosa, porque era ella quien elegía lo que sucedería.
Entonces fue, y lo encontró. Y lo besó, porque eso era lo que había elegido. Y lo amó más, porque también esa era su elección.
No sé que habrá pasado después, pero Emilia jugo las cartas que ella misma había repartido.
martes, 27 de octubre de 2009
A vos papá.
Era una tarde oscura sobre Avellaneda, espesos nubarrones ocultaban el cielo, y a través de algunos claros visibles se podía ver el resplandor de los relámpagos.
Corría el año 2100 y mucho tiepo atrás, había quedado la crisis de principio de siglo en la Argentina. Ahora, se vivían años de bonanza po estas latitudes.
En un rincón del living de la suntuosa casa, se encontraba Malena, en su cómoda mecedora, con sus 99 años, rodeada por nietos y bisnietos. Parecía increíble el avance de la ciencia, ya que, la media de vida se ubicaba entre los cien y los ciento veinte años.
El más pequeño del grupo le pidió insistentemente que relatara historias de su juventud. La dulce abuela solía entetenerlos habitualmente con sus recuerdos.
bueno,- dijo ésta recogiéndose el cabello platinado que caía sobre sus hombros- si es lo que desean...- y así dejaron por un instante de jugar, en esas máquinas intergalácticas de realidad virtual.
- Como ustedes saben, mi abuelo Ricardo, mis padres y sus hermanos eran oriundos de Avellaneda, pero de una Avellaneda que ustedes ni se imaginan. Al principio, fue una Ciudad industrial cercada por inmensas curtiembres, donde se trabajaba el cuero de vaca para hacer prendas de vestir. De cada fabrica podía verse el humo de sus chimeneas, que si bien eran contaminantes , los habitantes de esa ciudad, podían subsistir honrosamente con un trabajo digno; también, fue una ciudad donde no escatimaba en la cultura,aquí el viejo Teatro Roma, que ustedes conocen como Museo, fue un estandarte. Por allí pasaron gran cantidad de artistas y gente importante, símbolos de aquella época. Una calurosa tarde de domingo de marzo del año 2020, me encontraba bordo de mi automóvil, paseando placenteramente por Avenida Mitre, en esa época los autos todavía apoyaban sus ruedas en el asfalto para avanzar; cuando de repente, al llegar a la esquina de 25 de mayo, me encuentro en medio de una batalla campal.Ahí caigo en la cuenta, que ese día se jugaba el clásico de Avellaneda, y sin tener a donde ir, me resigno a mi suerte y atino solamente a rezar. En ese presiso momento, veo un muchacho de unos veinte años, morocho, de gran contextura física, que abriéndose paso entre la multitud, fabrica un claro por donde mi pequeño vehículo pudiera pasar, seguidamente me invita cortésmente a pasarme al asiento del acompañante, poniéndose al volante, cosa que accedí, pero con muy mala cara. Ya lejos del peligro lo miro y le pregunto:
- ¿Sabes que esto que estás haciendo es un secuestro?- él me responde con una dulce sonrisa y agrega
- Muy por el contrario, más que tu secuestrador, prefiero ser tu esclavo.
Y saben, chicos, este muchacho al que me refiero en esta historia, hoy en día no es más que su abuelo Pablo.
Quitándose lentamente los lentes se da cuenta que, a pesar de los avances de esta época, una buena historia bien contada es suficiente para que unos revoltosos niños concilien el sueño.

Encontré esto entre algunos papeles, y aunque una parte la pasé a voz directa, la historia es tan mía (Y tan tuya y tan de todos) que acá, que es donde yo manifiesto mi imaginación no podía dejar de poner la tuya.
Que es la imaginación que de chiquita me fuiste transmitiendo papá. Que son los cuentos que solamente yo escuchaba. Que son tus mitos, que hicieron de mi la escritora que hoy intento ser.
Que son vos, escribiendo la historia de mi vida.
Gracias por la fantasía que siempre me regalaste.
Corría el año 2100 y mucho tiepo atrás, había quedado la crisis de principio de siglo en la Argentina. Ahora, se vivían años de bonanza po estas latitudes.
En un rincón del living de la suntuosa casa, se encontraba Malena, en su cómoda mecedora, con sus 99 años, rodeada por nietos y bisnietos. Parecía increíble el avance de la ciencia, ya que, la media de vida se ubicaba entre los cien y los ciento veinte años.
El más pequeño del grupo le pidió insistentemente que relatara historias de su juventud. La dulce abuela solía entetenerlos habitualmente con sus recuerdos.
bueno,- dijo ésta recogiéndose el cabello platinado que caía sobre sus hombros- si es lo que desean...- y así dejaron por un instante de jugar, en esas máquinas intergalácticas de realidad virtual.
- Como ustedes saben, mi abuelo Ricardo, mis padres y sus hermanos eran oriundos de Avellaneda, pero de una Avellaneda que ustedes ni se imaginan. Al principio, fue una Ciudad industrial cercada por inmensas curtiembres, donde se trabajaba el cuero de vaca para hacer prendas de vestir. De cada fabrica podía verse el humo de sus chimeneas, que si bien eran contaminantes , los habitantes de esa ciudad, podían subsistir honrosamente con un trabajo digno; también, fue una ciudad donde no escatimaba en la cultura,aquí el viejo Teatro Roma, que ustedes conocen como Museo, fue un estandarte. Por allí pasaron gran cantidad de artistas y gente importante, símbolos de aquella época. Una calurosa tarde de domingo de marzo del año 2020, me encontraba bordo de mi automóvil, paseando placenteramente por Avenida Mitre, en esa época los autos todavía apoyaban sus ruedas en el asfalto para avanzar; cuando de repente, al llegar a la esquina de 25 de mayo, me encuentro en medio de una batalla campal.Ahí caigo en la cuenta, que ese día se jugaba el clásico de Avellaneda, y sin tener a donde ir, me resigno a mi suerte y atino solamente a rezar. En ese presiso momento, veo un muchacho de unos veinte años, morocho, de gran contextura física, que abriéndose paso entre la multitud, fabrica un claro por donde mi pequeño vehículo pudiera pasar, seguidamente me invita cortésmente a pasarme al asiento del acompañante, poniéndose al volante, cosa que accedí, pero con muy mala cara. Ya lejos del peligro lo miro y le pregunto:
- ¿Sabes que esto que estás haciendo es un secuestro?- él me responde con una dulce sonrisa y agrega
- Muy por el contrario, más que tu secuestrador, prefiero ser tu esclavo.
Y saben, chicos, este muchacho al que me refiero en esta historia, hoy en día no es más que su abuelo Pablo.
Quitándose lentamente los lentes se da cuenta que, a pesar de los avances de esta época, una buena historia bien contada es suficiente para que unos revoltosos niños concilien el sueño.

Encontré esto entre algunos papeles, y aunque una parte la pasé a voz directa, la historia es tan mía (Y tan tuya y tan de todos) que acá, que es donde yo manifiesto mi imaginación no podía dejar de poner la tuya.
Que es la imaginación que de chiquita me fuiste transmitiendo papá. Que son los cuentos que solamente yo escuchaba. Que son tus mitos, que hicieron de mi la escritora que hoy intento ser.
Que son vos, escribiendo la historia de mi vida.
Gracias por la fantasía que siempre me regalaste.
jueves, 22 de octubre de 2009
lunes, 19 de octubre de 2009
Había una vez un sueño. (Atado en el alma de la realidad)
Si de soñar se trata, soñé con vos todo el tiempo. Soñé con mi nombre reiteradas veces picándote en tus cuerdas vocales, con tus ojos turbios y llenos de historia.
Imaginé que me faltaba el aliento después de haber respirado tanto, y que vos me regalabas el tuyo, sin preámbulos.
Vi la sombra de tu cuerpo en la pared que está enfrente del sillón.
Inventé situaciones, te llevé a mi terraza con los ojos cerrados, después te saqué la venda y te mostré lo que yo veía desde ahí. Te respondí que son mejores tus ojos observándolos cuando me dijiste que era un paisaje hermoso.
Buqué la forma de tus besos encendidos, y después también la busque en tus besos dulces.
Quería tenerte de mi mano, en silencio, sin imaginar nada más. Soñé con cenas que no se dieron, y hasta con peleas.
Pensé en mi rutina, en como la cambiarías vos. En darte besos improvistos, darme cuenta un día que eran lo más hermoso que tenía.
Te imaginé escribiendo un cuento, uno que hablara de mí. Y después un libro, y después la gloria.
Me pude ver llorando en tus brazos, no importa la razón (Cualquiera es buena para estar ahí)
Y después soñé con un atardecer sin lugar preciso. O sí, en el mejor lugar donde podía estar, en vos.
Y me fui tan lejos, y construí un camino que no caminé.
Ahora no hay más sueños. Todo lo que tengo es realidad, que manipulé a mi favor. Fui tan egoísta que no supe ver que tus sueños tenían otras formas.
Fui tan egoísta que no creo haberte dado la suficiente cuerda para que te quedes conmigo.
Soy tan egoísta, que te daría la realidad, que es mi único tesoro, para que vos sigas soñando.
Esta soñadora le duelen las desilusiones. Pero le duelen, porque primero las inventó. Le duelen, porque soñar no significa ser feliz. Porque el tiempo no te lleva siempre a donde queres estar.
Le duelen porque lo que duele siempre es soñar con imposibles.
Imaginé que me faltaba el aliento después de haber respirado tanto, y que vos me regalabas el tuyo, sin preámbulos.
Vi la sombra de tu cuerpo en la pared que está enfrente del sillón.
Inventé situaciones, te llevé a mi terraza con los ojos cerrados, después te saqué la venda y te mostré lo que yo veía desde ahí. Te respondí que son mejores tus ojos observándolos cuando me dijiste que era un paisaje hermoso.
Buqué la forma de tus besos encendidos, y después también la busque en tus besos dulces.
Quería tenerte de mi mano, en silencio, sin imaginar nada más. Soñé con cenas que no se dieron, y hasta con peleas.
Pensé en mi rutina, en como la cambiarías vos. En darte besos improvistos, darme cuenta un día que eran lo más hermoso que tenía.
Te imaginé escribiendo un cuento, uno que hablara de mí. Y después un libro, y después la gloria.
Me pude ver llorando en tus brazos, no importa la razón (Cualquiera es buena para estar ahí)
Y después soñé con un atardecer sin lugar preciso. O sí, en el mejor lugar donde podía estar, en vos.
Y me fui tan lejos, y construí un camino que no caminé.
Ahora no hay más sueños. Todo lo que tengo es realidad, que manipulé a mi favor. Fui tan egoísta que no supe ver que tus sueños tenían otras formas.
Fui tan egoísta que no creo haberte dado la suficiente cuerda para que te quedes conmigo.
Soy tan egoísta, que te daría la realidad, que es mi único tesoro, para que vos sigas soñando.
Esta soñadora le duelen las desilusiones. Pero le duelen, porque primero las inventó. Le duelen, porque soñar no significa ser feliz. Porque el tiempo no te lleva siempre a donde queres estar.
Le duelen porque lo que duele siempre es soñar con imposibles.
viernes, 16 de octubre de 2009
La difícil tarea de subir.

Se me ocurre que todo esto es una escalera. No sé a donde me lleva pero hay que subirla, porque sino nunca lo voy a descubrir.
Sucede que cada peldaño se torna más vulnerable a mí, y no parece tener sustento. Visto desde afuera, debo ser yo inestable.
A mi, que estoy dentro mío y no puedo salir, me parece sentir desvanecerse el borde del escalón debajo de la planta de mis pies. No sé si alguna vez alguien se sintió así.
Entonces, cuando todo me sale mal, como ahora, y las escaleras parecen hundirse yo me dejo caer. ¿Qué más puedo hacer?
Nunca llegué más lejos que tres escalones. La retórica aprensión al suelo, liso, sin ángulos.
Lo intenté, claro. Lo sigo intentando. Y no es que tenga ganas, porque una después tantos fracasos se siente así: una fracasada. Una incoherente matemática que no comprende que primero va un pie y después otro (Nunca los dos juntos).
Y es que Julio me lo había explicado tiempo atrás. Y en ese entonces me resultaba sencillo escalar y escalar.
Idealicé tanto lo que había allá arriba, que ahora creo que llegar me va a desilusionar. Sin embargo quiero encontrar otra vez la llanura en ese otro nivel, uno más arriba.
Ya no tengo fuerzas, porque soy una estúpida. Una estúpida que siempre se va a quedar en la planta baja, mirando como todo se cae, como ella no pudo construirlo.
Tenía las instrucciones y no me sirvieron de nada. “Las escaleras se suben de frente, pues hacia atrás o de costado resultan particularmente incómodas” me había dicho Julio, que pobre, quiso que yo subiera las escaleras como él y nunca pudo. Porque nadie lo hace como él.
Claro, y a mi se me da por subir como se me canta. Porque mi meta es llegar. Y es que siempre tuve la meta de llegar a no sé donde. Ir, por ir, sin plantearme que quiero, como lo que quiero.
Ahora ya no puedo parar. No porque tenga ganas de volver a intentar subir las escaleras, ya lo dije, sino más bien por lo que comenta la gente [Para que vean que no soy tan madura como me esteriotipan] Mirá si después andan diciendo que no sé subir las escaleras.
Eso no sería nada, mirá si se enteraran que tengo pánico a caerme de nuevo, pero que quizás en cierto punto me guste. De otra forma no volvería a subirla.
Y subir las escaleras se compara con tantas otras cosas significativas. Sí, soy un fracaso. Un fracaso que va a intentar fracasar de nuevo, porque no tiene otra opción. La cosa de lástima que lastima.
Y vos vas a estar ahí, mirándome como yo vuelvo a caer, quizás en vos, quizás en la nada, quizás en el gélido suelo que congeló lo que alguna vez fui.
lunes, 12 de octubre de 2009
Bienvenido.
Se me ocurre que vas a llegar distinto
no exactamente más lindo
ni más fuerte
ni más docil
ni más cauto
tan solo que vas a llegar distinto
como si esta temporada de no verme
te hubiera sorprendido a vos también
quizá porque sabes
cómo te pienso y te enumero
después de todo la nostalgia existe
aunque no lloremos en los andenes fantasmales
ni sobre las almohadas de candor
ni bajo el cielo opaco
yo nostalgio
tu nostalgias
y cómo me revienta que ella nostalgie
tu rostro es la vanguardia
tal vez llega primero
porque lo pinto en las paredes
con trazos invisibles y seguros
no olvides que tu rostro
me mira como pueblo
sonríe y rabia y canta
como pueblo
y eso te da una lumbre
inapagable
ahora no tengo dudas
vas a llegar distinto y con señales
con nuevas
con hondura
con franqueza
sé que voy a quererte sin preguntas
sé que vas a quererme sin respuestas.
Mario Benedetti
no exactamente más lindo
ni más fuerte
ni más docil
ni más cauto
tan solo que vas a llegar distinto
como si esta temporada de no verme
te hubiera sorprendido a vos también
quizá porque sabes
cómo te pienso y te enumero
después de todo la nostalgia existe
aunque no lloremos en los andenes fantasmales
ni sobre las almohadas de candor
ni bajo el cielo opaco
yo nostalgio
tu nostalgias
y cómo me revienta que ella nostalgie
tu rostro es la vanguardia
tal vez llega primero
porque lo pinto en las paredes
con trazos invisibles y seguros
no olvides que tu rostro
me mira como pueblo
sonríe y rabia y canta
como pueblo
y eso te da una lumbre
inapagable
ahora no tengo dudas
vas a llegar distinto y con señales
con nuevas
con hondura
con franqueza
sé que voy a quererte sin preguntas
sé que vas a quererme sin respuestas.
Mario Benedetti
domingo, 11 de octubre de 2009
Preludio de olvido.
Ayer estuve con otro hombre. Otro hombre sí, pero tenía tus besos incrustados en mis labios.
Los garabatos que dibujó en mi espalda con sus dedos no alcanzaron para borrar los que vos hiciste en mi alma. Siguen ahí los muy desgraciados. Siguen ahí porque les gusta, porque se regocijan cada vez que yo me torturo recordándolos.
Vencí a la soledad de no tenerte despertando en los brazos de otro que no eras vos, pero tenía tu nombre. Quiero decir que también te gané a vos, a la fidelidad de no respirarte en mi casa que está llena de tu aire.
Más bien, me dejé ganar. Me dejé ser feliz aunque sea por los segundos que tardó mi cuerpo en terminar arriba del de él.
Vencí a la canonicidad de encontrarte en mis huellas dactilares que, aunque no quiera, te buscan.
Pero ayer comprendí que hay otra cosa. Que amor no es esperar que llegues. No es caminar al precipicio. Porque ya me morí tantas veces cayendo al vacío de tu ausencia que no creo que me pueda matar del todo.
Y sus ojos me parecieron distantes. No de mí, porque fueron ellos los que me recorrieron como nunca nadie lo había hecho. Fueron distantes de los que quise que fueran. Y sin embargo, me enloquecieron. Como su boca mojando cada centímetro de mi cuerpo.
¿Cómo será tu respiración en la mía? ¿Cómo serán tus caricias cuando llega la mañana y todo pasó, y queda fumarte un cigarrillo y despertarte con un beso?
Y a él lo ví dormido. Tan ingenuo, tan entregado. Y yo que pensaba en como serías vos, en la misma cama. Y lo abracé, porque al fin y al cabo, yo también estoy en la misma posición que él. También sé que se siente cuando te besan sin amarte. Y hasta quizás no le interesó. Pero a mi sí, a mi me molestaba no quererlo, me molestaba quererte.
Pero mi mano se rindió en las suyas cuando la busco para juguetear. Entonces recorrió mi palma con sus dedos, y yo supe que siempre se tiene que volver a empezar.
Y vos sabes cuanto miedo me dan los comienzos, pero tenía que empezar. Porque la vida es como un círculo dibujado en un papel. Siempre vuelve a empezar, siempre termina.
Y después otra vez besos apasionados, y sus dos manos contorneándome. Y hasta es más gentil que vos, hasta me dejo quererlo sin querer.
Que sé yo. Ayer te dominé. Te anude en la esquina del balcón, allá afuera, mientras llovía. Y adentro también llovía. Quizás no te vencí, quizás fue eso. Te dejé afuera por una noche. Una noche en que entendí que no te tengo, pero que puedo intentar encontrar en otros brazos eso que en vos buscaba. Una noche en que me dí cuenta, que un clavo no saca otro clavo.
Y es que él sí confía en mí, y tuvo ganas de besarme, y me besó. Y yo lo bese, con los ojos cerrados y con tu poesía en mi piel. Pero lo besé, como si no existieras.
Y en definitiva es eso. Voy a tener que acostumbrarme a agarrar la mano de él y que me lleve a donde quiera. Quizás en el final del camino, esta vez, no encuentre un abismo.
Los garabatos que dibujó en mi espalda con sus dedos no alcanzaron para borrar los que vos hiciste en mi alma. Siguen ahí los muy desgraciados. Siguen ahí porque les gusta, porque se regocijan cada vez que yo me torturo recordándolos.
Vencí a la soledad de no tenerte despertando en los brazos de otro que no eras vos, pero tenía tu nombre. Quiero decir que también te gané a vos, a la fidelidad de no respirarte en mi casa que está llena de tu aire.
Más bien, me dejé ganar. Me dejé ser feliz aunque sea por los segundos que tardó mi cuerpo en terminar arriba del de él.
Vencí a la canonicidad de encontrarte en mis huellas dactilares que, aunque no quiera, te buscan.
Pero ayer comprendí que hay otra cosa. Que amor no es esperar que llegues. No es caminar al precipicio. Porque ya me morí tantas veces cayendo al vacío de tu ausencia que no creo que me pueda matar del todo.
Y sus ojos me parecieron distantes. No de mí, porque fueron ellos los que me recorrieron como nunca nadie lo había hecho. Fueron distantes de los que quise que fueran. Y sin embargo, me enloquecieron. Como su boca mojando cada centímetro de mi cuerpo.
¿Cómo será tu respiración en la mía? ¿Cómo serán tus caricias cuando llega la mañana y todo pasó, y queda fumarte un cigarrillo y despertarte con un beso?
Y a él lo ví dormido. Tan ingenuo, tan entregado. Y yo que pensaba en como serías vos, en la misma cama. Y lo abracé, porque al fin y al cabo, yo también estoy en la misma posición que él. También sé que se siente cuando te besan sin amarte. Y hasta quizás no le interesó. Pero a mi sí, a mi me molestaba no quererlo, me molestaba quererte.
Pero mi mano se rindió en las suyas cuando la busco para juguetear. Entonces recorrió mi palma con sus dedos, y yo supe que siempre se tiene que volver a empezar.
Y vos sabes cuanto miedo me dan los comienzos, pero tenía que empezar. Porque la vida es como un círculo dibujado en un papel. Siempre vuelve a empezar, siempre termina.
Y después otra vez besos apasionados, y sus dos manos contorneándome. Y hasta es más gentil que vos, hasta me dejo quererlo sin querer.
Que sé yo. Ayer te dominé. Te anude en la esquina del balcón, allá afuera, mientras llovía. Y adentro también llovía. Quizás no te vencí, quizás fue eso. Te dejé afuera por una noche. Una noche en que entendí que no te tengo, pero que puedo intentar encontrar en otros brazos eso que en vos buscaba. Una noche en que me dí cuenta, que un clavo no saca otro clavo.
Y es que él sí confía en mí, y tuvo ganas de besarme, y me besó. Y yo lo bese, con los ojos cerrados y con tu poesía en mi piel. Pero lo besé, como si no existieras.
Y en definitiva es eso. Voy a tener que acostumbrarme a agarrar la mano de él y que me lleve a donde quiera. Quizás en el final del camino, esta vez, no encuentre un abismo.
sábado, 10 de octubre de 2009
Escribir.

"Pero la convención y la canonicidad son fuentes prodigiosas de aburriemiento. Y el aburrimiento, como la 'necesidad' en el proverbio, también es padre de la invención. Algunos llegan a afirmar que es el esfuerzo por superar el aburrimiento lo que crea el 'impulso literario', que la función del propio lenjuage literario es hacer que lo demasiado familiar resulte extraño de nuevo" Jerome Bruner.
sábado, 26 de septiembre de 2009
Fortuna.
Cuando era chiquita, me gustaba ir al cantero de la entrada de mi antigua casa. Me pasaba horas buscando tréboles de cuatro hojas. Al principio todos me parecían yuyos, y nunca encontré uno que tuviera las características que yo quería. O quizás sí, y me pensé que no podía tener tanta suerte. Porque en esos tiempos no confiaba cuando lograba mis objetivos.
No sé porque los buscaba. Siempre estaba el mito de que traían surte, y ahora que me pongo a escribirlo me viene a la mente la imagen de un trébol en la billetera de una mujer, aunque no me puedo acordar quien era.
Nunca tuve suerte- Ni la tengo- . Pero eso me parece ingrato. Decir que no tuve suerte, es decir que la vida no me dio cosas maravillosas. Y hay tantas cosas que pueden contradecir eso, que enumerarlas también sería injusto.
Justo ayer, que nació Renata, me di cuenta de lo mágico que es todo esto. El hecho de estar acá, haciendo lo que más me gusta, en una noche de primavera. Poder soñar, quererlo de esta forma tan única. Salir mañana a festejar el cumpleaños de mi papá. Tengo tanto.
Y sin embargo que no tengo suerte es cierto. Llegar hasta acá y verme en lo que me convertí, sin haberlo planeado, no me fue fácil. Mirá en el amor. Para amar, como amo hoy, tuve que sufrir (y eso es lo que quiero que se entienda). ¿Qué hubiese sido de mi, si en vez de seguir, sin mirar atrás, me hubiese quedado en él, en su amistad tan dolorosa? Yo también lloré, y me desgarré por dentro. Y tampoco tengo suerte en el amor. Y ahora, que me pongo a pensar en todo esto, considero que la suerte no viene hasta uno (Como la mayoría de las cosas) que la suerte, hay que ir a buscarla en los canteros de una casa, o en cualquier lado, pero allá afuera. En el mundo que se mueve constantemente, y que gira, dejando atrás todo.
Y por eso me gustan los tréboles de cuatro hojas, y por eso también nunca quise encontrarlos. Me gustan porque tienen la suerte que yo también tengo, pero los dejo fuera de mi vista para ir a buscarlo todos los días.
Cuando era chiquita me gustaba ir al cantero de mi casa y buscar tréboles de cuatro hojas. Hoy lo veo todos los días, cuando mi hermana se duerme a mi lado, en los atardeceres, en los ojos tan chiquitos de Renata, en mis amigas, en la lapicera con la que escribo las historias, en las lunas que me hacen soñar.
Y también lo busco, porque a pesar de los tréboles que no encontré en mi camino, confío en esos que siempre van a estar en mi.
No sé porque los buscaba. Siempre estaba el mito de que traían surte, y ahora que me pongo a escribirlo me viene a la mente la imagen de un trébol en la billetera de una mujer, aunque no me puedo acordar quien era.
Nunca tuve suerte- Ni la tengo- . Pero eso me parece ingrato. Decir que no tuve suerte, es decir que la vida no me dio cosas maravillosas. Y hay tantas cosas que pueden contradecir eso, que enumerarlas también sería injusto.
Justo ayer, que nació Renata, me di cuenta de lo mágico que es todo esto. El hecho de estar acá, haciendo lo que más me gusta, en una noche de primavera. Poder soñar, quererlo de esta forma tan única. Salir mañana a festejar el cumpleaños de mi papá. Tengo tanto.
Y sin embargo que no tengo suerte es cierto. Llegar hasta acá y verme en lo que me convertí, sin haberlo planeado, no me fue fácil. Mirá en el amor. Para amar, como amo hoy, tuve que sufrir (y eso es lo que quiero que se entienda). ¿Qué hubiese sido de mi, si en vez de seguir, sin mirar atrás, me hubiese quedado en él, en su amistad tan dolorosa? Yo también lloré, y me desgarré por dentro. Y tampoco tengo suerte en el amor. Y ahora, que me pongo a pensar en todo esto, considero que la suerte no viene hasta uno (Como la mayoría de las cosas) que la suerte, hay que ir a buscarla en los canteros de una casa, o en cualquier lado, pero allá afuera. En el mundo que se mueve constantemente, y que gira, dejando atrás todo.
Y por eso me gustan los tréboles de cuatro hojas, y por eso también nunca quise encontrarlos. Me gustan porque tienen la suerte que yo también tengo, pero los dejo fuera de mi vista para ir a buscarlo todos los días.
Cuando era chiquita me gustaba ir al cantero de mi casa y buscar tréboles de cuatro hojas. Hoy lo veo todos los días, cuando mi hermana se duerme a mi lado, en los atardeceres, en los ojos tan chiquitos de Renata, en mis amigas, en la lapicera con la que escribo las historias, en las lunas que me hacen soñar.
Y también lo busco, porque a pesar de los tréboles que no encontré en mi camino, confío en esos que siempre van a estar en mi.
domingo, 20 de septiembre de 2009
Septiembre, 21.
Tres globos atados al borde del banco de una plaza. La mano de un bebé tratando de alcanzarlo. Los ojos de un nene que ve la escena.
La vida que juega en el arenero más próximo. Las risas que hacen pareja con los caballos de la calesita.
Los pétalos de una flor que a lo largo de una vida van tomando diferentes significados. Una mariposa revoloteando la flor, llevando sus colores a la nariz de dos enamorados. Ellos mismos, en sí, que no escuchan los caballos de la calesita, ni ven los colores de la mariposa, porque para ellos hay un mundo paralelo.
Un camino, que los que aman, construyen. Que los que luchan, construyen. Que construyen todos aquellos que caminan.
Un superhéroe disfrazado de superhéroe. Cuatro chicos imitándolo, amándolo. Porque se le da la gana, porque son chicos y tienen la obligación de hacer lo que quieran. El derecho que perdimos los que ya crecimos, pero que podemos encontrar si sabemos usarlo.
El rumor del viento excitando las hojas de los árboles, haciéndolas volar, sin intención de retenerlas, dejándolas ser.
Las hojas que en algún momento caen al piso, y está bien. La inspiración que se encuentra en esas hojas que cayeron, que esperan otro soplo de viento que las vuelva a elevar. Las historias que escriben en el cielo cuando lo logran, y las que después se pintan con tinta china en algún papel.
Un sueño enredándose en los tallos de un rosal de cinco colores diferentes. El ronroneo de la fuente que busca pájaros. La punta del ala de una paloma que roza el agua.
Amor, de cualquier forma, desparramado por todos lados. La luz del farol más espléndido: la luna.
Una noche de primavera con cuentos.
No sé que será la primavera para los demás. Esto es lo que se me viene a la mente cuando pienso en esta estación. Y sin embargo, la primavera es mucho más.
Será también la bienvenida a nuevas vidas para amar. Será la misma ilusión pulsando adentro mío. Será entender que amar no es viceversa.
La vida que juega en el arenero más próximo. Las risas que hacen pareja con los caballos de la calesita.
Los pétalos de una flor que a lo largo de una vida van tomando diferentes significados. Una mariposa revoloteando la flor, llevando sus colores a la nariz de dos enamorados. Ellos mismos, en sí, que no escuchan los caballos de la calesita, ni ven los colores de la mariposa, porque para ellos hay un mundo paralelo.
Un camino, que los que aman, construyen. Que los que luchan, construyen. Que construyen todos aquellos que caminan.
Un superhéroe disfrazado de superhéroe. Cuatro chicos imitándolo, amándolo. Porque se le da la gana, porque son chicos y tienen la obligación de hacer lo que quieran. El derecho que perdimos los que ya crecimos, pero que podemos encontrar si sabemos usarlo.
El rumor del viento excitando las hojas de los árboles, haciéndolas volar, sin intención de retenerlas, dejándolas ser.
Las hojas que en algún momento caen al piso, y está bien. La inspiración que se encuentra en esas hojas que cayeron, que esperan otro soplo de viento que las vuelva a elevar. Las historias que escriben en el cielo cuando lo logran, y las que después se pintan con tinta china en algún papel.
Un sueño enredándose en los tallos de un rosal de cinco colores diferentes. El ronroneo de la fuente que busca pájaros. La punta del ala de una paloma que roza el agua.
Amor, de cualquier forma, desparramado por todos lados. La luz del farol más espléndido: la luna.
Una noche de primavera con cuentos.
No sé que será la primavera para los demás. Esto es lo que se me viene a la mente cuando pienso en esta estación. Y sin embargo, la primavera es mucho más.
Será también la bienvenida a nuevas vidas para amar. Será la misma ilusión pulsando adentro mío. Será entender que amar no es viceversa.
jueves, 10 de septiembre de 2009
Hola, llamada equivocada.
-Hable- dijo la voz de Celina en el auricular. Como si Lucas pudiera hacer otra cosa.
-Hola, ¿Se encontraría Camilo?
- ¿Camilo? Acá no vive ningún Camilo. Usted está equivocado señor.
- Discúlpeme señorita, es que estos números insisten en confundirse.
- Sí. Lo entiendo. Mis números suelen también hacerlo
- Yo pienso que será la modernidad ¿Vio? Los botones se sienten bien, se creen con derecho a marcar cualquier cosa
- Claro- confirmo Celina. Después no había mucho más que decir, pero no cortaron.
- Perdón, nuevamente. Lucas, soy Lucas. ¿Cómo no me presenté en un comienzo? ¡Qué descortés!
- ¡No se aflija hombre! Es que no tuvo tiempo de mencionarlo.
- Muy amable señorita…
- Celina, perdón
- Hermoso nombre
- No, para nada. Pero bueno… ¿Qué le vamos a hacer? Uno no lo decide, no puede controlarlo, como los dedos en la botonera del teléfono.
- Claro, por eso a veces se equivocan. Si aceptaran lo que uno les ordena, pero no. Y a uno no le queda más que aceptarlo.
- No Lucas, no me parece. Debería levantar el tubo y escuchar la voz de quien queremos oír.
- Bueno, a partir de ahora quizás quiera escuchar su voz cuando levante el tubo.
- ¡Qué charlatán! Será un poco complicado si ellos siguen controlando todo.
- Puede que nosotros nos dejemos también.
- Puede que nos dejemos- rectificó Celina.
- Pero también puede que cada error me lleve a usted, de equivocarse no se salva nadie, alguna vez tiene que volver a suceder.
- Y yo pienso que sí ¡Qué se yo! Siempre hay que tener tiempo para equivocarse. Y si no, debería hacérselo.
- Si me vuelve a llevar hasta su dulce voz- continuó Lucas.
-No mienta. Debe ser el auricular del teléfono que me hace sonar así.
- O la forma en que entona cada palabra, casi con el aliento en la palma de la mano.
- Puede ser por un llamado inesperado, que me quitó el aire.- Entonces fue cuando Lucas no supo que decir. Entonces siguió ella.
- Disculpe, no quise decir eso.
- No se avergüence Celina. A mi me pasa igual.
- Me da gusto que se haya equivocado.
- Será nuestro destino ¿No cree?
- No, sinceramente.
- Yo tampoco de todas formas. ¿Y en la compatibilidad de los signos?
- Ni siquiera tengo idea de que signo soy.
- Claro, entiendo. De todas formas no es importante. ¿Usted cree en el amor?
- Bueno, en realidad para mí el amor en sí no existe. Es una abstracción, como las matemáticas ¿Vio? Al final uno termina casándose, pero por presión, es todo tan…
- Está segura que Camilo no vive allí ¿No?
- No Lucas, le digo que no.
- Ah, disculpe, entonces me equivoqué de número. Buenas tardes.
Y Celina que escuchó un tu eterno.
-Hola, ¿Se encontraría Camilo?
- ¿Camilo? Acá no vive ningún Camilo. Usted está equivocado señor.
- Discúlpeme señorita, es que estos números insisten en confundirse.
- Sí. Lo entiendo. Mis números suelen también hacerlo
- Yo pienso que será la modernidad ¿Vio? Los botones se sienten bien, se creen con derecho a marcar cualquier cosa
- Claro- confirmo Celina. Después no había mucho más que decir, pero no cortaron.
- Perdón, nuevamente. Lucas, soy Lucas. ¿Cómo no me presenté en un comienzo? ¡Qué descortés!
- ¡No se aflija hombre! Es que no tuvo tiempo de mencionarlo.
- Muy amable señorita…
- Celina, perdón
- Hermoso nombre
- No, para nada. Pero bueno… ¿Qué le vamos a hacer? Uno no lo decide, no puede controlarlo, como los dedos en la botonera del teléfono.
- Claro, por eso a veces se equivocan. Si aceptaran lo que uno les ordena, pero no. Y a uno no le queda más que aceptarlo.
- No Lucas, no me parece. Debería levantar el tubo y escuchar la voz de quien queremos oír.
- Bueno, a partir de ahora quizás quiera escuchar su voz cuando levante el tubo.
- ¡Qué charlatán! Será un poco complicado si ellos siguen controlando todo.
- Puede que nosotros nos dejemos también.
- Puede que nos dejemos- rectificó Celina.
- Pero también puede que cada error me lleve a usted, de equivocarse no se salva nadie, alguna vez tiene que volver a suceder.
- Y yo pienso que sí ¡Qué se yo! Siempre hay que tener tiempo para equivocarse. Y si no, debería hacérselo.
- Si me vuelve a llevar hasta su dulce voz- continuó Lucas.
-No mienta. Debe ser el auricular del teléfono que me hace sonar así.
- O la forma en que entona cada palabra, casi con el aliento en la palma de la mano.
- Puede ser por un llamado inesperado, que me quitó el aire.- Entonces fue cuando Lucas no supo que decir. Entonces siguió ella.
- Disculpe, no quise decir eso.
- No se avergüence Celina. A mi me pasa igual.
- Me da gusto que se haya equivocado.
- Será nuestro destino ¿No cree?
- No, sinceramente.
- Yo tampoco de todas formas. ¿Y en la compatibilidad de los signos?
- Ni siquiera tengo idea de que signo soy.
- Claro, entiendo. De todas formas no es importante. ¿Usted cree en el amor?
- Bueno, en realidad para mí el amor en sí no existe. Es una abstracción, como las matemáticas ¿Vio? Al final uno termina casándose, pero por presión, es todo tan…
- Está segura que Camilo no vive allí ¿No?
- No Lucas, le digo que no.
- Ah, disculpe, entonces me equivoqué de número. Buenas tardes.
Y Celina que escuchó un tu eterno.
sábado, 5 de septiembre de 2009
jueves, 3 de septiembre de 2009
Juana Amelie.
Juana Amelie existe.
Tiene dos vidas. Transcurre allá una parte y la otra conmigo cuando me sigue a donde voy. Nos conocimos ayer, pero ya sabe todo lo que hago, a donde voy, que pienso, cuanto tiempo tardo en sociabilizarme y el sonido que hago cuando estornudo.
No habla, pero no hace falta. Ambas sabemos que nos queremos decir. El silencio es también una de las formas que toma la comunicación. Nosotras la elegimos seguido, aunque no es la única. A veces la tomo entre en mis manos y ella ya sabe que la necesito. Y actúa, porque sé que no me va a dejar sola.
Juana Amelia no me cuenta mucho de su mundo, me parece que no la dejan. Pero puede que sea para que no me encuentren las cosquillas de los celos. Igual yo la imagino corriendo y bailando y saltando de alguna montaña alta o escondiéndose entre algún trébol de cuatro hojas.
Me gusta que este conmigo, siempre ayudándome a abrir las puertas que se me interponen.
A mi, no me cuesta inventar lo que no me dice, pero a veces me gustaría meterme un ratito en su mundo. Igual confío y creo en ella, por eso nos elegimos.
Además su mundo también es el mío, porque ella está acá, y eso de alguna manera me trae algo de eso que desconozco. Si no la hubiese conocido, no podría haberla pensado nunca.
Todavía no la descubrí entera. Ella es más hábil para eso. Pero todo es cuestión de tiempo y de dejar mi mano floja para que ella escriba lo que quiera.
Juana Amelie tiene los ojos tan negros que parecen transparentes, y lleva con ella una piedra, pero sonríe.
Se nota que es libre. No tiene más posesiones que esa piedra, y no se queja. Para cualquier otro sería una carga, pero Juana Amelie sonríe. Está aferrada a ella, porque tiene eso y su sombrero rosa.
Parece que volara, que careciera de peso, que fuera liviana. Y sonríe.
Creo que con el correr del tiempo (O volar, o caminar ¿Por qué siempre correr?) voy a ir aprendiendo todas esas cosas mudas que ella esconde. Es cuestión de dejarme sorprender.
Bienvenida Juana Amelie. Bienvenida a mi casa que son estos diecinueve años, la pasión por la escritura, la cinética de los que amo, y una obsesión por el amor.
Tiene dos vidas. Transcurre allá una parte y la otra conmigo cuando me sigue a donde voy. Nos conocimos ayer, pero ya sabe todo lo que hago, a donde voy, que pienso, cuanto tiempo tardo en sociabilizarme y el sonido que hago cuando estornudo.
No habla, pero no hace falta. Ambas sabemos que nos queremos decir. El silencio es también una de las formas que toma la comunicación. Nosotras la elegimos seguido, aunque no es la única. A veces la tomo entre en mis manos y ella ya sabe que la necesito. Y actúa, porque sé que no me va a dejar sola.
Juana Amelia no me cuenta mucho de su mundo, me parece que no la dejan. Pero puede que sea para que no me encuentren las cosquillas de los celos. Igual yo la imagino corriendo y bailando y saltando de alguna montaña alta o escondiéndose entre algún trébol de cuatro hojas.
Me gusta que este conmigo, siempre ayudándome a abrir las puertas que se me interponen.
A mi, no me cuesta inventar lo que no me dice, pero a veces me gustaría meterme un ratito en su mundo. Igual confío y creo en ella, por eso nos elegimos.
Además su mundo también es el mío, porque ella está acá, y eso de alguna manera me trae algo de eso que desconozco. Si no la hubiese conocido, no podría haberla pensado nunca.
Todavía no la descubrí entera. Ella es más hábil para eso. Pero todo es cuestión de tiempo y de dejar mi mano floja para que ella escriba lo que quiera.
Juana Amelie tiene los ojos tan negros que parecen transparentes, y lleva con ella una piedra, pero sonríe.
Se nota que es libre. No tiene más posesiones que esa piedra, y no se queja. Para cualquier otro sería una carga, pero Juana Amelie sonríe. Está aferrada a ella, porque tiene eso y su sombrero rosa.
Parece que volara, que careciera de peso, que fuera liviana. Y sonríe.
Creo que con el correr del tiempo (O volar, o caminar ¿Por qué siempre correr?) voy a ir aprendiendo todas esas cosas mudas que ella esconde. Es cuestión de dejarme sorprender.
Bienvenida Juana Amelie. Bienvenida a mi casa que son estos diecinueve años, la pasión por la escritura, la cinética de los que amo, y una obsesión por el amor.
domingo, 30 de agosto de 2009
Carta primera (Y última).
Me gustás. Y te lo dije en los cuentos con esperanzas, y te lo digo ahora que mi autoestima sacó un pasaje y no me dijo a donde la desgraciada.
Me gustás hasta el punto de exiliarte de la realidad para secuestrarte en mis sueños. Hasta el punto de soportar verte tan lejos. Hasta tolerar esta relación hostil, que me gusta.
Pero, resumiendo, lo importante es eso, que me gustás. No importa cuánto, porque quizás sea un poco más de lo que digo. Creo que a estas alturas, tampoco importe decirlo. Es que ahora todo parece tan poco, que no sé… Hablamos tanto sobre esto y a la vez no hablamos nada.
Igual me gustás. Pero ese no es el punto. Lo que quiero decir es que también me dolés.
Me dolés en los besos que arden en los labios y que se convierten en aire, y después en respiración. Esa misma que más tarde seguro me sacás.
En los pocos besos que sí te dí, y que sembraron bombas de deseo de volver a tenerlos y de adicción. Bombas que están al borde de explotar.
Me dolés en las promesas que no te dije pero que intento cumplirlas.
En los océanos que nos separan y que no cruzamos porque puede que no sepamos nadar, o porque tenemos miedo, o porque no queremos.
En la imaginación, que me sacude justo cuando te ilusiono mío.
Me dolés tan profundo que ya no sé si esto es realmente bueno.
Y siempre sos la sensación de querer terminar estas cartas, pero siempre vuelven a empezar. Siempre están las teclas incitándome a decírtelo, siempre mis manos que te tocan con palabras. Decirte en codificado que me dolés, que sé que no querés eso, que tanta contradicción, tantos sí, que no tienen gusto a convicción.
Y todo esto, que empecé como un juego, hoy se hace laberinto. Pero estoy tan mareada que ya no sé a donde disparar. Y no sé nada, nunca lo supe.
No sé bien como quiero que tomes esta carta. Quizás yo esté escribiendo el punto. Decidirás vos transformarlo en un punto final, o en uno de partida.
Creo que ahora tenés dos opciones: la opción uno sería leer tu nombre en el remitente, como habrás hecho tantas otras veces, y dejar los miedos, y poner la pieza, que quizás vos tengas y que le falta a mi rompecabezas en su lugar.
O también podrías ignorar (Y esta es la segunda opción) Ignorar esta carta, leerla como un cuento. Y que yo fracase otra vez. Que queden mis ideas en mí, sin habértelas regalado.
Ojalá elijas la primera opción.
Mientras tanto, yo voy a seguir esperando, doliendo, queriendo. Esperando que algo cambie para que deje de doler, para quererte más.
Esperando, sabiendo bien que podría hacer yo misma. Frenar esta rueda que gira y que gira y no para, y que está siempre en el mismo lugar. Pero también a vos te corresponde escribir la mitad de esta carta. (O en nuestro lenguaje, a vos también te toca ser la pieza del rompecabezas que soy)
Ojalá elijas la primera opción. Pero siempre ojalá, y duele. Como vos me duele…
Me gustás hasta el punto de exiliarte de la realidad para secuestrarte en mis sueños. Hasta el punto de soportar verte tan lejos. Hasta tolerar esta relación hostil, que me gusta.
Pero, resumiendo, lo importante es eso, que me gustás. No importa cuánto, porque quizás sea un poco más de lo que digo. Creo que a estas alturas, tampoco importe decirlo. Es que ahora todo parece tan poco, que no sé… Hablamos tanto sobre esto y a la vez no hablamos nada.
Igual me gustás. Pero ese no es el punto. Lo que quiero decir es que también me dolés.
Me dolés en los besos que arden en los labios y que se convierten en aire, y después en respiración. Esa misma que más tarde seguro me sacás.
En los pocos besos que sí te dí, y que sembraron bombas de deseo de volver a tenerlos y de adicción. Bombas que están al borde de explotar.
Me dolés en las promesas que no te dije pero que intento cumplirlas.
En los océanos que nos separan y que no cruzamos porque puede que no sepamos nadar, o porque tenemos miedo, o porque no queremos.
En la imaginación, que me sacude justo cuando te ilusiono mío.
Me dolés tan profundo que ya no sé si esto es realmente bueno.
Y siempre sos la sensación de querer terminar estas cartas, pero siempre vuelven a empezar. Siempre están las teclas incitándome a decírtelo, siempre mis manos que te tocan con palabras. Decirte en codificado que me dolés, que sé que no querés eso, que tanta contradicción, tantos sí, que no tienen gusto a convicción.
Y todo esto, que empecé como un juego, hoy se hace laberinto. Pero estoy tan mareada que ya no sé a donde disparar. Y no sé nada, nunca lo supe.
No sé bien como quiero que tomes esta carta. Quizás yo esté escribiendo el punto. Decidirás vos transformarlo en un punto final, o en uno de partida.
Creo que ahora tenés dos opciones: la opción uno sería leer tu nombre en el remitente, como habrás hecho tantas otras veces, y dejar los miedos, y poner la pieza, que quizás vos tengas y que le falta a mi rompecabezas en su lugar.
O también podrías ignorar (Y esta es la segunda opción) Ignorar esta carta, leerla como un cuento. Y que yo fracase otra vez. Que queden mis ideas en mí, sin habértelas regalado.
Ojalá elijas la primera opción.
Mientras tanto, yo voy a seguir esperando, doliendo, queriendo. Esperando que algo cambie para que deje de doler, para quererte más.
Esperando, sabiendo bien que podría hacer yo misma. Frenar esta rueda que gira y que gira y no para, y que está siempre en el mismo lugar. Pero también a vos te corresponde escribir la mitad de esta carta. (O en nuestro lenguaje, a vos también te toca ser la pieza del rompecabezas que soy)
Ojalá elijas la primera opción. Pero siempre ojalá, y duele. Como vos me duele…
miércoles, 26 de agosto de 2009
Cuando uno no sabe decir lo que el otro ya escucho tantas veces.
-Feliz 16 de junio
-¿Por qué feliz 16 de junio? ¿Que conmemoramos?
-Nada, pero hay que celebrar todos los días, ¿no te parece?
Era de noche, y me lo dijo. Despiadadamente, sin suponer que me dolería, pero de esos dolores que te dan felicidad.
Tenía razón. Para mí ella siempre la tenía, pero ¿Qué gracia tenía decirle todo el tiempo lo que pensaba?
Si al final, nosotras éramos eso: un par de gritos, largos silencios, después un llanto, después un abrazo torpe, después otra vez rutina.
Y ella, con esa frase: Feliz dieciséis de junio. Y ahora dieciséis de junio sonaba a alegría. A su voz en coro con la mía en algún tema lejano. Sonaba a pasto recién cortado, o las hojas muertas del otoño.
Y aunque parece triste, no lo es. Todo eso para nosotras era la felicidad. Hoy ya no sé lo que será. Quizás lo descubra cuando crezca.
Puede que hoy nuestra felicidad sea esa: un poco de chistes después de los gritos. La pelea y el humor. Y las incoherencias diarias que nos sacan la risa fácil. O los celos que tenemos.
Ella es eso. Un feliz dieciséis de junio encastrado en la comisura de los labios, que siempre tienen alguna frase alegre (Y de vez en cuando su punto de vista tan metódico). Es un comentario oportuno, de esos que siempre dicen la verdad. Ella son los gritos irritables de cada día, los sollozos que esconde, los millares de secretos que no reparte. Es eso, siempre fue eso. Un teatro deambulando por las calles de Avellaneda, impregnando sus metros de mechones negros en la memoria de todos.
Una insoportable adicción. La necesidad de tenerla siempre así, queriéndose de menos y riéndose de más.
Es el ardor y la adición que te deja una droga habitando en tu garganta. La paz de sus quejas constantes taladrándome los oídos.
Ella es las ganas de llegar al borde del precipicio sin miedo, más mis ganas de agarrarla de la mano y llevarla a que vuele. Es el fracaso de ambas, y la gloria de ambas.
Es creerla conocer, y también ese efecto sorpresa que tiene casi todos los días. Su juego autocrático de llevarnos a donde ella quiere (Más bien somos nosotros que nos dejamos llevar)
Y ¿Para qué seguir hablando de ella si de todas formas no lo va a creer (al menos hoy)?
Entonces diré que tiene razón. Y que debo reconocer que plagié su forma de pensar, y que, en consecuencia, mis cuentos deberían llevar su firma. Si todas esas ideas que intenté expresar de una forma barata y sin sentido, se resumen en eso: Feliz dieciséis de junio. Y es que hay festejar todos los días, porque así es la vida, porque no hay mejor forma que transcurrirla así, porque cuando la tenés a ella que a veces se deja acariciar el alma, y a veces huye de ella misma, no hay otra opción.
Es levantarse, ver el calendario, y repetirme de nuevo: feliz nuevo día.
Quizás tampoco sea suficiente disculparme solamente por esto. Es que uno a veces tiene que pedir perdón por tantas cosas que ni vale la pena. Lo peor es que ahora suena a querer reparar algo que rompí, pero como los glóbulos rojos son indestructibles, mucho más fácil sería un florero o un cenicero, no sé. Diría que tengo más tiempo para decirte todo esto que para quedar libre de culpa y cargo.
Y como ya hablar de vos no tiene sentido, y ese feliz dieciséis de junio es reiterativo, me queda afirmarte esto- que sabés de sobra y considerás tan habitualmente que hastía- Me queda decirte que así somos nosotras: la lógica de los opuestos que se atraen. Que así es nuestra vida, llena de ruidos, porque vivimos. Porque el silencio no nos gusta (A vos te gusta menos que a mí) Somos la frase con la que nos excusamos ante la otra mujer que nos compone: ¿Qué hermanos no se pelean? Y es que eso nos convierte en una hermandad. Y por eso no tengo que disculparme. No debería.
Y entonces llega este punto, en que habiéndolo dicho todo, no queda nada que pueda agregar. O más bien sí, pero tiene gusto a pesadez, a habértelo dicho tantas veces que tengo miedo de aniquilarte las ganas de escucharlo, mis ganas de escribirlo. Entonces, ahora es silencio. El silencio que llena una mirada, con una sonrisa, con tal vez una lágrima- Seguro mía, como la que estoy conteniendo ahora- Con otra vez otro día que se termina, con otro feliz día. Y no sé vos, pero con la reflexión de que sos perfecta aún sabiendo que no, que nadie lo es. Entonces con la conclusión conformista, que para mi lo sos, y después sonreír sola, y quererte imposiblemente más, sin decírtelo, pero dando por sentado que lo sabés.
Y acordarme todo el tiempo, que esa frase en cualquier otro hubiera quedado pésima, y que yo no sé nada, a pesar que vos siempre me lo digas y yo te escuche tan poco.
Y mirá que venir a descubrirlo así, yo tan egocéntrica, tan altanera. Darme cuenta de eso, fuera de nuestro Rin de pelea. Siempre pensé que tu imaginación superaba la mía.
Y ella, que sos vos, a veces se vuelve indescriptible. Y es capaz de motivarme a escribir. O llevarme a hablarle en primera persona, insinuando exclusividad, a pesar de querer dirigirme a los demás (Aunque a vos eso de las demostraciones en público te siente mal). O de demostrarme con algo tan sencillo cuán poco puedo suponer.
¡Y es que qué ignorancia la mía que interrogue incrédula que se festejaba! Bastaba solamente con girar, y volverla a descubrir.
-¿Por qué feliz 16 de junio? ¿Que conmemoramos?
-Nada, pero hay que celebrar todos los días, ¿no te parece?
Era de noche, y me lo dijo. Despiadadamente, sin suponer que me dolería, pero de esos dolores que te dan felicidad.
Tenía razón. Para mí ella siempre la tenía, pero ¿Qué gracia tenía decirle todo el tiempo lo que pensaba?
Si al final, nosotras éramos eso: un par de gritos, largos silencios, después un llanto, después un abrazo torpe, después otra vez rutina.
Y ella, con esa frase: Feliz dieciséis de junio. Y ahora dieciséis de junio sonaba a alegría. A su voz en coro con la mía en algún tema lejano. Sonaba a pasto recién cortado, o las hojas muertas del otoño.
Y aunque parece triste, no lo es. Todo eso para nosotras era la felicidad. Hoy ya no sé lo que será. Quizás lo descubra cuando crezca.
Puede que hoy nuestra felicidad sea esa: un poco de chistes después de los gritos. La pelea y el humor. Y las incoherencias diarias que nos sacan la risa fácil. O los celos que tenemos.
Ella es eso. Un feliz dieciséis de junio encastrado en la comisura de los labios, que siempre tienen alguna frase alegre (Y de vez en cuando su punto de vista tan metódico). Es un comentario oportuno, de esos que siempre dicen la verdad. Ella son los gritos irritables de cada día, los sollozos que esconde, los millares de secretos que no reparte. Es eso, siempre fue eso. Un teatro deambulando por las calles de Avellaneda, impregnando sus metros de mechones negros en la memoria de todos.
Una insoportable adicción. La necesidad de tenerla siempre así, queriéndose de menos y riéndose de más.
Es el ardor y la adición que te deja una droga habitando en tu garganta. La paz de sus quejas constantes taladrándome los oídos.
Ella es las ganas de llegar al borde del precipicio sin miedo, más mis ganas de agarrarla de la mano y llevarla a que vuele. Es el fracaso de ambas, y la gloria de ambas.
Es creerla conocer, y también ese efecto sorpresa que tiene casi todos los días. Su juego autocrático de llevarnos a donde ella quiere (Más bien somos nosotros que nos dejamos llevar)
Y ¿Para qué seguir hablando de ella si de todas formas no lo va a creer (al menos hoy)?
Entonces diré que tiene razón. Y que debo reconocer que plagié su forma de pensar, y que, en consecuencia, mis cuentos deberían llevar su firma. Si todas esas ideas que intenté expresar de una forma barata y sin sentido, se resumen en eso: Feliz dieciséis de junio. Y es que hay festejar todos los días, porque así es la vida, porque no hay mejor forma que transcurrirla así, porque cuando la tenés a ella que a veces se deja acariciar el alma, y a veces huye de ella misma, no hay otra opción.
Es levantarse, ver el calendario, y repetirme de nuevo: feliz nuevo día.
Quizás tampoco sea suficiente disculparme solamente por esto. Es que uno a veces tiene que pedir perdón por tantas cosas que ni vale la pena. Lo peor es que ahora suena a querer reparar algo que rompí, pero como los glóbulos rojos son indestructibles, mucho más fácil sería un florero o un cenicero, no sé. Diría que tengo más tiempo para decirte todo esto que para quedar libre de culpa y cargo.
Y como ya hablar de vos no tiene sentido, y ese feliz dieciséis de junio es reiterativo, me queda afirmarte esto- que sabés de sobra y considerás tan habitualmente que hastía- Me queda decirte que así somos nosotras: la lógica de los opuestos que se atraen. Que así es nuestra vida, llena de ruidos, porque vivimos. Porque el silencio no nos gusta (A vos te gusta menos que a mí) Somos la frase con la que nos excusamos ante la otra mujer que nos compone: ¿Qué hermanos no se pelean? Y es que eso nos convierte en una hermandad. Y por eso no tengo que disculparme. No debería.
Y entonces llega este punto, en que habiéndolo dicho todo, no queda nada que pueda agregar. O más bien sí, pero tiene gusto a pesadez, a habértelo dicho tantas veces que tengo miedo de aniquilarte las ganas de escucharlo, mis ganas de escribirlo. Entonces, ahora es silencio. El silencio que llena una mirada, con una sonrisa, con tal vez una lágrima- Seguro mía, como la que estoy conteniendo ahora- Con otra vez otro día que se termina, con otro feliz día. Y no sé vos, pero con la reflexión de que sos perfecta aún sabiendo que no, que nadie lo es. Entonces con la conclusión conformista, que para mi lo sos, y después sonreír sola, y quererte imposiblemente más, sin decírtelo, pero dando por sentado que lo sabés.
Y acordarme todo el tiempo, que esa frase en cualquier otro hubiera quedado pésima, y que yo no sé nada, a pesar que vos siempre me lo digas y yo te escuche tan poco.
Y mirá que venir a descubrirlo así, yo tan egocéntrica, tan altanera. Darme cuenta de eso, fuera de nuestro Rin de pelea. Siempre pensé que tu imaginación superaba la mía.
Y ella, que sos vos, a veces se vuelve indescriptible. Y es capaz de motivarme a escribir. O llevarme a hablarle en primera persona, insinuando exclusividad, a pesar de querer dirigirme a los demás (Aunque a vos eso de las demostraciones en público te siente mal). O de demostrarme con algo tan sencillo cuán poco puedo suponer.
¡Y es que qué ignorancia la mía que interrogue incrédula que se festejaba! Bastaba solamente con girar, y volverla a descubrir.
miércoles, 19 de agosto de 2009
Analogía de mi.
Todos tenemos una vida paralela que no conocemos. Somos otras personas, que en algún punto suprimimos para ser lo que somos.
Yo, por ejemplo, tengo otra Luciana que habita en mí y que me contradice todo el tiempo.
Luciana no es soñadora. Le gusta la realidad concreta, porque eso de inventarse cosas que no va a tener le parece un poco trillado, melodramático, y hasta cursi. Tiene sueños, sí (Nadie podría vivir sin ellos) pero en su mundo se llaman metas, que se propone alcanzarlas. Y lucha hasta conseguirlas. Para ella esa es la forma más directa de vivir. Porque no es histérica: quizás no sea todo blanco o negro, pero los no sé y los peros no existen en su léxico.
Tampoco es tan romántica. Le gusta que algunas veces el amor se transforme en pasión- como a todos-.
Es muy segura de sí misma. Confía en ella más que en cualquier otra persona, porque es una ferviente seguidora del pensamiento que tienen los que se valoran. Además no conseguiría nada si no confiara en ella (Y lo digo por experiencia)
Por eso ama más que yo. No dibuja una línea entre los demás a ver cuán alto está cada uno, ni descubre que ella está por debajo. Los iguala.
Se defiende bastante bien ante comentarios mal intencionado.
Luciana no es impaciente. Es que ni siquiera espera, sabe que lo que venga, vendrá sin tener la necesidad de llamarlo. Y no cree en el destino, porque eso no es más que la esperanza desesperada de los que no tienen presente.
Sabe cuando hablar, sin tener miedo. Tiene en cuenta que lo peor que le puede pasar es que le digan que no, que no quiero, que no te necesito, que no servís. Pero como confía en ella, no tiene problema con ese tipo de respuestas. No le duele la realidad.
También sabe cuando callar a tiempo. Es medida en lo que dice, y no queda mal delante de nadie. No lastima con las palabras, ni se auto boicotea.
Le gusta el dulce de membrillo, el melón y las pasas de uvas (Y a mi me parecen repugnantes), y no se vuelve altanera cuando se enoja. Escribe cuentos que nadie inventó antes, y no tiene dudas cuando se trata de publicarlos. Es que lo mejor de sus historias es que no tienen un destinatario final, ni alguna intencionalidad.
Luciana, no piensa tanto. Si tiene ganas de hacer algo, va y lo hace. No se queda con las palabras en su boca, ni las ganas en su pecho, ni los besos en sus labios.
Vive al extremo, disfruta cada minuto. Quedarse en su casa, para ella, es aburrido. Se siente viva, aprovecha cada ocasión para innovar nuevas formas. Se contenta con lo que tiene, pero no por eso se estanca.
Luciana avanza. Piensa en superarse todo el tiempo, en practicar nuevos deportes, aprender nuevas danzas, nuevos idiomas. Le sorprende todo lo que puede descubrir cuando emprende un nuevo camino (Y lo hace seguido, porque le gustan los comienzos)
Es muy simpática. Le gusta charlar de todo, pero no se pasa de la raya.
No es perfecta, porque nadie lo es. Pero Luciana es mi antítesis. Quizás por eso, de vez en cuando, me den ganas de darle paso.
Pareciera que ella no sufre por nada, pareciera que sabe convivir con lo malo que nos toca en suerte.
Pero lo que no me debería olvidar, que todas esas cualidades son tan mías que nadie conoce.
Aunque puede que hoy, sea uno de esos días en que Luciana viene hasta mi, me hace cosquillas en mis tejidos internos, y me susurre al oído que ella también es yo. Y yo sonría, porque ahora que sé que vive conmigo, pueda hacer todo lo que ella hace.
Yo, por ejemplo, tengo otra Luciana que habita en mí y que me contradice todo el tiempo.
Luciana no es soñadora. Le gusta la realidad concreta, porque eso de inventarse cosas que no va a tener le parece un poco trillado, melodramático, y hasta cursi. Tiene sueños, sí (Nadie podría vivir sin ellos) pero en su mundo se llaman metas, que se propone alcanzarlas. Y lucha hasta conseguirlas. Para ella esa es la forma más directa de vivir. Porque no es histérica: quizás no sea todo blanco o negro, pero los no sé y los peros no existen en su léxico.
Tampoco es tan romántica. Le gusta que algunas veces el amor se transforme en pasión- como a todos-.
Es muy segura de sí misma. Confía en ella más que en cualquier otra persona, porque es una ferviente seguidora del pensamiento que tienen los que se valoran. Además no conseguiría nada si no confiara en ella (Y lo digo por experiencia)
Por eso ama más que yo. No dibuja una línea entre los demás a ver cuán alto está cada uno, ni descubre que ella está por debajo. Los iguala.
Se defiende bastante bien ante comentarios mal intencionado.
Luciana no es impaciente. Es que ni siquiera espera, sabe que lo que venga, vendrá sin tener la necesidad de llamarlo. Y no cree en el destino, porque eso no es más que la esperanza desesperada de los que no tienen presente.
Sabe cuando hablar, sin tener miedo. Tiene en cuenta que lo peor que le puede pasar es que le digan que no, que no quiero, que no te necesito, que no servís. Pero como confía en ella, no tiene problema con ese tipo de respuestas. No le duele la realidad.
También sabe cuando callar a tiempo. Es medida en lo que dice, y no queda mal delante de nadie. No lastima con las palabras, ni se auto boicotea.
Le gusta el dulce de membrillo, el melón y las pasas de uvas (Y a mi me parecen repugnantes), y no se vuelve altanera cuando se enoja. Escribe cuentos que nadie inventó antes, y no tiene dudas cuando se trata de publicarlos. Es que lo mejor de sus historias es que no tienen un destinatario final, ni alguna intencionalidad.
Luciana, no piensa tanto. Si tiene ganas de hacer algo, va y lo hace. No se queda con las palabras en su boca, ni las ganas en su pecho, ni los besos en sus labios.
Vive al extremo, disfruta cada minuto. Quedarse en su casa, para ella, es aburrido. Se siente viva, aprovecha cada ocasión para innovar nuevas formas. Se contenta con lo que tiene, pero no por eso se estanca.
Luciana avanza. Piensa en superarse todo el tiempo, en practicar nuevos deportes, aprender nuevas danzas, nuevos idiomas. Le sorprende todo lo que puede descubrir cuando emprende un nuevo camino (Y lo hace seguido, porque le gustan los comienzos)
Es muy simpática. Le gusta charlar de todo, pero no se pasa de la raya.
No es perfecta, porque nadie lo es. Pero Luciana es mi antítesis. Quizás por eso, de vez en cuando, me den ganas de darle paso.
Pareciera que ella no sufre por nada, pareciera que sabe convivir con lo malo que nos toca en suerte.
Pero lo que no me debería olvidar, que todas esas cualidades son tan mías que nadie conoce.
Aunque puede que hoy, sea uno de esos días en que Luciana viene hasta mi, me hace cosquillas en mis tejidos internos, y me susurre al oído que ella también es yo. Y yo sonría, porque ahora que sé que vive conmigo, pueda hacer todo lo que ella hace.
domingo, 16 de agosto de 2009
Fé de erratas.
Tengo una manía y la admito. Soy desarmadora de palabras compulsiva y no sé bien porqué. Es como deshilachar un jean viejo, o apretar las burbujas de las bolsas.
Quizás porque pienso que así puedo llegar a la esencia de muchas letras aplastadas unas con otras. Es raro, ahora que lo pienso, que no le de importancia a la fonética o la forma en que expreso la única lengua que sé manejar. Incluso, es extraño que no las analice en una frase, sino particularmente.
Ejemplo de esto serían las palabras que encuentro dentro de otras. Posibilidad en las imposibilidades. Azar en el apellido del hombre que me llevó a escribir.
Es probable que en algunas de ellas acierte. Al fin y al cabo es la otra visión de las palabras, las que nadie ve pero que están. Pero siendo fiel a mis creencias, y a mis errores, reconozco que a veces invento cosas que no están allí.
Cuentos atrás, y varias historias pasadas, me topé con el tino (En forma de acierto) dentro del des- tino. Gran resbalón el mío, que no supe ver que para la falta de suerte ya existía el desatino. Que en conjunto, nada tiene que ver con el destino.
Y ante esto, hay dos cosas que me gustaría mencionar. En primera medida, puede que de todas formas tenga razón. – y es que nadie se puede librar de esa otro capricho, de encontrarle la vuelta a las cosas para terminar adjudicándose la verdad. – Justificando esto, podría agregar que lo que intenté decir es justamente lo contrario a desatino. No era la falta de acierto lo que quería para la protagonista en esa cama, sino más bien la suerte que podía encontrar en su futuro. Y no había palabra que encajara con esa sensación de haber encontrado la concreción de lo que anhelaba, incluso antes que pasara, entonces no me quedó más remedio que inventarla.
Claro que no soy la Real Academia Española, ni pretendo ascender un nivel en mi escala de originalidad, así que es consecuente que el tino dentro del destino, no tiene valor para otros. (O quizás lo tenga para aquellos que, como yo, se maravillen haciendo ovillos miniatura con la miga del pan)
En la segunda aclaración que quería señalar, interfiere la mitad de mi, que indefectiblemente carga con la escuela de la psiquis encima. Porque en comparación, eso de ametrallar las palabras, quizás sea lo que hago, también, con mi alma.
No porque me crea Freud, ni sea obsecuente con mis propios dichos, sino por la incapacidad de conocerme en totalidad. Para mí, la forma más directa que tengo de encontrarme es demolerme y analizar mis pedazos. En eso soy empirista. Parto de premisas particulares hasta obtener una conclusión lógica. Creo que el mismo método inductivo es el que uso en mis escritos. (Y el que infaliblemente debo utilizar, sin darme cuenta, en la mayoría de las cosas que me conciernen)
Doy por sentado que no compré la verdad, como todos. También aseguro que así como me equivoqué, volveré a hacerlo.
Pero también, que las palabras que deshago, son las mismas que construyo. Porque no basta con repetir lo que ya está establecido, sino de ser capaces de determinar una verdad (Aunque me valga solamente a mí) a partir de las observaciones que hace mucho tiempo vengo realizando.
Quizás porque pienso que así puedo llegar a la esencia de muchas letras aplastadas unas con otras. Es raro, ahora que lo pienso, que no le de importancia a la fonética o la forma en que expreso la única lengua que sé manejar. Incluso, es extraño que no las analice en una frase, sino particularmente.
Ejemplo de esto serían las palabras que encuentro dentro de otras. Posibilidad en las imposibilidades. Azar en el apellido del hombre que me llevó a escribir.
Es probable que en algunas de ellas acierte. Al fin y al cabo es la otra visión de las palabras, las que nadie ve pero que están. Pero siendo fiel a mis creencias, y a mis errores, reconozco que a veces invento cosas que no están allí.
Cuentos atrás, y varias historias pasadas, me topé con el tino (En forma de acierto) dentro del des- tino. Gran resbalón el mío, que no supe ver que para la falta de suerte ya existía el desatino. Que en conjunto, nada tiene que ver con el destino.
Y ante esto, hay dos cosas que me gustaría mencionar. En primera medida, puede que de todas formas tenga razón. – y es que nadie se puede librar de esa otro capricho, de encontrarle la vuelta a las cosas para terminar adjudicándose la verdad. – Justificando esto, podría agregar que lo que intenté decir es justamente lo contrario a desatino. No era la falta de acierto lo que quería para la protagonista en esa cama, sino más bien la suerte que podía encontrar en su futuro. Y no había palabra que encajara con esa sensación de haber encontrado la concreción de lo que anhelaba, incluso antes que pasara, entonces no me quedó más remedio que inventarla.
Claro que no soy la Real Academia Española, ni pretendo ascender un nivel en mi escala de originalidad, así que es consecuente que el tino dentro del destino, no tiene valor para otros. (O quizás lo tenga para aquellos que, como yo, se maravillen haciendo ovillos miniatura con la miga del pan)
En la segunda aclaración que quería señalar, interfiere la mitad de mi, que indefectiblemente carga con la escuela de la psiquis encima. Porque en comparación, eso de ametrallar las palabras, quizás sea lo que hago, también, con mi alma.
No porque me crea Freud, ni sea obsecuente con mis propios dichos, sino por la incapacidad de conocerme en totalidad. Para mí, la forma más directa que tengo de encontrarme es demolerme y analizar mis pedazos. En eso soy empirista. Parto de premisas particulares hasta obtener una conclusión lógica. Creo que el mismo método inductivo es el que uso en mis escritos. (Y el que infaliblemente debo utilizar, sin darme cuenta, en la mayoría de las cosas que me conciernen)
Doy por sentado que no compré la verdad, como todos. También aseguro que así como me equivoqué, volveré a hacerlo.
Pero también, que las palabras que deshago, son las mismas que construyo. Porque no basta con repetir lo que ya está establecido, sino de ser capaces de determinar una verdad (Aunque me valga solamente a mí) a partir de las observaciones que hace mucho tiempo vengo realizando.
miércoles, 12 de agosto de 2009
Cambio.
“Y mirá si hoy todo juega a tu favor.
Como la canción ¿No? La que habla de que hoy puede ser un gran día.
El día en que las estrellas se cansen de habitar el cielo y vengan a dormir a tu ventana. O que la película que tantas veces viste, harta de ser memoria, se resuelva en simples hechos, pero reales.
Quizás te imagines la mejor novela de tu vida, la plasmes en un papel, y la vendas. Con la garantía de ser leída por muchas personas, y con la ilusión que le gusté a la mayoría, le ayude a los que lo necesitan, y la critiquen los que saben.
Y mirá si te despertás, contenta por no haber tenido ese sueño reincidente que te agobia, y encima de todo el colectivo llegue a horario. Y la música del reproductor trate de cosas que no tienen pasado.
Y las florerías contaminen el aire de polen. Y la primavera llegué sin golpear la puerta y que pinté los árboles de verde manzana.
O tal vez hoy sea el día en que la gente te sonría, y los ojos se te encandilen con la luz de algún alma diferente a la del resto.
Puede que por hoy no te mientan, y eso seguro lo hará un buen día.
Y te digan que no, para que sigas peleándola. Que vengan las victorias disfrazadas de misterio, y las soledades de fantasmas. Porque es probable que hoy las fiestas sean de disfraces.
En una de esas, hoy es el día en que lo conozcas. Esa persona que te consuele, sin pedir que hagas lo mismo. Que te contenga, para que no se te dificulte mantenerte en pie. Que diga que sí, que viva el amor como vos. Que te cambie la visión, y te enseñe los colores que puede tener un arco iris.
Puede que hoy, seas capaz de no pensar en los que formaron parte de tu vida queriéndola destrozar. Ni de los que no se animaron a vivirla con vos. Quizás sea esa la única forma que tengas de darte cuenta que tenías muchas más cosas para dar que las que pensaste, y que bueno… mala suerte, esta vez no fué. Los besos que intentaste que sean dulces, quedarán en los labios de quien sí sabe jugarse todas sus fichas, aún sabiendo que puede perder.
Mirá si hoy, cuando termine tu día, la ciudad apague las luces para que puedas dormir mejor. O el mar, ruga contra tu almohada y su murmullo te lleve a donde quieras estar.
No des todo por perdido, tené en cuenta que hoy tu cuarto puede estar empapelado de dibujos de tus sobrinas, de frases de ánimo, de envoltorios de bombones que disfrutaste con tu hermana.
¿Y si al teléfono se le ocurre reproducir llamados que esperaste tanto tiempo? También, claro, le baste solo con uno.
O que se acabe la tormenta, y tengas que recomponer lo que el diluvio se llevó, pero lo hagas con la sonrisa pegada en los dientes. O que se acaben las palabras, pero que este mejor de lo que esperabas. Todo, para que aprendas que las palabras no llenan el hueco que deja un abrazo colgado en los brazos, o un te quiero rasgando las cuerdas vocales.
O que te regalen una cajita en donde guardes los miedos, las culpas, la sal de las lágrimas en vano.
Puede que hoy sea un gran día, ¿por qué no? Hoy el mundo, volverá a depender de vos.”
Se iba diciendo Lucía, mientras esperaba comprender que el tiempo no existe como remedio.
Como la canción ¿No? La que habla de que hoy puede ser un gran día.
El día en que las estrellas se cansen de habitar el cielo y vengan a dormir a tu ventana. O que la película que tantas veces viste, harta de ser memoria, se resuelva en simples hechos, pero reales.
Quizás te imagines la mejor novela de tu vida, la plasmes en un papel, y la vendas. Con la garantía de ser leída por muchas personas, y con la ilusión que le gusté a la mayoría, le ayude a los que lo necesitan, y la critiquen los que saben.
Y mirá si te despertás, contenta por no haber tenido ese sueño reincidente que te agobia, y encima de todo el colectivo llegue a horario. Y la música del reproductor trate de cosas que no tienen pasado.
Y las florerías contaminen el aire de polen. Y la primavera llegué sin golpear la puerta y que pinté los árboles de verde manzana.
O tal vez hoy sea el día en que la gente te sonría, y los ojos se te encandilen con la luz de algún alma diferente a la del resto.
Puede que por hoy no te mientan, y eso seguro lo hará un buen día.
Y te digan que no, para que sigas peleándola. Que vengan las victorias disfrazadas de misterio, y las soledades de fantasmas. Porque es probable que hoy las fiestas sean de disfraces.
En una de esas, hoy es el día en que lo conozcas. Esa persona que te consuele, sin pedir que hagas lo mismo. Que te contenga, para que no se te dificulte mantenerte en pie. Que diga que sí, que viva el amor como vos. Que te cambie la visión, y te enseñe los colores que puede tener un arco iris.
Puede que hoy, seas capaz de no pensar en los que formaron parte de tu vida queriéndola destrozar. Ni de los que no se animaron a vivirla con vos. Quizás sea esa la única forma que tengas de darte cuenta que tenías muchas más cosas para dar que las que pensaste, y que bueno… mala suerte, esta vez no fué. Los besos que intentaste que sean dulces, quedarán en los labios de quien sí sabe jugarse todas sus fichas, aún sabiendo que puede perder.
Mirá si hoy, cuando termine tu día, la ciudad apague las luces para que puedas dormir mejor. O el mar, ruga contra tu almohada y su murmullo te lleve a donde quieras estar.
No des todo por perdido, tené en cuenta que hoy tu cuarto puede estar empapelado de dibujos de tus sobrinas, de frases de ánimo, de envoltorios de bombones que disfrutaste con tu hermana.
¿Y si al teléfono se le ocurre reproducir llamados que esperaste tanto tiempo? También, claro, le baste solo con uno.
O que se acabe la tormenta, y tengas que recomponer lo que el diluvio se llevó, pero lo hagas con la sonrisa pegada en los dientes. O que se acaben las palabras, pero que este mejor de lo que esperabas. Todo, para que aprendas que las palabras no llenan el hueco que deja un abrazo colgado en los brazos, o un te quiero rasgando las cuerdas vocales.
O que te regalen una cajita en donde guardes los miedos, las culpas, la sal de las lágrimas en vano.
Puede que hoy sea un gran día, ¿por qué no? Hoy el mundo, volverá a depender de vos.”
Se iba diciendo Lucía, mientras esperaba comprender que el tiempo no existe como remedio.
lunes, 10 de agosto de 2009
Es de locos intentar cambiar el mundo.
No sabía bien que hora era, pero para él, que ni siquiera alcanzaba a distinguir como funcionaba un reloj, eso era lógico.
Le bastaba con definir los dos bloques con los que convivía: un tiempo en donde las paredes brillaban y podía distinguir todos los objetos; y otro, que se oponía, en donde todo parecía tornarse de un color tan oscuro que ni él era capaz de moverse, por miedo a tropezarse con sus propios pies.
Cualquiera hubiera dicho que eso era la noche y el día, el ying y el yang, todos los colores y ninguno. Pero él sabía que no. Nadie se lo había dicho, pero el iba atravesando una cebra, a veces blanco, otro tanto negro. Hubiese querido llegar al final mucho antes, pero estaba bien- siempre lo estaba- así era la cosa, él ahí y sus condiscípulos afuera. Confiaba en que seguirían su misión sin él, pero estar ahí afuera, con ellos, en donde no existían cebras sino días, con sus horas, hubiese sido la solución.
Y estaban los otros, que habían estudiado tanto y no se daban cuenta que lo que él decía era verdad. Y tanto estudio para llevarle, en el momento en que la cebra cambia de color, una pastillita verde que quizás ni ellos supieran para que era, pero que él accedía con confianza, porque era lo que llevaba a levantarse al siguiente día con una nueva idea. Pensado así, los otros le estaban haciendo un favor, pero no había necesidad de tenerlo aislado del resto del mundo. No a él, que justamente luchaba por el mundo. Le era imposible hacerlo encerrado ahí, y no había día en que no pensara que él no había hecho nada malo, todo lo contrario. Al final, intentar ayudar al resto, hoy era considerado inverosímil, imposible. Y eso que su misión requería estar allá afuera, que no era precisamente un lugar colmado de esperanza. Pero soportaba todo lo que estuviera en el exterior con tal de salvarlos: el escepticismo de los que no les importaba lo que pasara, el desconsuelo ilógico de los pesimistas que hacían las compras llorando, y hasta la negatividad de quienes querían destruir el mundo con palabras.
Quizás, pensó, me he librado de ser parte de esto. Puede que no sea yo el que esté equivocado, sino ellos los que no quieran ser ayudados.
Y era posible que él tuviera más pájaros en su cabeza que mucha gente, aunque le dijeran lo contrario. Y casi certero que se había librado, de convivir con canarios que se creían palomas, y con ruiseñores que nadie escuchaba su maravillosa melodía.
Dos minutos después de pensarlo, había enviado a sus compañeros de salvación una nube a punto de explotar en llanto, que les avisara que suspendieran todo. Era en vano intentar escapar del chaleco de fuerzas que tenía puesto para ir allá afuera y que le pusieran otro de diferente color, quizás invisible.
Le bastaba con definir los dos bloques con los que convivía: un tiempo en donde las paredes brillaban y podía distinguir todos los objetos; y otro, que se oponía, en donde todo parecía tornarse de un color tan oscuro que ni él era capaz de moverse, por miedo a tropezarse con sus propios pies.
Cualquiera hubiera dicho que eso era la noche y el día, el ying y el yang, todos los colores y ninguno. Pero él sabía que no. Nadie se lo había dicho, pero el iba atravesando una cebra, a veces blanco, otro tanto negro. Hubiese querido llegar al final mucho antes, pero estaba bien- siempre lo estaba- así era la cosa, él ahí y sus condiscípulos afuera. Confiaba en que seguirían su misión sin él, pero estar ahí afuera, con ellos, en donde no existían cebras sino días, con sus horas, hubiese sido la solución.
Y estaban los otros, que habían estudiado tanto y no se daban cuenta que lo que él decía era verdad. Y tanto estudio para llevarle, en el momento en que la cebra cambia de color, una pastillita verde que quizás ni ellos supieran para que era, pero que él accedía con confianza, porque era lo que llevaba a levantarse al siguiente día con una nueva idea. Pensado así, los otros le estaban haciendo un favor, pero no había necesidad de tenerlo aislado del resto del mundo. No a él, que justamente luchaba por el mundo. Le era imposible hacerlo encerrado ahí, y no había día en que no pensara que él no había hecho nada malo, todo lo contrario. Al final, intentar ayudar al resto, hoy era considerado inverosímil, imposible. Y eso que su misión requería estar allá afuera, que no era precisamente un lugar colmado de esperanza. Pero soportaba todo lo que estuviera en el exterior con tal de salvarlos: el escepticismo de los que no les importaba lo que pasara, el desconsuelo ilógico de los pesimistas que hacían las compras llorando, y hasta la negatividad de quienes querían destruir el mundo con palabras.
Quizás, pensó, me he librado de ser parte de esto. Puede que no sea yo el que esté equivocado, sino ellos los que no quieran ser ayudados.
Y era posible que él tuviera más pájaros en su cabeza que mucha gente, aunque le dijeran lo contrario. Y casi certero que se había librado, de convivir con canarios que se creían palomas, y con ruiseñores que nadie escuchaba su maravillosa melodía.
Dos minutos después de pensarlo, había enviado a sus compañeros de salvación una nube a punto de explotar en llanto, que les avisara que suspendieran todo. Era en vano intentar escapar del chaleco de fuerzas que tenía puesto para ir allá afuera y que le pusieran otro de diferente color, quizás invisible.
jueves, 6 de agosto de 2009
¿Cómo se vuelve a ser lo que es?
A veces pienso que me gustaría volver a ser chica.
Todo era lindo en esa época: ser princesa de un cuento imaginario, con un príncipe inventado (Pero no por eso menos lindo y gentil)
Soñar los clientes amables que venían a comprarme a mi exitoso negocio. Dialogar con ellos, pero sin marketing, con la simpleza de las personas que retribuyen favores.
Ser una secretaria de lujo. Sin haber estudiado ningún sistema de tango, o tener experiencia laboral. Sin sentirme inferior a nadie, y sin nadie que me humille.
Poder sorprenderme con cada sonido, cada arco iris que salía ansiosa a ver al patio de mi casa cuando terminaba de llover- Porque en ese entonces las tormentas siempre paraban-
O ser liviana, frágil, transparente como las burbujas que creábamos en el patio. Y crear, todo el tiempo inventar. Inventar formas de vivir extremadamente felices, colmadas de la tranquilidad que nos daba vernos protegidas por la burbuja que nos rodeaba.
Llorar por cosas con solución, y reírnos a los dos minutos por una sesión de cosquillas intensivas. Y volver a llorar, pero de risa.
Cantar. Porque me era imposible hacer de cada tema que pasaban en la radio una obra musical. Y llenar mi casa de gritos que no llegaban a do mayor, y que carecían de afinación.
Por cosas como esas uno es capaz de admitir (Y sin oposición alguna) que ser chico era fantástico. Sin embargo, hoy descubrí que soy mejor que chico.
Hoy también soy princesa en los mundos que nacen en mi imaginación (Y que se quedan a vivir) .Incluso es mejor, porque aunque no siempre es perfecto, soy fiel a mi pensamiento de que los príncipes existen. (Quizás primero haya que besar sapos)
También hoy juego a tener un negocio (Aunque todavía no lo sea). Y lo más gratificante es que no afecta a mi egocentrismo, sino más bien el saber que hay una cantidad de personas que consideran a mis papás como son: honestos.
No me dejo humillar por nadie que me diga cosas. Hoy tengo la seguridad- que en ese entonces no tenía- de frenar y preguntarme a mí misma si realmente me considero tan incapaz. Y el gran orgullo de responderme que no, que todo lo que quiera me es posible, mientras me decida a hacerlo.
Y me sigo sorprendiendo. Incluso de muchas más cosas de lo que me maravillaba chica. Porque ahora conozco más (o más bien, tengo más cosas que ignoro).
Sigo inventando. Me invento a mi cada día, invento historias, excusas, tortas de chocolate, amores que no son.
Aunque también lloro, y me río, pero lloro. Y mi hermana me saca a bailar una canción que me hace olvidar las penas. O sigo llorando, pero vivo. Vivo porque las dos cosas son necesarias.
Pero lo mejor de todo es que sigo cantando en tonos que no me van, y no me importa quien me escuche.
Si de algo estoy segura es que no necesito volver a ser una nena. Porque lo soy, soy eso y la mujer que vienen a apoderarse de mí cuando es necesario.
Soy una adulta en la plenitud de su infancia.
Todo era lindo en esa época: ser princesa de un cuento imaginario, con un príncipe inventado (Pero no por eso menos lindo y gentil)
Soñar los clientes amables que venían a comprarme a mi exitoso negocio. Dialogar con ellos, pero sin marketing, con la simpleza de las personas que retribuyen favores.
Ser una secretaria de lujo. Sin haber estudiado ningún sistema de tango, o tener experiencia laboral. Sin sentirme inferior a nadie, y sin nadie que me humille.
Poder sorprenderme con cada sonido, cada arco iris que salía ansiosa a ver al patio de mi casa cuando terminaba de llover- Porque en ese entonces las tormentas siempre paraban-
O ser liviana, frágil, transparente como las burbujas que creábamos en el patio. Y crear, todo el tiempo inventar. Inventar formas de vivir extremadamente felices, colmadas de la tranquilidad que nos daba vernos protegidas por la burbuja que nos rodeaba.
Llorar por cosas con solución, y reírnos a los dos minutos por una sesión de cosquillas intensivas. Y volver a llorar, pero de risa.
Cantar. Porque me era imposible hacer de cada tema que pasaban en la radio una obra musical. Y llenar mi casa de gritos que no llegaban a do mayor, y que carecían de afinación.
Por cosas como esas uno es capaz de admitir (Y sin oposición alguna) que ser chico era fantástico. Sin embargo, hoy descubrí que soy mejor que chico.
Hoy también soy princesa en los mundos que nacen en mi imaginación (Y que se quedan a vivir) .Incluso es mejor, porque aunque no siempre es perfecto, soy fiel a mi pensamiento de que los príncipes existen. (Quizás primero haya que besar sapos)
También hoy juego a tener un negocio (Aunque todavía no lo sea). Y lo más gratificante es que no afecta a mi egocentrismo, sino más bien el saber que hay una cantidad de personas que consideran a mis papás como son: honestos.
No me dejo humillar por nadie que me diga cosas. Hoy tengo la seguridad- que en ese entonces no tenía- de frenar y preguntarme a mí misma si realmente me considero tan incapaz. Y el gran orgullo de responderme que no, que todo lo que quiera me es posible, mientras me decida a hacerlo.
Y me sigo sorprendiendo. Incluso de muchas más cosas de lo que me maravillaba chica. Porque ahora conozco más (o más bien, tengo más cosas que ignoro).
Sigo inventando. Me invento a mi cada día, invento historias, excusas, tortas de chocolate, amores que no son.
Aunque también lloro, y me río, pero lloro. Y mi hermana me saca a bailar una canción que me hace olvidar las penas. O sigo llorando, pero vivo. Vivo porque las dos cosas son necesarias.
Pero lo mejor de todo es que sigo cantando en tonos que no me van, y no me importa quien me escuche.
Si de algo estoy segura es que no necesito volver a ser una nena. Porque lo soy, soy eso y la mujer que vienen a apoderarse de mí cuando es necesario.
Soy una adulta en la plenitud de su infancia.
martes, 4 de agosto de 2009
Las cosas que no te dije a la cara.
Tenerte ahí, tan ajenamente mío me dio miedo. No sé si es exactamente esa sensación, pero se aproxima. Más bien me llevó a un pasado que quemó el aire que respiraba hasta convertir mi amor en polvo. Esa vez que le confesé que lo amaba y él se dio media vuelta, sin girar a verme como me evaporaba. Y Yo lo vi irse con la mujer que alguna vez le confesé mis secretos, incluso mi amor por él (Que terminó siendo el padre de sus hijos)
Y sí, soy la misma que te pidió que renuncies a tu dolorosa historia. Pero aunque quizás no parezca, la diferencia es que no es al amor frustrado que marcó mi adolescencia el que me condena al miedo.
Confió en vos (como te dije casi sin que me escuches) Mi problema está en la inseguridad. Quizás mañana mi nombre no quede bien en tu boca o existan otras manos que te desnuden el alma.
Y otra vez fantasmas en la noche, melodías lacrimógenas y el pecho vacío. Sin contar que el autoestima va a bajar hasta el infierno para reírse de mi.
Y es una posibilidad, pero no es tu culpa. Ojala me dejaras repetirte que amor no es eso que te dieron.
No sé que te pueda dar yo. Y contestando a tu egocentrismo, no tengo idea si me enamoré. Quizás sí, quizás es lo que quiera. No puedo saberlo, nunca me pasó. ¿Cómo saber que algo es alto si nunca viste un enano? ¿Cómo conoces la luz si nunca viviste en la oscuridad?
De lo único que tengo la certeza es que no podría lastimarte. Pero no es algo que te pueda decir, porque hoy en día es casi un desafío confiar en las palabras, incluso para nosotros que vivimos de ellas.
No te pido que me creas, me basta con tenerlo en cuenta yo.
Por eso hoy te escribo esto, porque esto que no te dije a la cara me hace insómnica desde las últimas 72 horas.
Quizás cuando te tuve ahí te quise rogar que te quedarás conmigo, como un cuento tuyo (O mío, ya no sé)
O que yo también tenía miedo- y mucho- porque puede que sea el momento de ser feliz. Pero es que ningún monstruo verde con nombre a desilusión puede devorarme si vos estás ahí.
Quizás quise contarte que me dolía el hueco que había entre nosotros, a pesar de tener mi cintura en tus manos.
Y me duele, porque suelo pensar mucho (Y a veces mal) saber que vos no… (No sé como explicar algo de lo que se sabe poco) Quiero decir que me duele imaginar que vos no sentís lo mismo por mi.
Creo que también te quise decir que haría de tu boca, mi casa. O no. Más bien la haría una calle que no se bien a donde me lleva, pero que cuando la ilumina tu sonrisa, seguiría ese camino sin importarme donde termine.
O que las ansias de tenerte no son más que las ganas de liberarte de todo eso que te hizo mal. Que de alguna forma es lo que me va a liberar a mí de mis propios dolores.
Y es que ignorar algunas cosas no está tan mal, pero me encantaría que cada frase que leo en tus historias hablaran de mí.
Que tus aves de paso volaran a otros rumbos (Algunos dirán que son celos, pero en realidad es miedo. No quiero que te lleven a volar con ellas, prefiero tener esa exclusividad)
Me muero de ganas que me agarres de la mano y me lleves a buscar cualquier cosa, no importa qué.
Y es que para mi también es difícil decirte esto de frente.
Pero confío en vos, en la valentía que decís no tener.
Confío porque es la única manera de no salir lastimada. Y es también la forma más directa al destino inverso.
Pero quería demostrarte que fuera cual fuera el final, voy a intentar construir los puentes que me lleven a vos, y demoler los miedos que te (Y me) impiden ser feliz.
Y sí, soy la misma que te pidió que renuncies a tu dolorosa historia. Pero aunque quizás no parezca, la diferencia es que no es al amor frustrado que marcó mi adolescencia el que me condena al miedo.
Confió en vos (como te dije casi sin que me escuches) Mi problema está en la inseguridad. Quizás mañana mi nombre no quede bien en tu boca o existan otras manos que te desnuden el alma.
Y otra vez fantasmas en la noche, melodías lacrimógenas y el pecho vacío. Sin contar que el autoestima va a bajar hasta el infierno para reírse de mi.
Y es una posibilidad, pero no es tu culpa. Ojala me dejaras repetirte que amor no es eso que te dieron.
No sé que te pueda dar yo. Y contestando a tu egocentrismo, no tengo idea si me enamoré. Quizás sí, quizás es lo que quiera. No puedo saberlo, nunca me pasó. ¿Cómo saber que algo es alto si nunca viste un enano? ¿Cómo conoces la luz si nunca viviste en la oscuridad?
De lo único que tengo la certeza es que no podría lastimarte. Pero no es algo que te pueda decir, porque hoy en día es casi un desafío confiar en las palabras, incluso para nosotros que vivimos de ellas.
No te pido que me creas, me basta con tenerlo en cuenta yo.
Por eso hoy te escribo esto, porque esto que no te dije a la cara me hace insómnica desde las últimas 72 horas.
Quizás cuando te tuve ahí te quise rogar que te quedarás conmigo, como un cuento tuyo (O mío, ya no sé)
O que yo también tenía miedo- y mucho- porque puede que sea el momento de ser feliz. Pero es que ningún monstruo verde con nombre a desilusión puede devorarme si vos estás ahí.
Quizás quise contarte que me dolía el hueco que había entre nosotros, a pesar de tener mi cintura en tus manos.
Y me duele, porque suelo pensar mucho (Y a veces mal) saber que vos no… (No sé como explicar algo de lo que se sabe poco) Quiero decir que me duele imaginar que vos no sentís lo mismo por mi.
Creo que también te quise decir que haría de tu boca, mi casa. O no. Más bien la haría una calle que no se bien a donde me lleva, pero que cuando la ilumina tu sonrisa, seguiría ese camino sin importarme donde termine.
O que las ansias de tenerte no son más que las ganas de liberarte de todo eso que te hizo mal. Que de alguna forma es lo que me va a liberar a mí de mis propios dolores.
Y es que ignorar algunas cosas no está tan mal, pero me encantaría que cada frase que leo en tus historias hablaran de mí.
Que tus aves de paso volaran a otros rumbos (Algunos dirán que son celos, pero en realidad es miedo. No quiero que te lleven a volar con ellas, prefiero tener esa exclusividad)
Me muero de ganas que me agarres de la mano y me lleves a buscar cualquier cosa, no importa qué.
Y es que para mi también es difícil decirte esto de frente.
Pero confío en vos, en la valentía que decís no tener.
Confío porque es la única manera de no salir lastimada. Y es también la forma más directa al destino inverso.
Pero quería demostrarte que fuera cual fuera el final, voy a intentar construir los puentes que me lleven a vos, y demoler los miedos que te (Y me) impiden ser feliz.
viernes, 31 de julio de 2009
Des-tino.
Todo sucedió casi en el tiempo en que tardó en salir el sol. Los cigarrillos arriba de la mesita, la luz tenue como les era habitual, las sábanas de la cama enmarañada con las escamas de lo que había sido piel.
Ella cabía perfectamente en el lado derecho del cuerpo del hombre que amaba. Hubiera intentado pertenecer a él de cualquier forma. Lástima que era imposible que el amor fuera recíproco, así había sido siempre.
Al fin y al cabo de eso se trataba, un beso en la mejilla, un roce en sus piernas, otra noche inolvidable, y el sol que venía a encandilar todos los recuerdos de ella y todos los abrazos de él.
- Quedate conmigo- le dijo. Pero sabía bien que él tenía que ir en busca del destino, de una mujer que amara.
Quizás por eso no le respondió. Era casi inmoral que le mintiera, cuando ella todo el tiempo le decía la verdad.
Él también quería quedarse, pero así eran las cosas. Tenía que encontrar los ojos que lo hicieran sentir mareados. No quedaba otra, esa era su misión: chocarse de frente con una mujer que lo carcomiera de sol a sol. (Y no ir a buscarlo, como hacía ella) Y ella, que hubiera robado el alma a la luna para que la recordara cada noche, pareció darse cuenta que no era necesario. Que él la recordaría sí, pero con eso no llegaba a ninguna parte.
Entonces prefirió morirse con el día, y volver a él sin ninguna huella cada noche, pero no era luna.
Lo miró, y él supo lo que pensaba, porque se fue, dejando el aroma en el pelo negro que se derramaba en la almohada, y que sabía que mañana volvería al mismo sitio para amarlo.
No lloró, al menos no por eso. Ya estaba acostumbrada a que él huyera de sus caricias en el pecho casi en el borde del alba. Quizás suspiró porque lo buscaba todo el tiempo, aún sabiendo que no lo iba a encontrar.
O tal vez porque lo encontraba en otra boca que desconocía, o porque gritaba al silencio ingrávido de su soledad que se quedara con ella, que la viera, que ella estaría allí otra vez mañana.
- Quedate conmigo-volvió a repetir, pero no la escuchó, porque ya se había ido.
Y quiso decirle, quedate conmigo para que pueda luchar contra tus miedos, para que sea cómplice de tus sonrisas, para dibujar en mi mente tus pestañas arqueadas el día que me faltes.
O puede que le haya querido mencionar aquello que destino, también era poco tino. Que podía también significar que no haya acierto en su búqueda, o en donde buscaba. Que ella tampoco había tenido mucho tino en eso del amor, pero que no iba a dejarlo a él por un pasado poco acertado.
O más bien pareció decirle que se quedara con ella, porque no era necesario buscar un destino que sin querer ya había encontrado, disfrazado de mujer cada noche en la cama de la que él se acababa de ir.
Ella cabía perfectamente en el lado derecho del cuerpo del hombre que amaba. Hubiera intentado pertenecer a él de cualquier forma. Lástima que era imposible que el amor fuera recíproco, así había sido siempre.
Al fin y al cabo de eso se trataba, un beso en la mejilla, un roce en sus piernas, otra noche inolvidable, y el sol que venía a encandilar todos los recuerdos de ella y todos los abrazos de él.
- Quedate conmigo- le dijo. Pero sabía bien que él tenía que ir en busca del destino, de una mujer que amara.
Quizás por eso no le respondió. Era casi inmoral que le mintiera, cuando ella todo el tiempo le decía la verdad.
Él también quería quedarse, pero así eran las cosas. Tenía que encontrar los ojos que lo hicieran sentir mareados. No quedaba otra, esa era su misión: chocarse de frente con una mujer que lo carcomiera de sol a sol. (Y no ir a buscarlo, como hacía ella) Y ella, que hubiera robado el alma a la luna para que la recordara cada noche, pareció darse cuenta que no era necesario. Que él la recordaría sí, pero con eso no llegaba a ninguna parte.
Entonces prefirió morirse con el día, y volver a él sin ninguna huella cada noche, pero no era luna.
Lo miró, y él supo lo que pensaba, porque se fue, dejando el aroma en el pelo negro que se derramaba en la almohada, y que sabía que mañana volvería al mismo sitio para amarlo.
No lloró, al menos no por eso. Ya estaba acostumbrada a que él huyera de sus caricias en el pecho casi en el borde del alba. Quizás suspiró porque lo buscaba todo el tiempo, aún sabiendo que no lo iba a encontrar.
O tal vez porque lo encontraba en otra boca que desconocía, o porque gritaba al silencio ingrávido de su soledad que se quedara con ella, que la viera, que ella estaría allí otra vez mañana.
- Quedate conmigo-volvió a repetir, pero no la escuchó, porque ya se había ido.
Y quiso decirle, quedate conmigo para que pueda luchar contra tus miedos, para que sea cómplice de tus sonrisas, para dibujar en mi mente tus pestañas arqueadas el día que me faltes.
O puede que le haya querido mencionar aquello que destino, también era poco tino. Que podía también significar que no haya acierto en su búqueda, o en donde buscaba. Que ella tampoco había tenido mucho tino en eso del amor, pero que no iba a dejarlo a él por un pasado poco acertado.
O más bien pareció decirle que se quedara con ella, porque no era necesario buscar un destino que sin querer ya había encontrado, disfrazado de mujer cada noche en la cama de la que él se acababa de ir.
lunes, 27 de julio de 2009
Leer en forma personal.
Es que siempre tenemos miedo. Miedo de que nos digan que no, miedo de un sí. De ser felices, de aprender. Miedo de ser uno mismo, miedo de ser otros. De todo, absolutamente. Le tenemos miedo al miedo.
Tememos cuando las cosas vienen fáciles. Será cuestión de aprender, que si alguien te dice que está enamorado de vos no es así de sencillo. Tu problema es que no entendiste que vas a tener que seguir peleando todos los días para que siga muriéndome por tus palabras, o por tus besos.
Tenemos miedo de jugarnos entero y después descubrir que no, que no lo queríamos. Pero también tenemos miedo de no jugarnos y quedarnos sin saber que hubiera pasado.
De que llueva justo el día de nuestro casamiento, de que no nos casemos nunca.
Y vivimos así, preguntándonos que pasa si no me puedo olvidar de ese amor que me lastimó tanto, si mis amigos me dejan de querer.
Miedo de no ver que somos nosotros mismos los que creamos el miedo, y somos nosotros los únicos capaces de aniquilarlo. De sonreír, de morirnos a carcajadas, de burlarlo.
Y mientras tanto, vamos dejando que la vida nos pasé sin habernos sentido comidos por la vorágine de vivir. Sin saber que hubiese sido de nosotros si, en el momento de decidir, hubiéramos optado por lo poco probable, simplemente para comprobar que era mucho más posible de lo que creíamos. Vivimos sin saber si ganamos, porque tenemos miedo a apostar.
Pasamos sin haber sentido que te pasa por dentro cuando gritás que amas a alguien. Nos perdemos minutos pensando que pasará, maldiciendo lo que pasó (Muchas veces lo que no pasó)
Nos acostamos cada noche sin pensar que puede ser último, sin vivirlo al extremo.
Es simple. Se trata de caminar por la cuerda, no de quedarse estático. Si ya nos subimos a este gran circo, actuemos. Será esa la mejor- y la única- opción.
Y es que sobre todo, ese es nuestro problema. Que somos demasiado racionales para volar sin siquiera imaginárnoslo.
(Aunque tenga miedo de escribirlo en forma personal)
Tememos cuando las cosas vienen fáciles. Será cuestión de aprender, que si alguien te dice que está enamorado de vos no es así de sencillo. Tu problema es que no entendiste que vas a tener que seguir peleando todos los días para que siga muriéndome por tus palabras, o por tus besos.
Tenemos miedo de jugarnos entero y después descubrir que no, que no lo queríamos. Pero también tenemos miedo de no jugarnos y quedarnos sin saber que hubiera pasado.
De que llueva justo el día de nuestro casamiento, de que no nos casemos nunca.
Y vivimos así, preguntándonos que pasa si no me puedo olvidar de ese amor que me lastimó tanto, si mis amigos me dejan de querer.
Miedo de no ver que somos nosotros mismos los que creamos el miedo, y somos nosotros los únicos capaces de aniquilarlo. De sonreír, de morirnos a carcajadas, de burlarlo.
Y mientras tanto, vamos dejando que la vida nos pasé sin habernos sentido comidos por la vorágine de vivir. Sin saber que hubiese sido de nosotros si, en el momento de decidir, hubiéramos optado por lo poco probable, simplemente para comprobar que era mucho más posible de lo que creíamos. Vivimos sin saber si ganamos, porque tenemos miedo a apostar.
Pasamos sin haber sentido que te pasa por dentro cuando gritás que amas a alguien. Nos perdemos minutos pensando que pasará, maldiciendo lo que pasó (Muchas veces lo que no pasó)
Nos acostamos cada noche sin pensar que puede ser último, sin vivirlo al extremo.
Es simple. Se trata de caminar por la cuerda, no de quedarse estático. Si ya nos subimos a este gran circo, actuemos. Será esa la mejor- y la única- opción.
Y es que sobre todo, ese es nuestro problema. Que somos demasiado racionales para volar sin siquiera imaginárnoslo.
(Aunque tenga miedo de escribirlo en forma personal)
viernes, 24 de julio de 2009
Irene indecorosa.
Irene tenía dieciocho años en esa época. Don Artigas le tenía prohibido salir de la casa en horas indecorosas porque qué dirán sus amigos, la gente del banco, los colegas de su madre, y todas esas excusas que sólo le importaban a él. A ella no le quedaba otra que pasarse en su casa tejiendo pulóver, o bufandas para la familia. Cuando no debía estudiar para el curso de verano de Oxford, claro. O eso disimulaba. Porque en cuanto Don Artigas se iba, como todas las tardes, después de las tres, a tomar el té con la abuela Celina, y Estela Rivera estaba ocupada en la radionovela de moda, Irene aprovechaba para escribir.
Escribía de todo. A los 7 años había comenzado un diario intimo, pero sin final. Porque todavía seguía relatando sus costumbres, las anécdotas familiares, los relatos de la llegada del hombre a la luna por radio. Y lo hacía simplemente para que alguien, algún día, pudiera leer sus escritos y supiera como se vivía. Porque a Irene le hubiera encantado ser historiadora. En cierta ocasión, discutió con Don Artigas por la elección de su carrera. Pero él tenía decidido su fin de abogada, y lo único que consiguió fue una bofetada mal dada en el mentón y dos o tres miradas empañadas de su madre desde la cocina.
Después, nunca más se atrevió a faltarle el respeto a Don Artigas, lo hacía por su bien.
El verano se acercaba torturante. Se notaba en las plantas que mamá Celeste tenía abajo del alero, parecían desteñirse cada día un poquito más. Pero a ella no le importaba, porque para esas épocas siempre estaba preocupada en la gran cena de navidad. Siempre le pedía ayuda a Irene para preparar con anticipación el pan dulce.
Se iban de Don Mario, que siempre les vendía las mejores cosas, y se traían, de fiado, las frutas avellantadas, los huevos y el agua de azahar.
A Celeste le gustaba tener una mesa distinta cada año, así que se pasaba todo el año bordando manteles y preparando los platos.
Tanto se preocupaba, que el veinticuatro a la noche todo había salido a la perfección. Excepto porque Celeste se enojó con Don Artigas que había traído a cenar a uno de los chicos con los que trabaja y ella no lo tenía previsto. Un tal Pedro. Irene no pudo escuchar el apellido, pero con Pedro le bastaba.
Pedro tenía la tez trigo, pero a través de los primeros botones de su camisa se vislumbraba la marca que había dejado el sol. Pudo ver una cadenita no sabía de qué. Y ahí terminaba el recorrido.
Sus ojos miel le sentaban perfecto con la camisa blanca que traía puesta. Tanto que Irene quedó como embobada y no se dio cuenta que Juan Cruz le había robado toda la ensalada rusa que se había servido.
Pedro era perfecto. Había conquistado a toda la familia en cuestión de segundos. Parecía tener tacto con los gustos personales, y con cada persona hablaba de un tema diferente. Se pasó la noche hablando de política con Don Artigas, de San Lorenzo con Juan Cruz, e Irene que no le sacaba los ojos de encima. Celeste, en cuanto percibió algo, mandó a Irene a ayudar a Juana, su tía, a lavar los platos. Se hubiera quedado a mirarlo por toda la eternidad, pero no quería recibir un castigo y aceptó al instante ir a ayudar. Tampoco le quedaba otra opción.
Lástima que no volviera a ver más a Pedro. Pero se equivocó, porque la siguiente tarde, él estaba en el despacho con Don Artigas. Hablando de números claro, siempre hablaba de números.
Y también estuvo al siguiente día, al siguiente y también al otro.
Descubrió que Pedro vendría a ser algo así como el nuevo socio de Don Artigas, eso era lo que había dicho Celeste.
- Él va a estar por un tiempo, tienen cosas por resolver. Te pido que no los molestes Irene, están ocupados.
Le había advertido su mamá. Pero cada vez que ambos salían del despacho y se fumaban un cigarrillo en el sillón verde, ella preparaba algunas galletas, o les llevaba un cenicero, o les tejía algo con tal de ir a enseñárselos y pasearse delante de Pedro con su aire refinado. Cuando Don Artigas se iba a buscar el diario o hablar con Celeste, Irene aprovechaba para enseñarle sus muslos debajo de la pollera, o dedicarle una mirada romántica.
A veces Irene creía que Pedro estaba enamorado, pero se desilusionaba tan fácil que nunca llegaba a imaginárselo de otra forma que no fuera con su traje formal, y sus números por doquier.
Una tarde, en la que ella estaba en su cuarto, escribiendo los sucesos más importantes de los últimos tiempos (en los que por supuesto, Pedro era el principal), él entró sin ningún permiso, y se sentó en el suelo- que era donde ella estaba- a su lado.
Lo tenía tan cerca que parecía querer tirársele encima sin previo aviso y arrinconarlo contra el suelo. Pero se le quedó mirando fija a los ojos, preguntándose que haría. Pero no hizo nada, y se levantó al instante para irse tal como había llegado.
Irene ya no sabía que hacer, así que decidió superar sus miedos, y fue ahorrando valentía desde entonces.
Cuando llegó agosto ya no le quedaba otra opción que enfrentarlo. Era eso o que rebalsara de un golpe todo su amor por los poros.
Lo encontró solo, en el despacho de Don Artigas, con unos papeles en una mano, y en la otra un cigarrillo.
Se sentó al lado de él, cruzándose de piernas, porque así exhibía más. Tenía la espalda erguida, para que el busto también le resaltara. Se había puesto un poco de colorete, pero era más para disimular la vergüenza que seguro pasaría, que por hacerse la linda.
Ella sabía bien que su pálida piel le jugaría una mala pasada.
Se fue acercando en silencio, sin despegar los labios, a Pedro. Se pasó la mano por el cuello porque no se animó desde un principió a desabrocharse los primeros botones de la camisa. Pero Pedro seguía inmune. Como si estuviese viendo un comercial que se sabía de memoria. Irene no quería sentirse fracasada, y en su desesperación, tomó la mano de él y la puso justo encima de su pecho. Quiso hacerlo reaccionar (y lo hizo) pero no pensó en que quizás a ella también le agradaría.
Ya no tenía más estrategia. Los ojos miel de Pedro fijos en los suyos. Sorprendido pero no de lo que hacía. Irene pensó que estaba pasmado porque no pensó sentir lo que sintió.
Su mano casi ardiendo contra su pecho. La de ella encima de la de él. Como afirmándola para que no la sacara.
Y de golpe, Pedro la agarró del cuello, sin mucha delicadeza, pero con todas sus ganas. Se frenó unos centímetros de su boca. Quizás para sentirla, para respirarla. O porque se estaba arrepintiendo de fallarle a Don Artigas. De besar a su hija sin siquiera confesarle su amor por ella, o pedirle su mano, o conocerla.
Pero Irene ya no tenía límite y entreabrió los labios que buscaron la humedad de la otra boca. Y entonces quedaron unidos por el calor que emanaban sus cuerpos, y el aliento petrificado que sobrevolaba en el aire.
La mano de él pasó a la cintura, con el único fin de atraerla, de que sus huesos chiquitos chocaran contra él, sin importar estallar. Pero Irene interpuso sus manos entre ambos y Pedro quedó inmóvil. Un poco culpable no sabía bien de qué.
Ella se levantó, tranquila. Acomodándose la blusa y alargando la pollera. Salió del despacho, y al cerrar la puerta pudo verlo todavía sin saber que hacer.
Se rió, porque era cómico como estaba sentado, como si ella siguiera ahí.
Cerró la puerta y la magia desapareció. No, definitivamente no, se iba repitiendo.
No era Pedro a quien se había imaginado tanto tiempo. Lástima que había tardado en darse cuenta.
Escribía de todo. A los 7 años había comenzado un diario intimo, pero sin final. Porque todavía seguía relatando sus costumbres, las anécdotas familiares, los relatos de la llegada del hombre a la luna por radio. Y lo hacía simplemente para que alguien, algún día, pudiera leer sus escritos y supiera como se vivía. Porque a Irene le hubiera encantado ser historiadora. En cierta ocasión, discutió con Don Artigas por la elección de su carrera. Pero él tenía decidido su fin de abogada, y lo único que consiguió fue una bofetada mal dada en el mentón y dos o tres miradas empañadas de su madre desde la cocina.
Después, nunca más se atrevió a faltarle el respeto a Don Artigas, lo hacía por su bien.
El verano se acercaba torturante. Se notaba en las plantas que mamá Celeste tenía abajo del alero, parecían desteñirse cada día un poquito más. Pero a ella no le importaba, porque para esas épocas siempre estaba preocupada en la gran cena de navidad. Siempre le pedía ayuda a Irene para preparar con anticipación el pan dulce.
Se iban de Don Mario, que siempre les vendía las mejores cosas, y se traían, de fiado, las frutas avellantadas, los huevos y el agua de azahar.
A Celeste le gustaba tener una mesa distinta cada año, así que se pasaba todo el año bordando manteles y preparando los platos.
Tanto se preocupaba, que el veinticuatro a la noche todo había salido a la perfección. Excepto porque Celeste se enojó con Don Artigas que había traído a cenar a uno de los chicos con los que trabaja y ella no lo tenía previsto. Un tal Pedro. Irene no pudo escuchar el apellido, pero con Pedro le bastaba.
Pedro tenía la tez trigo, pero a través de los primeros botones de su camisa se vislumbraba la marca que había dejado el sol. Pudo ver una cadenita no sabía de qué. Y ahí terminaba el recorrido.
Sus ojos miel le sentaban perfecto con la camisa blanca que traía puesta. Tanto que Irene quedó como embobada y no se dio cuenta que Juan Cruz le había robado toda la ensalada rusa que se había servido.
Pedro era perfecto. Había conquistado a toda la familia en cuestión de segundos. Parecía tener tacto con los gustos personales, y con cada persona hablaba de un tema diferente. Se pasó la noche hablando de política con Don Artigas, de San Lorenzo con Juan Cruz, e Irene que no le sacaba los ojos de encima. Celeste, en cuanto percibió algo, mandó a Irene a ayudar a Juana, su tía, a lavar los platos. Se hubiera quedado a mirarlo por toda la eternidad, pero no quería recibir un castigo y aceptó al instante ir a ayudar. Tampoco le quedaba otra opción.
Lástima que no volviera a ver más a Pedro. Pero se equivocó, porque la siguiente tarde, él estaba en el despacho con Don Artigas. Hablando de números claro, siempre hablaba de números.
Y también estuvo al siguiente día, al siguiente y también al otro.
Descubrió que Pedro vendría a ser algo así como el nuevo socio de Don Artigas, eso era lo que había dicho Celeste.
- Él va a estar por un tiempo, tienen cosas por resolver. Te pido que no los molestes Irene, están ocupados.
Le había advertido su mamá. Pero cada vez que ambos salían del despacho y se fumaban un cigarrillo en el sillón verde, ella preparaba algunas galletas, o les llevaba un cenicero, o les tejía algo con tal de ir a enseñárselos y pasearse delante de Pedro con su aire refinado. Cuando Don Artigas se iba a buscar el diario o hablar con Celeste, Irene aprovechaba para enseñarle sus muslos debajo de la pollera, o dedicarle una mirada romántica.
A veces Irene creía que Pedro estaba enamorado, pero se desilusionaba tan fácil que nunca llegaba a imaginárselo de otra forma que no fuera con su traje formal, y sus números por doquier.
Una tarde, en la que ella estaba en su cuarto, escribiendo los sucesos más importantes de los últimos tiempos (en los que por supuesto, Pedro era el principal), él entró sin ningún permiso, y se sentó en el suelo- que era donde ella estaba- a su lado.
Lo tenía tan cerca que parecía querer tirársele encima sin previo aviso y arrinconarlo contra el suelo. Pero se le quedó mirando fija a los ojos, preguntándose que haría. Pero no hizo nada, y se levantó al instante para irse tal como había llegado.
Irene ya no sabía que hacer, así que decidió superar sus miedos, y fue ahorrando valentía desde entonces.
Cuando llegó agosto ya no le quedaba otra opción que enfrentarlo. Era eso o que rebalsara de un golpe todo su amor por los poros.
Lo encontró solo, en el despacho de Don Artigas, con unos papeles en una mano, y en la otra un cigarrillo.
Se sentó al lado de él, cruzándose de piernas, porque así exhibía más. Tenía la espalda erguida, para que el busto también le resaltara. Se había puesto un poco de colorete, pero era más para disimular la vergüenza que seguro pasaría, que por hacerse la linda.
Ella sabía bien que su pálida piel le jugaría una mala pasada.
Se fue acercando en silencio, sin despegar los labios, a Pedro. Se pasó la mano por el cuello porque no se animó desde un principió a desabrocharse los primeros botones de la camisa. Pero Pedro seguía inmune. Como si estuviese viendo un comercial que se sabía de memoria. Irene no quería sentirse fracasada, y en su desesperación, tomó la mano de él y la puso justo encima de su pecho. Quiso hacerlo reaccionar (y lo hizo) pero no pensó en que quizás a ella también le agradaría.
Ya no tenía más estrategia. Los ojos miel de Pedro fijos en los suyos. Sorprendido pero no de lo que hacía. Irene pensó que estaba pasmado porque no pensó sentir lo que sintió.
Su mano casi ardiendo contra su pecho. La de ella encima de la de él. Como afirmándola para que no la sacara.
Y de golpe, Pedro la agarró del cuello, sin mucha delicadeza, pero con todas sus ganas. Se frenó unos centímetros de su boca. Quizás para sentirla, para respirarla. O porque se estaba arrepintiendo de fallarle a Don Artigas. De besar a su hija sin siquiera confesarle su amor por ella, o pedirle su mano, o conocerla.
Pero Irene ya no tenía límite y entreabrió los labios que buscaron la humedad de la otra boca. Y entonces quedaron unidos por el calor que emanaban sus cuerpos, y el aliento petrificado que sobrevolaba en el aire.
La mano de él pasó a la cintura, con el único fin de atraerla, de que sus huesos chiquitos chocaran contra él, sin importar estallar. Pero Irene interpuso sus manos entre ambos y Pedro quedó inmóvil. Un poco culpable no sabía bien de qué.
Ella se levantó, tranquila. Acomodándose la blusa y alargando la pollera. Salió del despacho, y al cerrar la puerta pudo verlo todavía sin saber que hacer.
Se rió, porque era cómico como estaba sentado, como si ella siguiera ahí.
Cerró la puerta y la magia desapareció. No, definitivamente no, se iba repitiendo.
No era Pedro a quien se había imaginado tanto tiempo. Lástima que había tardado en darse cuenta.
lunes, 20 de julio de 2009
Mis amigas.
He tenido mucha suerte en la vida.
Fui encontrando amigos en todos los momentos que pasé. Amigos, que todavía sigo queriendo con la misma intensidad aunque quizás no vea.
Amigos en los primos que me dieron su amistad desde que nací.
Entre las rutinarias horas del colegio. Amigas que todavía siguen aguantando mis manías, y que comparten mis secretos.
En mis papás que ganaron mi confianza y que sé que harían hasta lo inalcanzable por mi.
En gente que no conocí tan bien, pero que considero indispensables.
Encontré una gran amiga en mi hermana, que no elegí, pero que tuve la suerte de poder tenerla, además de muchas otras cosas, como amiga.
En los amigos que confundí y que a veces lastime, y que sin embargo siguen tocándome el timbre de mi casa o llamándome por teléfono.
En gente mucho más grande que yo y que solían ser amigos de mis papás.
En un hermosísimo grupo que además de bailar salsa conmigo, me brindo todo su apoyo y su alegría.
En dos personitas que me ayudaron durante todo el cbc y no solo en las materias.
En mis primitos más chiquitos, que me dan su veredicto en silencio, y que me hacen más enorme con sus abrazos.
Encontré amigos incluso en los que ahora se convirtieron en mis enemigos, y que me enseñaron que no todo es tan bueno como parece.
Aprendí a encontrar una amiga en mí, que a veces se pone de mi lado y me defiende de mí misma.
Tengo amigos de la infancia que no veo hace un buen rato, pero que ayer me saludaron a las doce en punto, con la misma confianza que hubieran tenido si me hubiesen seguido viendo.
Pero sobre todos ellos, tengo a cuatro personas que luchan cada día para que la vida no nos pase por encima y nos dejemos de hablar como suele suceder.
Cuatro amigas, que sin importar qué tengan que hacer, siempre están dispuestas a compartir unos mates.
Amigas que me dan su opinión sin delimitarme a hacer lo que ellas dicen. Que me plantean diferentes problemas y me dan diferentes soluciones.
Cuatro personas que me conocen como nadie, y que me aceptan así, con mis miles de errores.
Cuatro amigas, que son siempre las que necesito que sean: ellas mismas.
Fui encontrando amigos en todos los momentos que pasé. Amigos, que todavía sigo queriendo con la misma intensidad aunque quizás no vea.
Amigos en los primos que me dieron su amistad desde que nací.
Entre las rutinarias horas del colegio. Amigas que todavía siguen aguantando mis manías, y que comparten mis secretos.
En mis papás que ganaron mi confianza y que sé que harían hasta lo inalcanzable por mi.
En gente que no conocí tan bien, pero que considero indispensables.
Encontré una gran amiga en mi hermana, que no elegí, pero que tuve la suerte de poder tenerla, además de muchas otras cosas, como amiga.
En los amigos que confundí y que a veces lastime, y que sin embargo siguen tocándome el timbre de mi casa o llamándome por teléfono.
En gente mucho más grande que yo y que solían ser amigos de mis papás.
En un hermosísimo grupo que además de bailar salsa conmigo, me brindo todo su apoyo y su alegría.
En dos personitas que me ayudaron durante todo el cbc y no solo en las materias.
En mis primitos más chiquitos, que me dan su veredicto en silencio, y que me hacen más enorme con sus abrazos.
Encontré amigos incluso en los que ahora se convirtieron en mis enemigos, y que me enseñaron que no todo es tan bueno como parece.
Aprendí a encontrar una amiga en mí, que a veces se pone de mi lado y me defiende de mí misma.
Tengo amigos de la infancia que no veo hace un buen rato, pero que ayer me saludaron a las doce en punto, con la misma confianza que hubieran tenido si me hubiesen seguido viendo.
Pero sobre todos ellos, tengo a cuatro personas que luchan cada día para que la vida no nos pase por encima y nos dejemos de hablar como suele suceder.
Cuatro amigas, que sin importar qué tengan que hacer, siempre están dispuestas a compartir unos mates.
Amigas que me dan su opinión sin delimitarme a hacer lo que ellas dicen. Que me plantean diferentes problemas y me dan diferentes soluciones.
Cuatro personas que me conocen como nadie, y que me aceptan así, con mis miles de errores.
Cuatro amigas, que son siempre las que necesito que sean: ellas mismas.
domingo, 12 de julio de 2009
Declaración.
Esta bien morirse de vez en cuando. Siempre y cuando tenga un buen motivo y valga la pena.
Morirse por lo que te dicen. Y no es que desvalorice las palabras, pero no son ellas las que te empujan a lo mejor.
Porque morir es volver a nacer otra vez. Es darte todo, sin que importe quedarme vacía.
Es comprensible. Darte todo es salvarme a mi misma. De los miedos que no me dejan decirte que me rogué infinitas veces no hacerlo, no quererte. De estos días que se acumulan, esperando morirme, pero morirme en un rinconcito de tu cuerpo. Morirme con tus brazos rodeándome.
Si pudiera al menos llenarme de vos hasta morir, como vengo diciendo, sería imposible después volver a ser tan feliz.
No te imaginas cuánto más allá de tu imaginación va lo que siento. Ni siquiera supones todo que todo esto que escribo tiene tu nombre codificado. Y vengo muriéndome cada día. Me muero de ganas de gritártelo. De decirte que sí, que me muero por entrar en tu mundo, en tus sueños, en vos.
Y me muero de pánico también. De que no sientas nada por mí. Aunque creo que le tengo más miedo a que te pase lo mismo.
Incluso vos me matas, pero tan sutilmente que ni te das cuenta. Pero no está mal. Si me dejaras, moriría todos los días.
Hasta creo que vivo para encontrarme con tu voz en mis recuerdos, tus fotos con tu gente.
Esta bien morirse de vez en cuando. Por lo menos en eso mis actos coinciden con mis pensamientos.
Porque ya me es inevitable morirme cada vez que te veo. Cada vez que la luna me recuerda que te necesito. Cuando el tiempo me esclaviza esperándote. Morirme en los instantes en que nada me consuela más que tus palabras. En las ganas diarias de gritarte que no vivo si no te escucho.
Me es inevitable no decirte que me enamoro un poco más cada vez que tenemos una de nuestras conversaciones. Se me está haciendo imposible no jurarte que me muero de amor por vos.
Morirse por lo que te dicen. Y no es que desvalorice las palabras, pero no son ellas las que te empujan a lo mejor.
Porque morir es volver a nacer otra vez. Es darte todo, sin que importe quedarme vacía.
Es comprensible. Darte todo es salvarme a mi misma. De los miedos que no me dejan decirte que me rogué infinitas veces no hacerlo, no quererte. De estos días que se acumulan, esperando morirme, pero morirme en un rinconcito de tu cuerpo. Morirme con tus brazos rodeándome.
Si pudiera al menos llenarme de vos hasta morir, como vengo diciendo, sería imposible después volver a ser tan feliz.
No te imaginas cuánto más allá de tu imaginación va lo que siento. Ni siquiera supones todo que todo esto que escribo tiene tu nombre codificado. Y vengo muriéndome cada día. Me muero de ganas de gritártelo. De decirte que sí, que me muero por entrar en tu mundo, en tus sueños, en vos.
Y me muero de pánico también. De que no sientas nada por mí. Aunque creo que le tengo más miedo a que te pase lo mismo.
Incluso vos me matas, pero tan sutilmente que ni te das cuenta. Pero no está mal. Si me dejaras, moriría todos los días.
Hasta creo que vivo para encontrarme con tu voz en mis recuerdos, tus fotos con tu gente.
Esta bien morirse de vez en cuando. Por lo menos en eso mis actos coinciden con mis pensamientos.
Porque ya me es inevitable morirme cada vez que te veo. Cada vez que la luna me recuerda que te necesito. Cuando el tiempo me esclaviza esperándote. Morirme en los instantes en que nada me consuela más que tus palabras. En las ganas diarias de gritarte que no vivo si no te escucho.
Me es inevitable no decirte que me enamoro un poco más cada vez que tenemos una de nuestras conversaciones. Se me está haciendo imposible no jurarte que me muero de amor por vos.
lunes, 6 de julio de 2009
Los inquilinos.
Creo que ya están dormidos, porque no los escucho. O puede que yo esté muy lejos. O también que sea de noche. Aunque no sé bien como son sus días-
Los he escuchado a estas horas en otros momentos, así que supondré o bien que no descansan en horas establecidas, o que su calendario difiere del nuestro.
Pero esta tarde… ¡Cómo trabajaban esta tarde! Los podía, incluso, sentir.
Lentos, porque así son ellos. Con un ritmo programado. Tic, tic, tic.
Y así todo el tiempo. No sé cuantos son, pero no deben ser mucho. Para poder trabajar con esa sincronía no deben ser muchos.
Al principio, la primera vez que los escuché, solamente distinguía uno.
En ese momento creí que estaba solo, pero que sé yo… puede que los demás estuvieran callados. Es que el violín que tocaba sonaba bien. A principiante, a notas buscadas y casi forzadas, pero bien.
Por eso justamente estuvieran en silencio, expectantes. Quizás para ellos (como para mi) aprender sea un culto, un proceso mágico.
Yo sé que Norita no me cree. Pero es que ella nunca los escuchó. Encima tiene un justificativo para todo. Que tal sonido puede ser un caño roto, que tal otro el vecino. ¡Pobre Norita! Es buena conmigo, siempre lo fue. Pero no puede escucharlos.
Igual, es un problema de ella. Yo estoy contenta, porque hace menos de un mes que los inquilinos se mudaron a las paredes de mi cuarto. Y estoy segura que escucharlos me va a llenar el alma.
No sé que construyen, pero a veces huele a torta de chocolate con copitos de crema chantilly. Y ahí es justo cuando me agarra el hambre.
Y pasan todo el día preparando esa gran torta, porque debe ser grande (En realidad es que ellos son pequeños) para que cuando llegue la noche celebren que pasaron otro día juntos.
Los admiro por eso. Porque cuando pasa un cierto tiempo comienza la fiesta, y todos cantan una canción alegre. Y supongo que comerán lo que estuvieron preparando todo el día, no creo que se esfuercen en vano. Además ellos también deben tener hambre.
Los admiro también por estar juntos. Ahora me doy cuenta que diferente es su mundo. Y cuando la música pasa, se acaba, las paredes se humedecen. Creo que lloran, pero de emoción. Lloran en silencio.
Los admiro, y lo digo otra vez. Por todo eso, y por la torta que debe ser un primer premio en el concurso de pastelería.
Pero ya no los escuchó, porque puede que yo esté muy lejos. O quizás estén dormidos.
Los he escuchado a estas horas en otros momentos, así que supondré o bien que no descansan en horas establecidas, o que su calendario difiere del nuestro.
Pero esta tarde… ¡Cómo trabajaban esta tarde! Los podía, incluso, sentir.
Lentos, porque así son ellos. Con un ritmo programado. Tic, tic, tic.
Y así todo el tiempo. No sé cuantos son, pero no deben ser mucho. Para poder trabajar con esa sincronía no deben ser muchos.
Al principio, la primera vez que los escuché, solamente distinguía uno.
En ese momento creí que estaba solo, pero que sé yo… puede que los demás estuvieran callados. Es que el violín que tocaba sonaba bien. A principiante, a notas buscadas y casi forzadas, pero bien.
Por eso justamente estuvieran en silencio, expectantes. Quizás para ellos (como para mi) aprender sea un culto, un proceso mágico.
Yo sé que Norita no me cree. Pero es que ella nunca los escuchó. Encima tiene un justificativo para todo. Que tal sonido puede ser un caño roto, que tal otro el vecino. ¡Pobre Norita! Es buena conmigo, siempre lo fue. Pero no puede escucharlos.
Igual, es un problema de ella. Yo estoy contenta, porque hace menos de un mes que los inquilinos se mudaron a las paredes de mi cuarto. Y estoy segura que escucharlos me va a llenar el alma.
No sé que construyen, pero a veces huele a torta de chocolate con copitos de crema chantilly. Y ahí es justo cuando me agarra el hambre.
Y pasan todo el día preparando esa gran torta, porque debe ser grande (En realidad es que ellos son pequeños) para que cuando llegue la noche celebren que pasaron otro día juntos.
Los admiro por eso. Porque cuando pasa un cierto tiempo comienza la fiesta, y todos cantan una canción alegre. Y supongo que comerán lo que estuvieron preparando todo el día, no creo que se esfuercen en vano. Además ellos también deben tener hambre.
Los admiro también por estar juntos. Ahora me doy cuenta que diferente es su mundo. Y cuando la música pasa, se acaba, las paredes se humedecen. Creo que lloran, pero de emoción. Lloran en silencio.
Los admiro, y lo digo otra vez. Por todo eso, y por la torta que debe ser un primer premio en el concurso de pastelería.
Pero ya no los escuchó, porque puede que yo esté muy lejos. O quizás estén dormidos.
domingo, 5 de julio de 2009
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Es la eterna lucha entre disfrutar los retorcijones o vomitar las mariposas en la panza.
¿No es suficiente tiempo para dejarme con esa intriga?
Necesito que lo decidas, porque la magia no es eterna.-
¿No es suficiente tiempo para dejarme con esa intriga?
Necesito que lo decidas, porque la magia no es eterna.-
martes, 30 de junio de 2009
Límite.
Ya ves, a veces me canso de ser lo que los demás esperan. Y harta de mi misma como de ellos, escribo cuentos que irónicamente se los dedico. Cuentos que hablan de vos- y nunca de mi- y que muestran lo que soy.
Cuentos que nunca cuentan. Nunca.
Y es que quizás soy imaginación. (O vos lo seas) Y mientras tanto, vivo. Y a pesar de eso vivo.
Pero siempre me canso. Porque nada es lo que espero, y eso que espero mucho. Y también es eso. Pero justo ahora, que el sol empieza a caer tan débilmente, me acuerdo que tengo miedo de ser.
Y si ser trapecista de mi propio circo significa arriesgarme a caer al vacío sin red, pues será mi destino mantener el equilibrio.
Entretanto sigo girando alrededor del sol (y no es que yo lo haga, es que los demás me llevan)
Porque si pudiera aprender de los errores que me prohíben descubrirme, no los cometería dos veces. Pero no estoy dispuesta a hacerlo. Porque tengo miedo. Miedo de descubrir que soy mejor.
Pero como ves, a veces me canso de ser, incluso lo que yo misma quiero ser. Y me torno de color viento. Y vuelo, aunque siempre lo haga. Y vuelo no por libre, sino más bien por loca. Loca medida. Loca encerrada. Loca, sí, pero una que todavía no sabe que se desquició.
Y es que si quisiera, podría ser lo que esperas. Y convertirme en el león domado, pero ya no de mi circo, sino del tuyo. Pero me cansaría. Y hasta creo que ya me cansé. El envase que compré está pasado de la fecha de caducidad. Si no lo consumo ahora, tendré que tirarlo. Pero no voy a intervenir, jamás lo hice. No sé intervenir. Entonces se vencerá, pero no va a ser mi culpa.
Y mientras asumo el error irreparable de mentirme a mi misma, vuelvo a caer en tus cuentos. Porque tengo mil tentáculos, y escribo tantas cosas diferentes como me son posibles. Pero todas son sobre vos. O sobre mi, ya no sé.
Y después me canso. Y hastía de escribir sin más destinatarios que uno, me niego a volver a hacerlo. Pero ya no puedo.
Y no me delimita ni en la punta del pelo, ni me dibuja el lunar al lado de mi boca. No me define como persona, ni me describe como humana. Pero siempre vuelvo.
Como volvía tiempo atrás, con otros nombres. Como ataba los pájaros que volaban en mi cabeza para que no volarán a un horizonte que no conocía- Porque en la guía no estaba la ruta que ellos querían seguir-.
Y camino, porque no hay otra forma. Pero caminar no significa que avance.
Un día todos sabrán que puedo ser más yo (Incluso más libre) de lo que nunca fui. Y no es que no sea yo, quizás los demás coinciden conmigo.
Porque ya ves, a veces me canso de ser lo que los demás quieren que sea, incluyéndote.
Cuentos que nunca cuentan. Nunca.
Y es que quizás soy imaginación. (O vos lo seas) Y mientras tanto, vivo. Y a pesar de eso vivo.
Pero siempre me canso. Porque nada es lo que espero, y eso que espero mucho. Y también es eso. Pero justo ahora, que el sol empieza a caer tan débilmente, me acuerdo que tengo miedo de ser.
Y si ser trapecista de mi propio circo significa arriesgarme a caer al vacío sin red, pues será mi destino mantener el equilibrio.
Entretanto sigo girando alrededor del sol (y no es que yo lo haga, es que los demás me llevan)
Porque si pudiera aprender de los errores que me prohíben descubrirme, no los cometería dos veces. Pero no estoy dispuesta a hacerlo. Porque tengo miedo. Miedo de descubrir que soy mejor.
Pero como ves, a veces me canso de ser, incluso lo que yo misma quiero ser. Y me torno de color viento. Y vuelo, aunque siempre lo haga. Y vuelo no por libre, sino más bien por loca. Loca medida. Loca encerrada. Loca, sí, pero una que todavía no sabe que se desquició.
Y es que si quisiera, podría ser lo que esperas. Y convertirme en el león domado, pero ya no de mi circo, sino del tuyo. Pero me cansaría. Y hasta creo que ya me cansé. El envase que compré está pasado de la fecha de caducidad. Si no lo consumo ahora, tendré que tirarlo. Pero no voy a intervenir, jamás lo hice. No sé intervenir. Entonces se vencerá, pero no va a ser mi culpa.
Y mientras asumo el error irreparable de mentirme a mi misma, vuelvo a caer en tus cuentos. Porque tengo mil tentáculos, y escribo tantas cosas diferentes como me son posibles. Pero todas son sobre vos. O sobre mi, ya no sé.
Y después me canso. Y hastía de escribir sin más destinatarios que uno, me niego a volver a hacerlo. Pero ya no puedo.
Y no me delimita ni en la punta del pelo, ni me dibuja el lunar al lado de mi boca. No me define como persona, ni me describe como humana. Pero siempre vuelvo.
Como volvía tiempo atrás, con otros nombres. Como ataba los pájaros que volaban en mi cabeza para que no volarán a un horizonte que no conocía- Porque en la guía no estaba la ruta que ellos querían seguir-.
Y camino, porque no hay otra forma. Pero caminar no significa que avance.
Un día todos sabrán que puedo ser más yo (Incluso más libre) de lo que nunca fui. Y no es que no sea yo, quizás los demás coinciden conmigo.
Porque ya ves, a veces me canso de ser lo que los demás quieren que sea, incluyéndote.
domingo, 21 de junio de 2009
Ricardo.
Te voy a contar un cuento papá, después de todos los que me contaste vos a mi.
La historia de un hombre que se mantuvo entero a pesar de todo. Un hombre que no sabes cuánto se parece a mi.- o mejor, al revés-
Y es que elijo esta historia pero bien podría estar contándote de los miles de hombres que fueron como mis padres. Pero me gusta más ésta: la de mi padre que fue como mil hombres.
Empieza como todas las historias, con un Había una vez, una vez 19 años atrás.
Una vez en que un bebé conoció el mundo. Pero no el mundo que ahora percibe. Porque en ese momento para ella el mundo era los brazos calentitos y enormes- inmensamente enormes, cabe destacar- de un hombre.
Y en esos tiempos las noches duraban poco, aunque la paz era completa. Pero siempre estaba la sonrisa extraña (Por los bigotes que lo caracterizaban) de su mundo, que la devolvía a su plácido sueño.
¿Sabes? Después, y como todos, la nena fue creciendo. Y empezó a ir a un lugar con muchos otros nenes. Pero lo que más le gustaba a ella, era los peinados que ese hombre le hacía. Y los abrazos. [No sabes cuanto le gustaba sus abrazos]
Y le enseño muchas cosas, pero no con palabras. Aunque él era el mejor escritor del mundo. Y creo que lo sigue siendo.
Y esa fue una de las cosas que él le regaló, muchas historias que todavía le faltan escribir. (Porque son muchísimas)
Entre otras cosas, claro. Una vez, cuando todo parecía estar mal, Luciana se detuvo a verlo. Y aprendió que con perseverancia todo se puede, porque él llegó a donde quiso llegar. También aprendió de sus errores, de lo que ella no quería hacer con su vida. De lo que pensó que él se equivocaba.
Y le regaló la confianza que ella todavía no supo aceptar. Porque para él, ella es perfecta.
Y un avión invisible para que vuele a cualquier horizonte. Un par de consejos que siempre fueron útiles. Una caja llena de verdades que la impulsaron a cambiar lo que ella aborrecía.
Le regaló amor, para que ella pudiera dárselos a otros (más bien le enseñó a amar). Sonrisas, por si algún día le faltaban.
Pero lo que nunca le regaló fue el brillo de sus diminutos ojos casi imperceptible. Y es que no daba lo mismo en cualquier mirada.
Le entregó el mundo tal y como estaba, porque él pensaba que lo malo también te hace crecer. Y tenía razón.
Y siempre le dio su confianza. Su apoyo incondicional.
Lo malo- porque hay algo malo en esta historia que parece perfecta- Lo malo papá, es que después de haberle regalo tantas cosas, después de formarla primero orgánicamente, y más tarde su pare humana (Y hasta como hija), Luciana no sabe que regalarle en el día en que conmemoran a todos los padres.
Y es que igual no es imprescindible. Porque para festejar su día no alcanza con veinticuatro horas. Ni es justo, que sea para todos por igual. Porque vos papá…vos sos ÚNICO.
La historia de un hombre que se mantuvo entero a pesar de todo. Un hombre que no sabes cuánto se parece a mi.- o mejor, al revés-
Y es que elijo esta historia pero bien podría estar contándote de los miles de hombres que fueron como mis padres. Pero me gusta más ésta: la de mi padre que fue como mil hombres.
Empieza como todas las historias, con un Había una vez, una vez 19 años atrás.
Una vez en que un bebé conoció el mundo. Pero no el mundo que ahora percibe. Porque en ese momento para ella el mundo era los brazos calentitos y enormes- inmensamente enormes, cabe destacar- de un hombre.
Y en esos tiempos las noches duraban poco, aunque la paz era completa. Pero siempre estaba la sonrisa extraña (Por los bigotes que lo caracterizaban) de su mundo, que la devolvía a su plácido sueño.
¿Sabes? Después, y como todos, la nena fue creciendo. Y empezó a ir a un lugar con muchos otros nenes. Pero lo que más le gustaba a ella, era los peinados que ese hombre le hacía. Y los abrazos. [No sabes cuanto le gustaba sus abrazos]
Y le enseño muchas cosas, pero no con palabras. Aunque él era el mejor escritor del mundo. Y creo que lo sigue siendo.
Y esa fue una de las cosas que él le regaló, muchas historias que todavía le faltan escribir. (Porque son muchísimas)
Entre otras cosas, claro. Una vez, cuando todo parecía estar mal, Luciana se detuvo a verlo. Y aprendió que con perseverancia todo se puede, porque él llegó a donde quiso llegar. También aprendió de sus errores, de lo que ella no quería hacer con su vida. De lo que pensó que él se equivocaba.
Y le regaló la confianza que ella todavía no supo aceptar. Porque para él, ella es perfecta.
Y un avión invisible para que vuele a cualquier horizonte. Un par de consejos que siempre fueron útiles. Una caja llena de verdades que la impulsaron a cambiar lo que ella aborrecía.
Le regaló amor, para que ella pudiera dárselos a otros (más bien le enseñó a amar). Sonrisas, por si algún día le faltaban.
Pero lo que nunca le regaló fue el brillo de sus diminutos ojos casi imperceptible. Y es que no daba lo mismo en cualquier mirada.
Le entregó el mundo tal y como estaba, porque él pensaba que lo malo también te hace crecer. Y tenía razón.
Y siempre le dio su confianza. Su apoyo incondicional.
Lo malo- porque hay algo malo en esta historia que parece perfecta- Lo malo papá, es que después de haberle regalo tantas cosas, después de formarla primero orgánicamente, y más tarde su pare humana (Y hasta como hija), Luciana no sabe que regalarle en el día en que conmemoran a todos los padres.
Y es que igual no es imprescindible. Porque para festejar su día no alcanza con veinticuatro horas. Ni es justo, que sea para todos por igual. Porque vos papá…vos sos ÚNICO.
jueves, 18 de junio de 2009
Desde mi perspectiva.

Llevaba la valija más cargada de culpa que de ropa. Sin embargo seguía, no era momento de parar.
Había dejado atrás la ciudad en que nací, la familia que me había tocado, un par de problemas, y dos pantalones desgastados pero que ahora me hacían falta.
Sin embargo la cámara reflex colgaba de un grueso cordón en mi cuello, e iba aumentando la temperatura conforme los rayos daban en ella. Estaba seca de fotos. Pero poco importaba. Al fin y al cabo, los árboles que delimitaban el parque estaban vacíos de hojas y no por eso dejaban de ser magníficos.
Era mucho mejor que la memoria. Al menos no era miserable.
La inmensidad de lo eterno se encargaría de llenar cada hueco que yo había dejado en la cámara. Y hubiese cambiado los próximos álbumes porque así también sucedería en la cotidianeidad.
Nunca supe que tan pronto el infinito conocería el límite. Nunca, hasta que lo vi
Y la muchedumbre pareció esconderlo. Como si todos celaran su ser. O como si ya supieran que era mio, sin mi.
Se elevaba entre las mismas hojas desteñidas que el otoño y el viento evadían. Leía un libro. Lo hubiera usado de excusa para justificar que ocupáramos el mismo banco, habiendo tantos otros libres. (Porque el clima era un pésimo diálogo)
Pero me mantuve lejos. Intenté colarme en su concentración casi inmune, en las arrugas al costado de sus ojos cada vez que algo le causaba gracia.
Y por si no fuera suficiente con las noches en que él dormiría conmigo sin que lo supiera, y las canciones dedicadas y exclusivas, y las peleas unimembres en las que le reprocharía su ausencia, guarde su imagen en la lente de la cámara.
Y pareció alejarse del mundo real. O más bien crearse uno propio. Me pareció que todo valía la pena. Sobre todo las nubes grises que contrastaban la luz de sus ojos.
La primer farola se prendió, y supe que ya era demasiado tarde.
Él ya había pasado varías hojas de su libro, y a mi se me pasaban las vidas inevitables después de cada segundo de muerte.
Pero era demasiado tarde, porque la farola se había encendido.
La luna se encargó de esfumar sus límites con el banco. Y después con los árboles. Y después conmigo.
Parpadeó con los ojos cansados y ojerosos. Supongo que habrá vuelto al mundo en el que yo estaba. Porque este mundo se te cae encima de un momento a otro y sin telegrama previo.
De cualquier forma no iba a permitirle que no fuera caballero.
Guardé la cámara (que también tiritaba de frío) y me fui. Pero ahora no tan sola, ni con tanta culpa.
Llevaba la perspectiva más iluminada no tanto en mi cámara como en mi memoria. Y eso que la memoria siempre me había parecido miserable.
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