miércoles, 28 de enero de 2009

Guía para no desesperar al esperar

Nadie se libra del tiempo. Aunque pares el reloj de tu casa, o adelantes los de todo el mundo, y pongas una media sombra que cubra el sol creando la noche. A pesar de que tapes las arrugas que se van formando en tu piel, los dolores cada vez más grandes. Que borres la memoria de cuantos puedas borrarla, y transformes al pasado en un simple suceso del que no sabemos nada más que pronto va a llegar. Aunque suministres en la comida de los más chicos, dosis de hormas que contengan el crecimiento y llenes de cubitos de hielo el mar, para que las criaturas que ahí habitan no puedan evolucionar. O elimines de la computadora de los científicos los datos que lo llevarían a los próximos descubrimientos que harían más moderno el mundo.
Aunque prohíbas la acción de cualquier tipo de mujer que intente adivinar el futuro, porque sin tiempo el futuro no existe. O te subas en un helicóptero, tirando desde las alturas, algún químico que impidiera el nacimiento de una nueva flor.
A pesar de lo mucho que te esfuerces, no vas a lograrlo. Porque el tiempo no se mide en hechos concretos de evolución.
Mí tiempo lo cuento en horas, cuando él tarda en llegar, pero en minutos cuando está conmigo.
Lo cuento en meses si llora, pero en años si sufre. En instantes.
Los instantes en que lo tengo. Después de él, no hay más tiempo.
Solamente me queda, no desesperar, porque a pesar de lo que haga, el tiempo sigue su rumbo.
No sé si hay alguna instrucción, lo cierto es que yo no sé como, pero logro no enloquecer mientras espero

lunes, 26 de enero de 2009

Una mentira

Algunas veces, en mi mundo cotidiano, soy lo que quiero SER. Sin tanto preámbulo, ni obstáculos por atravesar. Pero a veces, soy también lo que quiero creer, ocultando en lo profundo mis peores c a r a c t e r e s, apagando la luz del cuarto de los defectos. Y sin embargo, por momentos, SOY LA QUE DEBO SER, ateniéndome a las consecuencias de mis actos sin pedir ni siquiera una palabra de guía.
De vez en cuando, soy también lo que sueño ser, aunque la vida está TAAN derrotada que no da tregua a los sueños. Ahí soy la que puedo ser, la que me permite el mundo, lo que concibo de él.

Soy también lo que como y lo que respiro… lo que consumo. Lo que se me es dado soy. Lo que lloro, lo que rio, lo que esquivo de tanto en tanto, cuando no quiero ser nada.
Todo el tiempo soy lo que soy, pero también lo que quieren que sea.
Lo que escribo, lo que leo. Soy yo sin títulos, porque eso es para los Duques & Duquesas. Para Reyes & Princesas. Y eso sí que no soy.
Sí es cierto que alguna vez fui otra persona. Seguramente no volveré a ser la misma. Y sin embargo, siempre fui lo que pienso. Y a pesar de eso, muy pocas veces fui lo que busco. Definitivamente no puedo escapar de ser lo que tengo.
Para todo el mundo soy lo que aparento. Al principio debía ser lo que convencía que era, y ahora tan sólo soy lo que asumen que soy. A menudo soy lo que finjo.
En todo momento soy lo que amo, porque si no tuviera la huella que dejó en mí el ser de otros, estoy casi segura que no sería nada.
Soy lo que me crearon, lo que formaron, lo que resultó de otras dos personas que fueron. Que son lo más importante de mí.

Soy lo que ocasionalmente me avergüenza. Y lo que me enorgullece de la misma manera.
Lo que necesito, aunque todavía no sé que. También soy lo que me nutre, lo que me flagela, lo que habito.
En fiestas, soy lo que brindo. Con otros, lo que proyecto. Conmigo, soy sólo yo.
Soy lo que vomito cuando mi cuerpo no soporta más culpas. Y entonces, pero recién ahí, soy lo que tiemblo. Sin embargo, casi siempre soy lo que murmuro por no saber qué decir.
Por momentos soy lo que titubeo cuando hay muchos caminos. Pero después soy lo que recorro, la ruta que construyo en cada Principio. Soy lo que DESando cuando me equivoco, porque soy lo que me equivoco.
Soy lo que critico, aunque después reconozco la simpleza de las cosas. Y RETROCEDO. Porque las cosas que parecen no tener rumbo, se encaminarán en un período más corto que si me quedo reprochando.
Sí fui lo que no admito, queda en claro que soy otra parte más que no conozco.
Muy a mi pesar, soy lo que mendigo a algunas manos que están vacías para mí. Soy lo que recibo de aquellas que diez dedos son pocos para cargar TANTO amor. Muy pocas veces soy lo que devuelvo. No cuento con tanto vuelto en mi bolsillo.
Cada tarde soy lo que fumo: el aire viciado de una ciudad con gente chiquitita (alguna demasiado inmensa)

Lo que congelo en mi memoria, lo que borro de mi cabeza, lo que miro hasta grabarlo en mi R E T I N A con marcadores de colores indelebles. Las palabras que subrayo cuando me llenan.
Quizás para algunos fui lo que contaminé. Tal vez, para otros, lo que Reviví. Para mí, todos fueron lo que hoy agradezco. Aunque debo reconocer que sí hoy soy esto, no es solamente por los buenos momentos, sino que también soy la culpa que cargo, las batallas perdidas, los finales abiertos. Lo que perdí, seguramente. Lo que gané... Lo que gano cada día. Lo que maquillé cuando no quise que vean, y por el contrario, lo que expuse. Lo que venero.

Soy lo que s u e l t o cuando entiendo que no es mío, pero me convierto en una cárcel sin llaves cuando me pertenece. Tendré que ser lo que sacrifico cuando esa reja se abra. Volveré a ser lo que cautivo, para volver a ser lo que abrazo, lo que soy sin ser yo.
Últimamente, soy lo que espero. Lo que espero de mí, de él. Soy a lo que me reduzco cuando hago eso.
En este instante soy lo que resumo en este texto, pero soy mucho más. Lo que juro que no voy a ser, lo que contradice lo que pienso. De a ratos me soy fiel, y a veces me juzgo tanto que no pareciera que fuera yo el sujeto de mi examen. Y lo supero. Y vivo siendo eso, lo que supero de mi misma.
Soy lo que el tiempo predica que hay que ser. Y también lo que logro por mis propios medios
Pero por sobre todas las cosas, soy una gran mentirosa. Pues en realidad, todavía no sé quién soy.

viernes, 23 de enero de 2009

Testimonio nª 5324

Yo no fui. Sabía que pasaría, que pronto acabaría así, pero si de algo estoy segura es que no soy la culpable.
Tiene razón en decirme que no tengo el derecho de valerme de algo que ya no existe, pero es que no quiero volver a repetir. Si hubiese confiado antes, todo esto no hubiese pasado.
No, claro que no, no soy la asesina. Le voy a contar que fue lo que paso, para que sepa que no hice nada.
Todo había empezado hace bastante tiempo ya, casi 10 años atrás, cuando conocí a Benjamín. Sabía que no duraría, que todo terminaría mal, pero en aquellos tiempos me sentía capaz de cambiar la esencia de una persona como si cambiara la lamparita de mi habitación.
Lo intenté un montón de veces, pero ninguna había terminado así.
Ese día, como cualquier otro, llegué a mi casa después de un largo día de trabajo. ¡Era injusto que después de tanto trabajar las cosas siguieran tiradas por todos lados! No pedía mucho, pero él no me daba nada. Recuerdo bien como ese hecho me sacaba de quicio. Pero era tan habitual, que a veces no me daban ganas de discutir por lo mismo. Pero esa noche, lo que más me molestó fue la voz femenina del otro lado del teléfono hablando con él. Lo supe por casualidad, porque se escondía. ¿Qué otra posibilidad cabía además de un engaño?
Y ahí fue cuando lo hice: revolví todas sus cosas. La caja de bombones que escondía me lo terminó de confirmar. Pero yo no fui la asesina.
¿Cómo? Sí, seguro que sería capaz de repetir mi testimonio ante el juez, pero lo voy a hacer por escrito.

Señor juez:
Ese día, como cualquier otro, llegué a mi casa después de un largo día de trabajo. Seguro que era injusto que todo fuera un desorden, quizás no vi que yo no era la única que estaba ocupada.
Mis celos me llevaron a investigar su teléfono. Marque el número con el que recién él hablaba, y esa voz femenina me releyó la nota con la que pronto llegaría un ramo de flores a mi casa. Tenía mi nombre, mi dirección y un hermoso verso escrito en ella.
Si me pregunta, sí, estoy arrepentida de haber revisado sus cosas, porque la caja de bombones que encontré en la valija que estaba armando para irse, también llevaba mi nombre.
Pensándolo bien, sí. Ahora lo creo. Yo soy la culpable, pero lo hice de a poco, quizás sin darme cuenta. Soy la culpable de que hoy la confianza este muerta.

lunes, 19 de enero de 2009

Doña Nadie

Recién leí un texto que me golpeó con los puños cerrados en medio de la nariz. Me dejó know out en lo que tardé en leerlo, sin si quiera darme tiempo a llenarme de coraje para seguir.
Ese cuento me demostró dos cosas. La primera, que no hay que tener un nombre para que te nombren. Y de igual forma me hizo replantear, tan egocéntrica como aniquiladoramente, el porque de mis escritos, que no llegan a ser ni bocetos de un escritor principiante.
Soy de las que están en la línea que se interpone entre el deseo de exponer las cargas que uno lleva a diario, con las ganas de salir de este mundo. En donde uno escribe por amor a la literatura, pero quiere dejar de hacerlo por el mismo motivo. En donde se puede elegir por respetar un solo sujeto: vos mismo, o el resto en su totalidad. Sabiendo de antemano, que vos sin el todo no tiene sentido.
Suena a jugada perdida, y quizás así lo sea. También puede que no. Depende de donde te plantes y lo veas. Sé que pude avanzar algunos casilleros, pero la sinceridad que me caracteriza no me permite pasar por alto las estrategias que elaboré.
Y sin embargo, todo esto no es lo que me importa.
Lo que realmente es preocupante, es que todavía no sé a dónde está la meta. Hasta ahora avancé sin rumbo concreto, por lo que ganar es tan incierto como toda mi vida.
No sé cuándo fue que elegí seguir esta carrera tan diplomática en donde los sentimientos son métodos. No existe un punto en donde coincida lo que soy en teoría con lo que soy en práctica.
¿Quién es el que está manejando mis hilos? ¿Quién está viviendo mi vida? ¿Por qué ahora ya nada está en mis manos?
Que escribir siga siendo sólo mío, como lo había sido hasta ahora. El camino lo hacen los que andan, y mis piernas tienen otros rumbos.
Sí alguna vez alguien había dicho que yo no me jugaba por los que quiero, se equivocó. Esta partida la ganan ellos.

sábado, 17 de enero de 2009

Nosotros


No debería estar acá, y eso lo hace aún más hermoso. Aunque no hay nada más lindo que él. Y mejor todavía: no hay nada más lindo que él dormido.
La boca que bese durante toda la noche, es la perfecta continuación de sus ojos dormidos. Esos, que parecieran que están soñando. Ojala que sea el mismo sueño que el mío: la realidad.
Y aunque allá fuera, el mundo sigue girando. Aunque las estrellas, que hasta ayer, era lo único que tenía, sigan brillando de celos. Aunque vuelva a salir el sol, que nació conmigo en cada madrugada, perpetuando cada noche. Aunque todo siga igual, ahora ya todo es diferente.
Porque ahora no necesito nada, todo lo que antes era mío sin ni siquiera poder tenerlo entre mis brazos, hoy se compensa en él. Si pidiera que se quedara, sería mucho, porque ya me lo dio todo.
Parecería que todo estuviera preparado, hasta la luna que da contra la ventana, iluminando todo lo que se encuentra a su paso.
Y yo que pensaba que el amor no se podía mezclar con el sexo. Porque nunca me había pasado, o porque pensé que nunca me pasaría.
Pero anoche fue mucho más. Anoche fuimos él y yo. O mejor, anoche fuimos nosotros.

Desearía que no vengas día, que no termines con el momento. Desearía poder parar, volver otra vez a llenarme de estrellas.

martes, 13 de enero de 2009

Un no sé que.

Yo estaba ahí cuando lo descubrió. Ella creía que no podía llegar a él. Todo el tiempo repetía cuan largo era el camino, y que tan peligroso era. Se guiaba por las estrellas. Decía que no podía haber un mapa más exacto que ese, que con solamente mirar al cielo podías saber donde estabas y a donde tenías que ir. Y desde ahí que creo en eso, porque llegamos, sin tener el mínimo bosquejo de ruta, sin una sola brújula. Al principio la creíamos soñadora, aunque si emprendimos el viaje con ella y decidimos aventurarnos era porque algo era certero. Es que sus palabras sonaban verdaderas, tanto como la misma realidad que poco después pudimos comprobar.
Yo sabía que ella tenía miedo, la conocía como la palma de mi mano. Pero confiaba en que todo eso existía. No sé si confiaba en ella, no se ni siquiera si creía en nosotros, pero completó todo el viaje con la seguridad de que cuando llegara al final, lo encontraría. Y así lo hizo.
La luz que expandió la pequeña caja que desenterró, invadió toda la zona hasta donde podíamos ver.
La cerró con los ojos brillantes, con una mezcla de satisfacción y sorpresa en ellos. Y todos nosotros, nos quedamos observando sorprendidos, tratando de descifrar que había sido todo eso. Tratando de repetirnos que era un sueño, una alucinación. No creo que alguno dude de la veracidad de los hechos, pero nadie lo va a contar. Seguramente el fin sería un hospital psiquiátrico.
Desde ahí que ella no ha vuelto a hablar. Tampoco nosotros. Ni siquiera sé que tenía la caja, aunque puedo intuirlo. No nos había dado muchas pistas durante el viaje, pero una vez, atosigada de preguntas, la escuché responder que la verdad siempre sale a la luz.

miércoles, 7 de enero de 2009

Cómplice

Era verano cuando lo descubrí. En la cotidianeidad natural nunca me había dado cuenta de eso.
Estábamos jugando en el patio de nuestra casa, que a veces hacía de casa, a veces de almacén, de consultorio, de oficina…
Todo iba como siempre, ya estaba llegando ese punto justo en donde ya no hay más diversión en un juego. Y cuando nos pasaba eso, enseguida buscábamos otra cosa para hacer, dejando todo tirado por ahí.
Nuestra oficina era la más linda de todas, porque habíamos conseguido hacer un mostrador con doble apoyo, y las medidas de mi patio nos quedaban justas para cerrar una porción y hacer de ese pedacito una gran oficina. Papá colaboraba con los papeles que ya no usaba, y mamá nos dejaba hacer todo ese desorden, aún sabiendo que después de un corto tiempito nos íbamos a aburrir y después de eso tenía dos opciones: o retarnos para que lo ordenemos, o hacerlo ella misma.
Las personas que venían eran de todas las alturas, medidas, colores y demás características que uno se pueda imaginar. Y casi siempre, después de preguntar algunos datos, repetíamos la respuesta, para que la otra que estuviera en la oficina, pueda saber quién era, porque seguramente no lo habría escuchado.
Creo que ese oficio era el que más nos gustaba desempeñar, porque era en el que más tiempo podíamos pasar sin explotar nuestra burbuja de imaginación.
Si eso pasaba, las personas se diluían y las voces se fundían, los papeles se guardaban, y la oficina cerraba por vacaciones.
No me acuerdo muy bien que persona fue la que me llevo a caminar unos pasos hasta donde estaba la computadora. No sé si era eso o buscar un antiguo archivo. Lo cierto es que para llegar a ella, primero debía consultarlo con mi superiora, que toda la vida había sido ella.
En el trayecto que recorrí, sortee un montón de obstáculos. Las cosas de nuestros viejos roles, seguían en el piso. Y justo cuando estaba por llegar, una pelota (y mi torpeza) hizo que cayera, derribando todo, como si fueran fichas de dominó acomodadas en fila.
El ruido fue muy fuerte, pero el peor de todos, fue el sonido del vidrio cuando se partió en mil pedacitos.
Y a eso, le siguieron los gritos de mamá. Que más que reto, eran castigos de su miedo por si nos había pasado algo. Sin embargo, alguna había tenido la culpa, y seguro que tendría alguna acción que perjudicara su vida cotidiana. Y esa alguna era yo.
Cuando llegó a donde estábamos, nos pregunto a los gritos quién había sido. Y en el momento en que estaba por dar un paso al frente, mi compañera de oficina, respondió que Nano, nuestro perro, había escuchado un gato del vecino y en su corrida por atraparlo, llevó puesto lo que tenía por delante.
Mamá, lo miró al perro que estaba acostado bajo la sombra del árbol. Nos preguntó si estábamos bien, y se puso a juntar los vidrios.
Entonces la miré y lo supe. A pesar de que ella era menor, mi hermana era mucho más grande que yo.

viernes, 2 de enero de 2009

Conclusión Final.

Y acá estoy, escribiendo sin saber que poner. Diré que no queda nada que me haga inmensa, pero que las pequeñas cosas me hacen feliz. Que es demasiado cielo para tan poca luna, y que bella que sigue siendo a pesar de ser mínima. Que todavía siguen los cohetes de los festejos de fin de año explotando en las alturas, y que irónico es que todo empiece cuando siento que termina. Que tan sola se puede estar, habiendo tantas voces. Cuánto se puede desear que esas voces se apaguen cuando se vuelven pelea. Cuánto se puede desear que existan cuando se trata de amor.
Diré que llegué a la conclusión que el amor no es más que una abstracción, que se concreta con el sexo. Que la era así lo dictaminó y que si el tiempo no frena, pronto dejaré de creer en el amor. Que si así lo hago no habrá más sueños, porque las cosas que me quedan no llenan lo que me falta.
Que el tiempo ya no es mi amigo, y juega a eternizar cada minuto. Que me encantaría tener más valor, y más fuerzas, y más ganas, y más conciencia, y más realismo. Y que también quisiera menos desconfianza, menos dramatismo.
Que desearía ser más básica. Dormir sin pensar en que pueda pasar allá fuera. Pensar sin interponer al resto. Actuar sin preocuparme por el después. O respirar y darme cuenta que eso ya es demasiado.
Que si pudiera encontrar el elixir no me separaría de mi familia. Si pudiera encontrar el silencio, lo utilizaría más a menudo. Si pudiera saber que contar y si confiara en ello, me sacaría estas ganas de no escribir más. Si tan solo pudiera encontrar las palabras te diría quien soy, si tan solo pudiera encontrarte, no estaría tan vencida.