martes, 13 de enero de 2009

Un no sé que.

Yo estaba ahí cuando lo descubrió. Ella creía que no podía llegar a él. Todo el tiempo repetía cuan largo era el camino, y que tan peligroso era. Se guiaba por las estrellas. Decía que no podía haber un mapa más exacto que ese, que con solamente mirar al cielo podías saber donde estabas y a donde tenías que ir. Y desde ahí que creo en eso, porque llegamos, sin tener el mínimo bosquejo de ruta, sin una sola brújula. Al principio la creíamos soñadora, aunque si emprendimos el viaje con ella y decidimos aventurarnos era porque algo era certero. Es que sus palabras sonaban verdaderas, tanto como la misma realidad que poco después pudimos comprobar.
Yo sabía que ella tenía miedo, la conocía como la palma de mi mano. Pero confiaba en que todo eso existía. No sé si confiaba en ella, no se ni siquiera si creía en nosotros, pero completó todo el viaje con la seguridad de que cuando llegara al final, lo encontraría. Y así lo hizo.
La luz que expandió la pequeña caja que desenterró, invadió toda la zona hasta donde podíamos ver.
La cerró con los ojos brillantes, con una mezcla de satisfacción y sorpresa en ellos. Y todos nosotros, nos quedamos observando sorprendidos, tratando de descifrar que había sido todo eso. Tratando de repetirnos que era un sueño, una alucinación. No creo que alguno dude de la veracidad de los hechos, pero nadie lo va a contar. Seguramente el fin sería un hospital psiquiátrico.
Desde ahí que ella no ha vuelto a hablar. Tampoco nosotros. Ni siquiera sé que tenía la caja, aunque puedo intuirlo. No nos había dado muchas pistas durante el viaje, pero una vez, atosigada de preguntas, la escuché responder que la verdad siempre sale a la luz.

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