miércoles, 25 de febrero de 2009

La extraña experiencia de Alma.


Desde que nací que trabajó acá. Esta playa es herencia de mi familia, y es por eso que le debemos tanto cuidado. Igual, dejamos que la gente venga. Creo que eso es porque pensamos que no tendría sentido que las únicas huellas que queden en la arena sean las nuestras.
Pero, en todo el tiempo en que estuve acá nunca había sucedido nada igual.
Hace dos meses atrás, en pleno verano, la playa estaba colmada de gente. No lo había conocido a él hasta que empezó todo el desorden. Creo que era difícil distinguir a alguien en particular entre tantas personas, pero estoy segura que él era diferente.
Durante el crepúsculo el aire comenzaba a ser frío, por lo que la gente volvía a sus hogares, menos él.
Podía verlo desde mi casa, todas las noches, con su fogata encendida, mirando al mar, como buscando una respuesta en él.
Así, creo que habrán pasado tres noches. En la cuarta, la intriga me ganó. Instituyo que también fue su soledad la que me llevó hacía él. Querer protegerlo de la intemperie, de él mismo de alguna forma.
Agarré un par de mantas y puse en un recipiente un poco de la comida que estaba cocinando para mí. Y así fui hacía donde él estaba.
- Hola- le dije, cuando llegué. Era más perfecto de lo que me había imaginado.
- Hola- respondió casi sin mirarme.
- Alma, me llamo Alma. Te traje esto- Y le acerqué las cosas que había llevado. Él no hizo ningún movimiento, así que dejé las cosas en la arena. No había más que decir, así pensé que lo mejor, sería volver a mi casa.
Cuando estaba volviendo él comenzó a hablar.
- Martín, y ella es Miranda.- Dijo señalando a su lado.Busqué en todas las direcciones pero no había nadie. Nadie más que él y yo. Me dio miedo. Quise correr hasta mi casa, y encerrarme hasta que salga el sol. Pero algo hizo que me quedara allí. No pensé que él fuera peligroso.
-¿Ella? No hay nadie, te veo a vos nada más.
-Sí, ya sé- respondió con toda la calma posible- Es que Miranda viene todas las noches, pero viene a verme a mí solo. Le gusta atormentarme, vive entrando y saliendo de acá- dijo señalando con su dedo índice su sien.
Y rió. Creo que nunca había visto tanta luz como cuando su boca se arqueó.
-Perdoname, te estoy asustando.
Pero para esas alturas, nada me podía producir miedo. Yo también reí, al mismo tiempo que negaba con la cabeza ese susto del que se había disculpado.
Y acá viene lo más extraño de toda la historia.
Justo cuando el silencio ya me estaba aburriendo, el cielo comenzó a iluminarse, abriendo en un círculo un claro en medio de la noche. Ninguno de los dos nos movimos, ni dijimos una palabra. De repente, algo que todavía no puedo describir salió de ahí. Era como una luz diminuta, no sé.
Empezó a viajar en nuestra dirección, y sí que tuve miedo. Más de lo que le había tenido a Martín. Mucho más.
De repente, esa luz tomó forma de persona. Una persona tan desconocida como normal.
- No se asusten, vengo a contarles una cosa. Espero que la sepan entender.- Dijo con una voz un tanto finita. Se sentó un poco más alejado de nosotros, mirando al mar, que ahora se veía mejor, que con el simple reflejo de la luna.
- Hay algo que tienen que entender: el mar. No es tan simple entenderlo- Y soltó una risita disfrutando lo que supuse que era un chiste interno.- El mar siempre está avanzando, nunca vuelve atrás- movió la mano como acariciando el aire y un fuerte viento comenzó a soplar en la misma dirección, creando olas que morían casi al pie de la fogata.- Las olas siempre vienen, nunca van. Supongo que nunca habrán visto una ola que nazca en la orilla y que muera en el fondo. Es porque el curso del agua es uno y no se puede modificar. El pasado es pasado, siempre hay que ir para adelante.
Mientras hablaba, pensaba en dos cosas. La primera era una intriga que no pude resolver nunca. No supe de que sexo era aquella extraña persona que nos estaba hablando. Y la segunda, ¿A que fin quería llegar? ¿Por qué nos estaba diciendo esto a nosotros?
- Vine para que entiendan que el amor es igual que el mar, que tiene un solo curso, que no vuelve atrás, que lo que pasó vienen a morir en la orilla, pero no vuelve nunca. Lo mejor que pueden hacer es dejarse llevar por la corriente, ir en contra puede ser peor. Si así lo hacen, el mar te lleva a donde querés llegar. Confió en que podrán entender lo que les acabó de decir- Dijo, y se fue tal como llego.
Ambos nos quedamos atónitos.
No sé que habrá entendido él con todo eso, ni que le habrá pasado por dentro. Lo cierto es que yo nunca más volví a ver esa luz en la playa.
Al siguiente día Martín volvió a la ciudad donde vivía. Parecía otro. Supuse que había encontrado la respuesta que necesitaba. Ojala que haya sido así. No lo volví a ver nunca más por ahí.
Y en cuanto a mí, no sé si logré entender si todo fue un sueño o si realmente pasó. Pero creo que la enseñanza era más para él, por aquello de Miranda, que para mi. Aunque sin duda, yo también aprendí.

domingo, 22 de febrero de 2009

Cumple felíz.


Veintidós. Extraña mujer resultó ser aquella que hoy celebra otro año.
Mezcla de los verbos bases: Amar, temer, partir. Quizás un poco más optimista que ese trío de palabras, no demasiado. Base, como los verbos.
Tan dócil como aquello que alguna vez una profesora le había ensañado. Vive como la tabula rasa de las almas. Fijando en su cuerpo cada detalle de otros. Haciendo suyos las características de los demás. Impropia.
Una nena un poco madura. Una adulta un tanto irracional.
La que encontró todo sin buscarlo, y la que busca atormentada algo que no encuentra. Lo único en lo cree con todas sus fuerzas. En mi opinión, es un poco extremista esa parte de ella. Pero de a ratos, cuando unas palabras llegan cuando lo espera, o cuando el momento es único, entiendo porqué revuelve lo malo.
Ojala que algún día sepa disfrutar la dicha sin sufrir la pena. Y que todo siga siendo tal y como ahora: perfecto.

jueves, 19 de febrero de 2009

Victoria

Sentada delante del espejo, Victoria se observaba. Estaba desnuda, por fuera, pero sobre todo por dentro. La lluvia que caía lenta afuera parecía haber limpiado su alma.
Tenía veinte kilos más que hacía diez años atrás. No se veía nada que le resultara excitante. La ley de gravedad había dejado morir todo por lo que antes algunos hubieran matado.
Su mente estaba en blanco, no se acordaba nada de lo que había sucedido algunos minutos atrás. Oía a lo lejos las sirenas de algo que no pudo identificar. Todas las sirenas sonaban iguales, era imposible diferenciar entre una ambulancia o un patrullero.
Aunque a ambas le daba la misma significación. Sabía que iban por ella.
Miró por encima de su hombro en el reflejo del espejo.
Ahora él parecía tranquilo. Un arsenal de gritos se agolpó en su cabeza y pudo comprenderlo.
Pensó que se había librado. Volvía a tener su vida tal como la recordaba. No iba a tener que fingir cada noche que nada sucedía. Ya no volvería a verlo irse en la penumbra, ni a disimular un sueño oscuro.
Solo ella sabía cuán penoso era despertarse por el olor a alcohol mezclado con el ácido aroma de su sudor. Sudor que seguramente había desgastado en otra cama, con otro perfume.
Y el alcohol… el alcohol. Las veces que había deseado poder dormir más profundo para no verlo tambalearse en el marco de la puerta, para no escucharlo cantar su melodía favorita a viva voz en plena noche.
Ya no sabía que le quedaba de él. Quiso conformarse que al menos todavía la siguiera amando. Pero comprendía que amar no significaba lo mismo que desear. Él no la había vuelto a anhelar desde su perdida juventud, cuando sus cuerpos no tenían límites.
Pero ahora ya no le quedaba ni eso. Ni los recuerdos.
Sin embargo tampoco había perdido tanto. Su cuerpo había dejado de pertenecerle hace demasiado tiempo atrás. Y ese amor que ella quería creer que le quedaba, se hacía diminuto por las noches, casi imperceptible durante sus dolores matutinos de cabeza, y nulo ahora.
Miró sus manos rojas. Había algo que ahora le pertenecía: su sangre. Él esparcido en todo el dormitorio.
Se sintió llena, lo había logrado. Ahora le quedaba ir a donde él estaba.

viernes, 13 de febrero de 2009

Ilusión óptica





¿Alguna vez te sometiste a un juego de ilusión óptica? Así es como me siento, como si estuviera tratando de vislumbrar que es lo que se esconde atrás de una figura tan sencilla.
Y a decir verdad, todavía no sé si los círculos se mueven o se quedan quietos. Si la imagen son dos perfiles o una copa.
La inutilidad que me invade es casi tan grande como la incertidumbre. Te juro que intento saber cuál es la solución del juego. Pero hay tantas cosas que no puedo descubrir que pareciera que todo lo que pasa a mi alrededor está bajo los efectos de una espejismo. Tal como esos juegos. Dicen que la mejor manera de solucionarlos, es relajando la vista. Solo cuando deje de focalizar mi mente en lo que quiero ver, voy a poder observar lo que realmente es.
¡Y que difícil que se hace poder deducir cuál imagen es más grande!
Sos mi mayor juego óptico. Ojalá pudieras imaginarte lo que siento por no poder descubrir tu verdad. Si supieras la impotencia que albergo, porque soy incapaz… incapaz de revelar cuál es tu solución.
He llegado a pensar que de nada te sirven los ojos si no te dan información certera de la realidad. De nada me sirvieron a mi hace dos días. Tampoco mi mente, porque todavía no pudo dar cuenta si sos real, o sos sólo un ensueño. Entonces, tampoco mis manos me sirven, porque sea cuál fuere la solución, no pueden tocarte. Ni mi voz, ni mis oídos, ni mi boca. Nada de lo que hay en mi cuerpo pudo ayudarme a resolver el enigma. Ninguna alucinación me tuvo tan dedicada, tan perdida.
Quizás la respuesta a mis preguntas las encuentre si cambio el punto de vista. Tal vez sea más fácil dejar de jugar por un rato. O que alguien me de la solución explícitamente.
Lo que más anhelo es que todo esto no sea una ilusión. Porque el diccionario no me dio una buena imagen sobre ellas: percepción errónea de la realidad.
Por esta vez, quiero ver el mundo en su acierto.

martes, 10 de febrero de 2009

Esperanza

Una canción (más que canción, himno) que suena en un regreso a casa. Pero que hace eco en lo más profundo de mí.
Canción que dice lo que pasa cuando uno busca. Cuando no encuentra.
¿A dónde van todas las dichas que perdimos por no saber enterrar las desgracias? ¿Dónde quedan los sueños cuando los damos por caducados?
Siempre fue más fácil tener un cementerio de verdades que una cuna de esperanza.
Pero ante eso, debemos revelarnos.
Porque solo si hay batalla podemos dar pelea y ganar. Solo con fracasos, sabemos lo que es el éxito.
Sé que suena a resignación, a brutal. Y lo es. Pero no hay otra manera de vivir que sobreviviendo. Aunque todo lo que empieza termina, y no hay mal que dure cien años.
Porque todos tenemos en algún lugar, una estrella que nos marca el camino. Porque todos guardamos las ganas de seguir adelante. Ganas que solo se vuelven verídicas si nos encargamos de hacerlas.
Nada se construye sin nuestro esfuerzo. Ningún esfuerzo vale si no se comparte.
Creo que desde hoy, mi cuento más real, será el de gritar con más fuerza una victoria, que una derrota. Lo único que nos queda es la esperanza.

Y en el auto, anoche sonaba:

‘Uno busca lleno de esperanza,
el camino que los sueños prometieron a sus ansias.
Sabe que la lucha es cruel y es mucha,
pero lucha y se desangra por la fé que lo empecina.’

viernes, 6 de febrero de 2009

Utopía

Todavía seguía analizando sobre lo que había estado pensando tiempo atrás, cuando se fué. La teoría que hablaba sobre el amor lo había desconcertado un poco. Había llevado al extremo aquello de que el romance lo es todo. Pero también había decidido vivir la vida así. Era conciente del dolor que ello le produciría. Todo era remediable, puedo soportar todo antes que morir solo se decía. Sabía que no era así.
En el camino que había estado recorriendo por casi dos horas y media no había nada. Y si lo hubiera, la oscuridad de la noche no lo hubiera dejado apreciarlo con claridad.
Rió entre dientes, disimulando una falsa angustia. A pesar de que todo fuera negro, había algo dentro de él que se había aclarado.
Tantos textos escritos sobre el tema lo habían alejado de realidad. Afuera de su mundo todo era mucho más fácil de lo que él suponía. Y un poco más real también. Los cuentos de hadas no existían.
Esta vez era diferente. No lo admitía con la melancolía que lo hubiera reconocido algunos meses antes. Estaba feliz de entenderlo.
No había tiempo, ni edad para hacerlo. Al fin de cuentas todos alguna vez lo descubrimos. Porque todos, en algún momento de nuestras vidas lo vivimos.
Los amores inalcanzables eran el motor número uno de los románticos que vagabundeaban por el mundo. Entonces le daba la completa razón a un amigo con el que nunca había estado de acuerdo.
Pero ahora tenía un motivo. Su propio motivo. El desierto camino por el que estaba caminando le había dado la idea.
Así había sido el trayecto que se había imaginado con cada nuevo amor que no llegaba a su fin: desierto, oscuro… pero con la idea, casi morbosa, de que alguien, en algún lugar cercano, lo estuviera viendo de cerca.

domingo, 1 de febrero de 2009

Febrero, uno

Febrero. Contando desde hoy, veintidós días. Contando desde el principio, diecinueve años.
Y creo que, sobrepasándome a mí misma, no es por eso que me gusta tanto este mes. Básicamente, febrero es opuesto a mí.
Por empezar, es el único mes que contraria a todo el resto, que saltea las normas estipuladas de tener treinta o treinta y un días, convirtiéndose en el mes más distintivo por tener menos días. ¿Raro, no? Tener menos días sonaría desfavorable en la guerra del tiempo. Pero eso le da la posibilidad de catalogar al año: éste, por ejemplo, no es un año bisiesto. Y entonces es cuando parece que febrero tiene el poder. Opuesto a mí, como había dicho antes.
Es el mes en que se celebra el día de los enamorados. Que sí, debo reconocer que los que me conocen, no tardarían en asociarme a él. Pero claro, una vez más, se equivocan. Cuarenta y cinco días después del comienzo del año se celebra el día en el que, lo que prevalece, es el amor. ¿Un día? ¿Basta un día para intercambiar afectos con los que querés? De tener a alguien con quien pudiera celebrar esas veinticuatro horas (que ahora son fastidiosas) lo celebraría con todo el entusiasmo posible. Pero de tener a alguien, no esperaría a un día para demostrarle cuánto lo amo.
Febrero es también el fin de las vacaciones y el retorno a las actividades que implican responsabilidad. Creo que queda en evidencia mi miedo existencial de andar un nuevo camino, de emprender un comienzo. Aunque la vida se trate de eso, y ya haya pasado 18 principios de nuevas responsabilidades, no puedo evitar en cada punto de partida, temer a lo que viene como un chico a los monstruos. Creo que una vez le dije a alguien que uno siempre se enfrenta a sus peores dragones, y creo también haberle mencionado que muchas veces me consideré valiente por enfrentarme a los míos. Admito que mentí. La guerrera que a veces encuentro dentro de mí, se oculta en la gruta más profunda cuando me veo frente a un nuevo sendero.
Es el mes de los carnavales, de las fiestas, la festividad. Lo popular, lo típico. Quizás en esto último sí coincida con febrero. Excepto en lo de los festejos. No soy la más aburrida de este planeta, pero no soy tampoco la mujer que vive de fiesta en fiesta. Todo en equilibrio, así soy. En término medio. No creo que este mal eso, pero en oposición a lo que dicen mis amigas, considero que podría cerrar los ojos y disfrutar más de la vida, sin tanto análisis.
Quizás existan más causas por la que febrero sea inverso a mí, pero llegué al límite de compararme con todo.
Lo que es irrevocablemente verdadero, es que no sé qué, eligió, de una forma u otra, que yo sea parte de él. Tal vez para demostrarme cuán opuesta soy. O por el contrario, para que sepa cuánto soy capaz.
Febrero, sigue siendo mi mes. Aunque en muchas cosas discernamos. ¿Acaso no es eso, lo que le agrega más valor?