domingo, 1 de febrero de 2009

Febrero, uno

Febrero. Contando desde hoy, veintidós días. Contando desde el principio, diecinueve años.
Y creo que, sobrepasándome a mí misma, no es por eso que me gusta tanto este mes. Básicamente, febrero es opuesto a mí.
Por empezar, es el único mes que contraria a todo el resto, que saltea las normas estipuladas de tener treinta o treinta y un días, convirtiéndose en el mes más distintivo por tener menos días. ¿Raro, no? Tener menos días sonaría desfavorable en la guerra del tiempo. Pero eso le da la posibilidad de catalogar al año: éste, por ejemplo, no es un año bisiesto. Y entonces es cuando parece que febrero tiene el poder. Opuesto a mí, como había dicho antes.
Es el mes en que se celebra el día de los enamorados. Que sí, debo reconocer que los que me conocen, no tardarían en asociarme a él. Pero claro, una vez más, se equivocan. Cuarenta y cinco días después del comienzo del año se celebra el día en el que, lo que prevalece, es el amor. ¿Un día? ¿Basta un día para intercambiar afectos con los que querés? De tener a alguien con quien pudiera celebrar esas veinticuatro horas (que ahora son fastidiosas) lo celebraría con todo el entusiasmo posible. Pero de tener a alguien, no esperaría a un día para demostrarle cuánto lo amo.
Febrero es también el fin de las vacaciones y el retorno a las actividades que implican responsabilidad. Creo que queda en evidencia mi miedo existencial de andar un nuevo camino, de emprender un comienzo. Aunque la vida se trate de eso, y ya haya pasado 18 principios de nuevas responsabilidades, no puedo evitar en cada punto de partida, temer a lo que viene como un chico a los monstruos. Creo que una vez le dije a alguien que uno siempre se enfrenta a sus peores dragones, y creo también haberle mencionado que muchas veces me consideré valiente por enfrentarme a los míos. Admito que mentí. La guerrera que a veces encuentro dentro de mí, se oculta en la gruta más profunda cuando me veo frente a un nuevo sendero.
Es el mes de los carnavales, de las fiestas, la festividad. Lo popular, lo típico. Quizás en esto último sí coincida con febrero. Excepto en lo de los festejos. No soy la más aburrida de este planeta, pero no soy tampoco la mujer que vive de fiesta en fiesta. Todo en equilibrio, así soy. En término medio. No creo que este mal eso, pero en oposición a lo que dicen mis amigas, considero que podría cerrar los ojos y disfrutar más de la vida, sin tanto análisis.
Quizás existan más causas por la que febrero sea inverso a mí, pero llegué al límite de compararme con todo.
Lo que es irrevocablemente verdadero, es que no sé qué, eligió, de una forma u otra, que yo sea parte de él. Tal vez para demostrarme cuán opuesta soy. O por el contrario, para que sepa cuánto soy capaz.
Febrero, sigue siendo mi mes. Aunque en muchas cosas discernamos. ¿Acaso no es eso, lo que le agrega más valor?

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