jueves, 19 de febrero de 2009

Victoria

Sentada delante del espejo, Victoria se observaba. Estaba desnuda, por fuera, pero sobre todo por dentro. La lluvia que caía lenta afuera parecía haber limpiado su alma.
Tenía veinte kilos más que hacía diez años atrás. No se veía nada que le resultara excitante. La ley de gravedad había dejado morir todo por lo que antes algunos hubieran matado.
Su mente estaba en blanco, no se acordaba nada de lo que había sucedido algunos minutos atrás. Oía a lo lejos las sirenas de algo que no pudo identificar. Todas las sirenas sonaban iguales, era imposible diferenciar entre una ambulancia o un patrullero.
Aunque a ambas le daba la misma significación. Sabía que iban por ella.
Miró por encima de su hombro en el reflejo del espejo.
Ahora él parecía tranquilo. Un arsenal de gritos se agolpó en su cabeza y pudo comprenderlo.
Pensó que se había librado. Volvía a tener su vida tal como la recordaba. No iba a tener que fingir cada noche que nada sucedía. Ya no volvería a verlo irse en la penumbra, ni a disimular un sueño oscuro.
Solo ella sabía cuán penoso era despertarse por el olor a alcohol mezclado con el ácido aroma de su sudor. Sudor que seguramente había desgastado en otra cama, con otro perfume.
Y el alcohol… el alcohol. Las veces que había deseado poder dormir más profundo para no verlo tambalearse en el marco de la puerta, para no escucharlo cantar su melodía favorita a viva voz en plena noche.
Ya no sabía que le quedaba de él. Quiso conformarse que al menos todavía la siguiera amando. Pero comprendía que amar no significaba lo mismo que desear. Él no la había vuelto a anhelar desde su perdida juventud, cuando sus cuerpos no tenían límites.
Pero ahora ya no le quedaba ni eso. Ni los recuerdos.
Sin embargo tampoco había perdido tanto. Su cuerpo había dejado de pertenecerle hace demasiado tiempo atrás. Y ese amor que ella quería creer que le quedaba, se hacía diminuto por las noches, casi imperceptible durante sus dolores matutinos de cabeza, y nulo ahora.
Miró sus manos rojas. Había algo que ahora le pertenecía: su sangre. Él esparcido en todo el dormitorio.
Se sintió llena, lo había logrado. Ahora le quedaba ir a donde él estaba.

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