Odiarte no es un término que describa con exactitud lo que siento, pero es el que más se aproxima en los momentos en que te veo del otro lado del río.
Si no fuera tan turbio nadaría para buscarte, pero he tirado tantos desechos en él que no es justo que se ensucie de mi cuerpo contaminado de vos.
Maté a los peces que nadaban al comienzo. Los ahogué en el río, aunque suene imposible.
Y es que todos eran tan irreales que no llegué a comprender que a veces se pierde.
Por eso te odio. Por amarte con la fuerza del río. Por querer llegar a tu orilla y borrar los límites. Por tener las ganas de secar el río como vos me secaste a mi cada noche vacía.
Pero lo natural es inevitable, y ya no hay nada que pueda destruir con mis manos.
Para vencer (me) necesito descubrir que podes hacerme mal. No me tengas piedad cuando me tengas que decir lo que sentís. La lástima es un recurso ignorante para tu imaginación perspicaz. Que me sangren los órganos y que sufra. Que no haya forma de curarme. A veces necesito ser extrema para entender lo que es lógico.
Demolé las murallas que construí para no verte así, tan ajeno. Que no me sirva mi vida si no te tengo. Que no te sirva mi vida en la tuya. Que sea real, como ahora.
Demostrame que no tengo los ojos que te reflejan. Aunque sé bien que nada está en tu mismo escalón. Pero hace evidente lo imposible que podes ser.
Creo que no te odio a vos.
Me odio por saber que ahora el río es un mar.
Pero más, por no haber creído [ni creer] que puede ser un charco.
viernes, 17 de abril de 2009
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario