Si vinieras hoy a llevarte mis ojos, te los daría gustosamente. Porque no hay nada que me sea comprobable a través de ellos. Si cada vez que estás a mi lado, no es más que una azucarada ilusión.
Si me pidieras mis labios, también te los daría. No los he usado hace tiempo. Incluso, hasta te pertenecen.
¿Y mi cuerpo? Se convirtió en un montón de tubos que algunos llaman venas, pero están tan vacías de sangre, tanto que la vida ya no le es una cualidad. Es gracias a estos huesos, tan desgastados de ir a tu encuentro, los que me mantienen en pie.
No hace falta que me pidas mis lágrimas, mis ruegos. Te los di todos, sin omitir ninguno. Mis días y mis noches son tuyas.
No dudaría en darte mis manos si las prefieres. Quizás a vos te sean más útiles. No me sirvieron a mí para construir el mundo en el que quería vivir. Ni siquiera para escribirte esa carta que todavía me debo.
Hasta si me pidieras mi fe te la daría. No tengo más esperanzas que pueda mantener. Las vi derribarse una por una y sumirse en la oscuridad más eterna: la decepción.
No dudaría en regalarte mi alma cansada de habitar el mismo cuerpo, día tras día. Exhausta de soportar las mismas rutinas, con los mismos reclamos, con los mismos conformismos.
Si me robarás la columna vertebral no me daría cuenta. Las cosas más pesadas que tuve que soportar las cargué en el corazón. Ni siquiera eso ya me da estabilidad.
Ni mis pies, que recorrieron el largo camino que me llevó hacía vos una vez.
Te daría todo, de un soplo y sin dudarlo.
Pero si me pidieras mi razón… eso si que no. No te la daría.
Quizás sea lo único, y más rescatable de mí. Es la que me dice a ciencia cierta que no sos más que una quimera, el fuego de la fogata bajo el hondo océano.
martes, 7 de abril de 2009
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario