sábado, 30 de mayo de 2009

Asi, como sos.



Tu problema es simple. Y es que todavía
no entendiste que no hay necesidad de ir a buscar
lo que ya encontraste.
Cuando se te infla el pecho de alegría,
y de risas que no liberas, es justo el
momento en que los átomos de carcajadas
se convierten en campos minados de ira.
Y es inexorablemente trágico el modo
en que dejas que exploten. Con la franqueza
que te caracteriza aún cuando deseas
que las malas rachas se esfumen de tu camino.

Tu problema, incluso, es atrapante.
Nadie más que yo sabe que, de vez en cuando,
tus soldados se alinean en fila recta, y te recorren
entera. Y sentís que todo esta en guerra.
Porque nadie más que yo lo sabe.
La paz que te inunda y que te convierte, es
la que me hace afirmar, si dudarlo, que
en la eternidad sos mucho más vos.
Pocos segundos perdes la batalla, y te dejas vencer.

Y es que no te diste cuenta, que tu grandísimo
problema es justamente eso.
Que no diste cuenta. Que el tiempo todavía
sigue siendo hoy. Que sos incluso más hermosa
y más ingenua de lo que te crees.
Y a menudo crees muy pocas cosas sobre vos.
Y sin duda, ese es tu problema.

Si te vieras el resplandor que te cubre cuando
alcanzas una cima. Si pudieras contemplarte
luchando en las batallas más difíciles, sin quebrarte.
Si te sintieras, como yo, tan protegida en tus manos.
Incluso cuando te haces diminuta.
Es que nunca observaste con el merecido detenimiento
que superas las expectativas que te impusiste
cuando nacimos.
Hasta tus caprichos son impúdicamente perfectos.
Y el halo de complicidad que te sobrepasa
y te hace serafín. Y la gracia que te lleva a cubrir tus defectos
con palabras. Porque tu arte más precioso
es reír por cómico, hasta llorar de desafortunado.

Quisiera que así como te incumbe, tan vana y
superficialmente, la dicha material de cada día.
Que así como sobrellevas con un ápice altanero
las personas malintencionadas que te quieren ver caer,
desearía que así, entendieras que nunca fuiste
lo que creíste de vos misma.
Que no sos lo que te dicen los demás.
Quisiera, que de una vez por todas, saques las manos
que te cegaron los ojos todo este tiempo.
Las tuyas, claro.

Porque tu problema es simple.
Y es que nunca te diste cuenta, que sos perfectamente única.

martes, 26 de mayo de 2009

Ahora sí.

Hoy sí. Hoy creo que se puede, que el amor existe. Porque no estás, pero te tengo. Porque el amor toma mil formas, y se esconde en rincones impensados. Está alerta, te deja vacía para llenarte.
Porque lo encontré en un abrazo compartido, en el gesto de una nena que conocí en un viaje, en un desconocido ayudando a otro desconocido, en las lágrimas sin vergüenzas que compensaron un cuento de un señor adulto.
En los abrazos que mi hermana me pidió que le diera.
En los juegos que compartí con mis sobrinas. Y ahí también lo vi reflejado en el flash de las fotos que nos sacamos, en los besos que me dieron, en el llanto de la más chiquita, en las historias que me contaron. Conocí el amor en sus ojos.
En el cielo gratuito, encantado. Debajo de la almohada que me devolvió los sueños. En forma de la cálida casa- panza de su mamá- de mi sobrina postiza.
En la lluvia de otro lugar, tan ajeno que parecía mío.
Encontré el amor ahora. En un gracias satisfactorio.
Cuando volví a casa a hacer la comida que todos juntos disfrutamos. Más por lo de juntos que por la cena.
En una canción que me dio fuerzas. En el entendimiento que me hizo comprender que tengo que dejar que poner límites a mis ojos, y poder ver todo. Porque mi totalidad está llena de eso que creí no creer. Y si mi vaso está lleno hasta la mitad (cosa que dudo completamente) la mitad vacía se hace imperceptible, impalpable, ligera.
El amor no está donde lo busqué. Lo encontré en mí, en lo que puedo dar. En las cantidades inmensas que descargan en mi muelle cada día, y que tiré al mar, sin pensarlo, todo este tiempo.
Esos mismos paquetes que desde ahora voy a empezar a abrir, para disfrutar que ahora sí vuelvo a creer en el amor.

jueves, 21 de mayo de 2009

Y a veces me ahogo en la gota de lluvia que se aferra al marco de mi ventana - y a veces salgo, como hoy-




[Aunque este oasis en el que no estás, no es nada placentero]

lunes, 18 de mayo de 2009

Prohibido enamorarse.

Me parece inaudible que habiéndole tenido fobia (o miedo crónico) a los principios, hoy descubra que los finales son peores.
Tan malos y desvastadotes como inevitables.
No creo poder expresar en palabras lo que siento, porque es más que dolor. Es incredibilidad. Es saberme excluida de sus destinos.

Al fin y al cabo el ser humano se reduce a recuerdos. Es lo único que nadie nos quita.
Y es lo que hoy también me lastima, me carcome, me infla para pincharme, me deja viva [porque matarme sería más placentero para mí]
Y uno se despierta y no hay más nada. Y debe ser así, siempre lo pensé.
¡Qué ignorante! Cuán poco viví, que poco dolor que pasé.
De elegir a que cosa poner punto final, sería a las guerras que se libran en casa de dos contra dos.
A la guerra que pierdo cuando debo opinar. Porque nunca fui buena consejera, ni seré buena psicóloga.

Y a la vez, este fin desenlaza otro.
Por mí, no más amor.
Para recuerdos ya tengo los que me inventé hace diez años.
Para dolores guardo cada rechazo.
Y sin embargo el amor (en singular) no es suficiente para ser eterno

El amor no existe.
Porque si todo termina, es inevitable que este, como cualquier otro sentimiento, también lo haga.
Y sobre todo, porque lo único que catalogue como amor- el más inmenso y eterno- hoy termina.
No me queda nada más por creer.




jueves, 14 de mayo de 2009

Ojalá que las temperaturas suban hasta que vuelva a ser verano.
Simplemente para volver a desear el invierno que ahora padezco




Porque si lo tuviera no lo querría.







miércoles, 13 de mayo de 2009

Itineriario

Día: sábado nueve de mayo del dos mil nueve.
Momento: horas previas a la fiesta de quince de mi prima.
Lugar: peluquería en el centro de Villa Ángela, provincia de chaco.


SOBRE LAS CONFECCIONES DE UNA IDENTIDAD – A MEDIDA-

Ya es bien sabido qué y cuántos temas de conversación se pueden presentar en una tarde de peluquería. Pero muy pocos saben la clase de conversaciones y las intensidades que alcanzan las charlas de salón en el interior.
Incluso albergando una porteña en su local- y teniendo en cuenta el mal concepto que tienen de nosotros- los debates se vuelven más específicos.
No hay globalización. Todo tiene un nombre y apellido que no hace falta dar referencia de quién se trata puesto que todos lo conocen a la perfección.

Pero de las miles de diferencias que encontré entre su provincia y la mia, hay una sola que me llamó la atención.

Por supuesto yo no participé en la charla, excepto con pequeñas acotaciones, pero fui fiel oyente de la inmediata fiesta de egresados de una de las hijas de la peluquera.
Comentaban sobre cual de las tantas diseñadoras iba a elegir para que le confeccione el vestido y me sorprendió caer en la cuenta que cada festejo que tienen es un nuevo trabajo para las modistas.
Y no fue eso lo que me movilizó.

A sabiendas que en mi provincia los vestidos se consiguen en las casas de ropa y que esa es mi moneda corriente, aquello de la modista me atrapó de sobremanera. Sobre todo por le hecho que cada una tenga un vestido único y exclusivamente personal.

Entre tanta cháchara, me puse a pensar por qué eso no pasaba acá.
Supuse que la vida pasa a una velocidad más vertiginosa y cualquier acto que remita a comodidad es bien venido.
Pero no, no es eso.
¿No será que nos conformamos con el esteriotipo que nos proponen? O peor aún ¿No querremos, incluso, llegar a igualar los referentes?
Tenemos los impulsos tan abatidos de publicidad que las marcas de ropas nos van ganando por goleada.
Incluso me vi a mi, frente al espejo iluminado de la peluquería, vacía de mí y con un único afán de llegar a ser otra aunque no sepa específicamente quién.

¡Qué tan irreales somos! Porque ya ni siquiera llegamos a copia.

Por eso modistas, si quieren trabajar bien, el interior las espera (Al menos villa Ángela, el resto lo ignoro). Porque acá, en capital, estamos destinados a seguir imitando lo que no sabemos quién nos dijo que era ideal, sin siquiera pararnos a ver perfectamente imperfectos que somos cada uno.

Ojalá pueda tomar mi propio texto como consejo, porque muy a mi pesar, en eso de robar haraganamente identidades, soy extremadamente porteña.

domingo, 3 de mayo de 2009

Creo en...

Las noches embusteras en búsqueda de lágrimas sin sentido. De un cuerpo devastado.
La sonrisa de un chico, tan vacía de ambiciones materiales. Y tan pura.
Alcanzar un pájaro y que me lleve volando en sus alas sin moverme de mi balcón.
Lo infinito del mar que vuelve a nacer a mis espaldas.
La curva de la palma de tu mano, encastrada a la mía en mis recuerdos infantiles.
Un par de papales con olor a pasado, que esperan un futuro.
Las horas que pasaré entre libros, por el simple [y colmado] hecho de pasar a la práctica.
Sesenta, Noventa, ciento veinte latidos en un minuto frente a un nuevo hecho.
Despertarme y entender el porque de todas las mañanas rutinarias. Y liquidarlas.
Subirme a tren sin rumo certero, y conocer más. Y perderme para volverme a encontrar.
El rocío de la mañana atacando mi alergia con agua.
La paz que pulula en el aire esperando a que alguien le de un hábitat. Confortable si es posible.
El magnetismo que te lleva al lugar donde debes estar.
La incredibilidad de aquello que aunque habíamos esperado, nos toma de sorpresa.
La belleza de los insultos bien dichos. Y de los perdones merecidos.
La importancia de un golpe recibido a tiempo que nos arranque el dolor previamente a sufrirlo.
Tu pelo azabache que me guardaba celosa, para que nadie pudiera negar que era tu hija.
Las ganas de los adictos, la simpleza de los locos, la alegría de los masoquistas cuando les agarra jaqueca.
La falsedad de la ley de gravedad para las cuentas de luz.
Las múltiples creencias, por el solo hecho de la necesidad. – Que no es poca cosa-
La veracidad de todas y cada una de esas creencias. Es bien sabido que la realidad de las cosas se funda en las creaciones que uno es capaz de construir.
La nube que tapa el sol, para que, de vez en cuando, podamos ver las cosas sin el reflejo golpeando en los ojos.
Las partes de enduido que se algunos se encargan de colocar sobre las heridas abiertas.
Las puertas de las casas que muestran otro mundo. Las que parecen que te devoran, para después digerirte de a poco. Pero sobre todo, las entradas a los paraísos terrenales.
Las noches de parranda de los gatos, sin posteriores reclamos ni celos esquizofrénicos.
La eternidad de las siete vidas de esos mismos felinos, sin que nadie se preocupe si por las noches se van o se quedan.
Las fotocopiadoras en la palma de la mano, que guardan intacta una copia de archivo en el alma.
La ambigüedad de las palabras. Los dobles sentidos. La necesidad de que no todo sea unilateral.
Una luz que se apaga, y la otra que tiene que prenderse inevitablemente en otro lugar.
Las recompensas a las espaldas encorvadas de tanto cargar recuerdos innecesarios.
La nostalgia del sauce llorón. Sumado a la explotación de los hongos que viven a su expensa.
El viento que sopla siempre a favor, y que trae lo que necesita y se lleva lo que no está arraigado al suelo.
Las sanguijuelas que chupan la sangre. – Que no son iguales a un vampiro, y mucho menos a los humanos-
La pasión, no solamente como sexo.
El sexo de los jóvenes que buscan divertirse, de los poetas que lo ridiculizan, de los feos que lo compran.
La grandeza de las personas. Incluso en las más mínimas.
Lo increíble (Como no- creíble) del mercado y de sus formas, con el fin de aumentar en la misma proporción el dinero como el individualismo.
Las guerras devastadoras. La potencia mucho mayor de las guerras internas.
El arrepentimiento de los que llevan la proseción por dentro.
El poder de soñar. La suerte de concretarlos. La fuerza para intentarlo mil veces más.
Las cosas que pasan debajo de mis pies, y las que taparon con el pavimento.
Tu voz.
Mis ganas.
Tu voz.
Quererte irrevocablemente.
Tu voz.
Tu voz.
Tu voz…

viernes, 1 de mayo de 2009

Bar.

Iba caminando por la calle, bajo un hermoso día. ¡Y si que lo era! Las brisa aguada que le rozaba el rostro y todo lo que traía envuelto. Sin misterios, la inminente lluvia la hacía feliz. No, no. Definitivamente este era su día, porque así los había preferido siempre. Al menos después de aquello.
Sonó su estómago, como un timbre de recreo, advirtiendo que necesitaba tomarse un descanso. Y lo hizo cuando entró en ese bar. Paredes claras, luz incandescente. Mal sitio, realmente que mal sitio. Y escaleras arriba la cosa se volvía más neutra. (Como ella). Y bueno, si no hay otro lugar.
No tenía papeles, ni computadoras japonesas último modelo, ni trajes con perfumes importados como todos los demás. Tampoco arrugas en la frente, ni la boca fruncida de tanto pensar. Y mucho menos la tensión acumulada en los puños agarrotados contra la taza de café doble, con doble cafeína.
No hay nadie que me atienda. Y no, no había nadie a excepción de ese hombre con delantal negro y la insignia del local. De todas formas no sabía que comprar. Nunca lo había sabido, pero era hora de que se decidiera por alguna de las opciones. La gente está trabajando, porque lo veía. Y el tiempo corre, porque era lógico.
A ver, una gaseosa y un tostado. Lo clásico (como ella también), y lo más rápido (Bueno, acá no quedaba bien afirmar que también coincidía).
Un primer bocado expectante al sabor, pero ¡¿qué cosa?! Tostado era allá o acá igual. Pan, jamón, queso y a tostar. No había ciencia. Probablemente igual método tendría la gaseosa.
¡Qué lindo hombre éste que me está saludando sin conocerme! Y lo era sin lugar a dudas. Pero era una frase hecha, porque ella siempre las tenía.
Y un te puedo acompañar. Y por dentro, por toda la vida si se te antoja. Porque le gustaba pensar en español.
El sonido de la silla raspando contra el piso, símil al ruido de la espera de lo inesperado en sus adentros. Y además esta su voz. No la de ella, sino otra. Y la de él, que no tenía sentido. Ni su timbre, ni el tono, ni la muletilla que repetía cada tanto. Y eso era lo que podía percibir con su audición, pero él parecía ametrallarla en todos los sentidos.
Qué querrá, era la pregunta indicada de una mujer decente. Lo que quieras. Y no, no puede ser. Nunca sabía lo que quería, ya lo había dicho. Además eso era retórica. Que querés vos. Y en forma de respuesta convincente, a vos. No tenía muchas palabras parecía. Debería irme y dejarlo acá. Pero no lo hizo, porque tenía ganas de descubrir quien era. No él, sino ella.
Bueno, un poquito también por sus ojos. Quizás todo.
No me importa el qué dirán. Y notó que sus puños estaban agarrotados contra el vaso de gaseosa como el de los demás. Pero mi causa es más fructífera. Dio en la tecla, porque sabía con seguridad que ella llegaría más lejos en su amor sin metas, que todos los demás comensales, a su codicioso afán. Frenó en seco mirando hacía un lugar desconocido (pero que ella conocía bien) y pensó que eso corría por cuenta de la autora que le gustaba poner en comparación el amor y el dinero como si pudiera decir si escribía más poético con una lapicera roja o una azul.
Retomó su charla irracional con el ser desconocido que se le había presentado no sabía en que momento, pero para ella todo encajaba a la perfección.
Y el que hermosa que sos, se te ve tan madura, tan deseable. Y no en lo carnal, aunque también algo había de eso. Pues sí [porque se había acordado – como reminiscencia y como acuerdo- de pensar en la lengua madre] vaya que al fin alguien ha decidido abrir lo ojos. Pero no se la creía, es que nadie se lo había dicho. Vale tío, que tú también estás muy guapo. Y rió, no por el cumplido sino por su vocal imitación de un lugar que nunca había conocido.
Recordó que por lógica el tiempo pasaba. Demasiado tarde para seguir charlando. Pero muy temprano para despedirme, sugirió. Y bueno, mañana a las cinco en la esquina de Combate de los Pozos, y Santa Fé. No sabía si se cortaban pero una esquina le pareció indicada. Indicada para un romance tal vez no, pero bueno, los cuentos de hadas le aburrían. Luego un, por favor, yo pagó, le impidió a ella seguir con el ademán de sacar la plata. Y encima pide por favor, pues que este es un tío de la puta madre. Confundida estaba, porque acá, en Argentina, no significaba lo mismo. Y en cualquier lugar del mundo, tampoco quería que fuera su tío.
Se volvió porteña en el instante que lo descubrió. Y que sí, rotundamente sí, definitivamente sí. Debería saber tu nombre, si se puede. Lo sabés. No, no lo sabía. Dudo de su equilibrio mental. Pero no es un nombre en sí, es como vos me llamarás de ahora en más. Y lo confirmó. No es él quién está loco, lo estoy yo por mañana a las cinco ir al lugar indicado. ¿¡Qué más da!? Si esto es la locura, que me internen en un psiquiátrico, pero después de mañana cuando su figura se cruce con la mía, y esta esquizofrenia se vuelva extrema en su cama.
Saludo cordial, y hasta mañana. Bajo las escaleras casi sin notarlo. Que lindo lugar esté, con su luz incandescente y sus paredes claras. Y un poco más afuera, que hermoso día. Salió el sol, y ahora le gustaban más los días de sol que los de lluvia.