
Tu problema es simple. Y es que todavía
no entendiste que no hay necesidad de ir a buscar
lo que ya encontraste.
Cuando se te infla el pecho de alegría,
y de risas que no liberas, es justo el
momento en que los átomos de carcajadas
se convierten en campos minados de ira.
Y es inexorablemente trágico el modo
en que dejas que exploten. Con la franqueza
que te caracteriza aún cuando deseas
que las malas rachas se esfumen de tu camino.
Tu problema, incluso, es atrapante.
Nadie más que yo sabe que, de vez en cuando,
tus soldados se alinean en fila recta, y te recorren
entera. Y sentís que todo esta en guerra.
Porque nadie más que yo lo sabe.
La paz que te inunda y que te convierte, es
la que me hace afirmar, si dudarlo, que
en la eternidad sos mucho más vos.
Pocos segundos perdes la batalla, y te dejas vencer.
Y es que no te diste cuenta, que tu grandísimo
problema es justamente eso.
Que no diste cuenta. Que el tiempo todavía
sigue siendo hoy. Que sos incluso más hermosa
y más ingenua de lo que te crees.
Y a menudo crees muy pocas cosas sobre vos.
Y sin duda, ese es tu problema.
Si te vieras el resplandor que te cubre cuando
alcanzas una cima. Si pudieras contemplarte
luchando en las batallas más difíciles, sin quebrarte.
Si te sintieras, como yo, tan protegida en tus manos.
Incluso cuando te haces diminuta.
Es que nunca observaste con el merecido detenimiento
que superas las expectativas que te impusiste
cuando nacimos.
Hasta tus caprichos son impúdicamente perfectos.
Y el halo de complicidad que te sobrepasa
y te hace serafín. Y la gracia que te lleva a cubrir tus defectos
con palabras. Porque tu arte más precioso
es reír por cómico, hasta llorar de desafortunado.
Quisiera que así como te incumbe, tan vana y
superficialmente, la dicha material de cada día.
Que así como sobrellevas con un ápice altanero
las personas malintencionadas que te quieren ver caer,
desearía que así, entendieras que nunca fuiste
lo que creíste de vos misma.
Que no sos lo que te dicen los demás.
Quisiera, que de una vez por todas, saques las manos
que te cegaron los ojos todo este tiempo.
Las tuyas, claro.
Porque tu problema es simple.
Y es que nunca te diste cuenta, que sos perfectamente única.
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