viernes, 1 de mayo de 2009

Bar.

Iba caminando por la calle, bajo un hermoso día. ¡Y si que lo era! Las brisa aguada que le rozaba el rostro y todo lo que traía envuelto. Sin misterios, la inminente lluvia la hacía feliz. No, no. Definitivamente este era su día, porque así los había preferido siempre. Al menos después de aquello.
Sonó su estómago, como un timbre de recreo, advirtiendo que necesitaba tomarse un descanso. Y lo hizo cuando entró en ese bar. Paredes claras, luz incandescente. Mal sitio, realmente que mal sitio. Y escaleras arriba la cosa se volvía más neutra. (Como ella). Y bueno, si no hay otro lugar.
No tenía papeles, ni computadoras japonesas último modelo, ni trajes con perfumes importados como todos los demás. Tampoco arrugas en la frente, ni la boca fruncida de tanto pensar. Y mucho menos la tensión acumulada en los puños agarrotados contra la taza de café doble, con doble cafeína.
No hay nadie que me atienda. Y no, no había nadie a excepción de ese hombre con delantal negro y la insignia del local. De todas formas no sabía que comprar. Nunca lo había sabido, pero era hora de que se decidiera por alguna de las opciones. La gente está trabajando, porque lo veía. Y el tiempo corre, porque era lógico.
A ver, una gaseosa y un tostado. Lo clásico (como ella también), y lo más rápido (Bueno, acá no quedaba bien afirmar que también coincidía).
Un primer bocado expectante al sabor, pero ¡¿qué cosa?! Tostado era allá o acá igual. Pan, jamón, queso y a tostar. No había ciencia. Probablemente igual método tendría la gaseosa.
¡Qué lindo hombre éste que me está saludando sin conocerme! Y lo era sin lugar a dudas. Pero era una frase hecha, porque ella siempre las tenía.
Y un te puedo acompañar. Y por dentro, por toda la vida si se te antoja. Porque le gustaba pensar en español.
El sonido de la silla raspando contra el piso, símil al ruido de la espera de lo inesperado en sus adentros. Y además esta su voz. No la de ella, sino otra. Y la de él, que no tenía sentido. Ni su timbre, ni el tono, ni la muletilla que repetía cada tanto. Y eso era lo que podía percibir con su audición, pero él parecía ametrallarla en todos los sentidos.
Qué querrá, era la pregunta indicada de una mujer decente. Lo que quieras. Y no, no puede ser. Nunca sabía lo que quería, ya lo había dicho. Además eso era retórica. Que querés vos. Y en forma de respuesta convincente, a vos. No tenía muchas palabras parecía. Debería irme y dejarlo acá. Pero no lo hizo, porque tenía ganas de descubrir quien era. No él, sino ella.
Bueno, un poquito también por sus ojos. Quizás todo.
No me importa el qué dirán. Y notó que sus puños estaban agarrotados contra el vaso de gaseosa como el de los demás. Pero mi causa es más fructífera. Dio en la tecla, porque sabía con seguridad que ella llegaría más lejos en su amor sin metas, que todos los demás comensales, a su codicioso afán. Frenó en seco mirando hacía un lugar desconocido (pero que ella conocía bien) y pensó que eso corría por cuenta de la autora que le gustaba poner en comparación el amor y el dinero como si pudiera decir si escribía más poético con una lapicera roja o una azul.
Retomó su charla irracional con el ser desconocido que se le había presentado no sabía en que momento, pero para ella todo encajaba a la perfección.
Y el que hermosa que sos, se te ve tan madura, tan deseable. Y no en lo carnal, aunque también algo había de eso. Pues sí [porque se había acordado – como reminiscencia y como acuerdo- de pensar en la lengua madre] vaya que al fin alguien ha decidido abrir lo ojos. Pero no se la creía, es que nadie se lo había dicho. Vale tío, que tú también estás muy guapo. Y rió, no por el cumplido sino por su vocal imitación de un lugar que nunca había conocido.
Recordó que por lógica el tiempo pasaba. Demasiado tarde para seguir charlando. Pero muy temprano para despedirme, sugirió. Y bueno, mañana a las cinco en la esquina de Combate de los Pozos, y Santa Fé. No sabía si se cortaban pero una esquina le pareció indicada. Indicada para un romance tal vez no, pero bueno, los cuentos de hadas le aburrían. Luego un, por favor, yo pagó, le impidió a ella seguir con el ademán de sacar la plata. Y encima pide por favor, pues que este es un tío de la puta madre. Confundida estaba, porque acá, en Argentina, no significaba lo mismo. Y en cualquier lugar del mundo, tampoco quería que fuera su tío.
Se volvió porteña en el instante que lo descubrió. Y que sí, rotundamente sí, definitivamente sí. Debería saber tu nombre, si se puede. Lo sabés. No, no lo sabía. Dudo de su equilibrio mental. Pero no es un nombre en sí, es como vos me llamarás de ahora en más. Y lo confirmó. No es él quién está loco, lo estoy yo por mañana a las cinco ir al lugar indicado. ¿¡Qué más da!? Si esto es la locura, que me internen en un psiquiátrico, pero después de mañana cuando su figura se cruce con la mía, y esta esquizofrenia se vuelva extrema en su cama.
Saludo cordial, y hasta mañana. Bajo las escaleras casi sin notarlo. Que lindo lugar esté, con su luz incandescente y sus paredes claras. Y un poco más afuera, que hermoso día. Salió el sol, y ahora le gustaban más los días de sol que los de lluvia.

1 comentario:

  1. si...los días de lluvia tienen su encanto...para nosotros los nostálgicos...ajajaj..pero no se puede negar la alegría del sol.

    Bueno...con respecto a la novela...mi pagina sigue en blanco...vistes cuando amagas a escribir y te arrepentis? bueno eso me pasa ajajajajaj

    algo va a salir supongo...

    bsitos luuu

    despues hablamos por msn :)

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