Día: sábado nueve de mayo del dos mil nueve.
Momento: horas previas a la fiesta de quince de mi prima.
Lugar: peluquería en el centro de Villa Ángela, provincia de chaco.
SOBRE LAS CONFECCIONES DE UNA IDENTIDAD – A MEDIDA-
Ya es bien sabido qué y cuántos temas de conversación se pueden presentar en una tarde de peluquería. Pero muy pocos saben la clase de conversaciones y las intensidades que alcanzan las charlas de salón en el interior.
Incluso albergando una porteña en su local- y teniendo en cuenta el mal concepto que tienen de nosotros- los debates se vuelven más específicos.
No hay globalización. Todo tiene un nombre y apellido que no hace falta dar referencia de quién se trata puesto que todos lo conocen a la perfección.
Pero de las miles de diferencias que encontré entre su provincia y la mia, hay una sola que me llamó la atención.
Por supuesto yo no participé en la charla, excepto con pequeñas acotaciones, pero fui fiel oyente de la inmediata fiesta de egresados de una de las hijas de la peluquera.
Comentaban sobre cual de las tantas diseñadoras iba a elegir para que le confeccione el vestido y me sorprendió caer en la cuenta que cada festejo que tienen es un nuevo trabajo para las modistas.
Y no fue eso lo que me movilizó.
A sabiendas que en mi provincia los vestidos se consiguen en las casas de ropa y que esa es mi moneda corriente, aquello de la modista me atrapó de sobremanera. Sobre todo por le hecho que cada una tenga un vestido único y exclusivamente personal.
Entre tanta cháchara, me puse a pensar por qué eso no pasaba acá.
Supuse que la vida pasa a una velocidad más vertiginosa y cualquier acto que remita a comodidad es bien venido.
Pero no, no es eso.
¿No será que nos conformamos con el esteriotipo que nos proponen? O peor aún ¿No querremos, incluso, llegar a igualar los referentes?
Tenemos los impulsos tan abatidos de publicidad que las marcas de ropas nos van ganando por goleada.
Incluso me vi a mi, frente al espejo iluminado de la peluquería, vacía de mí y con un único afán de llegar a ser otra aunque no sepa específicamente quién.
¡Qué tan irreales somos! Porque ya ni siquiera llegamos a copia.
Por eso modistas, si quieren trabajar bien, el interior las espera (Al menos villa Ángela, el resto lo ignoro). Porque acá, en capital, estamos destinados a seguir imitando lo que no sabemos quién nos dijo que era ideal, sin siquiera pararnos a ver perfectamente imperfectos que somos cada uno.
Ojalá pueda tomar mi propio texto como consejo, porque muy a mi pesar, en eso de robar haraganamente identidades, soy extremadamente porteña.
miércoles, 13 de mayo de 2009
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