martes, 30 de junio de 2009

Límite.

Ya ves, a veces me canso de ser lo que los demás esperan. Y harta de mi misma como de ellos, escribo cuentos que irónicamente se los dedico. Cuentos que hablan de vos- y nunca de mi- y que muestran lo que soy.
Cuentos que nunca cuentan. Nunca.
Y es que quizás soy imaginación. (O vos lo seas) Y mientras tanto, vivo. Y a pesar de eso vivo.
Pero siempre me canso. Porque nada es lo que espero, y eso que espero mucho. Y también es eso. Pero justo ahora, que el sol empieza a caer tan débilmente, me acuerdo que tengo miedo de ser.
Y si ser trapecista de mi propio circo significa arriesgarme a caer al vacío sin red, pues será mi destino mantener el equilibrio.
Entretanto sigo girando alrededor del sol (y no es que yo lo haga, es que los demás me llevan)
Porque si pudiera aprender de los errores que me prohíben descubrirme, no los cometería dos veces. Pero no estoy dispuesta a hacerlo. Porque tengo miedo. Miedo de descubrir que soy mejor.
Pero como ves, a veces me canso de ser, incluso lo que yo misma quiero ser. Y me torno de color viento. Y vuelo, aunque siempre lo haga. Y vuelo no por libre, sino más bien por loca. Loca medida. Loca encerrada. Loca, sí, pero una que todavía no sabe que se desquició.
Y es que si quisiera, podría ser lo que esperas. Y convertirme en el león domado, pero ya no de mi circo, sino del tuyo. Pero me cansaría. Y hasta creo que ya me cansé. El envase que compré está pasado de la fecha de caducidad. Si no lo consumo ahora, tendré que tirarlo. Pero no voy a intervenir, jamás lo hice. No sé intervenir. Entonces se vencerá, pero no va a ser mi culpa.
Y mientras asumo el error irreparable de mentirme a mi misma, vuelvo a caer en tus cuentos. Porque tengo mil tentáculos, y escribo tantas cosas diferentes como me son posibles. Pero todas son sobre vos. O sobre mi, ya no sé.
Y después me canso. Y hastía de escribir sin más destinatarios que uno, me niego a volver a hacerlo. Pero ya no puedo.
Y no me delimita ni en la punta del pelo, ni me dibuja el lunar al lado de mi boca. No me define como persona, ni me describe como humana. Pero siempre vuelvo.
Como volvía tiempo atrás, con otros nombres. Como ataba los pájaros que volaban en mi cabeza para que no volarán a un horizonte que no conocía- Porque en la guía no estaba la ruta que ellos querían seguir-.
Y camino, porque no hay otra forma. Pero caminar no significa que avance.
Un día todos sabrán que puedo ser más yo (Incluso más libre) de lo que nunca fui. Y no es que no sea yo, quizás los demás coinciden conmigo.
Porque ya ves, a veces me canso de ser lo que los demás quieren que sea, incluyéndote.

domingo, 21 de junio de 2009

Ricardo.

Te voy a contar un cuento papá, después de todos los que me contaste vos a mi.
La historia de un hombre que se mantuvo entero a pesar de todo. Un hombre que no sabes cuánto se parece a mi.- o mejor, al revés-
Y es que elijo esta historia pero bien podría estar contándote de los miles de hombres que fueron como mis padres. Pero me gusta más ésta: la de mi padre que fue como mil hombres.
Empieza como todas las historias, con un Había una vez, una vez 19 años atrás.
Una vez en que un bebé conoció el mundo. Pero no el mundo que ahora percibe. Porque en ese momento para ella el mundo era los brazos calentitos y enormes- inmensamente enormes, cabe destacar- de un hombre.
Y en esos tiempos las noches duraban poco, aunque la paz era completa. Pero siempre estaba la sonrisa extraña (Por los bigotes que lo caracterizaban) de su mundo, que la devolvía a su plácido sueño.
¿Sabes? Después, y como todos, la nena fue creciendo. Y empezó a ir a un lugar con muchos otros nenes. Pero lo que más le gustaba a ella, era los peinados que ese hombre le hacía. Y los abrazos. [No sabes cuanto le gustaba sus abrazos]
Y le enseño muchas cosas, pero no con palabras. Aunque él era el mejor escritor del mundo. Y creo que lo sigue siendo.
Y esa fue una de las cosas que él le regaló, muchas historias que todavía le faltan escribir. (Porque son muchísimas)
Entre otras cosas, claro. Una vez, cuando todo parecía estar mal, Luciana se detuvo a verlo. Y aprendió que con perseverancia todo se puede, porque él llegó a donde quiso llegar. También aprendió de sus errores, de lo que ella no quería hacer con su vida. De lo que pensó que él se equivocaba.
Y le regaló la confianza que ella todavía no supo aceptar. Porque para él, ella es perfecta.
Y un avión invisible para que vuele a cualquier horizonte. Un par de consejos que siempre fueron útiles. Una caja llena de verdades que la impulsaron a cambiar lo que ella aborrecía.
Le regaló amor, para que ella pudiera dárselos a otros (más bien le enseñó a amar). Sonrisas, por si algún día le faltaban.
Pero lo que nunca le regaló fue el brillo de sus diminutos ojos casi imperceptible. Y es que no daba lo mismo en cualquier mirada.
Le entregó el mundo tal y como estaba, porque él pensaba que lo malo también te hace crecer. Y tenía razón.
Y siempre le dio su confianza. Su apoyo incondicional.
Lo malo- porque hay algo malo en esta historia que parece perfecta- Lo malo papá, es que después de haberle regalo tantas cosas, después de formarla primero orgánicamente, y más tarde su pare humana (Y hasta como hija), Luciana no sabe que regalarle en el día en que conmemoran a todos los padres.
Y es que igual no es imprescindible. Porque para festejar su día no alcanza con veinticuatro horas. Ni es justo, que sea para todos por igual. Porque vos papá…vos sos ÚNICO.


jueves, 18 de junio de 2009

Desde mi perspectiva.




Llevaba la valija más cargada de culpa que de ropa. Sin embargo seguía, no era momento de parar.
Había dejado atrás la ciudad en que nací, la familia que me había tocado, un par de problemas, y dos pantalones desgastados pero que ahora me hacían falta.
Sin embargo la cámara reflex colgaba de un grueso cordón en mi cuello, e iba aumentando la temperatura conforme los rayos daban en ella. Estaba seca de fotos. Pero poco importaba. Al fin y al cabo, los árboles que delimitaban el parque estaban vacíos de hojas y no por eso dejaban de ser magníficos.
Era mucho mejor que la memoria. Al menos no era miserable.
La inmensidad de lo eterno se encargaría de llenar cada hueco que yo había dejado en la cámara. Y hubiese cambiado los próximos álbumes porque así también sucedería en la cotidianeidad.
Nunca supe que tan pronto el infinito conocería el límite. Nunca, hasta que lo vi
Y la muchedumbre pareció esconderlo. Como si todos celaran su ser. O como si ya supieran que era mio, sin mi.
Se elevaba entre las mismas hojas desteñidas que el otoño y el viento evadían. Leía un libro. Lo hubiera usado de excusa para justificar que ocupáramos el mismo banco, habiendo tantos otros libres. (Porque el clima era un pésimo diálogo)
Pero me mantuve lejos. Intenté colarme en su concentración casi inmune, en las arrugas al costado de sus ojos cada vez que algo le causaba gracia.
Y por si no fuera suficiente con las noches en que él dormiría conmigo sin que lo supiera, y las canciones dedicadas y exclusivas, y las peleas unimembres en las que le reprocharía su ausencia, guarde su imagen en la lente de la cámara.
Y pareció alejarse del mundo real. O más bien crearse uno propio. Me pareció que todo valía la pena. Sobre todo las nubes grises que contrastaban la luz de sus ojos.
La primer farola se prendió, y supe que ya era demasiado tarde.
Él ya había pasado varías hojas de su libro, y a mi se me pasaban las vidas inevitables después de cada segundo de muerte.
Pero era demasiado tarde, porque la farola se había encendido.
La luna se encargó de esfumar sus límites con el banco. Y después con los árboles. Y después conmigo.
Parpadeó con los ojos cansados y ojerosos. Supongo que habrá vuelto al mundo en el que yo estaba. Porque este mundo se te cae encima de un momento a otro y sin telegrama previo.
De cualquier forma no iba a permitirle que no fuera caballero.
Guardé la cámara (que también tiritaba de frío) y me fui. Pero ahora no tan sola, ni con tanta culpa.
Llevaba la perspectiva más iluminada no tanto en mi cámara como en mi memoria. Y eso que la memoria siempre me había parecido miserable.

miércoles, 17 de junio de 2009


Como escritora, quedarme sin palabras es avergonzante.
Pero no es eso. Hay tanto por decir que no sé si vale la pena.




Creo que un te amo es suficiente.
(Aunque sé que no)










Felices cuatro siglos y un poco más

domingo, 14 de junio de 2009

Engaño necesario.

¡Que curiosa esa mujer!
Y es que parecía tan terriblemente derrocada que jamás supuse que no todo es lo que parece.
No creo ser la única que la imaginó soñadora. Y lo era, porque al fin y al cabo todavía quería seguir estando con él. A pesar de lo que vi pasearse delante de ella con miles de excusas para esquivarla.
Pero resultó persiste. Aunque se había cansado, lo supe apenas entre en sus pensamientos.
Estaba cansada, pero no de él. No de la forma en que se sometía a la tortura de tenerlo como amigo. No del juego que habían establecido. Y eso que ella hubiera preferido lo concreto, y no todo esa indecisión insufrible.
Estaba cansada de preferir una mentira, de auto conformarse con nada.
Quise ayudarla, pero era imposible sacarla del ensimismamiento en el que estaba. Nunca vi a nadie en ese estado casi obsesivo. Y no era obsesión, eso yo lo sabía.
No podía definirlo, porque creo que ella tampoco podía. Y de mi análisis saqué pocas conclusiones justamente por eso.
Determiné que tenía un trastorno de la realidad, otra no me quedaba. Yo misma escuché cuando estuve adentro de ella como él le hablaba de cualquiera. De cualquiera que no era ella. Y que no sería nunca, porque él nunca le dio un buen pronóstico. Y logré ver como ella quedaba inamovible cuando había una frase que sonaba a una relación más allá de la amistad que tenían.
Lo más inverosímil era que ella también era conciente que no escuchaba nada más de lo que quería escuchar. Y le decía todo que sí. Incluso cuando él le expresaba que tenían almas idénticas. (A pesar que pensaba que eran enormemente diferentes) Pero lo necesitaba.
Él era su droga diaria. La que no la dejaba en paz, y la que la estaba matando. La que la hacía feliz nada más en los efímeros minutos en que ella se dejaba llevar por la imaginación de él – ni siquiera por la propia-.
Todos pensaron que era soñadora, pero nadie vio, como yo, que también necesitaba realidad. Y él, como todos, supuso que con inventarle un cuento la convencería. Y sin embargo la estaba asesinando con el método más eficaz.
Si pudiera abrirle los ojos y mostrarle la realidad, no lo haría. Después de meterme en sus pensamientos, yo también pienso que a veces lo más placentero es dejarte mentir.

[Porque no me dejaste conocer otra forma de encanto]

domingo, 7 de junio de 2009

Ojalá no fuese un sueño cumplido.

Capitulo I:

Ese no era su mejor día, pero tenía esperanza de que cambiase. Siempre las tenía, pero en ella no era bueno. Esas mismas esperanzas eran las que la llevaban a atolondrarse queriéndolo todo ya. Y eran las mismas que después del fracaso la dejaban sin respiración.
Lucia era una fracasada. Sabía cuánto dejaba fuera atribuyéndose esa frase, pero en el amor, aquello era totalmente cierto.
Pero en fin, así era. Quizás aprendería todo lo que ahora le faltaba con el tiempo. [Porque además era muy conformista]
Al terminar su día, la vuelta a su casa era lo más deseado. Y así lo hizo, tan rutinariamente. Pero esta vez no todo fue igual.
En la puerta de entrada de su casa había una pequeña caja. Tardo en tomarla, dudaba que fuera de alguien más. Y ella odiaba tomar cosas que no eran propias.
Pero no vio nadie a su alrededor y supuso que sería para ella. Y así era.
Ya dentro de la casa abrió aquella misteriosa caja de 10 x 10 cm., color crema. Sin destinatario, sin seguridad que prohibiera el paso a quienes no fueran sus dueños.
Dentro había una pequeña piedra color azul, pero casi transparente. Lucía imaginó el mar, porque aquel color le remitía a eso. Y porque, por ser su elemento preferido, cualquier cosa la asociaba al mar.
Tomó la piedra en sus manos y el color se volvió más intenso. Abajo, había un papel que encajaba a la perfección en el tamaño del cofre de cartón. Se leía con una clara letra manuscrita: “Lucía: Soñar es tu privilegio, pero la realidad es mucho más satisfactoria. Pedí un deseo, quizás la suerte o el destino te haga llegar a tus manos una piedra azul marino para que se cumpla. “
Lucía rió para sus adentros. ¿Qué era todo eso? ¿Quién le estaba jugando una broma?
Dejó la piedra dentro de la caja y se dispuso a comenzar a cocinar.
Sin embargo, ella siempre había creído en esas cosas, y a la noche se le dificultó dormir pensando que tan cierto sería todo eso.
Así que no tuvo otra opción que intentarlo.
- Total- se justificó- no pierdo nada con probar.
Y era cierto. Si se le cumplía el deseo mejor, pero sino, no pasaría nada malo.
Buscó la piedra que ya había olvidado donde la había puesto. Y en el instante en que la agarró se dio cuenta que no sabía como usarla. Releyó la nota que le habían enviado, quizás allí estaba la clave. < Pedí un deseo> decía. Probablemente en voz alta, aunque eso lo había sacado de alguna novela. Quizás no hacía falta tanta cháchara.
Lo volvió a leer hasta encontrar algo. La nota no le daba muchas pistas, muy pocas palabras en donde buscar. Pero estaba segura que ahí estaba.
< Quizás el destino te haga llegar a tus manos una piedra azul marino > Se sintió satisfecha. No sabía si había encontrado la clave, pero el < en tus manos> le pareció de más. Algo debería de significar.
- Total no pierdo nada con probar- volvió a rectificarse.
Colocó la mano que le faltaba encima de la piedra, y acomodó la voz para pedir el deseo. No hablaba de cuántos podía cumplir, pero por las dudas lo eligió bien (dentro de lo que su precipitación le permitía) por si el pequeño diamante cumplía uno solo.
- Deseo que se enamoren de mí- dijo casi gritándolo con los ojos cerrados, porque así era más dramático.
Y al abrirlos se arrepintió. Tantas cosas por pedir. Quizás fuera porque, en lo demás, le iba de maravillas. Encontrar el amor era lo único que le faltaba para sentirse completa.
Pero nada sucedió.
¡Que paparruchadas! – pensó. Y se fue a dormir, como todos los viernes. Mañana era noche de cena con las chicas. Debería descansar.


Capitulo II:

La noche de sábados había sido la elegida desde que habían terminado el secundario. Pero la vida la iba llevando a no ser nunca las 5 en la mesa. Por trabajo, por estudio, o por otros motivos, alguna no podía ir. Pero en la semana de seguro se contactarían con ella para ponerse al día con sus vidas. Que el tiempo pasará y las obligaciones crecieran no significaba que se acabara la amistad.
Iban siempre al mismo sitio. Por comodidad un poco. La atención era excelente y tantos años de habitué las convertía en clientas exclusivas.
Llegaron riéndose, como siempre. Y se sentaron en la misma mesa que normalmente elegían.
Las risas se mezclaban con charlas serias y comentarios sobre otras personas.
Pero todas quedaron calladas cuando se sumaron a la mesa dos chicos: un viejo amigo de todas, con un amigo de él.
A lucía se le paralizó el mundo. Había estado enamorada de Noel desde que iban al colegio. No podía creer que estuviera sentado en la misma mesa.
Noel presentó a su amigo ante todas ellas.
- ¿Cómo están chicas?- dijo para entrar en conversación- él es Benjamín, un amigo.
Y cuando lo nombro, Lucía se fijó en Benjamín. [Porque había estado mirando únicamente a Noel]
Guau- pensó- será que la gente linda siempre anda junta.
Benjamín era morocho, alto. De esos que se parecen a un galán de las novelas latinoamericanas. Con la sonrisa más perfecta que se podría imaginar. Con el cuerpo trabajado, pero no exageradamente. Con los ojos llenos de luz.
Si no existiera Noel, Lucía seguramente se habría enamorado de su amigo. Pero nadie podía compararse con él. Noel era único, y no simplemente en cuerpo.
Porque la dulzura de su mirada, de sus gestos, los lunares en su cara, la forma de la comisura de sus labios cuando reía, su cuerpo entero. Nada era comparable con su forma de ser. Y aunque era excesivamente hermoso, mucho más hermosa era su alma. Y todas las pinturas que le había regalado a Lucía cuando eran amigos.- porque era el mejor pintor para ella- llevaban un poco de él. Y todas las cosas que le había enseñado. La contención que ella sentía con una sola palabra. Él, en su integridad. No había explicación para Noel. No había nadie como él.
Así transcurrió la noche.
Y hasta ahí, todo era mágico. ¿Qué más podía desear que estar con él, con sus amigas? Todo era realmente perfecto.


Capitulo III:

Pero la noche se fue tornando mejor y peor. Mejor, porque en la sobremesa, Lucía decidió ir a comprar algunas cosas a un quisco. Benjamín decidió acompañarla.
Y en ese trayecto comprendió las intenciones que él tenía con ella. De alguna forma se alegró. Quizás el deseo que había pedido si se había cumplido. Aunque maldijo que no haya sido Noel quien le haya propuesto estar con él.
Y peor, justamente por eso. Noel no dejó en toda la noche de ignorarla (O era lo que ella suponía que estaba haciendo)
Muy a su pesar, la noche terminó. La estaba pasando bien, sacando el infortunio que la alejaba de lo que ella quería, había pasado un buen momento.
De regresó a casa Benjamín se ofreció a acompañarla. Lucía aceptó. No sabía porqué, pero alguna vez tenía que decidirse a elegir las cosas que la llevasen a un puerto más seguro. Había pasado su vida lamentando amores inconclusos, y siempre elegía a aquellos que sabía que no terminarían en nada.
No le pareció mal dejarse llevar. Quizás esta vez sería todo diferente. Además Noel no le llevaba el apunte, y decidió que no podría condenarse a esperarlo.
Así que al llegar a la puerta de su casa, Benjamín la despidió con un beso. Uno tan dulce, que la hizo acordarse a Noel. ¡¿Y es que nunca se olvidaría de él?!
No creyó en todas las cosas que benjamín le dijo, pero por lo menos la hicieron sentirse mejor.
Abrió la puerta y se despidió de él con un último beso. Arriba de la mesa estaba la piedra, brillando más de lo que los efectos de los rayos que atravesaban la ventana podían crear. Además estaba segura que no la había dejado ahí. Se estremeció y la agarró para sacarla de su vista.
Pero tuvo que soltarla y dejarla rodar, porque la temperatura que desprendía era lo suficientemente alta para ser insoportable a la piel humana. Tomo una cuchara y la trasladó con cuidado a un mueble más lejano. Y se fue a dormir, porque estaba muy cansada. Y porque aquello de la piedra le daba miedo y bajo las colchas se sentiría más segura.
Al levantarse al siguiente día se encontró con Ada, una de sus amigas. Fueron inevitables los comentarios de aquella noche. Pero hubo uno que la dejó perpleja.
- Cuando te fuiste- dijo casi en susurro, como si alguien estuviera escuchándolas- Noel comentó que no le gustaba nada eso de que Benjamín te siguiera los pasos.
-¿En qué sentido?- pregunté ignorante.
- Dijo que benjamín estaba haciendo lo que a él le gustaría hacer: quererte.
Y el corazón se le rompió en mil pedacitos. Había seguido sus instintos, pero había fallado. Porque ahora se convertía en la chica de Benjamín. Alguien intocable para Noel, a pesar de sus ganas.



Capitulo IV:


Y esa tarde decidió escribir, porque eso era lo que más la liberaba. Sentada en su escritorio Lucía comenzó una carta que nunca llegaría a destino.

¿Cuándo fue el momento en que deje que mi orgullo rompiera a patadas (Con zapatos de taco agua) toda la contención que me diste? ¿Cómo fui capaz de someterme a la tortura de verte alejarte de mi, empujado por mis manos?
Y es que a veces los deseos no son lo que uno espera cuando se cumplen. Porque la piedra azul marino que llego a mis manos volvió realidad un deseo. Y después todo se volvió irreal.
Debería aprender a decidir con determinación- y específicamente- lo que quiero.
Debería dejarte vivir la vida que elegiste.
Debería vivir mi vida, sin lastimarte. Porque eso es lo último que quise hacer. Y fue lo primeo que se me ocurrió para vencerme.
¿Cómo me saco este nuevo deseo de destrozarme en mil pedacitos? Porque eso es lo que quiero hacer conmigo. ¿Cómo se hace para recomponer las cosas que uno mismo rompió?

Perdoname, a veces (Muy a menudo) se me da por hacer cosas realmente estúpidas.



Y pesar de que en algún momento haya sido su sueño, quizás todavía estaba a tiempo de deshacer el hechizo.