jueves, 18 de junio de 2009

Desde mi perspectiva.




Llevaba la valija más cargada de culpa que de ropa. Sin embargo seguía, no era momento de parar.
Había dejado atrás la ciudad en que nací, la familia que me había tocado, un par de problemas, y dos pantalones desgastados pero que ahora me hacían falta.
Sin embargo la cámara reflex colgaba de un grueso cordón en mi cuello, e iba aumentando la temperatura conforme los rayos daban en ella. Estaba seca de fotos. Pero poco importaba. Al fin y al cabo, los árboles que delimitaban el parque estaban vacíos de hojas y no por eso dejaban de ser magníficos.
Era mucho mejor que la memoria. Al menos no era miserable.
La inmensidad de lo eterno se encargaría de llenar cada hueco que yo había dejado en la cámara. Y hubiese cambiado los próximos álbumes porque así también sucedería en la cotidianeidad.
Nunca supe que tan pronto el infinito conocería el límite. Nunca, hasta que lo vi
Y la muchedumbre pareció esconderlo. Como si todos celaran su ser. O como si ya supieran que era mio, sin mi.
Se elevaba entre las mismas hojas desteñidas que el otoño y el viento evadían. Leía un libro. Lo hubiera usado de excusa para justificar que ocupáramos el mismo banco, habiendo tantos otros libres. (Porque el clima era un pésimo diálogo)
Pero me mantuve lejos. Intenté colarme en su concentración casi inmune, en las arrugas al costado de sus ojos cada vez que algo le causaba gracia.
Y por si no fuera suficiente con las noches en que él dormiría conmigo sin que lo supiera, y las canciones dedicadas y exclusivas, y las peleas unimembres en las que le reprocharía su ausencia, guarde su imagen en la lente de la cámara.
Y pareció alejarse del mundo real. O más bien crearse uno propio. Me pareció que todo valía la pena. Sobre todo las nubes grises que contrastaban la luz de sus ojos.
La primer farola se prendió, y supe que ya era demasiado tarde.
Él ya había pasado varías hojas de su libro, y a mi se me pasaban las vidas inevitables después de cada segundo de muerte.
Pero era demasiado tarde, porque la farola se había encendido.
La luna se encargó de esfumar sus límites con el banco. Y después con los árboles. Y después conmigo.
Parpadeó con los ojos cansados y ojerosos. Supongo que habrá vuelto al mundo en el que yo estaba. Porque este mundo se te cae encima de un momento a otro y sin telegrama previo.
De cualquier forma no iba a permitirle que no fuera caballero.
Guardé la cámara (que también tiritaba de frío) y me fui. Pero ahora no tan sola, ni con tanta culpa.
Llevaba la perspectiva más iluminada no tanto en mi cámara como en mi memoria. Y eso que la memoria siempre me había parecido miserable.

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