Todo sucedió casi en el tiempo en que tardó en salir el sol. Los cigarrillos arriba de la mesita, la luz tenue como les era habitual, las sábanas de la cama enmarañada con las escamas de lo que había sido piel.
Ella cabía perfectamente en el lado derecho del cuerpo del hombre que amaba. Hubiera intentado pertenecer a él de cualquier forma. Lástima que era imposible que el amor fuera recíproco, así había sido siempre.
Al fin y al cabo de eso se trataba, un beso en la mejilla, un roce en sus piernas, otra noche inolvidable, y el sol que venía a encandilar todos los recuerdos de ella y todos los abrazos de él.
- Quedate conmigo- le dijo. Pero sabía bien que él tenía que ir en busca del destino, de una mujer que amara.
Quizás por eso no le respondió. Era casi inmoral que le mintiera, cuando ella todo el tiempo le decía la verdad.
Él también quería quedarse, pero así eran las cosas. Tenía que encontrar los ojos que lo hicieran sentir mareados. No quedaba otra, esa era su misión: chocarse de frente con una mujer que lo carcomiera de sol a sol. (Y no ir a buscarlo, como hacía ella) Y ella, que hubiera robado el alma a la luna para que la recordara cada noche, pareció darse cuenta que no era necesario. Que él la recordaría sí, pero con eso no llegaba a ninguna parte.
Entonces prefirió morirse con el día, y volver a él sin ninguna huella cada noche, pero no era luna.
Lo miró, y él supo lo que pensaba, porque se fue, dejando el aroma en el pelo negro que se derramaba en la almohada, y que sabía que mañana volvería al mismo sitio para amarlo.
No lloró, al menos no por eso. Ya estaba acostumbrada a que él huyera de sus caricias en el pecho casi en el borde del alba. Quizás suspiró porque lo buscaba todo el tiempo, aún sabiendo que no lo iba a encontrar.
O tal vez porque lo encontraba en otra boca que desconocía, o porque gritaba al silencio ingrávido de su soledad que se quedara con ella, que la viera, que ella estaría allí otra vez mañana.
- Quedate conmigo-volvió a repetir, pero no la escuchó, porque ya se había ido.
Y quiso decirle, quedate conmigo para que pueda luchar contra tus miedos, para que sea cómplice de tus sonrisas, para dibujar en mi mente tus pestañas arqueadas el día que me faltes.
O puede que le haya querido mencionar aquello que destino, también era poco tino. Que podía también significar que no haya acierto en su búqueda, o en donde buscaba. Que ella tampoco había tenido mucho tino en eso del amor, pero que no iba a dejarlo a él por un pasado poco acertado.
O más bien pareció decirle que se quedara con ella, porque no era necesario buscar un destino que sin querer ya había encontrado, disfrazado de mujer cada noche en la cama de la que él se acababa de ir.
viernes, 31 de julio de 2009
lunes, 27 de julio de 2009
Leer en forma personal.
Es que siempre tenemos miedo. Miedo de que nos digan que no, miedo de un sí. De ser felices, de aprender. Miedo de ser uno mismo, miedo de ser otros. De todo, absolutamente. Le tenemos miedo al miedo.
Tememos cuando las cosas vienen fáciles. Será cuestión de aprender, que si alguien te dice que está enamorado de vos no es así de sencillo. Tu problema es que no entendiste que vas a tener que seguir peleando todos los días para que siga muriéndome por tus palabras, o por tus besos.
Tenemos miedo de jugarnos entero y después descubrir que no, que no lo queríamos. Pero también tenemos miedo de no jugarnos y quedarnos sin saber que hubiera pasado.
De que llueva justo el día de nuestro casamiento, de que no nos casemos nunca.
Y vivimos así, preguntándonos que pasa si no me puedo olvidar de ese amor que me lastimó tanto, si mis amigos me dejan de querer.
Miedo de no ver que somos nosotros mismos los que creamos el miedo, y somos nosotros los únicos capaces de aniquilarlo. De sonreír, de morirnos a carcajadas, de burlarlo.
Y mientras tanto, vamos dejando que la vida nos pasé sin habernos sentido comidos por la vorágine de vivir. Sin saber que hubiese sido de nosotros si, en el momento de decidir, hubiéramos optado por lo poco probable, simplemente para comprobar que era mucho más posible de lo que creíamos. Vivimos sin saber si ganamos, porque tenemos miedo a apostar.
Pasamos sin haber sentido que te pasa por dentro cuando gritás que amas a alguien. Nos perdemos minutos pensando que pasará, maldiciendo lo que pasó (Muchas veces lo que no pasó)
Nos acostamos cada noche sin pensar que puede ser último, sin vivirlo al extremo.
Es simple. Se trata de caminar por la cuerda, no de quedarse estático. Si ya nos subimos a este gran circo, actuemos. Será esa la mejor- y la única- opción.
Y es que sobre todo, ese es nuestro problema. Que somos demasiado racionales para volar sin siquiera imaginárnoslo.
(Aunque tenga miedo de escribirlo en forma personal)
Tememos cuando las cosas vienen fáciles. Será cuestión de aprender, que si alguien te dice que está enamorado de vos no es así de sencillo. Tu problema es que no entendiste que vas a tener que seguir peleando todos los días para que siga muriéndome por tus palabras, o por tus besos.
Tenemos miedo de jugarnos entero y después descubrir que no, que no lo queríamos. Pero también tenemos miedo de no jugarnos y quedarnos sin saber que hubiera pasado.
De que llueva justo el día de nuestro casamiento, de que no nos casemos nunca.
Y vivimos así, preguntándonos que pasa si no me puedo olvidar de ese amor que me lastimó tanto, si mis amigos me dejan de querer.
Miedo de no ver que somos nosotros mismos los que creamos el miedo, y somos nosotros los únicos capaces de aniquilarlo. De sonreír, de morirnos a carcajadas, de burlarlo.
Y mientras tanto, vamos dejando que la vida nos pasé sin habernos sentido comidos por la vorágine de vivir. Sin saber que hubiese sido de nosotros si, en el momento de decidir, hubiéramos optado por lo poco probable, simplemente para comprobar que era mucho más posible de lo que creíamos. Vivimos sin saber si ganamos, porque tenemos miedo a apostar.
Pasamos sin haber sentido que te pasa por dentro cuando gritás que amas a alguien. Nos perdemos minutos pensando que pasará, maldiciendo lo que pasó (Muchas veces lo que no pasó)
Nos acostamos cada noche sin pensar que puede ser último, sin vivirlo al extremo.
Es simple. Se trata de caminar por la cuerda, no de quedarse estático. Si ya nos subimos a este gran circo, actuemos. Será esa la mejor- y la única- opción.
Y es que sobre todo, ese es nuestro problema. Que somos demasiado racionales para volar sin siquiera imaginárnoslo.
(Aunque tenga miedo de escribirlo en forma personal)
viernes, 24 de julio de 2009
Irene indecorosa.
Irene tenía dieciocho años en esa época. Don Artigas le tenía prohibido salir de la casa en horas indecorosas porque qué dirán sus amigos, la gente del banco, los colegas de su madre, y todas esas excusas que sólo le importaban a él. A ella no le quedaba otra que pasarse en su casa tejiendo pulóver, o bufandas para la familia. Cuando no debía estudiar para el curso de verano de Oxford, claro. O eso disimulaba. Porque en cuanto Don Artigas se iba, como todas las tardes, después de las tres, a tomar el té con la abuela Celina, y Estela Rivera estaba ocupada en la radionovela de moda, Irene aprovechaba para escribir.
Escribía de todo. A los 7 años había comenzado un diario intimo, pero sin final. Porque todavía seguía relatando sus costumbres, las anécdotas familiares, los relatos de la llegada del hombre a la luna por radio. Y lo hacía simplemente para que alguien, algún día, pudiera leer sus escritos y supiera como se vivía. Porque a Irene le hubiera encantado ser historiadora. En cierta ocasión, discutió con Don Artigas por la elección de su carrera. Pero él tenía decidido su fin de abogada, y lo único que consiguió fue una bofetada mal dada en el mentón y dos o tres miradas empañadas de su madre desde la cocina.
Después, nunca más se atrevió a faltarle el respeto a Don Artigas, lo hacía por su bien.
El verano se acercaba torturante. Se notaba en las plantas que mamá Celeste tenía abajo del alero, parecían desteñirse cada día un poquito más. Pero a ella no le importaba, porque para esas épocas siempre estaba preocupada en la gran cena de navidad. Siempre le pedía ayuda a Irene para preparar con anticipación el pan dulce.
Se iban de Don Mario, que siempre les vendía las mejores cosas, y se traían, de fiado, las frutas avellantadas, los huevos y el agua de azahar.
A Celeste le gustaba tener una mesa distinta cada año, así que se pasaba todo el año bordando manteles y preparando los platos.
Tanto se preocupaba, que el veinticuatro a la noche todo había salido a la perfección. Excepto porque Celeste se enojó con Don Artigas que había traído a cenar a uno de los chicos con los que trabaja y ella no lo tenía previsto. Un tal Pedro. Irene no pudo escuchar el apellido, pero con Pedro le bastaba.
Pedro tenía la tez trigo, pero a través de los primeros botones de su camisa se vislumbraba la marca que había dejado el sol. Pudo ver una cadenita no sabía de qué. Y ahí terminaba el recorrido.
Sus ojos miel le sentaban perfecto con la camisa blanca que traía puesta. Tanto que Irene quedó como embobada y no se dio cuenta que Juan Cruz le había robado toda la ensalada rusa que se había servido.
Pedro era perfecto. Había conquistado a toda la familia en cuestión de segundos. Parecía tener tacto con los gustos personales, y con cada persona hablaba de un tema diferente. Se pasó la noche hablando de política con Don Artigas, de San Lorenzo con Juan Cruz, e Irene que no le sacaba los ojos de encima. Celeste, en cuanto percibió algo, mandó a Irene a ayudar a Juana, su tía, a lavar los platos. Se hubiera quedado a mirarlo por toda la eternidad, pero no quería recibir un castigo y aceptó al instante ir a ayudar. Tampoco le quedaba otra opción.
Lástima que no volviera a ver más a Pedro. Pero se equivocó, porque la siguiente tarde, él estaba en el despacho con Don Artigas. Hablando de números claro, siempre hablaba de números.
Y también estuvo al siguiente día, al siguiente y también al otro.
Descubrió que Pedro vendría a ser algo así como el nuevo socio de Don Artigas, eso era lo que había dicho Celeste.
- Él va a estar por un tiempo, tienen cosas por resolver. Te pido que no los molestes Irene, están ocupados.
Le había advertido su mamá. Pero cada vez que ambos salían del despacho y se fumaban un cigarrillo en el sillón verde, ella preparaba algunas galletas, o les llevaba un cenicero, o les tejía algo con tal de ir a enseñárselos y pasearse delante de Pedro con su aire refinado. Cuando Don Artigas se iba a buscar el diario o hablar con Celeste, Irene aprovechaba para enseñarle sus muslos debajo de la pollera, o dedicarle una mirada romántica.
A veces Irene creía que Pedro estaba enamorado, pero se desilusionaba tan fácil que nunca llegaba a imaginárselo de otra forma que no fuera con su traje formal, y sus números por doquier.
Una tarde, en la que ella estaba en su cuarto, escribiendo los sucesos más importantes de los últimos tiempos (en los que por supuesto, Pedro era el principal), él entró sin ningún permiso, y se sentó en el suelo- que era donde ella estaba- a su lado.
Lo tenía tan cerca que parecía querer tirársele encima sin previo aviso y arrinconarlo contra el suelo. Pero se le quedó mirando fija a los ojos, preguntándose que haría. Pero no hizo nada, y se levantó al instante para irse tal como había llegado.
Irene ya no sabía que hacer, así que decidió superar sus miedos, y fue ahorrando valentía desde entonces.
Cuando llegó agosto ya no le quedaba otra opción que enfrentarlo. Era eso o que rebalsara de un golpe todo su amor por los poros.
Lo encontró solo, en el despacho de Don Artigas, con unos papeles en una mano, y en la otra un cigarrillo.
Se sentó al lado de él, cruzándose de piernas, porque así exhibía más. Tenía la espalda erguida, para que el busto también le resaltara. Se había puesto un poco de colorete, pero era más para disimular la vergüenza que seguro pasaría, que por hacerse la linda.
Ella sabía bien que su pálida piel le jugaría una mala pasada.
Se fue acercando en silencio, sin despegar los labios, a Pedro. Se pasó la mano por el cuello porque no se animó desde un principió a desabrocharse los primeros botones de la camisa. Pero Pedro seguía inmune. Como si estuviese viendo un comercial que se sabía de memoria. Irene no quería sentirse fracasada, y en su desesperación, tomó la mano de él y la puso justo encima de su pecho. Quiso hacerlo reaccionar (y lo hizo) pero no pensó en que quizás a ella también le agradaría.
Ya no tenía más estrategia. Los ojos miel de Pedro fijos en los suyos. Sorprendido pero no de lo que hacía. Irene pensó que estaba pasmado porque no pensó sentir lo que sintió.
Su mano casi ardiendo contra su pecho. La de ella encima de la de él. Como afirmándola para que no la sacara.
Y de golpe, Pedro la agarró del cuello, sin mucha delicadeza, pero con todas sus ganas. Se frenó unos centímetros de su boca. Quizás para sentirla, para respirarla. O porque se estaba arrepintiendo de fallarle a Don Artigas. De besar a su hija sin siquiera confesarle su amor por ella, o pedirle su mano, o conocerla.
Pero Irene ya no tenía límite y entreabrió los labios que buscaron la humedad de la otra boca. Y entonces quedaron unidos por el calor que emanaban sus cuerpos, y el aliento petrificado que sobrevolaba en el aire.
La mano de él pasó a la cintura, con el único fin de atraerla, de que sus huesos chiquitos chocaran contra él, sin importar estallar. Pero Irene interpuso sus manos entre ambos y Pedro quedó inmóvil. Un poco culpable no sabía bien de qué.
Ella se levantó, tranquila. Acomodándose la blusa y alargando la pollera. Salió del despacho, y al cerrar la puerta pudo verlo todavía sin saber que hacer.
Se rió, porque era cómico como estaba sentado, como si ella siguiera ahí.
Cerró la puerta y la magia desapareció. No, definitivamente no, se iba repitiendo.
No era Pedro a quien se había imaginado tanto tiempo. Lástima que había tardado en darse cuenta.
Escribía de todo. A los 7 años había comenzado un diario intimo, pero sin final. Porque todavía seguía relatando sus costumbres, las anécdotas familiares, los relatos de la llegada del hombre a la luna por radio. Y lo hacía simplemente para que alguien, algún día, pudiera leer sus escritos y supiera como se vivía. Porque a Irene le hubiera encantado ser historiadora. En cierta ocasión, discutió con Don Artigas por la elección de su carrera. Pero él tenía decidido su fin de abogada, y lo único que consiguió fue una bofetada mal dada en el mentón y dos o tres miradas empañadas de su madre desde la cocina.
Después, nunca más se atrevió a faltarle el respeto a Don Artigas, lo hacía por su bien.
El verano se acercaba torturante. Se notaba en las plantas que mamá Celeste tenía abajo del alero, parecían desteñirse cada día un poquito más. Pero a ella no le importaba, porque para esas épocas siempre estaba preocupada en la gran cena de navidad. Siempre le pedía ayuda a Irene para preparar con anticipación el pan dulce.
Se iban de Don Mario, que siempre les vendía las mejores cosas, y se traían, de fiado, las frutas avellantadas, los huevos y el agua de azahar.
A Celeste le gustaba tener una mesa distinta cada año, así que se pasaba todo el año bordando manteles y preparando los platos.
Tanto se preocupaba, que el veinticuatro a la noche todo había salido a la perfección. Excepto porque Celeste se enojó con Don Artigas que había traído a cenar a uno de los chicos con los que trabaja y ella no lo tenía previsto. Un tal Pedro. Irene no pudo escuchar el apellido, pero con Pedro le bastaba.
Pedro tenía la tez trigo, pero a través de los primeros botones de su camisa se vislumbraba la marca que había dejado el sol. Pudo ver una cadenita no sabía de qué. Y ahí terminaba el recorrido.
Sus ojos miel le sentaban perfecto con la camisa blanca que traía puesta. Tanto que Irene quedó como embobada y no se dio cuenta que Juan Cruz le había robado toda la ensalada rusa que se había servido.
Pedro era perfecto. Había conquistado a toda la familia en cuestión de segundos. Parecía tener tacto con los gustos personales, y con cada persona hablaba de un tema diferente. Se pasó la noche hablando de política con Don Artigas, de San Lorenzo con Juan Cruz, e Irene que no le sacaba los ojos de encima. Celeste, en cuanto percibió algo, mandó a Irene a ayudar a Juana, su tía, a lavar los platos. Se hubiera quedado a mirarlo por toda la eternidad, pero no quería recibir un castigo y aceptó al instante ir a ayudar. Tampoco le quedaba otra opción.
Lástima que no volviera a ver más a Pedro. Pero se equivocó, porque la siguiente tarde, él estaba en el despacho con Don Artigas. Hablando de números claro, siempre hablaba de números.
Y también estuvo al siguiente día, al siguiente y también al otro.
Descubrió que Pedro vendría a ser algo así como el nuevo socio de Don Artigas, eso era lo que había dicho Celeste.
- Él va a estar por un tiempo, tienen cosas por resolver. Te pido que no los molestes Irene, están ocupados.
Le había advertido su mamá. Pero cada vez que ambos salían del despacho y se fumaban un cigarrillo en el sillón verde, ella preparaba algunas galletas, o les llevaba un cenicero, o les tejía algo con tal de ir a enseñárselos y pasearse delante de Pedro con su aire refinado. Cuando Don Artigas se iba a buscar el diario o hablar con Celeste, Irene aprovechaba para enseñarle sus muslos debajo de la pollera, o dedicarle una mirada romántica.
A veces Irene creía que Pedro estaba enamorado, pero se desilusionaba tan fácil que nunca llegaba a imaginárselo de otra forma que no fuera con su traje formal, y sus números por doquier.
Una tarde, en la que ella estaba en su cuarto, escribiendo los sucesos más importantes de los últimos tiempos (en los que por supuesto, Pedro era el principal), él entró sin ningún permiso, y se sentó en el suelo- que era donde ella estaba- a su lado.
Lo tenía tan cerca que parecía querer tirársele encima sin previo aviso y arrinconarlo contra el suelo. Pero se le quedó mirando fija a los ojos, preguntándose que haría. Pero no hizo nada, y se levantó al instante para irse tal como había llegado.
Irene ya no sabía que hacer, así que decidió superar sus miedos, y fue ahorrando valentía desde entonces.
Cuando llegó agosto ya no le quedaba otra opción que enfrentarlo. Era eso o que rebalsara de un golpe todo su amor por los poros.
Lo encontró solo, en el despacho de Don Artigas, con unos papeles en una mano, y en la otra un cigarrillo.
Se sentó al lado de él, cruzándose de piernas, porque así exhibía más. Tenía la espalda erguida, para que el busto también le resaltara. Se había puesto un poco de colorete, pero era más para disimular la vergüenza que seguro pasaría, que por hacerse la linda.
Ella sabía bien que su pálida piel le jugaría una mala pasada.
Se fue acercando en silencio, sin despegar los labios, a Pedro. Se pasó la mano por el cuello porque no se animó desde un principió a desabrocharse los primeros botones de la camisa. Pero Pedro seguía inmune. Como si estuviese viendo un comercial que se sabía de memoria. Irene no quería sentirse fracasada, y en su desesperación, tomó la mano de él y la puso justo encima de su pecho. Quiso hacerlo reaccionar (y lo hizo) pero no pensó en que quizás a ella también le agradaría.
Ya no tenía más estrategia. Los ojos miel de Pedro fijos en los suyos. Sorprendido pero no de lo que hacía. Irene pensó que estaba pasmado porque no pensó sentir lo que sintió.
Su mano casi ardiendo contra su pecho. La de ella encima de la de él. Como afirmándola para que no la sacara.
Y de golpe, Pedro la agarró del cuello, sin mucha delicadeza, pero con todas sus ganas. Se frenó unos centímetros de su boca. Quizás para sentirla, para respirarla. O porque se estaba arrepintiendo de fallarle a Don Artigas. De besar a su hija sin siquiera confesarle su amor por ella, o pedirle su mano, o conocerla.
Pero Irene ya no tenía límite y entreabrió los labios que buscaron la humedad de la otra boca. Y entonces quedaron unidos por el calor que emanaban sus cuerpos, y el aliento petrificado que sobrevolaba en el aire.
La mano de él pasó a la cintura, con el único fin de atraerla, de que sus huesos chiquitos chocaran contra él, sin importar estallar. Pero Irene interpuso sus manos entre ambos y Pedro quedó inmóvil. Un poco culpable no sabía bien de qué.
Ella se levantó, tranquila. Acomodándose la blusa y alargando la pollera. Salió del despacho, y al cerrar la puerta pudo verlo todavía sin saber que hacer.
Se rió, porque era cómico como estaba sentado, como si ella siguiera ahí.
Cerró la puerta y la magia desapareció. No, definitivamente no, se iba repitiendo.
No era Pedro a quien se había imaginado tanto tiempo. Lástima que había tardado en darse cuenta.
lunes, 20 de julio de 2009
Mis amigas.
He tenido mucha suerte en la vida.
Fui encontrando amigos en todos los momentos que pasé. Amigos, que todavía sigo queriendo con la misma intensidad aunque quizás no vea.
Amigos en los primos que me dieron su amistad desde que nací.
Entre las rutinarias horas del colegio. Amigas que todavía siguen aguantando mis manías, y que comparten mis secretos.
En mis papás que ganaron mi confianza y que sé que harían hasta lo inalcanzable por mi.
En gente que no conocí tan bien, pero que considero indispensables.
Encontré una gran amiga en mi hermana, que no elegí, pero que tuve la suerte de poder tenerla, además de muchas otras cosas, como amiga.
En los amigos que confundí y que a veces lastime, y que sin embargo siguen tocándome el timbre de mi casa o llamándome por teléfono.
En gente mucho más grande que yo y que solían ser amigos de mis papás.
En un hermosísimo grupo que además de bailar salsa conmigo, me brindo todo su apoyo y su alegría.
En dos personitas que me ayudaron durante todo el cbc y no solo en las materias.
En mis primitos más chiquitos, que me dan su veredicto en silencio, y que me hacen más enorme con sus abrazos.
Encontré amigos incluso en los que ahora se convirtieron en mis enemigos, y que me enseñaron que no todo es tan bueno como parece.
Aprendí a encontrar una amiga en mí, que a veces se pone de mi lado y me defiende de mí misma.
Tengo amigos de la infancia que no veo hace un buen rato, pero que ayer me saludaron a las doce en punto, con la misma confianza que hubieran tenido si me hubiesen seguido viendo.
Pero sobre todos ellos, tengo a cuatro personas que luchan cada día para que la vida no nos pase por encima y nos dejemos de hablar como suele suceder.
Cuatro amigas, que sin importar qué tengan que hacer, siempre están dispuestas a compartir unos mates.
Amigas que me dan su opinión sin delimitarme a hacer lo que ellas dicen. Que me plantean diferentes problemas y me dan diferentes soluciones.
Cuatro personas que me conocen como nadie, y que me aceptan así, con mis miles de errores.
Cuatro amigas, que son siempre las que necesito que sean: ellas mismas.
Fui encontrando amigos en todos los momentos que pasé. Amigos, que todavía sigo queriendo con la misma intensidad aunque quizás no vea.
Amigos en los primos que me dieron su amistad desde que nací.
Entre las rutinarias horas del colegio. Amigas que todavía siguen aguantando mis manías, y que comparten mis secretos.
En mis papás que ganaron mi confianza y que sé que harían hasta lo inalcanzable por mi.
En gente que no conocí tan bien, pero que considero indispensables.
Encontré una gran amiga en mi hermana, que no elegí, pero que tuve la suerte de poder tenerla, además de muchas otras cosas, como amiga.
En los amigos que confundí y que a veces lastime, y que sin embargo siguen tocándome el timbre de mi casa o llamándome por teléfono.
En gente mucho más grande que yo y que solían ser amigos de mis papás.
En un hermosísimo grupo que además de bailar salsa conmigo, me brindo todo su apoyo y su alegría.
En dos personitas que me ayudaron durante todo el cbc y no solo en las materias.
En mis primitos más chiquitos, que me dan su veredicto en silencio, y que me hacen más enorme con sus abrazos.
Encontré amigos incluso en los que ahora se convirtieron en mis enemigos, y que me enseñaron que no todo es tan bueno como parece.
Aprendí a encontrar una amiga en mí, que a veces se pone de mi lado y me defiende de mí misma.
Tengo amigos de la infancia que no veo hace un buen rato, pero que ayer me saludaron a las doce en punto, con la misma confianza que hubieran tenido si me hubiesen seguido viendo.
Pero sobre todos ellos, tengo a cuatro personas que luchan cada día para que la vida no nos pase por encima y nos dejemos de hablar como suele suceder.
Cuatro amigas, que sin importar qué tengan que hacer, siempre están dispuestas a compartir unos mates.
Amigas que me dan su opinión sin delimitarme a hacer lo que ellas dicen. Que me plantean diferentes problemas y me dan diferentes soluciones.
Cuatro personas que me conocen como nadie, y que me aceptan así, con mis miles de errores.
Cuatro amigas, que son siempre las que necesito que sean: ellas mismas.
domingo, 12 de julio de 2009
Declaración.
Esta bien morirse de vez en cuando. Siempre y cuando tenga un buen motivo y valga la pena.
Morirse por lo que te dicen. Y no es que desvalorice las palabras, pero no son ellas las que te empujan a lo mejor.
Porque morir es volver a nacer otra vez. Es darte todo, sin que importe quedarme vacía.
Es comprensible. Darte todo es salvarme a mi misma. De los miedos que no me dejan decirte que me rogué infinitas veces no hacerlo, no quererte. De estos días que se acumulan, esperando morirme, pero morirme en un rinconcito de tu cuerpo. Morirme con tus brazos rodeándome.
Si pudiera al menos llenarme de vos hasta morir, como vengo diciendo, sería imposible después volver a ser tan feliz.
No te imaginas cuánto más allá de tu imaginación va lo que siento. Ni siquiera supones todo que todo esto que escribo tiene tu nombre codificado. Y vengo muriéndome cada día. Me muero de ganas de gritártelo. De decirte que sí, que me muero por entrar en tu mundo, en tus sueños, en vos.
Y me muero de pánico también. De que no sientas nada por mí. Aunque creo que le tengo más miedo a que te pase lo mismo.
Incluso vos me matas, pero tan sutilmente que ni te das cuenta. Pero no está mal. Si me dejaras, moriría todos los días.
Hasta creo que vivo para encontrarme con tu voz en mis recuerdos, tus fotos con tu gente.
Esta bien morirse de vez en cuando. Por lo menos en eso mis actos coinciden con mis pensamientos.
Porque ya me es inevitable morirme cada vez que te veo. Cada vez que la luna me recuerda que te necesito. Cuando el tiempo me esclaviza esperándote. Morirme en los instantes en que nada me consuela más que tus palabras. En las ganas diarias de gritarte que no vivo si no te escucho.
Me es inevitable no decirte que me enamoro un poco más cada vez que tenemos una de nuestras conversaciones. Se me está haciendo imposible no jurarte que me muero de amor por vos.
Morirse por lo que te dicen. Y no es que desvalorice las palabras, pero no son ellas las que te empujan a lo mejor.
Porque morir es volver a nacer otra vez. Es darte todo, sin que importe quedarme vacía.
Es comprensible. Darte todo es salvarme a mi misma. De los miedos que no me dejan decirte que me rogué infinitas veces no hacerlo, no quererte. De estos días que se acumulan, esperando morirme, pero morirme en un rinconcito de tu cuerpo. Morirme con tus brazos rodeándome.
Si pudiera al menos llenarme de vos hasta morir, como vengo diciendo, sería imposible después volver a ser tan feliz.
No te imaginas cuánto más allá de tu imaginación va lo que siento. Ni siquiera supones todo que todo esto que escribo tiene tu nombre codificado. Y vengo muriéndome cada día. Me muero de ganas de gritártelo. De decirte que sí, que me muero por entrar en tu mundo, en tus sueños, en vos.
Y me muero de pánico también. De que no sientas nada por mí. Aunque creo que le tengo más miedo a que te pase lo mismo.
Incluso vos me matas, pero tan sutilmente que ni te das cuenta. Pero no está mal. Si me dejaras, moriría todos los días.
Hasta creo que vivo para encontrarme con tu voz en mis recuerdos, tus fotos con tu gente.
Esta bien morirse de vez en cuando. Por lo menos en eso mis actos coinciden con mis pensamientos.
Porque ya me es inevitable morirme cada vez que te veo. Cada vez que la luna me recuerda que te necesito. Cuando el tiempo me esclaviza esperándote. Morirme en los instantes en que nada me consuela más que tus palabras. En las ganas diarias de gritarte que no vivo si no te escucho.
Me es inevitable no decirte que me enamoro un poco más cada vez que tenemos una de nuestras conversaciones. Se me está haciendo imposible no jurarte que me muero de amor por vos.
lunes, 6 de julio de 2009
Los inquilinos.
Creo que ya están dormidos, porque no los escucho. O puede que yo esté muy lejos. O también que sea de noche. Aunque no sé bien como son sus días-
Los he escuchado a estas horas en otros momentos, así que supondré o bien que no descansan en horas establecidas, o que su calendario difiere del nuestro.
Pero esta tarde… ¡Cómo trabajaban esta tarde! Los podía, incluso, sentir.
Lentos, porque así son ellos. Con un ritmo programado. Tic, tic, tic.
Y así todo el tiempo. No sé cuantos son, pero no deben ser mucho. Para poder trabajar con esa sincronía no deben ser muchos.
Al principio, la primera vez que los escuché, solamente distinguía uno.
En ese momento creí que estaba solo, pero que sé yo… puede que los demás estuvieran callados. Es que el violín que tocaba sonaba bien. A principiante, a notas buscadas y casi forzadas, pero bien.
Por eso justamente estuvieran en silencio, expectantes. Quizás para ellos (como para mi) aprender sea un culto, un proceso mágico.
Yo sé que Norita no me cree. Pero es que ella nunca los escuchó. Encima tiene un justificativo para todo. Que tal sonido puede ser un caño roto, que tal otro el vecino. ¡Pobre Norita! Es buena conmigo, siempre lo fue. Pero no puede escucharlos.
Igual, es un problema de ella. Yo estoy contenta, porque hace menos de un mes que los inquilinos se mudaron a las paredes de mi cuarto. Y estoy segura que escucharlos me va a llenar el alma.
No sé que construyen, pero a veces huele a torta de chocolate con copitos de crema chantilly. Y ahí es justo cuando me agarra el hambre.
Y pasan todo el día preparando esa gran torta, porque debe ser grande (En realidad es que ellos son pequeños) para que cuando llegue la noche celebren que pasaron otro día juntos.
Los admiro por eso. Porque cuando pasa un cierto tiempo comienza la fiesta, y todos cantan una canción alegre. Y supongo que comerán lo que estuvieron preparando todo el día, no creo que se esfuercen en vano. Además ellos también deben tener hambre.
Los admiro también por estar juntos. Ahora me doy cuenta que diferente es su mundo. Y cuando la música pasa, se acaba, las paredes se humedecen. Creo que lloran, pero de emoción. Lloran en silencio.
Los admiro, y lo digo otra vez. Por todo eso, y por la torta que debe ser un primer premio en el concurso de pastelería.
Pero ya no los escuchó, porque puede que yo esté muy lejos. O quizás estén dormidos.
Los he escuchado a estas horas en otros momentos, así que supondré o bien que no descansan en horas establecidas, o que su calendario difiere del nuestro.
Pero esta tarde… ¡Cómo trabajaban esta tarde! Los podía, incluso, sentir.
Lentos, porque así son ellos. Con un ritmo programado. Tic, tic, tic.
Y así todo el tiempo. No sé cuantos son, pero no deben ser mucho. Para poder trabajar con esa sincronía no deben ser muchos.
Al principio, la primera vez que los escuché, solamente distinguía uno.
En ese momento creí que estaba solo, pero que sé yo… puede que los demás estuvieran callados. Es que el violín que tocaba sonaba bien. A principiante, a notas buscadas y casi forzadas, pero bien.
Por eso justamente estuvieran en silencio, expectantes. Quizás para ellos (como para mi) aprender sea un culto, un proceso mágico.
Yo sé que Norita no me cree. Pero es que ella nunca los escuchó. Encima tiene un justificativo para todo. Que tal sonido puede ser un caño roto, que tal otro el vecino. ¡Pobre Norita! Es buena conmigo, siempre lo fue. Pero no puede escucharlos.
Igual, es un problema de ella. Yo estoy contenta, porque hace menos de un mes que los inquilinos se mudaron a las paredes de mi cuarto. Y estoy segura que escucharlos me va a llenar el alma.
No sé que construyen, pero a veces huele a torta de chocolate con copitos de crema chantilly. Y ahí es justo cuando me agarra el hambre.
Y pasan todo el día preparando esa gran torta, porque debe ser grande (En realidad es que ellos son pequeños) para que cuando llegue la noche celebren que pasaron otro día juntos.
Los admiro por eso. Porque cuando pasa un cierto tiempo comienza la fiesta, y todos cantan una canción alegre. Y supongo que comerán lo que estuvieron preparando todo el día, no creo que se esfuercen en vano. Además ellos también deben tener hambre.
Los admiro también por estar juntos. Ahora me doy cuenta que diferente es su mundo. Y cuando la música pasa, se acaba, las paredes se humedecen. Creo que lloran, pero de emoción. Lloran en silencio.
Los admiro, y lo digo otra vez. Por todo eso, y por la torta que debe ser un primer premio en el concurso de pastelería.
Pero ya no los escuchó, porque puede que yo esté muy lejos. O quizás estén dormidos.
domingo, 5 de julio de 2009
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Es la eterna lucha entre disfrutar los retorcijones o vomitar las mariposas en la panza.
¿No es suficiente tiempo para dejarme con esa intriga?
Necesito que lo decidas, porque la magia no es eterna.-
¿No es suficiente tiempo para dejarme con esa intriga?
Necesito que lo decidas, porque la magia no es eterna.-
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