Irene tenía dieciocho años en esa época. Don Artigas le tenía prohibido salir de la casa en horas indecorosas porque qué dirán sus amigos, la gente del banco, los colegas de su madre, y todas esas excusas que sólo le importaban a él. A ella no le quedaba otra que pasarse en su casa tejiendo pulóver, o bufandas para la familia. Cuando no debía estudiar para el curso de verano de Oxford, claro. O eso disimulaba. Porque en cuanto Don Artigas se iba, como todas las tardes, después de las tres, a tomar el té con la abuela Celina, y Estela Rivera estaba ocupada en la radionovela de moda, Irene aprovechaba para escribir.
Escribía de todo. A los 7 años había comenzado un diario intimo, pero sin final. Porque todavía seguía relatando sus costumbres, las anécdotas familiares, los relatos de la llegada del hombre a la luna por radio. Y lo hacía simplemente para que alguien, algún día, pudiera leer sus escritos y supiera como se vivía. Porque a Irene le hubiera encantado ser historiadora. En cierta ocasión, discutió con Don Artigas por la elección de su carrera. Pero él tenía decidido su fin de abogada, y lo único que consiguió fue una bofetada mal dada en el mentón y dos o tres miradas empañadas de su madre desde la cocina.
Después, nunca más se atrevió a faltarle el respeto a Don Artigas, lo hacía por su bien.
El verano se acercaba torturante. Se notaba en las plantas que mamá Celeste tenía abajo del alero, parecían desteñirse cada día un poquito más. Pero a ella no le importaba, porque para esas épocas siempre estaba preocupada en la gran cena de navidad. Siempre le pedía ayuda a Irene para preparar con anticipación el pan dulce.
Se iban de Don Mario, que siempre les vendía las mejores cosas, y se traían, de fiado, las frutas avellantadas, los huevos y el agua de azahar.
A Celeste le gustaba tener una mesa distinta cada año, así que se pasaba todo el año bordando manteles y preparando los platos.
Tanto se preocupaba, que el veinticuatro a la noche todo había salido a la perfección. Excepto porque Celeste se enojó con Don Artigas que había traído a cenar a uno de los chicos con los que trabaja y ella no lo tenía previsto. Un tal Pedro. Irene no pudo escuchar el apellido, pero con Pedro le bastaba.
Pedro tenía la tez trigo, pero a través de los primeros botones de su camisa se vislumbraba la marca que había dejado el sol. Pudo ver una cadenita no sabía de qué. Y ahí terminaba el recorrido.
Sus ojos miel le sentaban perfecto con la camisa blanca que traía puesta. Tanto que Irene quedó como embobada y no se dio cuenta que Juan Cruz le había robado toda la ensalada rusa que se había servido.
Pedro era perfecto. Había conquistado a toda la familia en cuestión de segundos. Parecía tener tacto con los gustos personales, y con cada persona hablaba de un tema diferente. Se pasó la noche hablando de política con Don Artigas, de San Lorenzo con Juan Cruz, e Irene que no le sacaba los ojos de encima. Celeste, en cuanto percibió algo, mandó a Irene a ayudar a Juana, su tía, a lavar los platos. Se hubiera quedado a mirarlo por toda la eternidad, pero no quería recibir un castigo y aceptó al instante ir a ayudar. Tampoco le quedaba otra opción.
Lástima que no volviera a ver más a Pedro. Pero se equivocó, porque la siguiente tarde, él estaba en el despacho con Don Artigas. Hablando de números claro, siempre hablaba de números.
Y también estuvo al siguiente día, al siguiente y también al otro.
Descubrió que Pedro vendría a ser algo así como el nuevo socio de Don Artigas, eso era lo que había dicho Celeste.
- Él va a estar por un tiempo, tienen cosas por resolver. Te pido que no los molestes Irene, están ocupados.
Le había advertido su mamá. Pero cada vez que ambos salían del despacho y se fumaban un cigarrillo en el sillón verde, ella preparaba algunas galletas, o les llevaba un cenicero, o les tejía algo con tal de ir a enseñárselos y pasearse delante de Pedro con su aire refinado. Cuando Don Artigas se iba a buscar el diario o hablar con Celeste, Irene aprovechaba para enseñarle sus muslos debajo de la pollera, o dedicarle una mirada romántica.
A veces Irene creía que Pedro estaba enamorado, pero se desilusionaba tan fácil que nunca llegaba a imaginárselo de otra forma que no fuera con su traje formal, y sus números por doquier.
Una tarde, en la que ella estaba en su cuarto, escribiendo los sucesos más importantes de los últimos tiempos (en los que por supuesto, Pedro era el principal), él entró sin ningún permiso, y se sentó en el suelo- que era donde ella estaba- a su lado.
Lo tenía tan cerca que parecía querer tirársele encima sin previo aviso y arrinconarlo contra el suelo. Pero se le quedó mirando fija a los ojos, preguntándose que haría. Pero no hizo nada, y se levantó al instante para irse tal como había llegado.
Irene ya no sabía que hacer, así que decidió superar sus miedos, y fue ahorrando valentía desde entonces.
Cuando llegó agosto ya no le quedaba otra opción que enfrentarlo. Era eso o que rebalsara de un golpe todo su amor por los poros.
Lo encontró solo, en el despacho de Don Artigas, con unos papeles en una mano, y en la otra un cigarrillo.
Se sentó al lado de él, cruzándose de piernas, porque así exhibía más. Tenía la espalda erguida, para que el busto también le resaltara. Se había puesto un poco de colorete, pero era más para disimular la vergüenza que seguro pasaría, que por hacerse la linda.
Ella sabía bien que su pálida piel le jugaría una mala pasada.
Se fue acercando en silencio, sin despegar los labios, a Pedro. Se pasó la mano por el cuello porque no se animó desde un principió a desabrocharse los primeros botones de la camisa. Pero Pedro seguía inmune. Como si estuviese viendo un comercial que se sabía de memoria. Irene no quería sentirse fracasada, y en su desesperación, tomó la mano de él y la puso justo encima de su pecho. Quiso hacerlo reaccionar (y lo hizo) pero no pensó en que quizás a ella también le agradaría.
Ya no tenía más estrategia. Los ojos miel de Pedro fijos en los suyos. Sorprendido pero no de lo que hacía. Irene pensó que estaba pasmado porque no pensó sentir lo que sintió.
Su mano casi ardiendo contra su pecho. La de ella encima de la de él. Como afirmándola para que no la sacara.
Y de golpe, Pedro la agarró del cuello, sin mucha delicadeza, pero con todas sus ganas. Se frenó unos centímetros de su boca. Quizás para sentirla, para respirarla. O porque se estaba arrepintiendo de fallarle a Don Artigas. De besar a su hija sin siquiera confesarle su amor por ella, o pedirle su mano, o conocerla.
Pero Irene ya no tenía límite y entreabrió los labios que buscaron la humedad de la otra boca. Y entonces quedaron unidos por el calor que emanaban sus cuerpos, y el aliento petrificado que sobrevolaba en el aire.
La mano de él pasó a la cintura, con el único fin de atraerla, de que sus huesos chiquitos chocaran contra él, sin importar estallar. Pero Irene interpuso sus manos entre ambos y Pedro quedó inmóvil. Un poco culpable no sabía bien de qué.
Ella se levantó, tranquila. Acomodándose la blusa y alargando la pollera. Salió del despacho, y al cerrar la puerta pudo verlo todavía sin saber que hacer.
Se rió, porque era cómico como estaba sentado, como si ella siguiera ahí.
Cerró la puerta y la magia desapareció. No, definitivamente no, se iba repitiendo.
No era Pedro a quien se había imaginado tanto tiempo. Lástima que había tardado en darse cuenta.
viernes, 24 de julio de 2009
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Increible cuento...el final me atrapó mal...quería saber a cada minuto que iba a suceder!
ResponderEliminarY pobre Pedro...feo lo que le hizo Irene...jajaja
Besos Lu...
Hablamos:)