Creo que ya están dormidos, porque no los escucho. O puede que yo esté muy lejos. O también que sea de noche. Aunque no sé bien como son sus días-
Los he escuchado a estas horas en otros momentos, así que supondré o bien que no descansan en horas establecidas, o que su calendario difiere del nuestro.
Pero esta tarde… ¡Cómo trabajaban esta tarde! Los podía, incluso, sentir.
Lentos, porque así son ellos. Con un ritmo programado. Tic, tic, tic.
Y así todo el tiempo. No sé cuantos son, pero no deben ser mucho. Para poder trabajar con esa sincronía no deben ser muchos.
Al principio, la primera vez que los escuché, solamente distinguía uno.
En ese momento creí que estaba solo, pero que sé yo… puede que los demás estuvieran callados. Es que el violín que tocaba sonaba bien. A principiante, a notas buscadas y casi forzadas, pero bien.
Por eso justamente estuvieran en silencio, expectantes. Quizás para ellos (como para mi) aprender sea un culto, un proceso mágico.
Yo sé que Norita no me cree. Pero es que ella nunca los escuchó. Encima tiene un justificativo para todo. Que tal sonido puede ser un caño roto, que tal otro el vecino. ¡Pobre Norita! Es buena conmigo, siempre lo fue. Pero no puede escucharlos.
Igual, es un problema de ella. Yo estoy contenta, porque hace menos de un mes que los inquilinos se mudaron a las paredes de mi cuarto. Y estoy segura que escucharlos me va a llenar el alma.
No sé que construyen, pero a veces huele a torta de chocolate con copitos de crema chantilly. Y ahí es justo cuando me agarra el hambre.
Y pasan todo el día preparando esa gran torta, porque debe ser grande (En realidad es que ellos son pequeños) para que cuando llegue la noche celebren que pasaron otro día juntos.
Los admiro por eso. Porque cuando pasa un cierto tiempo comienza la fiesta, y todos cantan una canción alegre. Y supongo que comerán lo que estuvieron preparando todo el día, no creo que se esfuercen en vano. Además ellos también deben tener hambre.
Los admiro también por estar juntos. Ahora me doy cuenta que diferente es su mundo. Y cuando la música pasa, se acaba, las paredes se humedecen. Creo que lloran, pero de emoción. Lloran en silencio.
Los admiro, y lo digo otra vez. Por todo eso, y por la torta que debe ser un primer premio en el concurso de pastelería.
Pero ya no los escuchó, porque puede que yo esté muy lejos. O quizás estén dormidos.
lunes, 6 de julio de 2009
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
Hace bastante leí este cuento, pero decidí prender la maquina para firmarte.
ResponderEliminarQuizás las ganas de leer algún cuento nuevo tuyo, que como siempre me invitan a la reflexión, me hizo apretar el botón de encendido de la pc.
Leer tus cuentos, para mí, es como vos bien dijiste: un culto, un proceso mágico de aprendizaje.
Estaría bueno que te pongas el papel de maestra, de sabio, de alguien que tiene algo para contar y para enseñar. El que enseña sabe que lo que adoctrina es valioso. Y tus cuentos son valiosos. Por lo menos para mi, lo repito.
Me gustó mucho la admiración del personaje por esos músicos pasteleros que tiene por vecinos. Que lástima que dejó de oir ese violín principiante y adictivo.
Uno siempre tiene alguien a quien admirar, está perfecto, es como una meta a alcanzar, que te motiva y te hace tirar hacia adelante.
Grandes hombres y mujeres, con grandes espaldas que seguir.
Besos Lu.
Como siempre. Tu cuentos es...magnífico.
Nico