Me gustás. Y te lo dije en los cuentos con esperanzas, y te lo digo ahora que mi autoestima sacó un pasaje y no me dijo a donde la desgraciada.
Me gustás hasta el punto de exiliarte de la realidad para secuestrarte en mis sueños. Hasta el punto de soportar verte tan lejos. Hasta tolerar esta relación hostil, que me gusta.
Pero, resumiendo, lo importante es eso, que me gustás. No importa cuánto, porque quizás sea un poco más de lo que digo. Creo que a estas alturas, tampoco importe decirlo. Es que ahora todo parece tan poco, que no sé… Hablamos tanto sobre esto y a la vez no hablamos nada.
Igual me gustás. Pero ese no es el punto. Lo que quiero decir es que también me dolés.
Me dolés en los besos que arden en los labios y que se convierten en aire, y después en respiración. Esa misma que más tarde seguro me sacás.
En los pocos besos que sí te dí, y que sembraron bombas de deseo de volver a tenerlos y de adicción. Bombas que están al borde de explotar.
Me dolés en las promesas que no te dije pero que intento cumplirlas.
En los océanos que nos separan y que no cruzamos porque puede que no sepamos nadar, o porque tenemos miedo, o porque no queremos.
En la imaginación, que me sacude justo cuando te ilusiono mío.
Me dolés tan profundo que ya no sé si esto es realmente bueno.
Y siempre sos la sensación de querer terminar estas cartas, pero siempre vuelven a empezar. Siempre están las teclas incitándome a decírtelo, siempre mis manos que te tocan con palabras. Decirte en codificado que me dolés, que sé que no querés eso, que tanta contradicción, tantos sí, que no tienen gusto a convicción.
Y todo esto, que empecé como un juego, hoy se hace laberinto. Pero estoy tan mareada que ya no sé a donde disparar. Y no sé nada, nunca lo supe.
No sé bien como quiero que tomes esta carta. Quizás yo esté escribiendo el punto. Decidirás vos transformarlo en un punto final, o en uno de partida.
Creo que ahora tenés dos opciones: la opción uno sería leer tu nombre en el remitente, como habrás hecho tantas otras veces, y dejar los miedos, y poner la pieza, que quizás vos tengas y que le falta a mi rompecabezas en su lugar.
O también podrías ignorar (Y esta es la segunda opción) Ignorar esta carta, leerla como un cuento. Y que yo fracase otra vez. Que queden mis ideas en mí, sin habértelas regalado.
Ojalá elijas la primera opción.
Mientras tanto, yo voy a seguir esperando, doliendo, queriendo. Esperando que algo cambie para que deje de doler, para quererte más.
Esperando, sabiendo bien que podría hacer yo misma. Frenar esta rueda que gira y que gira y no para, y que está siempre en el mismo lugar. Pero también a vos te corresponde escribir la mitad de esta carta. (O en nuestro lenguaje, a vos también te toca ser la pieza del rompecabezas que soy)
Ojalá elijas la primera opción. Pero siempre ojalá, y duele. Como vos me duele…
domingo, 30 de agosto de 2009
miércoles, 26 de agosto de 2009
Cuando uno no sabe decir lo que el otro ya escucho tantas veces.
-Feliz 16 de junio
-¿Por qué feliz 16 de junio? ¿Que conmemoramos?
-Nada, pero hay que celebrar todos los días, ¿no te parece?
Era de noche, y me lo dijo. Despiadadamente, sin suponer que me dolería, pero de esos dolores que te dan felicidad.
Tenía razón. Para mí ella siempre la tenía, pero ¿Qué gracia tenía decirle todo el tiempo lo que pensaba?
Si al final, nosotras éramos eso: un par de gritos, largos silencios, después un llanto, después un abrazo torpe, después otra vez rutina.
Y ella, con esa frase: Feliz dieciséis de junio. Y ahora dieciséis de junio sonaba a alegría. A su voz en coro con la mía en algún tema lejano. Sonaba a pasto recién cortado, o las hojas muertas del otoño.
Y aunque parece triste, no lo es. Todo eso para nosotras era la felicidad. Hoy ya no sé lo que será. Quizás lo descubra cuando crezca.
Puede que hoy nuestra felicidad sea esa: un poco de chistes después de los gritos. La pelea y el humor. Y las incoherencias diarias que nos sacan la risa fácil. O los celos que tenemos.
Ella es eso. Un feliz dieciséis de junio encastrado en la comisura de los labios, que siempre tienen alguna frase alegre (Y de vez en cuando su punto de vista tan metódico). Es un comentario oportuno, de esos que siempre dicen la verdad. Ella son los gritos irritables de cada día, los sollozos que esconde, los millares de secretos que no reparte. Es eso, siempre fue eso. Un teatro deambulando por las calles de Avellaneda, impregnando sus metros de mechones negros en la memoria de todos.
Una insoportable adicción. La necesidad de tenerla siempre así, queriéndose de menos y riéndose de más.
Es el ardor y la adición que te deja una droga habitando en tu garganta. La paz de sus quejas constantes taladrándome los oídos.
Ella es las ganas de llegar al borde del precipicio sin miedo, más mis ganas de agarrarla de la mano y llevarla a que vuele. Es el fracaso de ambas, y la gloria de ambas.
Es creerla conocer, y también ese efecto sorpresa que tiene casi todos los días. Su juego autocrático de llevarnos a donde ella quiere (Más bien somos nosotros que nos dejamos llevar)
Y ¿Para qué seguir hablando de ella si de todas formas no lo va a creer (al menos hoy)?
Entonces diré que tiene razón. Y que debo reconocer que plagié su forma de pensar, y que, en consecuencia, mis cuentos deberían llevar su firma. Si todas esas ideas que intenté expresar de una forma barata y sin sentido, se resumen en eso: Feliz dieciséis de junio. Y es que hay festejar todos los días, porque así es la vida, porque no hay mejor forma que transcurrirla así, porque cuando la tenés a ella que a veces se deja acariciar el alma, y a veces huye de ella misma, no hay otra opción.
Es levantarse, ver el calendario, y repetirme de nuevo: feliz nuevo día.
Quizás tampoco sea suficiente disculparme solamente por esto. Es que uno a veces tiene que pedir perdón por tantas cosas que ni vale la pena. Lo peor es que ahora suena a querer reparar algo que rompí, pero como los glóbulos rojos son indestructibles, mucho más fácil sería un florero o un cenicero, no sé. Diría que tengo más tiempo para decirte todo esto que para quedar libre de culpa y cargo.
Y como ya hablar de vos no tiene sentido, y ese feliz dieciséis de junio es reiterativo, me queda afirmarte esto- que sabés de sobra y considerás tan habitualmente que hastía- Me queda decirte que así somos nosotras: la lógica de los opuestos que se atraen. Que así es nuestra vida, llena de ruidos, porque vivimos. Porque el silencio no nos gusta (A vos te gusta menos que a mí) Somos la frase con la que nos excusamos ante la otra mujer que nos compone: ¿Qué hermanos no se pelean? Y es que eso nos convierte en una hermandad. Y por eso no tengo que disculparme. No debería.
Y entonces llega este punto, en que habiéndolo dicho todo, no queda nada que pueda agregar. O más bien sí, pero tiene gusto a pesadez, a habértelo dicho tantas veces que tengo miedo de aniquilarte las ganas de escucharlo, mis ganas de escribirlo. Entonces, ahora es silencio. El silencio que llena una mirada, con una sonrisa, con tal vez una lágrima- Seguro mía, como la que estoy conteniendo ahora- Con otra vez otro día que se termina, con otro feliz día. Y no sé vos, pero con la reflexión de que sos perfecta aún sabiendo que no, que nadie lo es. Entonces con la conclusión conformista, que para mi lo sos, y después sonreír sola, y quererte imposiblemente más, sin decírtelo, pero dando por sentado que lo sabés.
Y acordarme todo el tiempo, que esa frase en cualquier otro hubiera quedado pésima, y que yo no sé nada, a pesar que vos siempre me lo digas y yo te escuche tan poco.
Y mirá que venir a descubrirlo así, yo tan egocéntrica, tan altanera. Darme cuenta de eso, fuera de nuestro Rin de pelea. Siempre pensé que tu imaginación superaba la mía.
Y ella, que sos vos, a veces se vuelve indescriptible. Y es capaz de motivarme a escribir. O llevarme a hablarle en primera persona, insinuando exclusividad, a pesar de querer dirigirme a los demás (Aunque a vos eso de las demostraciones en público te siente mal). O de demostrarme con algo tan sencillo cuán poco puedo suponer.
¡Y es que qué ignorancia la mía que interrogue incrédula que se festejaba! Bastaba solamente con girar, y volverla a descubrir.
-¿Por qué feliz 16 de junio? ¿Que conmemoramos?
-Nada, pero hay que celebrar todos los días, ¿no te parece?
Era de noche, y me lo dijo. Despiadadamente, sin suponer que me dolería, pero de esos dolores que te dan felicidad.
Tenía razón. Para mí ella siempre la tenía, pero ¿Qué gracia tenía decirle todo el tiempo lo que pensaba?
Si al final, nosotras éramos eso: un par de gritos, largos silencios, después un llanto, después un abrazo torpe, después otra vez rutina.
Y ella, con esa frase: Feliz dieciséis de junio. Y ahora dieciséis de junio sonaba a alegría. A su voz en coro con la mía en algún tema lejano. Sonaba a pasto recién cortado, o las hojas muertas del otoño.
Y aunque parece triste, no lo es. Todo eso para nosotras era la felicidad. Hoy ya no sé lo que será. Quizás lo descubra cuando crezca.
Puede que hoy nuestra felicidad sea esa: un poco de chistes después de los gritos. La pelea y el humor. Y las incoherencias diarias que nos sacan la risa fácil. O los celos que tenemos.
Ella es eso. Un feliz dieciséis de junio encastrado en la comisura de los labios, que siempre tienen alguna frase alegre (Y de vez en cuando su punto de vista tan metódico). Es un comentario oportuno, de esos que siempre dicen la verdad. Ella son los gritos irritables de cada día, los sollozos que esconde, los millares de secretos que no reparte. Es eso, siempre fue eso. Un teatro deambulando por las calles de Avellaneda, impregnando sus metros de mechones negros en la memoria de todos.
Una insoportable adicción. La necesidad de tenerla siempre así, queriéndose de menos y riéndose de más.
Es el ardor y la adición que te deja una droga habitando en tu garganta. La paz de sus quejas constantes taladrándome los oídos.
Ella es las ganas de llegar al borde del precipicio sin miedo, más mis ganas de agarrarla de la mano y llevarla a que vuele. Es el fracaso de ambas, y la gloria de ambas.
Es creerla conocer, y también ese efecto sorpresa que tiene casi todos los días. Su juego autocrático de llevarnos a donde ella quiere (Más bien somos nosotros que nos dejamos llevar)
Y ¿Para qué seguir hablando de ella si de todas formas no lo va a creer (al menos hoy)?
Entonces diré que tiene razón. Y que debo reconocer que plagié su forma de pensar, y que, en consecuencia, mis cuentos deberían llevar su firma. Si todas esas ideas que intenté expresar de una forma barata y sin sentido, se resumen en eso: Feliz dieciséis de junio. Y es que hay festejar todos los días, porque así es la vida, porque no hay mejor forma que transcurrirla así, porque cuando la tenés a ella que a veces se deja acariciar el alma, y a veces huye de ella misma, no hay otra opción.
Es levantarse, ver el calendario, y repetirme de nuevo: feliz nuevo día.
Quizás tampoco sea suficiente disculparme solamente por esto. Es que uno a veces tiene que pedir perdón por tantas cosas que ni vale la pena. Lo peor es que ahora suena a querer reparar algo que rompí, pero como los glóbulos rojos son indestructibles, mucho más fácil sería un florero o un cenicero, no sé. Diría que tengo más tiempo para decirte todo esto que para quedar libre de culpa y cargo.
Y como ya hablar de vos no tiene sentido, y ese feliz dieciséis de junio es reiterativo, me queda afirmarte esto- que sabés de sobra y considerás tan habitualmente que hastía- Me queda decirte que así somos nosotras: la lógica de los opuestos que se atraen. Que así es nuestra vida, llena de ruidos, porque vivimos. Porque el silencio no nos gusta (A vos te gusta menos que a mí) Somos la frase con la que nos excusamos ante la otra mujer que nos compone: ¿Qué hermanos no se pelean? Y es que eso nos convierte en una hermandad. Y por eso no tengo que disculparme. No debería.
Y entonces llega este punto, en que habiéndolo dicho todo, no queda nada que pueda agregar. O más bien sí, pero tiene gusto a pesadez, a habértelo dicho tantas veces que tengo miedo de aniquilarte las ganas de escucharlo, mis ganas de escribirlo. Entonces, ahora es silencio. El silencio que llena una mirada, con una sonrisa, con tal vez una lágrima- Seguro mía, como la que estoy conteniendo ahora- Con otra vez otro día que se termina, con otro feliz día. Y no sé vos, pero con la reflexión de que sos perfecta aún sabiendo que no, que nadie lo es. Entonces con la conclusión conformista, que para mi lo sos, y después sonreír sola, y quererte imposiblemente más, sin decírtelo, pero dando por sentado que lo sabés.
Y acordarme todo el tiempo, que esa frase en cualquier otro hubiera quedado pésima, y que yo no sé nada, a pesar que vos siempre me lo digas y yo te escuche tan poco.
Y mirá que venir a descubrirlo así, yo tan egocéntrica, tan altanera. Darme cuenta de eso, fuera de nuestro Rin de pelea. Siempre pensé que tu imaginación superaba la mía.
Y ella, que sos vos, a veces se vuelve indescriptible. Y es capaz de motivarme a escribir. O llevarme a hablarle en primera persona, insinuando exclusividad, a pesar de querer dirigirme a los demás (Aunque a vos eso de las demostraciones en público te siente mal). O de demostrarme con algo tan sencillo cuán poco puedo suponer.
¡Y es que qué ignorancia la mía que interrogue incrédula que se festejaba! Bastaba solamente con girar, y volverla a descubrir.
miércoles, 19 de agosto de 2009
Analogía de mi.
Todos tenemos una vida paralela que no conocemos. Somos otras personas, que en algún punto suprimimos para ser lo que somos.
Yo, por ejemplo, tengo otra Luciana que habita en mí y que me contradice todo el tiempo.
Luciana no es soñadora. Le gusta la realidad concreta, porque eso de inventarse cosas que no va a tener le parece un poco trillado, melodramático, y hasta cursi. Tiene sueños, sí (Nadie podría vivir sin ellos) pero en su mundo se llaman metas, que se propone alcanzarlas. Y lucha hasta conseguirlas. Para ella esa es la forma más directa de vivir. Porque no es histérica: quizás no sea todo blanco o negro, pero los no sé y los peros no existen en su léxico.
Tampoco es tan romántica. Le gusta que algunas veces el amor se transforme en pasión- como a todos-.
Es muy segura de sí misma. Confía en ella más que en cualquier otra persona, porque es una ferviente seguidora del pensamiento que tienen los que se valoran. Además no conseguiría nada si no confiara en ella (Y lo digo por experiencia)
Por eso ama más que yo. No dibuja una línea entre los demás a ver cuán alto está cada uno, ni descubre que ella está por debajo. Los iguala.
Se defiende bastante bien ante comentarios mal intencionado.
Luciana no es impaciente. Es que ni siquiera espera, sabe que lo que venga, vendrá sin tener la necesidad de llamarlo. Y no cree en el destino, porque eso no es más que la esperanza desesperada de los que no tienen presente.
Sabe cuando hablar, sin tener miedo. Tiene en cuenta que lo peor que le puede pasar es que le digan que no, que no quiero, que no te necesito, que no servís. Pero como confía en ella, no tiene problema con ese tipo de respuestas. No le duele la realidad.
También sabe cuando callar a tiempo. Es medida en lo que dice, y no queda mal delante de nadie. No lastima con las palabras, ni se auto boicotea.
Le gusta el dulce de membrillo, el melón y las pasas de uvas (Y a mi me parecen repugnantes), y no se vuelve altanera cuando se enoja. Escribe cuentos que nadie inventó antes, y no tiene dudas cuando se trata de publicarlos. Es que lo mejor de sus historias es que no tienen un destinatario final, ni alguna intencionalidad.
Luciana, no piensa tanto. Si tiene ganas de hacer algo, va y lo hace. No se queda con las palabras en su boca, ni las ganas en su pecho, ni los besos en sus labios.
Vive al extremo, disfruta cada minuto. Quedarse en su casa, para ella, es aburrido. Se siente viva, aprovecha cada ocasión para innovar nuevas formas. Se contenta con lo que tiene, pero no por eso se estanca.
Luciana avanza. Piensa en superarse todo el tiempo, en practicar nuevos deportes, aprender nuevas danzas, nuevos idiomas. Le sorprende todo lo que puede descubrir cuando emprende un nuevo camino (Y lo hace seguido, porque le gustan los comienzos)
Es muy simpática. Le gusta charlar de todo, pero no se pasa de la raya.
No es perfecta, porque nadie lo es. Pero Luciana es mi antítesis. Quizás por eso, de vez en cuando, me den ganas de darle paso.
Pareciera que ella no sufre por nada, pareciera que sabe convivir con lo malo que nos toca en suerte.
Pero lo que no me debería olvidar, que todas esas cualidades son tan mías que nadie conoce.
Aunque puede que hoy, sea uno de esos días en que Luciana viene hasta mi, me hace cosquillas en mis tejidos internos, y me susurre al oído que ella también es yo. Y yo sonría, porque ahora que sé que vive conmigo, pueda hacer todo lo que ella hace.
Yo, por ejemplo, tengo otra Luciana que habita en mí y que me contradice todo el tiempo.
Luciana no es soñadora. Le gusta la realidad concreta, porque eso de inventarse cosas que no va a tener le parece un poco trillado, melodramático, y hasta cursi. Tiene sueños, sí (Nadie podría vivir sin ellos) pero en su mundo se llaman metas, que se propone alcanzarlas. Y lucha hasta conseguirlas. Para ella esa es la forma más directa de vivir. Porque no es histérica: quizás no sea todo blanco o negro, pero los no sé y los peros no existen en su léxico.
Tampoco es tan romántica. Le gusta que algunas veces el amor se transforme en pasión- como a todos-.
Es muy segura de sí misma. Confía en ella más que en cualquier otra persona, porque es una ferviente seguidora del pensamiento que tienen los que se valoran. Además no conseguiría nada si no confiara en ella (Y lo digo por experiencia)
Por eso ama más que yo. No dibuja una línea entre los demás a ver cuán alto está cada uno, ni descubre que ella está por debajo. Los iguala.
Se defiende bastante bien ante comentarios mal intencionado.
Luciana no es impaciente. Es que ni siquiera espera, sabe que lo que venga, vendrá sin tener la necesidad de llamarlo. Y no cree en el destino, porque eso no es más que la esperanza desesperada de los que no tienen presente.
Sabe cuando hablar, sin tener miedo. Tiene en cuenta que lo peor que le puede pasar es que le digan que no, que no quiero, que no te necesito, que no servís. Pero como confía en ella, no tiene problema con ese tipo de respuestas. No le duele la realidad.
También sabe cuando callar a tiempo. Es medida en lo que dice, y no queda mal delante de nadie. No lastima con las palabras, ni se auto boicotea.
Le gusta el dulce de membrillo, el melón y las pasas de uvas (Y a mi me parecen repugnantes), y no se vuelve altanera cuando se enoja. Escribe cuentos que nadie inventó antes, y no tiene dudas cuando se trata de publicarlos. Es que lo mejor de sus historias es que no tienen un destinatario final, ni alguna intencionalidad.
Luciana, no piensa tanto. Si tiene ganas de hacer algo, va y lo hace. No se queda con las palabras en su boca, ni las ganas en su pecho, ni los besos en sus labios.
Vive al extremo, disfruta cada minuto. Quedarse en su casa, para ella, es aburrido. Se siente viva, aprovecha cada ocasión para innovar nuevas formas. Se contenta con lo que tiene, pero no por eso se estanca.
Luciana avanza. Piensa en superarse todo el tiempo, en practicar nuevos deportes, aprender nuevas danzas, nuevos idiomas. Le sorprende todo lo que puede descubrir cuando emprende un nuevo camino (Y lo hace seguido, porque le gustan los comienzos)
Es muy simpática. Le gusta charlar de todo, pero no se pasa de la raya.
No es perfecta, porque nadie lo es. Pero Luciana es mi antítesis. Quizás por eso, de vez en cuando, me den ganas de darle paso.
Pareciera que ella no sufre por nada, pareciera que sabe convivir con lo malo que nos toca en suerte.
Pero lo que no me debería olvidar, que todas esas cualidades son tan mías que nadie conoce.
Aunque puede que hoy, sea uno de esos días en que Luciana viene hasta mi, me hace cosquillas en mis tejidos internos, y me susurre al oído que ella también es yo. Y yo sonría, porque ahora que sé que vive conmigo, pueda hacer todo lo que ella hace.
domingo, 16 de agosto de 2009
Fé de erratas.
Tengo una manía y la admito. Soy desarmadora de palabras compulsiva y no sé bien porqué. Es como deshilachar un jean viejo, o apretar las burbujas de las bolsas.
Quizás porque pienso que así puedo llegar a la esencia de muchas letras aplastadas unas con otras. Es raro, ahora que lo pienso, que no le de importancia a la fonética o la forma en que expreso la única lengua que sé manejar. Incluso, es extraño que no las analice en una frase, sino particularmente.
Ejemplo de esto serían las palabras que encuentro dentro de otras. Posibilidad en las imposibilidades. Azar en el apellido del hombre que me llevó a escribir.
Es probable que en algunas de ellas acierte. Al fin y al cabo es la otra visión de las palabras, las que nadie ve pero que están. Pero siendo fiel a mis creencias, y a mis errores, reconozco que a veces invento cosas que no están allí.
Cuentos atrás, y varias historias pasadas, me topé con el tino (En forma de acierto) dentro del des- tino. Gran resbalón el mío, que no supe ver que para la falta de suerte ya existía el desatino. Que en conjunto, nada tiene que ver con el destino.
Y ante esto, hay dos cosas que me gustaría mencionar. En primera medida, puede que de todas formas tenga razón. – y es que nadie se puede librar de esa otro capricho, de encontrarle la vuelta a las cosas para terminar adjudicándose la verdad. – Justificando esto, podría agregar que lo que intenté decir es justamente lo contrario a desatino. No era la falta de acierto lo que quería para la protagonista en esa cama, sino más bien la suerte que podía encontrar en su futuro. Y no había palabra que encajara con esa sensación de haber encontrado la concreción de lo que anhelaba, incluso antes que pasara, entonces no me quedó más remedio que inventarla.
Claro que no soy la Real Academia Española, ni pretendo ascender un nivel en mi escala de originalidad, así que es consecuente que el tino dentro del destino, no tiene valor para otros. (O quizás lo tenga para aquellos que, como yo, se maravillen haciendo ovillos miniatura con la miga del pan)
En la segunda aclaración que quería señalar, interfiere la mitad de mi, que indefectiblemente carga con la escuela de la psiquis encima. Porque en comparación, eso de ametrallar las palabras, quizás sea lo que hago, también, con mi alma.
No porque me crea Freud, ni sea obsecuente con mis propios dichos, sino por la incapacidad de conocerme en totalidad. Para mí, la forma más directa que tengo de encontrarme es demolerme y analizar mis pedazos. En eso soy empirista. Parto de premisas particulares hasta obtener una conclusión lógica. Creo que el mismo método inductivo es el que uso en mis escritos. (Y el que infaliblemente debo utilizar, sin darme cuenta, en la mayoría de las cosas que me conciernen)
Doy por sentado que no compré la verdad, como todos. También aseguro que así como me equivoqué, volveré a hacerlo.
Pero también, que las palabras que deshago, son las mismas que construyo. Porque no basta con repetir lo que ya está establecido, sino de ser capaces de determinar una verdad (Aunque me valga solamente a mí) a partir de las observaciones que hace mucho tiempo vengo realizando.
Quizás porque pienso que así puedo llegar a la esencia de muchas letras aplastadas unas con otras. Es raro, ahora que lo pienso, que no le de importancia a la fonética o la forma en que expreso la única lengua que sé manejar. Incluso, es extraño que no las analice en una frase, sino particularmente.
Ejemplo de esto serían las palabras que encuentro dentro de otras. Posibilidad en las imposibilidades. Azar en el apellido del hombre que me llevó a escribir.
Es probable que en algunas de ellas acierte. Al fin y al cabo es la otra visión de las palabras, las que nadie ve pero que están. Pero siendo fiel a mis creencias, y a mis errores, reconozco que a veces invento cosas que no están allí.
Cuentos atrás, y varias historias pasadas, me topé con el tino (En forma de acierto) dentro del des- tino. Gran resbalón el mío, que no supe ver que para la falta de suerte ya existía el desatino. Que en conjunto, nada tiene que ver con el destino.
Y ante esto, hay dos cosas que me gustaría mencionar. En primera medida, puede que de todas formas tenga razón. – y es que nadie se puede librar de esa otro capricho, de encontrarle la vuelta a las cosas para terminar adjudicándose la verdad. – Justificando esto, podría agregar que lo que intenté decir es justamente lo contrario a desatino. No era la falta de acierto lo que quería para la protagonista en esa cama, sino más bien la suerte que podía encontrar en su futuro. Y no había palabra que encajara con esa sensación de haber encontrado la concreción de lo que anhelaba, incluso antes que pasara, entonces no me quedó más remedio que inventarla.
Claro que no soy la Real Academia Española, ni pretendo ascender un nivel en mi escala de originalidad, así que es consecuente que el tino dentro del destino, no tiene valor para otros. (O quizás lo tenga para aquellos que, como yo, se maravillen haciendo ovillos miniatura con la miga del pan)
En la segunda aclaración que quería señalar, interfiere la mitad de mi, que indefectiblemente carga con la escuela de la psiquis encima. Porque en comparación, eso de ametrallar las palabras, quizás sea lo que hago, también, con mi alma.
No porque me crea Freud, ni sea obsecuente con mis propios dichos, sino por la incapacidad de conocerme en totalidad. Para mí, la forma más directa que tengo de encontrarme es demolerme y analizar mis pedazos. En eso soy empirista. Parto de premisas particulares hasta obtener una conclusión lógica. Creo que el mismo método inductivo es el que uso en mis escritos. (Y el que infaliblemente debo utilizar, sin darme cuenta, en la mayoría de las cosas que me conciernen)
Doy por sentado que no compré la verdad, como todos. También aseguro que así como me equivoqué, volveré a hacerlo.
Pero también, que las palabras que deshago, son las mismas que construyo. Porque no basta con repetir lo que ya está establecido, sino de ser capaces de determinar una verdad (Aunque me valga solamente a mí) a partir de las observaciones que hace mucho tiempo vengo realizando.
miércoles, 12 de agosto de 2009
Cambio.
“Y mirá si hoy todo juega a tu favor.
Como la canción ¿No? La que habla de que hoy puede ser un gran día.
El día en que las estrellas se cansen de habitar el cielo y vengan a dormir a tu ventana. O que la película que tantas veces viste, harta de ser memoria, se resuelva en simples hechos, pero reales.
Quizás te imagines la mejor novela de tu vida, la plasmes en un papel, y la vendas. Con la garantía de ser leída por muchas personas, y con la ilusión que le gusté a la mayoría, le ayude a los que lo necesitan, y la critiquen los que saben.
Y mirá si te despertás, contenta por no haber tenido ese sueño reincidente que te agobia, y encima de todo el colectivo llegue a horario. Y la música del reproductor trate de cosas que no tienen pasado.
Y las florerías contaminen el aire de polen. Y la primavera llegué sin golpear la puerta y que pinté los árboles de verde manzana.
O tal vez hoy sea el día en que la gente te sonría, y los ojos se te encandilen con la luz de algún alma diferente a la del resto.
Puede que por hoy no te mientan, y eso seguro lo hará un buen día.
Y te digan que no, para que sigas peleándola. Que vengan las victorias disfrazadas de misterio, y las soledades de fantasmas. Porque es probable que hoy las fiestas sean de disfraces.
En una de esas, hoy es el día en que lo conozcas. Esa persona que te consuele, sin pedir que hagas lo mismo. Que te contenga, para que no se te dificulte mantenerte en pie. Que diga que sí, que viva el amor como vos. Que te cambie la visión, y te enseñe los colores que puede tener un arco iris.
Puede que hoy, seas capaz de no pensar en los que formaron parte de tu vida queriéndola destrozar. Ni de los que no se animaron a vivirla con vos. Quizás sea esa la única forma que tengas de darte cuenta que tenías muchas más cosas para dar que las que pensaste, y que bueno… mala suerte, esta vez no fué. Los besos que intentaste que sean dulces, quedarán en los labios de quien sí sabe jugarse todas sus fichas, aún sabiendo que puede perder.
Mirá si hoy, cuando termine tu día, la ciudad apague las luces para que puedas dormir mejor. O el mar, ruga contra tu almohada y su murmullo te lleve a donde quieras estar.
No des todo por perdido, tené en cuenta que hoy tu cuarto puede estar empapelado de dibujos de tus sobrinas, de frases de ánimo, de envoltorios de bombones que disfrutaste con tu hermana.
¿Y si al teléfono se le ocurre reproducir llamados que esperaste tanto tiempo? También, claro, le baste solo con uno.
O que se acabe la tormenta, y tengas que recomponer lo que el diluvio se llevó, pero lo hagas con la sonrisa pegada en los dientes. O que se acaben las palabras, pero que este mejor de lo que esperabas. Todo, para que aprendas que las palabras no llenan el hueco que deja un abrazo colgado en los brazos, o un te quiero rasgando las cuerdas vocales.
O que te regalen una cajita en donde guardes los miedos, las culpas, la sal de las lágrimas en vano.
Puede que hoy sea un gran día, ¿por qué no? Hoy el mundo, volverá a depender de vos.”
Se iba diciendo Lucía, mientras esperaba comprender que el tiempo no existe como remedio.
Como la canción ¿No? La que habla de que hoy puede ser un gran día.
El día en que las estrellas se cansen de habitar el cielo y vengan a dormir a tu ventana. O que la película que tantas veces viste, harta de ser memoria, se resuelva en simples hechos, pero reales.
Quizás te imagines la mejor novela de tu vida, la plasmes en un papel, y la vendas. Con la garantía de ser leída por muchas personas, y con la ilusión que le gusté a la mayoría, le ayude a los que lo necesitan, y la critiquen los que saben.
Y mirá si te despertás, contenta por no haber tenido ese sueño reincidente que te agobia, y encima de todo el colectivo llegue a horario. Y la música del reproductor trate de cosas que no tienen pasado.
Y las florerías contaminen el aire de polen. Y la primavera llegué sin golpear la puerta y que pinté los árboles de verde manzana.
O tal vez hoy sea el día en que la gente te sonría, y los ojos se te encandilen con la luz de algún alma diferente a la del resto.
Puede que por hoy no te mientan, y eso seguro lo hará un buen día.
Y te digan que no, para que sigas peleándola. Que vengan las victorias disfrazadas de misterio, y las soledades de fantasmas. Porque es probable que hoy las fiestas sean de disfraces.
En una de esas, hoy es el día en que lo conozcas. Esa persona que te consuele, sin pedir que hagas lo mismo. Que te contenga, para que no se te dificulte mantenerte en pie. Que diga que sí, que viva el amor como vos. Que te cambie la visión, y te enseñe los colores que puede tener un arco iris.
Puede que hoy, seas capaz de no pensar en los que formaron parte de tu vida queriéndola destrozar. Ni de los que no se animaron a vivirla con vos. Quizás sea esa la única forma que tengas de darte cuenta que tenías muchas más cosas para dar que las que pensaste, y que bueno… mala suerte, esta vez no fué. Los besos que intentaste que sean dulces, quedarán en los labios de quien sí sabe jugarse todas sus fichas, aún sabiendo que puede perder.
Mirá si hoy, cuando termine tu día, la ciudad apague las luces para que puedas dormir mejor. O el mar, ruga contra tu almohada y su murmullo te lleve a donde quieras estar.
No des todo por perdido, tené en cuenta que hoy tu cuarto puede estar empapelado de dibujos de tus sobrinas, de frases de ánimo, de envoltorios de bombones que disfrutaste con tu hermana.
¿Y si al teléfono se le ocurre reproducir llamados que esperaste tanto tiempo? También, claro, le baste solo con uno.
O que se acabe la tormenta, y tengas que recomponer lo que el diluvio se llevó, pero lo hagas con la sonrisa pegada en los dientes. O que se acaben las palabras, pero que este mejor de lo que esperabas. Todo, para que aprendas que las palabras no llenan el hueco que deja un abrazo colgado en los brazos, o un te quiero rasgando las cuerdas vocales.
O que te regalen una cajita en donde guardes los miedos, las culpas, la sal de las lágrimas en vano.
Puede que hoy sea un gran día, ¿por qué no? Hoy el mundo, volverá a depender de vos.”
Se iba diciendo Lucía, mientras esperaba comprender que el tiempo no existe como remedio.
lunes, 10 de agosto de 2009
Es de locos intentar cambiar el mundo.
No sabía bien que hora era, pero para él, que ni siquiera alcanzaba a distinguir como funcionaba un reloj, eso era lógico.
Le bastaba con definir los dos bloques con los que convivía: un tiempo en donde las paredes brillaban y podía distinguir todos los objetos; y otro, que se oponía, en donde todo parecía tornarse de un color tan oscuro que ni él era capaz de moverse, por miedo a tropezarse con sus propios pies.
Cualquiera hubiera dicho que eso era la noche y el día, el ying y el yang, todos los colores y ninguno. Pero él sabía que no. Nadie se lo había dicho, pero el iba atravesando una cebra, a veces blanco, otro tanto negro. Hubiese querido llegar al final mucho antes, pero estaba bien- siempre lo estaba- así era la cosa, él ahí y sus condiscípulos afuera. Confiaba en que seguirían su misión sin él, pero estar ahí afuera, con ellos, en donde no existían cebras sino días, con sus horas, hubiese sido la solución.
Y estaban los otros, que habían estudiado tanto y no se daban cuenta que lo que él decía era verdad. Y tanto estudio para llevarle, en el momento en que la cebra cambia de color, una pastillita verde que quizás ni ellos supieran para que era, pero que él accedía con confianza, porque era lo que llevaba a levantarse al siguiente día con una nueva idea. Pensado así, los otros le estaban haciendo un favor, pero no había necesidad de tenerlo aislado del resto del mundo. No a él, que justamente luchaba por el mundo. Le era imposible hacerlo encerrado ahí, y no había día en que no pensara que él no había hecho nada malo, todo lo contrario. Al final, intentar ayudar al resto, hoy era considerado inverosímil, imposible. Y eso que su misión requería estar allá afuera, que no era precisamente un lugar colmado de esperanza. Pero soportaba todo lo que estuviera en el exterior con tal de salvarlos: el escepticismo de los que no les importaba lo que pasara, el desconsuelo ilógico de los pesimistas que hacían las compras llorando, y hasta la negatividad de quienes querían destruir el mundo con palabras.
Quizás, pensó, me he librado de ser parte de esto. Puede que no sea yo el que esté equivocado, sino ellos los que no quieran ser ayudados.
Y era posible que él tuviera más pájaros en su cabeza que mucha gente, aunque le dijeran lo contrario. Y casi certero que se había librado, de convivir con canarios que se creían palomas, y con ruiseñores que nadie escuchaba su maravillosa melodía.
Dos minutos después de pensarlo, había enviado a sus compañeros de salvación una nube a punto de explotar en llanto, que les avisara que suspendieran todo. Era en vano intentar escapar del chaleco de fuerzas que tenía puesto para ir allá afuera y que le pusieran otro de diferente color, quizás invisible.
Le bastaba con definir los dos bloques con los que convivía: un tiempo en donde las paredes brillaban y podía distinguir todos los objetos; y otro, que se oponía, en donde todo parecía tornarse de un color tan oscuro que ni él era capaz de moverse, por miedo a tropezarse con sus propios pies.
Cualquiera hubiera dicho que eso era la noche y el día, el ying y el yang, todos los colores y ninguno. Pero él sabía que no. Nadie se lo había dicho, pero el iba atravesando una cebra, a veces blanco, otro tanto negro. Hubiese querido llegar al final mucho antes, pero estaba bien- siempre lo estaba- así era la cosa, él ahí y sus condiscípulos afuera. Confiaba en que seguirían su misión sin él, pero estar ahí afuera, con ellos, en donde no existían cebras sino días, con sus horas, hubiese sido la solución.
Y estaban los otros, que habían estudiado tanto y no se daban cuenta que lo que él decía era verdad. Y tanto estudio para llevarle, en el momento en que la cebra cambia de color, una pastillita verde que quizás ni ellos supieran para que era, pero que él accedía con confianza, porque era lo que llevaba a levantarse al siguiente día con una nueva idea. Pensado así, los otros le estaban haciendo un favor, pero no había necesidad de tenerlo aislado del resto del mundo. No a él, que justamente luchaba por el mundo. Le era imposible hacerlo encerrado ahí, y no había día en que no pensara que él no había hecho nada malo, todo lo contrario. Al final, intentar ayudar al resto, hoy era considerado inverosímil, imposible. Y eso que su misión requería estar allá afuera, que no era precisamente un lugar colmado de esperanza. Pero soportaba todo lo que estuviera en el exterior con tal de salvarlos: el escepticismo de los que no les importaba lo que pasara, el desconsuelo ilógico de los pesimistas que hacían las compras llorando, y hasta la negatividad de quienes querían destruir el mundo con palabras.
Quizás, pensó, me he librado de ser parte de esto. Puede que no sea yo el que esté equivocado, sino ellos los que no quieran ser ayudados.
Y era posible que él tuviera más pájaros en su cabeza que mucha gente, aunque le dijeran lo contrario. Y casi certero que se había librado, de convivir con canarios que se creían palomas, y con ruiseñores que nadie escuchaba su maravillosa melodía.
Dos minutos después de pensarlo, había enviado a sus compañeros de salvación una nube a punto de explotar en llanto, que les avisara que suspendieran todo. Era en vano intentar escapar del chaleco de fuerzas que tenía puesto para ir allá afuera y que le pusieran otro de diferente color, quizás invisible.
jueves, 6 de agosto de 2009
¿Cómo se vuelve a ser lo que es?
A veces pienso que me gustaría volver a ser chica.
Todo era lindo en esa época: ser princesa de un cuento imaginario, con un príncipe inventado (Pero no por eso menos lindo y gentil)
Soñar los clientes amables que venían a comprarme a mi exitoso negocio. Dialogar con ellos, pero sin marketing, con la simpleza de las personas que retribuyen favores.
Ser una secretaria de lujo. Sin haber estudiado ningún sistema de tango, o tener experiencia laboral. Sin sentirme inferior a nadie, y sin nadie que me humille.
Poder sorprenderme con cada sonido, cada arco iris que salía ansiosa a ver al patio de mi casa cuando terminaba de llover- Porque en ese entonces las tormentas siempre paraban-
O ser liviana, frágil, transparente como las burbujas que creábamos en el patio. Y crear, todo el tiempo inventar. Inventar formas de vivir extremadamente felices, colmadas de la tranquilidad que nos daba vernos protegidas por la burbuja que nos rodeaba.
Llorar por cosas con solución, y reírnos a los dos minutos por una sesión de cosquillas intensivas. Y volver a llorar, pero de risa.
Cantar. Porque me era imposible hacer de cada tema que pasaban en la radio una obra musical. Y llenar mi casa de gritos que no llegaban a do mayor, y que carecían de afinación.
Por cosas como esas uno es capaz de admitir (Y sin oposición alguna) que ser chico era fantástico. Sin embargo, hoy descubrí que soy mejor que chico.
Hoy también soy princesa en los mundos que nacen en mi imaginación (Y que se quedan a vivir) .Incluso es mejor, porque aunque no siempre es perfecto, soy fiel a mi pensamiento de que los príncipes existen. (Quizás primero haya que besar sapos)
También hoy juego a tener un negocio (Aunque todavía no lo sea). Y lo más gratificante es que no afecta a mi egocentrismo, sino más bien el saber que hay una cantidad de personas que consideran a mis papás como son: honestos.
No me dejo humillar por nadie que me diga cosas. Hoy tengo la seguridad- que en ese entonces no tenía- de frenar y preguntarme a mí misma si realmente me considero tan incapaz. Y el gran orgullo de responderme que no, que todo lo que quiera me es posible, mientras me decida a hacerlo.
Y me sigo sorprendiendo. Incluso de muchas más cosas de lo que me maravillaba chica. Porque ahora conozco más (o más bien, tengo más cosas que ignoro).
Sigo inventando. Me invento a mi cada día, invento historias, excusas, tortas de chocolate, amores que no son.
Aunque también lloro, y me río, pero lloro. Y mi hermana me saca a bailar una canción que me hace olvidar las penas. O sigo llorando, pero vivo. Vivo porque las dos cosas son necesarias.
Pero lo mejor de todo es que sigo cantando en tonos que no me van, y no me importa quien me escuche.
Si de algo estoy segura es que no necesito volver a ser una nena. Porque lo soy, soy eso y la mujer que vienen a apoderarse de mí cuando es necesario.
Soy una adulta en la plenitud de su infancia.
Todo era lindo en esa época: ser princesa de un cuento imaginario, con un príncipe inventado (Pero no por eso menos lindo y gentil)
Soñar los clientes amables que venían a comprarme a mi exitoso negocio. Dialogar con ellos, pero sin marketing, con la simpleza de las personas que retribuyen favores.
Ser una secretaria de lujo. Sin haber estudiado ningún sistema de tango, o tener experiencia laboral. Sin sentirme inferior a nadie, y sin nadie que me humille.
Poder sorprenderme con cada sonido, cada arco iris que salía ansiosa a ver al patio de mi casa cuando terminaba de llover- Porque en ese entonces las tormentas siempre paraban-
O ser liviana, frágil, transparente como las burbujas que creábamos en el patio. Y crear, todo el tiempo inventar. Inventar formas de vivir extremadamente felices, colmadas de la tranquilidad que nos daba vernos protegidas por la burbuja que nos rodeaba.
Llorar por cosas con solución, y reírnos a los dos minutos por una sesión de cosquillas intensivas. Y volver a llorar, pero de risa.
Cantar. Porque me era imposible hacer de cada tema que pasaban en la radio una obra musical. Y llenar mi casa de gritos que no llegaban a do mayor, y que carecían de afinación.
Por cosas como esas uno es capaz de admitir (Y sin oposición alguna) que ser chico era fantástico. Sin embargo, hoy descubrí que soy mejor que chico.
Hoy también soy princesa en los mundos que nacen en mi imaginación (Y que se quedan a vivir) .Incluso es mejor, porque aunque no siempre es perfecto, soy fiel a mi pensamiento de que los príncipes existen. (Quizás primero haya que besar sapos)
También hoy juego a tener un negocio (Aunque todavía no lo sea). Y lo más gratificante es que no afecta a mi egocentrismo, sino más bien el saber que hay una cantidad de personas que consideran a mis papás como son: honestos.
No me dejo humillar por nadie que me diga cosas. Hoy tengo la seguridad- que en ese entonces no tenía- de frenar y preguntarme a mí misma si realmente me considero tan incapaz. Y el gran orgullo de responderme que no, que todo lo que quiera me es posible, mientras me decida a hacerlo.
Y me sigo sorprendiendo. Incluso de muchas más cosas de lo que me maravillaba chica. Porque ahora conozco más (o más bien, tengo más cosas que ignoro).
Sigo inventando. Me invento a mi cada día, invento historias, excusas, tortas de chocolate, amores que no son.
Aunque también lloro, y me río, pero lloro. Y mi hermana me saca a bailar una canción que me hace olvidar las penas. O sigo llorando, pero vivo. Vivo porque las dos cosas son necesarias.
Pero lo mejor de todo es que sigo cantando en tonos que no me van, y no me importa quien me escuche.
Si de algo estoy segura es que no necesito volver a ser una nena. Porque lo soy, soy eso y la mujer que vienen a apoderarse de mí cuando es necesario.
Soy una adulta en la plenitud de su infancia.
martes, 4 de agosto de 2009
Las cosas que no te dije a la cara.
Tenerte ahí, tan ajenamente mío me dio miedo. No sé si es exactamente esa sensación, pero se aproxima. Más bien me llevó a un pasado que quemó el aire que respiraba hasta convertir mi amor en polvo. Esa vez que le confesé que lo amaba y él se dio media vuelta, sin girar a verme como me evaporaba. Y Yo lo vi irse con la mujer que alguna vez le confesé mis secretos, incluso mi amor por él (Que terminó siendo el padre de sus hijos)
Y sí, soy la misma que te pidió que renuncies a tu dolorosa historia. Pero aunque quizás no parezca, la diferencia es que no es al amor frustrado que marcó mi adolescencia el que me condena al miedo.
Confió en vos (como te dije casi sin que me escuches) Mi problema está en la inseguridad. Quizás mañana mi nombre no quede bien en tu boca o existan otras manos que te desnuden el alma.
Y otra vez fantasmas en la noche, melodías lacrimógenas y el pecho vacío. Sin contar que el autoestima va a bajar hasta el infierno para reírse de mi.
Y es una posibilidad, pero no es tu culpa. Ojala me dejaras repetirte que amor no es eso que te dieron.
No sé que te pueda dar yo. Y contestando a tu egocentrismo, no tengo idea si me enamoré. Quizás sí, quizás es lo que quiera. No puedo saberlo, nunca me pasó. ¿Cómo saber que algo es alto si nunca viste un enano? ¿Cómo conoces la luz si nunca viviste en la oscuridad?
De lo único que tengo la certeza es que no podría lastimarte. Pero no es algo que te pueda decir, porque hoy en día es casi un desafío confiar en las palabras, incluso para nosotros que vivimos de ellas.
No te pido que me creas, me basta con tenerlo en cuenta yo.
Por eso hoy te escribo esto, porque esto que no te dije a la cara me hace insómnica desde las últimas 72 horas.
Quizás cuando te tuve ahí te quise rogar que te quedarás conmigo, como un cuento tuyo (O mío, ya no sé)
O que yo también tenía miedo- y mucho- porque puede que sea el momento de ser feliz. Pero es que ningún monstruo verde con nombre a desilusión puede devorarme si vos estás ahí.
Quizás quise contarte que me dolía el hueco que había entre nosotros, a pesar de tener mi cintura en tus manos.
Y me duele, porque suelo pensar mucho (Y a veces mal) saber que vos no… (No sé como explicar algo de lo que se sabe poco) Quiero decir que me duele imaginar que vos no sentís lo mismo por mi.
Creo que también te quise decir que haría de tu boca, mi casa. O no. Más bien la haría una calle que no se bien a donde me lleva, pero que cuando la ilumina tu sonrisa, seguiría ese camino sin importarme donde termine.
O que las ansias de tenerte no son más que las ganas de liberarte de todo eso que te hizo mal. Que de alguna forma es lo que me va a liberar a mí de mis propios dolores.
Y es que ignorar algunas cosas no está tan mal, pero me encantaría que cada frase que leo en tus historias hablaran de mí.
Que tus aves de paso volaran a otros rumbos (Algunos dirán que son celos, pero en realidad es miedo. No quiero que te lleven a volar con ellas, prefiero tener esa exclusividad)
Me muero de ganas que me agarres de la mano y me lleves a buscar cualquier cosa, no importa qué.
Y es que para mi también es difícil decirte esto de frente.
Pero confío en vos, en la valentía que decís no tener.
Confío porque es la única manera de no salir lastimada. Y es también la forma más directa al destino inverso.
Pero quería demostrarte que fuera cual fuera el final, voy a intentar construir los puentes que me lleven a vos, y demoler los miedos que te (Y me) impiden ser feliz.
Y sí, soy la misma que te pidió que renuncies a tu dolorosa historia. Pero aunque quizás no parezca, la diferencia es que no es al amor frustrado que marcó mi adolescencia el que me condena al miedo.
Confió en vos (como te dije casi sin que me escuches) Mi problema está en la inseguridad. Quizás mañana mi nombre no quede bien en tu boca o existan otras manos que te desnuden el alma.
Y otra vez fantasmas en la noche, melodías lacrimógenas y el pecho vacío. Sin contar que el autoestima va a bajar hasta el infierno para reírse de mi.
Y es una posibilidad, pero no es tu culpa. Ojala me dejaras repetirte que amor no es eso que te dieron.
No sé que te pueda dar yo. Y contestando a tu egocentrismo, no tengo idea si me enamoré. Quizás sí, quizás es lo que quiera. No puedo saberlo, nunca me pasó. ¿Cómo saber que algo es alto si nunca viste un enano? ¿Cómo conoces la luz si nunca viviste en la oscuridad?
De lo único que tengo la certeza es que no podría lastimarte. Pero no es algo que te pueda decir, porque hoy en día es casi un desafío confiar en las palabras, incluso para nosotros que vivimos de ellas.
No te pido que me creas, me basta con tenerlo en cuenta yo.
Por eso hoy te escribo esto, porque esto que no te dije a la cara me hace insómnica desde las últimas 72 horas.
Quizás cuando te tuve ahí te quise rogar que te quedarás conmigo, como un cuento tuyo (O mío, ya no sé)
O que yo también tenía miedo- y mucho- porque puede que sea el momento de ser feliz. Pero es que ningún monstruo verde con nombre a desilusión puede devorarme si vos estás ahí.
Quizás quise contarte que me dolía el hueco que había entre nosotros, a pesar de tener mi cintura en tus manos.
Y me duele, porque suelo pensar mucho (Y a veces mal) saber que vos no… (No sé como explicar algo de lo que se sabe poco) Quiero decir que me duele imaginar que vos no sentís lo mismo por mi.
Creo que también te quise decir que haría de tu boca, mi casa. O no. Más bien la haría una calle que no se bien a donde me lleva, pero que cuando la ilumina tu sonrisa, seguiría ese camino sin importarme donde termine.
O que las ansias de tenerte no son más que las ganas de liberarte de todo eso que te hizo mal. Que de alguna forma es lo que me va a liberar a mí de mis propios dolores.
Y es que ignorar algunas cosas no está tan mal, pero me encantaría que cada frase que leo en tus historias hablaran de mí.
Que tus aves de paso volaran a otros rumbos (Algunos dirán que son celos, pero en realidad es miedo. No quiero que te lleven a volar con ellas, prefiero tener esa exclusividad)
Me muero de ganas que me agarres de la mano y me lleves a buscar cualquier cosa, no importa qué.
Y es que para mi también es difícil decirte esto de frente.
Pero confío en vos, en la valentía que decís no tener.
Confío porque es la única manera de no salir lastimada. Y es también la forma más directa al destino inverso.
Pero quería demostrarte que fuera cual fuera el final, voy a intentar construir los puentes que me lleven a vos, y demoler los miedos que te (Y me) impiden ser feliz.
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