Todo era lindo en esa época: ser princesa de un cuento imaginario, con un príncipe inventado (Pero no por eso menos lindo y gentil)
Soñar los clientes amables que venían a comprarme a mi exitoso negocio. Dialogar con ellos, pero sin marketing, con la simpleza de las personas que retribuyen favores.
Ser una secretaria de lujo. Sin haber estudiado ningún sistema de tango, o tener experiencia laboral. Sin sentirme inferior a nadie, y sin nadie que me humille.
Poder sorprenderme con cada sonido, cada arco iris que salía ansiosa a ver al patio de mi casa cuando terminaba de llover- Porque en ese entonces las tormentas siempre paraban-
O ser liviana, frágil, transparente como las burbujas que creábamos en el patio. Y crear, todo el tiempo inventar. Inventar formas de vivir extremadamente felices, colmadas de la tranquilidad que nos daba vernos protegidas por la burbuja que nos rodeaba.
Llorar por cosas con solución, y reírnos a los dos minutos por una sesión de cosquillas intensivas. Y volver a llorar, pero de risa.
Cantar. Porque me era imposible hacer de cada tema que pasaban en la radio una obra musical. Y llenar mi casa de gritos que no llegaban a do mayor, y que carecían de afinación.
Por cosas como esas uno es capaz de admitir (Y sin oposición alguna) que ser chico era fantástico. Sin embargo, hoy descubrí que soy mejor que chico.
Hoy también soy princesa en los mundos que nacen en mi imaginación (Y que se quedan a vivir) .Incluso es mejor, porque aunque no siempre es perfecto, soy fiel a mi pensamiento de que los príncipes existen. (Quizás primero haya que besar sapos)
También hoy juego a tener un negocio (Aunque todavía no lo sea). Y lo más gratificante es que no afecta a mi egocentrismo, sino más bien el saber que hay una cantidad de personas que consideran a mis papás como son: honestos.
No me dejo humillar por nadie que me diga cosas. Hoy tengo la seguridad- que en ese entonces no tenía- de frenar y preguntarme a mí misma si realmente me considero tan incapaz. Y el gran orgullo de responderme que no, que todo lo que quiera me es posible, mientras me decida a hacerlo.
Y me sigo sorprendiendo. Incluso de muchas más cosas de lo que me maravillaba chica. Porque ahora conozco más (o más bien, tengo más cosas que ignoro).
Sigo inventando. Me invento a mi cada día, invento historias, excusas, tortas de chocolate, amores que no son.
Aunque también lloro, y me río, pero lloro. Y mi hermana me saca a bailar una canción que me hace olvidar las penas. O sigo llorando, pero vivo. Vivo porque las dos cosas son necesarias.
Pero lo mejor de todo es que sigo cantando en tonos que no me van, y no me importa quien me escuche.
Si de algo estoy segura es que no necesito volver a ser una nena. Porque lo soy, soy eso y la mujer que vienen a apoderarse de mí cuando es necesario.
Soy una adulta en la plenitud de su infancia.
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