miércoles, 26 de agosto de 2009

Cuando uno no sabe decir lo que el otro ya escucho tantas veces.

-Feliz 16 de junio
-¿Por qué feliz 16 de junio? ¿Que conmemoramos?
-Nada, pero hay que celebrar todos los días, ¿no te parece?
Era de noche, y me lo dijo. Despiadadamente, sin suponer que me dolería, pero de esos dolores que te dan felicidad.
Tenía razón. Para mí ella siempre la tenía, pero ¿Qué gracia tenía decirle todo el tiempo lo que pensaba?
Si al final, nosotras éramos eso: un par de gritos, largos silencios, después un llanto, después un abrazo torpe, después otra vez rutina.
Y ella, con esa frase: Feliz dieciséis de junio. Y ahora dieciséis de junio sonaba a alegría. A su voz en coro con la mía en algún tema lejano. Sonaba a pasto recién cortado, o las hojas muertas del otoño.
Y aunque parece triste, no lo es. Todo eso para nosotras era la felicidad. Hoy ya no sé lo que será. Quizás lo descubra cuando crezca.
Puede que hoy nuestra felicidad sea esa: un poco de chistes después de los gritos. La pelea y el humor. Y las incoherencias diarias que nos sacan la risa fácil. O los celos que tenemos.

Ella es eso. Un feliz dieciséis de junio encastrado en la comisura de los labios, que siempre tienen alguna frase alegre (Y de vez en cuando su punto de vista tan metódico). Es un comentario oportuno, de esos que siempre dicen la verdad. Ella son los gritos irritables de cada día, los sollozos que esconde, los millares de secretos que no reparte. Es eso, siempre fue eso. Un teatro deambulando por las calles de Avellaneda, impregnando sus metros de mechones negros en la memoria de todos.
Una insoportable adicción. La necesidad de tenerla siempre así, queriéndose de menos y riéndose de más.
Es el ardor y la adición que te deja una droga habitando en tu garganta. La paz de sus quejas constantes taladrándome los oídos.
Ella es las ganas de llegar al borde del precipicio sin miedo, más mis ganas de agarrarla de la mano y llevarla a que vuele. Es el fracaso de ambas, y la gloria de ambas.
Es creerla conocer, y también ese efecto sorpresa que tiene casi todos los días. Su juego autocrático de llevarnos a donde ella quiere (Más bien somos nosotros que nos dejamos llevar)
Y ¿Para qué seguir hablando de ella si de todas formas no lo va a creer (al menos hoy)?

Entonces diré que tiene razón. Y que debo reconocer que plagié su forma de pensar, y que, en consecuencia, mis cuentos deberían llevar su firma. Si todas esas ideas que intenté expresar de una forma barata y sin sentido, se resumen en eso: Feliz dieciséis de junio. Y es que hay festejar todos los días, porque así es la vida, porque no hay mejor forma que transcurrirla así, porque cuando la tenés a ella que a veces se deja acariciar el alma, y a veces huye de ella misma, no hay otra opción.
Es levantarse, ver el calendario, y repetirme de nuevo: feliz nuevo día.

Quizás tampoco sea suficiente disculparme solamente por esto. Es que uno a veces tiene que pedir perdón por tantas cosas que ni vale la pena. Lo peor es que ahora suena a querer reparar algo que rompí, pero como los glóbulos rojos son indestructibles, mucho más fácil sería un florero o un cenicero, no sé. Diría que tengo más tiempo para decirte todo esto que para quedar libre de culpa y cargo.
Y como ya hablar de vos no tiene sentido, y ese feliz dieciséis de junio es reiterativo, me queda afirmarte esto- que sabés de sobra y considerás tan habitualmente que hastía- Me queda decirte que así somos nosotras: la lógica de los opuestos que se atraen. Que así es nuestra vida, llena de ruidos, porque vivimos. Porque el silencio no nos gusta (A vos te gusta menos que a mí) Somos la frase con la que nos excusamos ante la otra mujer que nos compone: ¿Qué hermanos no se pelean? Y es que eso nos convierte en una hermandad. Y por eso no tengo que disculparme. No debería.

Y entonces llega este punto, en que habiéndolo dicho todo, no queda nada que pueda agregar. O más bien sí, pero tiene gusto a pesadez, a habértelo dicho tantas veces que tengo miedo de aniquilarte las ganas de escucharlo, mis ganas de escribirlo. Entonces, ahora es silencio. El silencio que llena una mirada, con una sonrisa, con tal vez una lágrima- Seguro mía, como la que estoy conteniendo ahora- Con otra vez otro día que se termina, con otro feliz día. Y no sé vos, pero con la reflexión de que sos perfecta aún sabiendo que no, que nadie lo es. Entonces con la conclusión conformista, que para mi lo sos, y después sonreír sola, y quererte imposiblemente más, sin decírtelo, pero dando por sentado que lo sabés.

Y acordarme todo el tiempo, que esa frase en cualquier otro hubiera quedado pésima, y que yo no sé nada, a pesar que vos siempre me lo digas y yo te escuche tan poco.
Y mirá que venir a descubrirlo así, yo tan egocéntrica, tan altanera. Darme cuenta de eso, fuera de nuestro Rin de pelea. Siempre pensé que tu imaginación superaba la mía.

Y ella, que sos vos, a veces se vuelve indescriptible. Y es capaz de motivarme a escribir. O llevarme a hablarle en primera persona, insinuando exclusividad, a pesar de querer dirigirme a los demás (Aunque a vos eso de las demostraciones en público te siente mal). O de demostrarme con algo tan sencillo cuán poco puedo suponer.
¡Y es que qué ignorancia la mía que interrogue incrédula que se festejaba! Bastaba solamente con girar, y volverla a descubrir.

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