lunes, 10 de agosto de 2009

Es de locos intentar cambiar el mundo.

No sabía bien que hora era, pero para él, que ni siquiera alcanzaba a distinguir como funcionaba un reloj, eso era lógico.
Le bastaba con definir los dos bloques con los que convivía: un tiempo en donde las paredes brillaban y podía distinguir todos los objetos; y otro, que se oponía, en donde todo parecía tornarse de un color tan oscuro que ni él era capaz de moverse, por miedo a tropezarse con sus propios pies.
Cualquiera hubiera dicho que eso era la noche y el día, el ying y el yang, todos los colores y ninguno. Pero él sabía que no. Nadie se lo había dicho, pero el iba atravesando una cebra, a veces blanco, otro tanto negro. Hubiese querido llegar al final mucho antes, pero estaba bien- siempre lo estaba- así era la cosa, él ahí y sus condiscípulos afuera. Confiaba en que seguirían su misión sin él, pero estar ahí afuera, con ellos, en donde no existían cebras sino días, con sus horas, hubiese sido la solución.
Y estaban los otros, que habían estudiado tanto y no se daban cuenta que lo que él decía era verdad. Y tanto estudio para llevarle, en el momento en que la cebra cambia de color, una pastillita verde que quizás ni ellos supieran para que era, pero que él accedía con confianza, porque era lo que llevaba a levantarse al siguiente día con una nueva idea. Pensado así, los otros le estaban haciendo un favor, pero no había necesidad de tenerlo aislado del resto del mundo. No a él, que justamente luchaba por el mundo. Le era imposible hacerlo encerrado ahí, y no había día en que no pensara que él no había hecho nada malo, todo lo contrario. Al final, intentar ayudar al resto, hoy era considerado inverosímil, imposible. Y eso que su misión requería estar allá afuera, que no era precisamente un lugar colmado de esperanza. Pero soportaba todo lo que estuviera en el exterior con tal de salvarlos: el escepticismo de los que no les importaba lo que pasara, el desconsuelo ilógico de los pesimistas que hacían las compras llorando, y hasta la negatividad de quienes querían destruir el mundo con palabras.
Quizás, pensó, me he librado de ser parte de esto. Puede que no sea yo el que esté equivocado, sino ellos los que no quieran ser ayudados.
Y era posible que él tuviera más pájaros en su cabeza que mucha gente, aunque le dijeran lo contrario. Y casi certero que se había librado, de convivir con canarios que se creían palomas, y con ruiseñores que nadie escuchaba su maravillosa melodía.
Dos minutos después de pensarlo, había enviado a sus compañeros de salvación una nube a punto de explotar en llanto, que les avisara que suspendieran todo. Era en vano intentar escapar del chaleco de fuerzas que tenía puesto para ir allá afuera y que le pusieran otro de diferente color, quizás invisible.

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