domingo, 16 de agosto de 2009

Fé de erratas.

Tengo una manía y la admito. Soy desarmadora de palabras compulsiva y no sé bien porqué. Es como deshilachar un jean viejo, o apretar las burbujas de las bolsas.
Quizás porque pienso que así puedo llegar a la esencia de muchas letras aplastadas unas con otras. Es raro, ahora que lo pienso, que no le de importancia a la fonética o la forma en que expreso la única lengua que sé manejar. Incluso, es extraño que no las analice en una frase, sino particularmente.
Ejemplo de esto serían las palabras que encuentro dentro de otras. Posibilidad en las imposibilidades. Azar en el apellido del hombre que me llevó a escribir.
Es probable que en algunas de ellas acierte. Al fin y al cabo es la otra visión de las palabras, las que nadie ve pero que están. Pero siendo fiel a mis creencias, y a mis errores, reconozco que a veces invento cosas que no están allí.
Cuentos atrás, y varias historias pasadas, me topé con el tino (En forma de acierto) dentro del des- tino. Gran resbalón el mío, que no supe ver que para la falta de suerte ya existía el desatino. Que en conjunto, nada tiene que ver con el destino.
Y ante esto, hay dos cosas que me gustaría mencionar. En primera medida, puede que de todas formas tenga razón. – y es que nadie se puede librar de esa otro capricho, de encontrarle la vuelta a las cosas para terminar adjudicándose la verdad. – Justificando esto, podría agregar que lo que intenté decir es justamente lo contrario a desatino. No era la falta de acierto lo que quería para la protagonista en esa cama, sino más bien la suerte que podía encontrar en su futuro. Y no había palabra que encajara con esa sensación de haber encontrado la concreción de lo que anhelaba, incluso antes que pasara, entonces no me quedó más remedio que inventarla.
Claro que no soy la Real Academia Española, ni pretendo ascender un nivel en mi escala de originalidad, así que es consecuente que el tino dentro del destino, no tiene valor para otros. (O quizás lo tenga para aquellos que, como yo, se maravillen haciendo ovillos miniatura con la miga del pan)
En la segunda aclaración que quería señalar, interfiere la mitad de mi, que indefectiblemente carga con la escuela de la psiquis encima. Porque en comparación, eso de ametrallar las palabras, quizás sea lo que hago, también, con mi alma.
No porque me crea Freud, ni sea obsecuente con mis propios dichos, sino por la incapacidad de conocerme en totalidad. Para mí, la forma más directa que tengo de encontrarme es demolerme y analizar mis pedazos. En eso soy empirista. Parto de premisas particulares hasta obtener una conclusión lógica. Creo que el mismo método inductivo es el que uso en mis escritos. (Y el que infaliblemente debo utilizar, sin darme cuenta, en la mayoría de las cosas que me conciernen)
Doy por sentado que no compré la verdad, como todos. También aseguro que así como me equivoqué, volveré a hacerlo.
Pero también, que las palabras que deshago, son las mismas que construyo. Porque no basta con repetir lo que ya está establecido, sino de ser capaces de determinar una verdad (Aunque me valga solamente a mí) a partir de las observaciones que hace mucho tiempo vengo realizando.

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