Corría el año 2100 y mucho tiepo atrás, había quedado la crisis de principio de siglo en la Argentina. Ahora, se vivían años de bonanza po estas latitudes.
En un rincón del living de la suntuosa casa, se encontraba Malena, en su cómoda mecedora, con sus 99 años, rodeada por nietos y bisnietos. Parecía increíble el avance de la ciencia, ya que, la media de vida se ubicaba entre los cien y los ciento veinte años.
El más pequeño del grupo le pidió insistentemente que relatara historias de su juventud. La dulce abuela solía entetenerlos habitualmente con sus recuerdos.
bueno,- dijo ésta recogiéndose el cabello platinado que caía sobre sus hombros- si es lo que desean...- y así dejaron por un instante de jugar, en esas máquinas intergalácticas de realidad virtual.
- Como ustedes saben, mi abuelo Ricardo, mis padres y sus hermanos eran oriundos de Avellaneda, pero de una Avellaneda que ustedes ni se imaginan. Al principio, fue una Ciudad industrial cercada por inmensas curtiembres, donde se trabajaba el cuero de vaca para hacer prendas de vestir. De cada fabrica podía verse el humo de sus chimeneas, que si bien eran contaminantes , los habitantes de esa ciudad, podían subsistir honrosamente con un trabajo digno; también, fue una ciudad donde no escatimaba en la cultura,aquí el viejo Teatro Roma, que ustedes conocen como Museo, fue un estandarte. Por allí pasaron gran cantidad de artistas y gente importante, símbolos de aquella época. Una calurosa tarde de domingo de marzo del año 2020, me encontraba bordo de mi automóvil, paseando placenteramente por Avenida Mitre, en esa época los autos todavía apoyaban sus ruedas en el asfalto para avanzar; cuando de repente, al llegar a la esquina de 25 de mayo, me encuentro en medio de una batalla campal.Ahí caigo en la cuenta, que ese día se jugaba el clásico de Avellaneda, y sin tener a donde ir, me resigno a mi suerte y atino solamente a rezar. En ese presiso momento, veo un muchacho de unos veinte años, morocho, de gran contextura física, que abriéndose paso entre la multitud, fabrica un claro por donde mi pequeño vehículo pudiera pasar, seguidamente me invita cortésmente a pasarme al asiento del acompañante, poniéndose al volante, cosa que accedí, pero con muy mala cara. Ya lejos del peligro lo miro y le pregunto:
- ¿Sabes que esto que estás haciendo es un secuestro?- él me responde con una dulce sonrisa y agrega
- Muy por el contrario, más que tu secuestrador, prefiero ser tu esclavo.
Y saben, chicos, este muchacho al que me refiero en esta historia, hoy en día no es más que su abuelo Pablo.
Quitándose lentamente los lentes se da cuenta que, a pesar de los avances de esta época, una buena historia bien contada es suficiente para que unos revoltosos niños concilien el sueño.

Encontré esto entre algunos papeles, y aunque una parte la pasé a voz directa, la historia es tan mía (Y tan tuya y tan de todos) que acá, que es donde yo manifiesto mi imaginación no podía dejar de poner la tuya.
Que es la imaginación que de chiquita me fuiste transmitiendo papá. Que son los cuentos que solamente yo escuchaba. Que son tus mitos, que hicieron de mi la escritora que hoy intento ser.
Que son vos, escribiendo la historia de mi vida.
Gracias por la fantasía que siempre me regalaste.
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