Fue impresionante cuando me di cuenta. Antes pedía más deseos, pero ahora no sé si será porque ya no me quedan tantos o porque aprendí a valorarlos. Aunque puede que sean ambas.
Tenía veintiún años. Te imaginarás que a esa edad uno es más propenso a ilusionarse, pero también a sufrir las decepciones. En esa época tenía más cosas que pedir, ahora solamente cierro los ojos y repito alguna frase como “Quiero un chocolate” y después aparece. (Ya no pido grandes cosas)
¿Vos que pedirías? No es fácil a veces, hay que estar segura de una mima.
Además ahora, que estoy un poco más vieja controlo mis ansias y puedo esperar desde que pido el Somnus, hasta que se cumple. De más joven era terrible. Era sufrir y comerme las uñas y brotarme de pies a cabeza.
Muchos Somnus no resultaron como quería, pero así son los Somnus. Como la vida. Si algunos no vinieran fallados de fábrica no se podría seguir pidiendo cosas. Como la vez que pedí ser rica. ¿Te imaginas que hubiese sido si se hubiese cumplido de verdad, yo con plata? Bueno, no resultó así. No es muy lindo pasar la lengua por el antebrazo y que sepa bien. Tengo miedo que mi perro se coma una parte de mi cuando duermo, pero al menos huelo a vainilla naturalmente.
Son muy pocos los Somnus que no se cumplen al pie de la letra o que se mal interpretan, pero que los hay, los hay, y hay que ser precavido.
Es fácil, es concentraste y pedir. No hay reglas, pero no creo que sirva de algo tener alguna cosa.
¿Vos que sueño tenés? Porque la mayoría quiere plata. ¡Y viste como me fue a mí! Después de eso, me quedó un sabor tan amargo (Valga la ironía) que nunca más pedí algo así. A lo sumo pediré trabajar viste. Moralmente tampoco me parece correcto, pero como acá “el que no llora, no mama”. Cada uno con sus Somnus.
¿Y el amor? Bueno, pasa algo parecido. Creo que una va aprendiendo que lo que no tiene no lo va a tener nunca, no por maldad, pero así son las cosas che.
Además uno siempre termina pidiendo que se cumpla el deseo del otro, porque cuando se está enamorada es lo que uno quiere.
Las cosas fáciles aburren. Después no tenes historias para contar. Es siempre lo mismo, la monotonía del sí.
Mirá, yo una vez pedí un Somnus, y al otro día amanecí con Mateo. ¿Te acordás de Mateo? Buen chico ese, pero lo primero que me dijo cuando se levanto fue: -“¿te haces unos mates negrita”- y perdió el encanto. Además me decía todo que sí.
Que sí te amo, que si pasamos las fiestas de tus viejos, que si me pongo este disfraz de pato para salir a la calle, que si terminamos la relación si eso es lo que queres, que sí salí con Esteban, y que sí, que sí, que sí.
Al final, tantos sí parecen decir no. No le importaba nada. Entonces entendí que el amor es un Somnus de a dos, un deseo mutuo.
No me dijiste, ¿Con que soñabas?
Pero bueno, no viene al caso. Yo te iba a contar porque te lo cuento a vos, y porque no se lo conté a nadie nunca.
Ya estoy vieja y todo lo que deseo es un poco de paz, chocolate y el programa ese de los domingos. No sé cuanto más voy a vivir, y ¡no me digas que pida un Somnus de vida eterna porque entonces no entendiste nada!
Al principio no lo contaba por miedo. ¿Qué iba a decir la gente de mí? Que estoy loca. Pero ahora, con el tiempo pienso que todos tienen la capacidad de volver sus Somnus realidad. Todo el mundo puede pedir deseos y que se le cumplan. Y si es así, ¡Andá a saber que motivos tienen los otros para no contarlos! Porque yo nunca me enteré de otros casos.
Quizás tengan el mismo que el mío: cada uno tiene que describir por sí solos que los Somnus existen.
También habrá sido un poquito de egoísmo, por eso ahora te lo cuento a vos. Ahora que lo sabés, estoy más tranquila.
Ya lo sabía de antes, pero ahora estoy segura que los Somnus no se van a morir conmigo.
Al final no me respondiste ¿Vos con que soñás?
lunes, 30 de noviembre de 2009
miércoles, 25 de noviembre de 2009
¿Qué sabrán los chanchos de aviones si nunca miraron para arriba?
Y ahora andá Luciana, anda a encontrar lo que hasta ahora no encontraste. Andá a volar con los pies en el suelo. Corré a donde no quieras llegar, a donde la oscuridad te de miedo. Tirate en parapente al vacío de lo que todavía no te animaste. Desvenda los ojos de los monstruos que tiempo atrás te quisieron comer, y haceles cosquillas. Andá y jugá. Jugá a ser todas esas que queres ser, para que descubras porque sos lo que sos. Jugate todas las cartas que te queden. Jugá.
Anda Lu, anda porque acá ya encontraste todo. Porque lo obvio es muy fácil descubrir, y yo sé que vos podes llegar a donde nadie llego.
Andá sin importar lo que te griten en el camino, sin importar las piedras, los carteles de neón que intentan despistarte. Las lluvias torrenciales, los meteoritos.
Mira todas las cosas que te quedan por descubrir, todos los momentos que todavía no viviste, todas las batallas que te quedan por ganar (con esfuerzo y un poquito de suerte)
Tirate de cabeza a la pileta aunque no sepas si hay agua.
Porque no vas a ganar si no te arriesgas. Es más complicado que llegues a la meta caminando. Y más difícil aún quedándote inmóvil.
Porque será difícil encontrar una aguja en un pajar, pero no va la vas a encontrar nunca si no te tiras y buscas.
No hay otra solución. Para tocar el cielo hay que empezar a construir una escalera. (O pintarte uno más cerquita)
Ponete delante de él y besalo como si fuese la primera vez, y decile todo lo que sentís como si él no lo supiera. Y viví como fuera el primer respiro.
Dejate sorprender por lo que pase. Decile a los que querés que los admirás, porque puede que quizás no lo sepan.
Cantá cuando llores, y llora cuando se te cante. Gritá con toda la fuerza del estomago lo que tengas ganas, pero arriesga.
Y no es pensar en futuro, todo lo contrario. Es vivir con lo que tengo, sin tener miedo a perderlo mañana.
¿Cómo vas a saber a donde podes llegar si nunca empezaste un camino?
Anda Lu, anda porque acá ya encontraste todo. Porque lo obvio es muy fácil descubrir, y yo sé que vos podes llegar a donde nadie llego.
Andá sin importar lo que te griten en el camino, sin importar las piedras, los carteles de neón que intentan despistarte. Las lluvias torrenciales, los meteoritos.
Mira todas las cosas que te quedan por descubrir, todos los momentos que todavía no viviste, todas las batallas que te quedan por ganar (con esfuerzo y un poquito de suerte)
Tirate de cabeza a la pileta aunque no sepas si hay agua.
Porque no vas a ganar si no te arriesgas. Es más complicado que llegues a la meta caminando. Y más difícil aún quedándote inmóvil.
Porque será difícil encontrar una aguja en un pajar, pero no va la vas a encontrar nunca si no te tiras y buscas.
No hay otra solución. Para tocar el cielo hay que empezar a construir una escalera. (O pintarte uno más cerquita)
Ponete delante de él y besalo como si fuese la primera vez, y decile todo lo que sentís como si él no lo supiera. Y viví como fuera el primer respiro.
Dejate sorprender por lo que pase. Decile a los que querés que los admirás, porque puede que quizás no lo sepan.
Cantá cuando llores, y llora cuando se te cante. Gritá con toda la fuerza del estomago lo que tengas ganas, pero arriesga.
Y no es pensar en futuro, todo lo contrario. Es vivir con lo que tengo, sin tener miedo a perderlo mañana.
¿Cómo vas a saber a donde podes llegar si nunca empezaste un camino?
viernes, 20 de noviembre de 2009
Las apariencias...
Y nada parece real (Quizás no lo sea)
Ni las flores de plástico, ni el sabor de ese azúcar que llaman edulcorante, ni el color del pelo. Ni la luz de la luna, porque la tapan los faroles de una calle llena de mentiras, como esa mujer esperando en la esquina que aparenta ser decente para conseguir marido, o la joven que tiene a su lado, que busca parecer fácil para conseguir un novio.
Ni el vuelo de los globos llenos de helio, ni el sonido de la naturaleza en las películas.
Hasta las peleas parecen mentiras, los políticos. La comida congelada, esta forma de escribir tan impropia, con la letra de una maquina que suena a trucha, a copia mal lograda de una mente.
Las prótesis son falacias, el jarabe con en el que se hacen las gaseosas, el jabón en polvo, papá Noel, el ratón Pérez y todas las demás historias.
Los cd, que vinieron a sustituir la satisfacción de ver a la gente cantar en vivo.
No parecen muy creíbles los millonarios, ahora que cualquiera muestra en la tele todo lo que se consigue con plata. Ni las olas, porque hay lugares donde se inventan.
Tampoco la información que viene de Internet. Ni las cartas porque ya no existen, ni la luz de las velas porque ya no alumbran. Ni el fuego, porque está en cualquier lado que prendamos un fósforo.
Ni las cuentas mentales, ni la leche que viene en cartón, ni los panes que están sellados al vacío. Tampoco la energía que todos la llaman pilas- o batería- ni los limpiadores multiuso, ni los repelentes.
No puedo creer en lo que no parece real, como el tatuaje que yo también llevo y que no sé siquiera que será eso que está en mi piel y que no se borra.
Ni la realidad que vemos en una pantalla, que hasta tiene color. Ni el prestigio de los poetas y de los grandes sabios, porque ahora todo se sabe.
No parece cierto la privacidad, ni tampoco los candados. El tejido de la ropa que usamos, el spray, los insecticidas. Incluso hay robots, que nos vienen a suplantar a nosotros. Transfusiones que dan vida al que ya no tenía ni esperanza.
Ni el dolor parece real, ni los fármacos que lo amortiguan. Ni la pintura de las uñas, ni los trampolines.
Y yo no sé porque será que elegimos vivir en un mundo tan inventado. Creo que todavía entiendo menos porque nos quejamos. Si fuimos nosotros los que quisimos hacernos los eruditos, armando un mundo de fantasía.
Será porque nos gusta vivir de sueños. Sin ellos tampoco existirían las historias de amor, los bombones, las cámaras de fotos que perpetúan el recuerdo, las acuarelas con las que los chicos nos pintan la vida, el perfume de alguien que no queremos que se evapore.
Necesitamos vivir de ilusiones, necesitamos seguir poniendo ladrillos a nuestro castillo de humo.
Y lo digo yo, que preciso de todas esas mentiras para decir que esto es mío, que elijo vivir en el mundo que construyeron, que apuesto a seguir creando.
Que escribo historias, que les robo la música a los autores sin que se enteren, que compro papel celofán de muchos colores, y viajo en colectivo.
Y lo digo yo, que necesito de tus palabras aunque sean tan poco reales. Que me construyo tus besos, sabiendo que después los voy a aniquilar con mis realidades. Que sueño con vos, aunque te haya inventado.
Ni las flores de plástico, ni el sabor de ese azúcar que llaman edulcorante, ni el color del pelo. Ni la luz de la luna, porque la tapan los faroles de una calle llena de mentiras, como esa mujer esperando en la esquina que aparenta ser decente para conseguir marido, o la joven que tiene a su lado, que busca parecer fácil para conseguir un novio.
Ni el vuelo de los globos llenos de helio, ni el sonido de la naturaleza en las películas.
Hasta las peleas parecen mentiras, los políticos. La comida congelada, esta forma de escribir tan impropia, con la letra de una maquina que suena a trucha, a copia mal lograda de una mente.
Las prótesis son falacias, el jarabe con en el que se hacen las gaseosas, el jabón en polvo, papá Noel, el ratón Pérez y todas las demás historias.
Los cd, que vinieron a sustituir la satisfacción de ver a la gente cantar en vivo.
No parecen muy creíbles los millonarios, ahora que cualquiera muestra en la tele todo lo que se consigue con plata. Ni las olas, porque hay lugares donde se inventan.
Tampoco la información que viene de Internet. Ni las cartas porque ya no existen, ni la luz de las velas porque ya no alumbran. Ni el fuego, porque está en cualquier lado que prendamos un fósforo.
Ni las cuentas mentales, ni la leche que viene en cartón, ni los panes que están sellados al vacío. Tampoco la energía que todos la llaman pilas- o batería- ni los limpiadores multiuso, ni los repelentes.
No puedo creer en lo que no parece real, como el tatuaje que yo también llevo y que no sé siquiera que será eso que está en mi piel y que no se borra.
Ni la realidad que vemos en una pantalla, que hasta tiene color. Ni el prestigio de los poetas y de los grandes sabios, porque ahora todo se sabe.
No parece cierto la privacidad, ni tampoco los candados. El tejido de la ropa que usamos, el spray, los insecticidas. Incluso hay robots, que nos vienen a suplantar a nosotros. Transfusiones que dan vida al que ya no tenía ni esperanza.
Ni el dolor parece real, ni los fármacos que lo amortiguan. Ni la pintura de las uñas, ni los trampolines.
Y yo no sé porque será que elegimos vivir en un mundo tan inventado. Creo que todavía entiendo menos porque nos quejamos. Si fuimos nosotros los que quisimos hacernos los eruditos, armando un mundo de fantasía.
Será porque nos gusta vivir de sueños. Sin ellos tampoco existirían las historias de amor, los bombones, las cámaras de fotos que perpetúan el recuerdo, las acuarelas con las que los chicos nos pintan la vida, el perfume de alguien que no queremos que se evapore.
Necesitamos vivir de ilusiones, necesitamos seguir poniendo ladrillos a nuestro castillo de humo.
Y lo digo yo, que preciso de todas esas mentiras para decir que esto es mío, que elijo vivir en el mundo que construyeron, que apuesto a seguir creando.
Que escribo historias, que les robo la música a los autores sin que se enteren, que compro papel celofán de muchos colores, y viajo en colectivo.
Y lo digo yo, que necesito de tus palabras aunque sean tan poco reales. Que me construyo tus besos, sabiendo que después los voy a aniquilar con mis realidades. Que sueño con vos, aunque te haya inventado.
viernes, 13 de noviembre de 2009
En el fondo de la garganta (Y del corazón)
Inspeccionó en su garganta. Había tantas palabras que parecía un tsunami.
Y probablemente sí, porque después de él nada era estable en ella. Él era su desequilibrio, su huracán, su terremoto.
Quiso decirle que lo quería, de cualquier forma, incluso así, en los brazos de otra, con el corazón regalado a la primera que no le pidió nada.
Tuvo ganas de contarle que miles de veces lo extrañó, lo perdió, lo besó, aunque no tuviera lógica. Aunque él siguiera ahí, a centenares de siglos de distancia.
Quería decirle que no esperaba nada de él, pero a él sí. Y que lo esperaría lo que durara la carne, hasta que el alma se resignará (Pero dudaba que lo hiciera)
Que su ADN completaba las células que lo reclamaban con los ojos abiertos- bien abiertos- y llenos de esperanza.
Que sus sueños no se derrumbaban, incluso después de tantas desilusiones.
Le intentó jurar que él era su mayor tormenta, y también era él quien las calmaba.
Y tuvo tantas cosas para decirle, que no hubo momento oportuno (Porque todos lo eran)
Que no había tiempo, ni razón. Que todas las causas eran justas y que el destino podía irse a fumarse un cigarrillo en la china, que a ella no le importaba, porque podía construir su propio destino. Podía traer el cielo o irse a algún lugar sobre el arco iris, podía hacer de su vida un paraíso para ambos.
Pero entre tantas palabras no hubo una que le quedara justo, que lo convenciera a él que, pese a lo que pensaba, ella lo podía hacer feliz.
¿De qué servia convencerlo? ¿Había algún motivo suficiente para demostrarle que todo esto era amor?
No pensó más, porque si las hubiera, si realmente serviría de algo seguir escribiendo con su pulso un cuento de hadas, él probablemente ya debería saberlo.
Y en su garganta había tantas palabras revueltas que parecía un tsunami.
Y entre tantas no encontró ninguna que pudiera llenar lo que ella quería decir
No había más que su cuerpo, delante del de él, temblando de miedo, de desesperación, de amor.
-“Quedate conmigo”- le dijo al final-
Y ella, que ya se lo había dicho tantas otras veces y de tantas otras formas, encontró lo que buscaba.
Quedate conmigo, hasta que pueda encontrar la forma de decirte que te quiero más de lo que todos suponen.
Y probablemente sí, porque después de él nada era estable en ella. Él era su desequilibrio, su huracán, su terremoto.
Quiso decirle que lo quería, de cualquier forma, incluso así, en los brazos de otra, con el corazón regalado a la primera que no le pidió nada.
Tuvo ganas de contarle que miles de veces lo extrañó, lo perdió, lo besó, aunque no tuviera lógica. Aunque él siguiera ahí, a centenares de siglos de distancia.
Quería decirle que no esperaba nada de él, pero a él sí. Y que lo esperaría lo que durara la carne, hasta que el alma se resignará (Pero dudaba que lo hiciera)
Que su ADN completaba las células que lo reclamaban con los ojos abiertos- bien abiertos- y llenos de esperanza.
Que sus sueños no se derrumbaban, incluso después de tantas desilusiones.
Le intentó jurar que él era su mayor tormenta, y también era él quien las calmaba.
Y tuvo tantas cosas para decirle, que no hubo momento oportuno (Porque todos lo eran)
Que no había tiempo, ni razón. Que todas las causas eran justas y que el destino podía irse a fumarse un cigarrillo en la china, que a ella no le importaba, porque podía construir su propio destino. Podía traer el cielo o irse a algún lugar sobre el arco iris, podía hacer de su vida un paraíso para ambos.
Pero entre tantas palabras no hubo una que le quedara justo, que lo convenciera a él que, pese a lo que pensaba, ella lo podía hacer feliz.
¿De qué servia convencerlo? ¿Había algún motivo suficiente para demostrarle que todo esto era amor?
No pensó más, porque si las hubiera, si realmente serviría de algo seguir escribiendo con su pulso un cuento de hadas, él probablemente ya debería saberlo.
Y en su garganta había tantas palabras revueltas que parecía un tsunami.
Y entre tantas no encontró ninguna que pudiera llenar lo que ella quería decir
No había más que su cuerpo, delante del de él, temblando de miedo, de desesperación, de amor.
-“Quedate conmigo”- le dijo al final-
Y ella, que ya se lo había dicho tantas otras veces y de tantas otras formas, encontró lo que buscaba.
Quedate conmigo, hasta que pueda encontrar la forma de decirte que te quiero más de lo que todos suponen.
sábado, 7 de noviembre de 2009
Ya.
No sé que estas esperando.
Ahora que la vida nos paseo por todas las situaciones y que yo sigo acá, queriéndote. Ahora que la fantasía no aparece en las películas y se escurre de los dedos como el agua que ya no llena los ríos.
Que no arriesgamos porque podemos ganar, y que no juego a la ruleta rusa porque puedo perder. Que el tiempo no pasa, que somos nosotros los que pasamos sobre él. Que el futuro no llega, y puede que ya lo hayamos encontrado.
Que no te juzgo, ni me juzgo, porque no hay juicios que no ganes.
Ahora que la lluvia cayó, y que ya no quiero que ese hombre que estaba afuera de mi cama, empapándose de libertad, siga ahí. Por lo menos, que entre a tomarse un café, a charlar de la vida, a escuchar a Joaquín conmigo.
Ahora que entendí que una vez desenfundé mi espada y te acorralé contra el vacío. Ahora quiero que sepas que ya no tengo armas para afrontarte. Que estoy acá, desnuda, sin intención, sin deseos, sin fe. Que pareciera que lo único que me queda es vivir. Y escribir, y vivir. Pero nunca jamás vivir lo que escribo, ni escribir lo que vivo, porque no me sirvió tiempo atrás.
Ahora que ya no escucho tu voz, ni muero por tus labios. Pero que volvería a hacerlo si volviera a tocarte.
Ahora que esta entre la piel y la carne todo eso que te dije alguna vez, que espera salir o consumirse. Que espera ser feliz, o dejarse serlo. Que espera encontrarte, o ir a tu encuentro.
Ahora que no hay palabras que digan lo que quiero escuchar, ni canciones que tengan tu nombre. Ahora que soy real, de carne y hueso, y de nervios, y de alma.
Ahora, no sé que estas esperando. Ahora salí, corré.
Mira tu reflejo en cualquier lado, y descubrite. Y pensá que en algún lugar de mi mundo, eso que estas viendo fue para mi lo más dulce y más doloroso. Lo que me llenó de sueños que no se cumplieron. Y que contradictorio, que me hayas enseñado en el mismo momento a ser feliz y a no serlo. A que los labios sonrían y los ojos lloren. A que las manos te toquen y el alma se muera.
Por eso ahora andá, construí el camino que me daba miedo que construyas. Quizás porque temía que no te llevará a mi. Pero ahora que entendí que esto es esto, y vos sos vos, no me queda nada más que eso.
Fugate en alguna tarde sin rumbo. Puede que encuentres el destino que buscabas, o puede que me encuentres a mi, con las mismas ganas de seguir invadiendo tus ojos. O puede que el destino sea yo. (Y ojalá que lo sea)
Pero ahora que te quiero más que nunca, es cuando entiendo que me tengo que ir.
Porque ahora el tiempo sigue pasando, me está acorralando y me obliga a vivir. Me dice que no te tengo que esperar hasta siempre, - aunque yo lo haría- porque siempre, es más que una vida.
Y es ahora que tengo que hacerle caso, porque una vida es mucho tiempo.
Ahora que la vida nos paseo por todas las situaciones y que yo sigo acá, queriéndote. Ahora que la fantasía no aparece en las películas y se escurre de los dedos como el agua que ya no llena los ríos.
Que no arriesgamos porque podemos ganar, y que no juego a la ruleta rusa porque puedo perder. Que el tiempo no pasa, que somos nosotros los que pasamos sobre él. Que el futuro no llega, y puede que ya lo hayamos encontrado.
Que no te juzgo, ni me juzgo, porque no hay juicios que no ganes.
Ahora que la lluvia cayó, y que ya no quiero que ese hombre que estaba afuera de mi cama, empapándose de libertad, siga ahí. Por lo menos, que entre a tomarse un café, a charlar de la vida, a escuchar a Joaquín conmigo.
Ahora que entendí que una vez desenfundé mi espada y te acorralé contra el vacío. Ahora quiero que sepas que ya no tengo armas para afrontarte. Que estoy acá, desnuda, sin intención, sin deseos, sin fe. Que pareciera que lo único que me queda es vivir. Y escribir, y vivir. Pero nunca jamás vivir lo que escribo, ni escribir lo que vivo, porque no me sirvió tiempo atrás.
Ahora que ya no escucho tu voz, ni muero por tus labios. Pero que volvería a hacerlo si volviera a tocarte.
Ahora que esta entre la piel y la carne todo eso que te dije alguna vez, que espera salir o consumirse. Que espera ser feliz, o dejarse serlo. Que espera encontrarte, o ir a tu encuentro.
Ahora que no hay palabras que digan lo que quiero escuchar, ni canciones que tengan tu nombre. Ahora que soy real, de carne y hueso, y de nervios, y de alma.
Ahora, no sé que estas esperando. Ahora salí, corré.
Mira tu reflejo en cualquier lado, y descubrite. Y pensá que en algún lugar de mi mundo, eso que estas viendo fue para mi lo más dulce y más doloroso. Lo que me llenó de sueños que no se cumplieron. Y que contradictorio, que me hayas enseñado en el mismo momento a ser feliz y a no serlo. A que los labios sonrían y los ojos lloren. A que las manos te toquen y el alma se muera.
Por eso ahora andá, construí el camino que me daba miedo que construyas. Quizás porque temía que no te llevará a mi. Pero ahora que entendí que esto es esto, y vos sos vos, no me queda nada más que eso.
Fugate en alguna tarde sin rumbo. Puede que encuentres el destino que buscabas, o puede que me encuentres a mi, con las mismas ganas de seguir invadiendo tus ojos. O puede que el destino sea yo. (Y ojalá que lo sea)
Pero ahora que te quiero más que nunca, es cuando entiendo que me tengo que ir.
Porque ahora el tiempo sigue pasando, me está acorralando y me obliga a vivir. Me dice que no te tengo que esperar hasta siempre, - aunque yo lo haría- porque siempre, es más que una vida.
Y es ahora que tengo que hacerle caso, porque una vida es mucho tiempo.
miércoles, 4 de noviembre de 2009
Y esta también es una posibilidad.
Cuando lo conoció, Emilia pretendía demasiado. Creo que había empezado al revés de lo común. A cualquiera le hubiese dado primero por conocerlo, por descubrirlo, y después imaginarlo. Pero ella no, porque quizás amaba tan diferente al resto. Ella primero lo había querido, y recién ahora lo empezaba a encontrar.
Lo quiso, porque lo conocía incluso antes de conocerlo. Lo había elegido entre tantas cosas que había imaginado.
Pero de nada le servía, porque conocerlo, también implicaba saber que jamás se encontrarían sobre el arco iris sus maravillosos mundos.
Dulce como el veneno en la comida de la vieja que siempre se sentaba a espiarla en el departamento de enfrente. Frío, como la tarde en que lo vio irse sin soltar si quiera un “te quiero”.
Siempre dudó. Tuvo miedo de quedarse con las ganas de decir las cosas y se las dijo. Pero después temió decírselas y retrocedió. Y al final, jamás le dijo sinceramente que lo había imaginado.
Ahora quizás era tarde. No por él, sino por ella. Para ella era tarde. Para ella que había esperado tanto tiempo que el supiera que no habría situación incontrolable, ni dolor que sus manos no pudieran calmar.
Y ahora la vieja, acercó como pudo su sillón a la ventana, con tanta mala suerte para Emilia, que la tenía como principal espectadora.
Si supiera que su vida estaba tan lejos de ser una película entretenida. Quiso ir a decírselo, pero al menos ella le interesaba. Y la dejo, por la simple satisfacción que alguien la observaba.
Y mientras Emilia pensaba en lo que no fue con él, la vieja seguía ahí. Emilia la miró. Quizás algún día se convertiría en eso. Sola, vieja, chusma.
Cerró la ventana y bajó las escaleras. Se cruzó al edificio de enfrente y tocó el timbre de esa mujer, que ya no era vieja, sino simplemente mujer.
- ¿Por qué está tan sola?- le preguntó.
- No estoy sola. Estoy con quien quiero estar, donde quiero estar, y como quiero estar.
Emilia le sonrió, y se fue.
Claro, después lo entendió. Si ella estaba ahí, en su departamento, pensando en él como un inalcanzable, soñándolo cada noche despierta. Si estaba ahí, con los ojos empañados de su perfume, con las manos tendiendo a tocarlo en su ausencia, era porque ella lo quería. Porque lo quería en su imaginación, en sus cuentos. Porque esa era su decisión.
Pensó que entonces, ir y vomitarle todo lo que sentía también era su decisión. Era una de las posibilidades. Pero tenía miedo, siempre lo había tenido.
Porque lo conocía, porque lo amaba. Pero más tenía miedo, por no llegar a concretar su ilusión. De imaginar algo y que sea diferente.
Era una posibilidad también. Entonces comprendió otra cosa. El mundo estaba lleno de posibilidades. Todo lo que ella había pensado que era real, no era más que una de las infinitas opciones.
Y se vio poderosa, porque era ella quien elegía lo que sucedería.
Entonces fue, y lo encontró. Y lo besó, porque eso era lo que había elegido. Y lo amó más, porque también esa era su elección.
No sé que habrá pasado después, pero Emilia jugo las cartas que ella misma había repartido.
Lo quiso, porque lo conocía incluso antes de conocerlo. Lo había elegido entre tantas cosas que había imaginado.
Pero de nada le servía, porque conocerlo, también implicaba saber que jamás se encontrarían sobre el arco iris sus maravillosos mundos.
Dulce como el veneno en la comida de la vieja que siempre se sentaba a espiarla en el departamento de enfrente. Frío, como la tarde en que lo vio irse sin soltar si quiera un “te quiero”.
Siempre dudó. Tuvo miedo de quedarse con las ganas de decir las cosas y se las dijo. Pero después temió decírselas y retrocedió. Y al final, jamás le dijo sinceramente que lo había imaginado.
Ahora quizás era tarde. No por él, sino por ella. Para ella era tarde. Para ella que había esperado tanto tiempo que el supiera que no habría situación incontrolable, ni dolor que sus manos no pudieran calmar.
Y ahora la vieja, acercó como pudo su sillón a la ventana, con tanta mala suerte para Emilia, que la tenía como principal espectadora.
Si supiera que su vida estaba tan lejos de ser una película entretenida. Quiso ir a decírselo, pero al menos ella le interesaba. Y la dejo, por la simple satisfacción que alguien la observaba.
Y mientras Emilia pensaba en lo que no fue con él, la vieja seguía ahí. Emilia la miró. Quizás algún día se convertiría en eso. Sola, vieja, chusma.
Cerró la ventana y bajó las escaleras. Se cruzó al edificio de enfrente y tocó el timbre de esa mujer, que ya no era vieja, sino simplemente mujer.
- ¿Por qué está tan sola?- le preguntó.
- No estoy sola. Estoy con quien quiero estar, donde quiero estar, y como quiero estar.
Emilia le sonrió, y se fue.
Claro, después lo entendió. Si ella estaba ahí, en su departamento, pensando en él como un inalcanzable, soñándolo cada noche despierta. Si estaba ahí, con los ojos empañados de su perfume, con las manos tendiendo a tocarlo en su ausencia, era porque ella lo quería. Porque lo quería en su imaginación, en sus cuentos. Porque esa era su decisión.
Pensó que entonces, ir y vomitarle todo lo que sentía también era su decisión. Era una de las posibilidades. Pero tenía miedo, siempre lo había tenido.
Porque lo conocía, porque lo amaba. Pero más tenía miedo, por no llegar a concretar su ilusión. De imaginar algo y que sea diferente.
Era una posibilidad también. Entonces comprendió otra cosa. El mundo estaba lleno de posibilidades. Todo lo que ella había pensado que era real, no era más que una de las infinitas opciones.
Y se vio poderosa, porque era ella quien elegía lo que sucedería.
Entonces fue, y lo encontró. Y lo besó, porque eso era lo que había elegido. Y lo amó más, porque también esa era su elección.
No sé que habrá pasado después, pero Emilia jugo las cartas que ella misma había repartido.
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