miércoles, 4 de noviembre de 2009

Y esta también es una posibilidad.

Cuando lo conoció, Emilia pretendía demasiado. Creo que había empezado al revés de lo común. A cualquiera le hubiese dado primero por conocerlo, por descubrirlo, y después imaginarlo. Pero ella no, porque quizás amaba tan diferente al resto. Ella primero lo había querido, y recién ahora lo empezaba a encontrar.
Lo quiso, porque lo conocía incluso antes de conocerlo. Lo había elegido entre tantas cosas que había imaginado.
Pero de nada le servía, porque conocerlo, también implicaba saber que jamás se encontrarían sobre el arco iris sus maravillosos mundos.
Dulce como el veneno en la comida de la vieja que siempre se sentaba a espiarla en el departamento de enfrente. Frío, como la tarde en que lo vio irse sin soltar si quiera un “te quiero”.
Siempre dudó. Tuvo miedo de quedarse con las ganas de decir las cosas y se las dijo. Pero después temió decírselas y retrocedió. Y al final, jamás le dijo sinceramente que lo había imaginado.
Ahora quizás era tarde. No por él, sino por ella. Para ella era tarde. Para ella que había esperado tanto tiempo que el supiera que no habría situación incontrolable, ni dolor que sus manos no pudieran calmar.
Y ahora la vieja, acercó como pudo su sillón a la ventana, con tanta mala suerte para Emilia, que la tenía como principal espectadora.
Si supiera que su vida estaba tan lejos de ser una película entretenida. Quiso ir a decírselo, pero al menos ella le interesaba. Y la dejo, por la simple satisfacción que alguien la observaba.
Y mientras Emilia pensaba en lo que no fue con él, la vieja seguía ahí. Emilia la miró. Quizás algún día se convertiría en eso. Sola, vieja, chusma.
Cerró la ventana y bajó las escaleras. Se cruzó al edificio de enfrente y tocó el timbre de esa mujer, que ya no era vieja, sino simplemente mujer.
- ¿Por qué está tan sola?- le preguntó.
- No estoy sola. Estoy con quien quiero estar, donde quiero estar, y como quiero estar.
Emilia le sonrió, y se fue.
Claro, después lo entendió. Si ella estaba ahí, en su departamento, pensando en él como un inalcanzable, soñándolo cada noche despierta. Si estaba ahí, con los ojos empañados de su perfume, con las manos tendiendo a tocarlo en su ausencia, era porque ella lo quería. Porque lo quería en su imaginación, en sus cuentos. Porque esa era su decisión.
Pensó que entonces, ir y vomitarle todo lo que sentía también era su decisión. Era una de las posibilidades. Pero tenía miedo, siempre lo había tenido.
Porque lo conocía, porque lo amaba. Pero más tenía miedo, por no llegar a concretar su ilusión. De imaginar algo y que sea diferente.
Era una posibilidad también. Entonces comprendió otra cosa. El mundo estaba lleno de posibilidades. Todo lo que ella había pensado que era real, no era más que una de las infinitas opciones.
Y se vio poderosa, porque era ella quien elegía lo que sucedería.
Entonces fue, y lo encontró. Y lo besó, porque eso era lo que había elegido. Y lo amó más, porque también esa era su elección.
No sé que habrá pasado después, pero Emilia jugo las cartas que ella misma había repartido.

1 comentario:

  1. Que grande Emilia.

    ¿Porqué será que siempre aprendemos más de la soledad? bah...en realidad siempre la tomé como un aprendizaje y veo que Emilia también. ¿Se aprenderá algo de la compania? No lo sé. Quizás si. Por ahora, solo aprendo de la soledad. ¿O será que en realidad solo se puede aprender de la compania, y que aprendemos de la soledad porque es la única que nos acompaña? Al fin y al cabo, parece que el hombre necesita de alguien para crecer. A pesar de que el ascetismo es una doctrina fascinante, parece que por más que nos alejemos siempre necesitamos de una compania.

    Abrazo luuu. Mejorás a cada momento más y más. No como yo...ajajajajaj

    Besos :D

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