Atrás quedaban los años de fiestas, de júbilo. Las largas noches por conseguir un sueño: ser médica, poder ser útil. Sueño que la alimentó en su larga lucha. Sueño que había postergado por ser madre, pero que la había llevado a la gloria con la última consagración recibida.
Lejos estaban las noches de lujuria, las lunas gastadas en cualquier sábana. Y más atrás aún estaba su madre sobre protectora, intentando hacer de ella la doctora más prestigiosa.
¿Dónde había quedado todo eso? Su vida no había sido fácil, pero había sido suya.
Sola, en esa cama, Rosario veía la verdad. Ahora era capaz de entenderlo todo.
Se paró de su vieja cama y fue directo a lo que antes había sido su mejor amigo: el espejo. Ya no era igual. Recorrió su cuerpo en toda su extensión, pero la imagen que aparecía ahora, a sus 72 años no era para nada grata. Pagaba el precio de haber sido hermosa. O al menos eso era lo que ella creía.
Pero no era eso lo que más le preocupaba. Su hija no la había llamado desde que se enteró de su enfermedad. Desde el día en que Lorena se había subido a ese avión con destino a Nueva York, no la había visto más. Por supuesto que estaba feliz. El trabajo que había conseguido estaba muy bien pagado, y allá la esperaba un amor. Pero en algún dejo de su alma, deseaba volver el tiempo atrás, para poder irse ella también, por esas cosas que hace uno cuando está enamorado. Ahora la admiraba, pero ya había pasado el tiempo. Era tarde para acordarse de su hija, ¿Por qué Lorena debería acordarse de ella?
Se odiaba por no haber invertido su tiempo en sentarse en el patio de la casa a jugar con las muñecas, en llevarla a los jueguitos cuando iban de vacaciones, en abrazarla cada noche, en no haber inventado historias para dormir.
La única justificación coherente que encontraba era que ella misma nunca había vivido eso, su madre no lo había hecho con ella. Pero eso la trasformaba en la imagen análoga a su madre. Y se odiaba más.
¡Si hubiera tenido el coraje para cambiar! Pero todo lo a que ella le falto en su juventud, también le había faltado a su hija.
Salió del espejo en un milésimo de segundos, como si hubiese visto en él a lo más horrendo de este mundo.
Puso la pava en el fuego, y fue hasta el último cajón del armario. Sacó un viejo álbum de fotos y lo dejó sobre la mesa de la cocina. Sirvió su té, con todo el protocolo que había aprendido en los eventos a los que había asistido. Nunca le habían servido, pero se le habían incorporado a sus hábitos naturalmente.
Se dispuso a volver a la cama, y llevo consigo la bandeja de la merienda y el álbum. En el trayecto que debió caminar, agarró el teléfono inalámbrico de su base, y lo apoyó sobre la bandeja.
Una vez acostada, examinó las fotos una por una, reprochando algo en cada una de ellas, y riendo por alguna que otra situación por demás cómplice. Nadie había conocido a la verdadera Rosario. O mejor aún: Rosario nunca se había dejado conocer.
Dejó el libro a un lado de la cama y se aferró fuerte al tubo del teléfono deseando que suene, y que alguna voz conocida responda del otro lado. Se recostó un poco más, hasta quedar tapada hasta la boca.
-“Parezco una nena con miedo a las tormentas”- pensó.
Y al instante descubrió dos cosas. Una, mentira: ya no era una nena. Pero también encontró una gran verdad. Sí tenía miedo, nada más que ahora el miedo aparecía por descubrir que nadie, a pesar de todas las personas que conocía, se había percatado que en algún lugar del mundo ella existía. Y lo que era más frustrante todavía, que muy pronto, dejaría de ser parte de él.
viernes, 19 de diciembre de 2008
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