domingo, 3 de mayo de 2009

Creo en...

Las noches embusteras en búsqueda de lágrimas sin sentido. De un cuerpo devastado.
La sonrisa de un chico, tan vacía de ambiciones materiales. Y tan pura.
Alcanzar un pájaro y que me lleve volando en sus alas sin moverme de mi balcón.
Lo infinito del mar que vuelve a nacer a mis espaldas.
La curva de la palma de tu mano, encastrada a la mía en mis recuerdos infantiles.
Un par de papales con olor a pasado, que esperan un futuro.
Las horas que pasaré entre libros, por el simple [y colmado] hecho de pasar a la práctica.
Sesenta, Noventa, ciento veinte latidos en un minuto frente a un nuevo hecho.
Despertarme y entender el porque de todas las mañanas rutinarias. Y liquidarlas.
Subirme a tren sin rumo certero, y conocer más. Y perderme para volverme a encontrar.
El rocío de la mañana atacando mi alergia con agua.
La paz que pulula en el aire esperando a que alguien le de un hábitat. Confortable si es posible.
El magnetismo que te lleva al lugar donde debes estar.
La incredibilidad de aquello que aunque habíamos esperado, nos toma de sorpresa.
La belleza de los insultos bien dichos. Y de los perdones merecidos.
La importancia de un golpe recibido a tiempo que nos arranque el dolor previamente a sufrirlo.
Tu pelo azabache que me guardaba celosa, para que nadie pudiera negar que era tu hija.
Las ganas de los adictos, la simpleza de los locos, la alegría de los masoquistas cuando les agarra jaqueca.
La falsedad de la ley de gravedad para las cuentas de luz.
Las múltiples creencias, por el solo hecho de la necesidad. – Que no es poca cosa-
La veracidad de todas y cada una de esas creencias. Es bien sabido que la realidad de las cosas se funda en las creaciones que uno es capaz de construir.
La nube que tapa el sol, para que, de vez en cuando, podamos ver las cosas sin el reflejo golpeando en los ojos.
Las partes de enduido que se algunos se encargan de colocar sobre las heridas abiertas.
Las puertas de las casas que muestran otro mundo. Las que parecen que te devoran, para después digerirte de a poco. Pero sobre todo, las entradas a los paraísos terrenales.
Las noches de parranda de los gatos, sin posteriores reclamos ni celos esquizofrénicos.
La eternidad de las siete vidas de esos mismos felinos, sin que nadie se preocupe si por las noches se van o se quedan.
Las fotocopiadoras en la palma de la mano, que guardan intacta una copia de archivo en el alma.
La ambigüedad de las palabras. Los dobles sentidos. La necesidad de que no todo sea unilateral.
Una luz que se apaga, y la otra que tiene que prenderse inevitablemente en otro lugar.
Las recompensas a las espaldas encorvadas de tanto cargar recuerdos innecesarios.
La nostalgia del sauce llorón. Sumado a la explotación de los hongos que viven a su expensa.
El viento que sopla siempre a favor, y que trae lo que necesita y se lleva lo que no está arraigado al suelo.
Las sanguijuelas que chupan la sangre. – Que no son iguales a un vampiro, y mucho menos a los humanos-
La pasión, no solamente como sexo.
El sexo de los jóvenes que buscan divertirse, de los poetas que lo ridiculizan, de los feos que lo compran.
La grandeza de las personas. Incluso en las más mínimas.
Lo increíble (Como no- creíble) del mercado y de sus formas, con el fin de aumentar en la misma proporción el dinero como el individualismo.
Las guerras devastadoras. La potencia mucho mayor de las guerras internas.
El arrepentimiento de los que llevan la proseción por dentro.
El poder de soñar. La suerte de concretarlos. La fuerza para intentarlo mil veces más.
Las cosas que pasan debajo de mis pies, y las que taparon con el pavimento.
Tu voz.
Mis ganas.
Tu voz.
Quererte irrevocablemente.
Tu voz.
Tu voz.
Tu voz…

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